10. Le Fay #3
La fuente junto a la que agonizaba reposaba sobre una terraza de piedra elevada desde la que se vislumbraba buena parte de la ciudad. Las calles que partían de ella se extendían como dedos tomando posesión de un guante. Sibila se hizo paso y se colocó junto al hombre.
—¿Me permitís que os observe? —solicitó.
Él no respondió. Estaba demasiado ocupado retorciéndose de dolor. Sibila dio por sentado que había dado su consentimiento y se acuclilló a su lado.
—¿Sabéis si ha ingerido algo en mal estado? —preguntó mientras se agachaba.
Una mujer a su espalda se apresuró a responder, con tono indignado.
—Desde luego que no. En la casa tenemos un cuerno de unicornio 43 y lo sumergimos en todas las comidas y bebidas que el señor se lleva a la boca.
Y acto seguido se dispuso a repasar la lista de defectos de varios de los proveedores de la casa, lo cual llevo a la opinión generalizaba de que el carnicero era un sacacuartos que vendía gato por liebre, algo en lo que varias personas estuvieron más que de acuerdo.
Concluyeron que el carnicero se las tendríaque ver con ellos cuando volviese a aparecer.
Sibila, mientras tanto, estudiaba el color del interior de los párpados del doliente.
Le abrió la boca, agarró su lengua con los dedos índice y pulgar, y a punto estuvo de perderlos de un mordisco.
De un tirón certero, le levantó la húmeda camisa, cubriéndole parcialmente el rostro.
El enorme vientre velludo quedó expuesto al sol del mediodía, coronado por dos bultos.
Uno era la cicatriz de nacimiento que, excepto Adán y Eva, tienen todos los humanos.
El otro carecía de explicación. Resultaba inaudito.
Quedaba un poco más abajo que el primero, en el lado derecho, y estaba más abultado.
Parecía que un duendecillo le hubiese dado un puñetazo desde el interior del vientre, dejando el rastro de su mano cerrada en el exterior.
Todos los presentes dieron un respingo que acompañaron con un grito, a excepción del enfermo, que, curiosamente, dejó de quejarse y solo alcanzó a preguntar, entre balbuceos llorosos, quién era esa mujer.
—Puedo curaros —aseguró Sibila con resolución—. Hermana Le Fay. ¡Hermana Le Fay! —repitió, girando la cabeza para localizarme entre la muchedumbre—. ¡Ven! Necesito tu ayuda.
¿Mi ayuda? ¿Mi ayuda para qué? El estupor me mantenía paralizada.
Me sentía como la niña que ha pasado la noche sola en el bosque esquivando alimañas y que, cuando al fin empieza a clarear, cuando piensa que está ya a salvo, siente una mano viscosa posarse en su hombro.
¿Qué quería que hiciésemos con ese hombre?
De inmediato pensé que debí haberme escapado el día anterior.
Esa monja estaba loca y yo estaba viajando con ella.
¡Con una loca! Pero no me dio tiempo a pensar nada más.
—¡Que vengas! —me gritó.
Y obedecí.
—¡Sujétale los pies! Siéntate sobre ellos si es necesario — dijo.
Luego miró alrededor y señaló a un hombre que llevaba una zamarra de pastor—.
Y vos, sujetadle los brazos —ordenó—. Los demás…
Los demás podéis rezar…, hummm… — Parecía estar calculando mentalmente— ocho padres nuestros.
Pero alejaos. Alejaos varios pasos. Un poco más atrás.
Más… más… Ahí. —Volvió sus ojos al enfermo, que seguía lamentándose—.
Caballero, os aseguro que puedo sanaros, pero es necesario que os quedéis quieto.
Respirad despacio. Inspirad… espirad… Despacio.
Solo será un momento y encontrareis alivio. Debéis confiar en mí. ¿Confiáis en mí?
El hombre, que tenía el aspecto de haber pasado la mayor parte de su vida desconfiando de sus semejantes, asintió con el rostro compungido y los ojillos vidriosos de becerro recién parido.
