Morgana 10. Le Fay #2
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10. Le Fay #2

La miré de reojo. Cuando la vi por primera vez, en el patio del castillo, pensé que se trataba de una monja anciana, pero ahora ya no estaba tan segura.

¿Cuántos años tendría? La toca que cubría su cabello camuflaba su edad.

Es posible que no llegase a los treinta.

Sus facciones eran bonitas. Nada reseñable, sin duda, pero, a esa distancia, con la barbilla levantada para permitir que la brisa le acariciase las mejillas, con ese gesto de gozo mientras masticaba, con los ojos entornados por el brillo del sol, la monja podría haber rozado la hermosura de lady Igraine (si lady Igraine llevase meses enferma, alimentándose mal y sin pegar ojo).

—No soy muda —revelé.

Ya había sido muda durante años para mostrar mi descontento y de nada me había servido. Además, quería que quedase bien claro que no había nada que me impidiese hablar, más allá de mi más que lógico disgusto.

—¿Y qué eres entonces?

Dudé.

—Un hada —respondí tras valorar si debía compartir con ella esa información. Decidí que sí. Que se lo podía contar. Quizás, al saberlo, se asustaría y dejaría de molestarme.

—Oh… ahora que lo mencionas… sí que pareces un hada.

Con esos ojos como la flor de vincapervinca.

Y esa nariz respingona… Pero… Bueno, disculpa si no termino de creerte.

Tengo entendido que las hadas son seres juguetones, a los que les gusta cantar, bailar y gastar bromas.

Y permíteme decirte que llevamos media jornada juntas y no te encuentro graciosa en absoluto.

Dio un bocado a la manzana y la masticó despacio, paseando su mirada por el paisaje, como si yo no estuviera.

La observé con displicencia. Si creía que con ese vulgar truco yo iba a mostrarle alguno de los míos, es que era una necia que no valoraba en su justa medida mi inteligencia.

Seguimos comiendo en silencio hasta que terminamos con el pan y las manzanas.

Entonces se levantó, se sacudió las migas de la falda, caminó hasta el arroyo y bebió agua.

—¿No vas a beber? —gritó al ver que yo seguía sentada—. Deberías beber. Aún nos queda un largo camino.

—¿Adónde vamos? —pregunté alzando la voz—. Por aquí no se va a Almesbury.

—Pues sí que eres espabilada, sí. Eso es estupendo.

Necesitamos chicas listas en el convento.

Las torpes, mejor que se busquen un esposo —dijo mientras guardaba el cuchillo en la alforja—.

Iba a contártelo mientras comíamos. Supuse que mantendríamos una amistosa charla para conocernos mejor y entonces pensaba explicarte los motivos por los que he rechazado el amable ofrecimiento de tu padre de…

—Padrastro —la interrumpí indignada.

Ella me observó durante unos segundos antes de seguir hablando.

—Perdón. El ofrecimiento de tu padrastro —recalcó— de que uno de sus soldados nos acompañase. Nadie tiene por qué enterarse de lo que hacemos. Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Esa es mi máxima.

Agarró una de las esquinas de la manta sobre la que yo todavía estaba sentada y dio un par de tirones, haciendo que me tambalease.

—No has respondido a mi pregunta —le dije incorporándome de mala gana—. ¿Adónde vamos?

—Antes de ir al convento tenemos que pasar por Kaerbadum, así que nos estamos desviando un poco —respondió mientras doblaba la manta, la introducía en la alforja y aseguraba los cinchos—.

Pero hasta Kaerbadum hay dos jornadas a caballo, así que pediremos asilo en un convento que nos coge de camino.

Nos darán de cenar y dormiremos bajo techo, sin peligro de que nos asalten.

—Me contempló molesta—. Pero ¿qué haces ahí parada?

¡Vamos! ¡Bebe agua! ¡Sube al caballo! Como no nos demos prisa, se nos va a echar la noche encima.

Llegamos al monasterio cuando el día comenzaba a languidecer.

En un par de ocasiones estuve a punto de espolear a Taranis para escapar, tal y como tenía previsto, pero en ambas vi interrumpida mi intención.

La primera por una indisposición que parecía afectar al poni de Sibila, que, una vez examinado, no era más que un cardo que se le había clavado en la pata.

La segunda fue justo en el momento en el que sonaron las campanas del monasterio en el que íbamos a pernoctar.

Entonces me di cuenta de lo cansada que estaba.

Lo único que quería era dormir. Ya encontraría un momento mejor para huir.

A la mañana siguiente, tras un frugal desayuno compuesto por gachas con miel y cerveza floja, emprendimos el camino hacía Kaerbadum. Tomamos un polvoriento sendero custodiado por castaños centenarios que proyectaban sombras, matizando la luz.

—Aún no me has dicho cómo te llamas. —Sibila volvía al ataque.

No respondí.

—Está bien. Como eres un hada, te llamaré Le Fay 42 . A partir de este momento serás la hermana Le Fay —decretó—. Y a mí debes llamarme «hermana Sibila». En el convento todas somos hermanas. Hermanas del alma, que a veces es mucho más que hermanas de sangre. ¿Tienes alguna hermana?