—Inspirad… espirad…
Creo que no falto a la verdad si os digo que las respiraciones de todos los presentes se acomodaron al ritmo que Sibila marcaba.
Mientras tanto, ella amasaba el bulto extraño, tanteando, apretando allí, aflojando allá, hasta que el puño de duende desapareció por completo y solo quedó el vientre panzudo y velludo del hombre expuesto al sol.
Entonces Sibila se incorporó, sonrió y lanzó dos sonoras palmadas con sus milagrosas manos.
—Ya está todo en su sitio —confirmó—. ¿Cómo os encontráis?
El conde Urbgenio bajó la mirada. Se observó la barriga, coronada únicamente por el ombligo.
Posó luego los ojos en Sibila y pronunció un titubeante «bien», aunque estoy convencida de que aún estuvo un buen rato analizando mentalmente cada rincón de su anatomía para asegurarse de que ya no le dolía nada.
Como había dejado de resistirse, liberamos sus brazos y piernas y el enfermo pudo levantarse del suelo.
—Estoy bien —tranquilizó a los que nos rodeaban, observándolos uno a uno, inspirando y espirando con el mismo ritmo que Sibila le había marcado—. Estoy bien.
Pero el conde estaba mucho más que bien.
Y además, muy agradecido. Tras recomponer su atuendo y aplacar un poco su cabello revuelto y húmedo, le preguntó a Sibila quién era, de dónde venía y qué le había traído hasta Kaerbadum con una voz pasmosamente dulce y clara, sobre todo teniendo en cuenta los alaridos que había estado profiriendo hasta hacía poco tiempo.
Tras explicárselo, el caballero se empeñó en invitarnos a comer en su casa.
Aseguró que, como muestra de agradecimiento, una vez al mes uno de sus hombres llevaría varias vasijas del agua milagrosa hasta el convento, comenzando por ese mismo día, ya que nos escoltarían hasta allí.
Y eso hicieron. Recorrimos el último tramo del camino acompañadas por un carretero cargado con varias vasijas de agua y dos caballeros del señor al que Sibila había ayudado.
Ya imaginaréis que, estando así las cosas, tampoco pude huir ese día.
Llegamos a Almesbury al caer la noche.
Sibila me acompañó hasta mi celda, que en nada se parecía a la alcoba que ocupé durante años en el castillo de Tintagel.
No había mucho que enseñar; sin embargo, Sibila se quedó un rato conmigo ejerciendo de anfitriona, señalando el catre coronado por una sencilla cruz de madera, el escritorio con un taburete, la mesilla auxiliar en la que descansaba la lámpara de aceite.
Repasó conmigo los horarios, indicándome que vendría a buscarme en unas horas, cuando la campana del convento llamara a maitines.
—¿Tú también eres un hada? —le pregunté antes de que abandonara la celda.
—No. Yo no —aseguró—. ¿Por qué sabes tú que eres un hada?
—Porque puedo volar —respondí.
Me miró con una sonrisa inmensa que hizo brillar sus ojos castaños.
—¡Yo tengo pies de pato!
Suspiré. Se burlaba de mí.
—¿Acaso no me crees? —preguntó ante mi silencio.
—Las personas no tienen pies de pato —respondí hastiada.
Ella se encogió de hombros.
—Ni tampoco pueden volar. ¿Por qué debo yo creer que tú vuelas y tú no crees que yo tenga pies de pato?
Me pareció una duda razonable. A esas alturas, Sibila me parecía una persona de la que me podía fiar.
—Te creo —respondí tras sopesarlo durante unos segundos—. Me llamo Morgana.
—Morgana —repitió—. Es un nombre precioso, hermana Le Fay.
En cuanto a lo de que puedes volar… es mejor que lo mantengamos en secreto, si te parece.
Las mujeres que vuelan siempre han dado miedo, y por eso el empeño de algunos en cortarles las alas.
Recuerda: que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda.