Asentí.

—Se llama Ana —dije. Y añadí—: También tengo un hermano.

—¿Cómo se llama tu hermano?

—No lo sé.

Noté que un nudo me apretaba la garganta y tragué saliva con fuerza para no echarme a llorar. Sibila me miró de reojo y guardó silencio. Se mantuvo así el resto del camino, hasta llegar a Kaerbadum.

La mayoría de los britanos había escuchado hablar de ese lugar por ser la ciudad que en el pasado ordenara construir el legendario rey Bladud tras ser testigo allí de un prodigioso milagro.

El monarca contrajo el espeluznante mal de la lepra.

Al comprobar que los sarpullidos y costras que afloraban en la piel de sus cerdos sanaban tras revolcarse en el oscuro lodo de un arroyo cercano, decidió embadurnar su real anatomía con él.

La curación fue instantánea. Como era un rey magnánimo, instaló en el lugar unos baños de uso público bajo la advocación de la diosa Sul y los iluminó con ciento un fuegos inextinguibles.

Esta historia podría haceros pensar que el rey Bladud era un hombre afortunado, pero os equivocaríais.

Una vez repuesto de su enfermedad, anunció con entusiasmo que había encontradola forma de surcar el cielo como los pájaros.

Para demostrarlo pensaba lanzarse desde lo más alto de la más alta torre que se hubiera construido en Trilovanto.

El día elegido se encaramó a la torre, tocado con la real corona.

Llevaba amarradas a los hombros dos estructuras con forma de alas gigantes, elaboradas con flexibles juncos trenzados, forradas de tela liviana, a las que había cosido miles y miles de plumas de oca.

Se asomó al vacío. Vio los rostros impresionados de los que le observaban desde el suelo.

Se chupó el dedo índice para calibrar la dirección que traía el viento.

Ejecutó un par de estiramientos. Se crujió los dedos de las manos.

Hizo el amago de tocar las orejas con los hombros.

Respiró hondo. Se volvió a asomar al vacío y…

se lanzó a él sin asomo de duda. Chocó contra el suelo. Murió ese mismo día.

Pese a ello, aún hoy se recuerda al rey Bladud como un hombre sabio.

Mientras avanzamos por las calles de Kaerbadum, Sibila me explicaba que quería recoger, en botellitas de vidrio, el agua prodigiosa de las fuentes termales de aquel lugar para utilizarla más adelante en el convento.

—Con esa agua se pueden curar pruritos, eccemas y otras muchas enfermedades que tienen que ver con la piel —me dijo.

A medida que avanzábamos, tropezábamos cada pocos pasos con la figura del monarca tallado en piedra, siempre en compañía de alguno de sus cerdos—.

Al parecer el agua también tiene la virtud de dejar la tez de las damas blanca y aterciopelada como el trasero de un recién nacido.

—Con rapidez cambió el tono de voz para añadir—.

Y eso es algo que a nosotras no nos incumbe, como imaginarás.

Ni reparamos en ello siquiera. Las monjas esquivamos el pecado de la vanidad. ¿No te parece?

No supe qué responder. Jamás me lo había planteado, así que de nuevo guardé silencio, pero esta vez sin intención de mostrar mi contrariedad, sino por genuino desconocimiento.

En cualquier caso, no seguimos ahondando en el tema porque escuchamos unos gritos.

Al final de la calle vimos a un grupo de personas congregadas en torno a una de las fuentes de agua prodigiosa.

Se movían de un lado a otro, se llevaban las manos a la cabeza, unos se santiguaban, otras se mesaban los cabellos, otros cuantos clamaban al cielo…

Parecía la viva imagen del apocalipsis. El sol dorado lamía sus rostros, generando sombras grotescas que les hacían parecer aún másdesesperados.

Al acercarnos pudimos ver que en el centro de todo el alboroto se encontraba un hombre tirado en el suelo.

Aullaba de dolor. Su rostro descompuesto era contagioso, así que nosotras también encogimos el gesto.

Un par de hombres lo sujetaban mientras una mujer le lanzaba odres de agua por encima, de manera que tenía la ropa y los cabellos empapados.

Cada vez que el agua caía sobre el doliente, este lanzaba un alarido.

—Disculpad… disculpad… —dijo Sibila, dirigiéndose a una de las mujeres, que lloraba compungida.

Pero por culpa de los lamentos del hombre, el gorgoriteo de la fuente, las plegarias y los salpicones… ni siquiera la oyeron.

—¡Disculpad! —gritó.

Algunos se dieron la vuelta para observarnos con desagrado.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Sibila, ignorando sus rostros contrariados.

—Solo Dios lo sabe —respondió una de las mujeres—. Es el conde Urbgenio, el señor de estas tierras. Lleva desde ayer muriendo de dolor y hoy le han traído aquí para aplicarle las aguas. Pero no está funcionando. Cuanta más agua le echamos, más se queja.