—Está bien.
—En cuanto a lo de mis pies de pato… Bueno… —dijo, y suspiró—, eso también es un secreto.
—No diré nada. Tienes mi palabra —prometí.
—Buenas noches, hermana Le Fay.
—Buenas noches, hermana Sibila.
Me dejé caer en el estrecho catre. El olor a lavanda de las sábanas aplacó mi ánimo. Cerré los párpados por un segundo. Los abrí y fijé mi mirada en una mancha del techo. Se emborronó y volví a cerrarlos, despacio, pesadamente, mientras decidía que iba a aplazar mi huida para el día siguiente.
40 Steinbeck, J. (2022). Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros . España: EDHASA.
41 La mayor parte de las sirenas capturadas por humanos terminan por languidecer y morir.
Eso es lo que les ocurre a las asrai, pequeñas y delicadas hadas que, expuestas al sol, se licuan y acaban convertidas en charcos.
Ahora bien, es menester indicar que se han dado casos en los que las sirenas sobreviven fuera del agua, adaptándose perfectamente a la vida terrestre.
Pese a resultar casi indistinguibles de los simples mortales, siempre conservan algo de su extravagancia feérica.
A saber: no muestran ningún tipo de instinto maternal con las criaturas que conciben con un humano, pueden llorar desconsoladamente en un bautizo, reír sin control en un entierro…
42 «Le Fay » procede de la palabra «hada » , del latín tardío fata , derivado a su vez de fatum (‘el hado’, ‘el destino’ o su ‘voluntad’), una fuerza desconocida que actúa sobre dioses, personas y acontecimientos.
Con el proceso de evolución de las lenguas romances, el término se fue transformando, dando lugar al fée francés, del que se derivaron las palabras fada , en portugués, ‘hada’, en español o las inglesas fey y fairie , que han sufrido después variaciones en su ortografía: fayerye , fayre , faerie , faery , fairy …
La evolución semántica se produce al fusionarse las tradiciones populares con el cristianismo, dando lugar a un rico imaginario en el que las hadas dan vida a seres sobrenaturales o mágicos, capaces de influir irremediablemente en el destino humano.
« Le Fay » viene a subrayar el carácter feérico de Morgana, así como sus habilidades sobrenaturales y el influjo que provoca en las personas que con ella se relacionan.
43 En el siglo v antes de Cristo, el historiador y médico griego Ctesias habló por primera vez de unos asnos salvajes que vivían en los reinos de Indostán.
Los describió esquivos y con mal carácter, tan grandes y veloces como caballos, con el cuerpo blanco, la cabeza roja y ojos azul oscuro, aunque lo más destacable de su anatomía era un cuerno, de unos cuarenta y cinco centímetros, que les brotaba en medio de la frente y que contaba con propiedades mágicas.
Una vez separado del cuerpo del animal, podía utilizarse como si fuera una copa.
Los líquidos vertidos en ella se convertían en poderosos elixires que protegían de la enfermedad sagrada y de los venenos.
Pero las virtudes de los cuernos de unicornio no dejaron de aumentar con el paso de los siglos.
Llegó a asegurarse que curaban buena parte de los males conocidos, así como otros que aún estaban por aparecer.
Una leyenda describe el momento en el que un grupo de animales se dispuso a beber de un lago envenenado.
Antes de que sus hocicos rozaran el agua, un unicornio sumergió en ella su cuerno y la ponzoña desapareció, quedando esta fresca y limpia.
Monarcas y nobles caballeros que vivían bajo la perenne amenaza de ser envenenados por sus enemigos financiaron batidas para cazarlos.
No se trataba de una empresa sencilla. Para atraparlos se utilizaba como cebo a damas vírgenes que debían recostarse lánguidamente bajo un árbol, o junto a un lago, en espera de que el unicornio, embelesado, acudiese a su regazo.
Solo así lograban hacerse con los preciados cuernos que, aún hoy en día, pueden verse colgados de los muros de algunos castillos.