10. Le Fay
Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros John Steinbeck
El día que se presentó en el castillo la monja que iba a acompañarme a mi nuevo destino, unas plácidas nubes blancas se deslizaban por el cielo de comienzos del verano.
Había pasado las últimas horas haciendo acopio de mis pertenencias: el vestido de lana teñida con azafrán, la capa forrada de piel de conejo, el peine de hueso, las botas de suave cuero que me había hecho el curtidor, el espejo de plata…
Por aquel entonces, pensaba que yo era los objetos que poseía, y ver que todos cabían en un hatillo me hizo sentir inmensamente afligida.
Eché un último vistazo a la alcoba que había acogido mis sueños. Suspiré y cerré la puerta a mi espalda.
En el patio me esperaban Ronan, el padre Edwin y un buen número de las muchas damas que me habían acompañado durante la infancia. Algunas estaban lagrimeando.
—No tendríais que estar aquí —les dije conmovida—. Como se entere el rey, os reprenderá.
—Os hemos ensillado a Taranis —me dijo el mozo de cuadra con la voz tomada—. Es un caballo magnífico y os será leal durante muchos años. Las bestias son más nobles que algunas personas —añadió en un susurro.
—Gracias —musité.
—Me he tomado la libertad de prepararos esto.
—Ronan me extendió un paquetito envuelto en una servilleta—.
Es un pedazo de empanada, un trozo de queso, pan y una botella de cerveza.
Creo que habrá suficiente para las dos —dijo, señalando con la mirada a la monja que se mantenía a una discreta distancia.
—Gracias, Ronan.
El padre Edwin nos observaba con los ojos empañados. Había alcanzado esa edad en la que un hombre puede afligirse ante los demás sin temor a ser juzgado y el simple revoloteo de un pájaro lo enternecía hasta el llanto.
—Padre…
—Querida niña… Hija… —musitó él, aferrando mi mano entre las suyas, dándome palmaditas en el envés—. Y te llamo «hija» porque así lo siento. Dios da a los laicos hijos de su carne…, y a mí me dio a mi niña Morgana.
—Por favor, padre… —murmuré, tragando con dificultad.
—También quiero entregaros algo —siguió diciendo.
Metió la mano en el bolsillo de su sotana y sacó la biblia ajada con la que me enseñó a leer.
—Gracias, padre Edwin. Gracias por todo. ¡Por todo! —recalqué. Luego me giré para mirar a los demás y añadí—: Cuidaos mucho. Vigilad a las gallinas. Y vigilad también la plaga de cochinillas del huerto. Ya sabéis que hay que quitarlas una a una y untar las ramas con vinagre.
Hablaba deprisa, atropellando las palabras, para no dejarle espacio al llanto.
—Da igual el tiempo que pase. Para nosotros el duque siempre será nuestro señor, y vos la duquesa de Cornualles — musitó cerca de mi oreja una de las damas.
—Parad ya… por favor. No quiero llorar. Y si os veo llorar, me contagiaré y lloraré yo también. Necesito pensar con claridad. Quiero marcharme con orgullo. Con la cabeza alta y…
Por el rabillo del ojo vi a mi madre. Caminaba hacia mí con el porte de la reina que era.
—Morgana… —Mi nombre, pronunciado en su boca, sonó como una invocación.
Se colocó frente a mí e intentó abrazarme.
No se lo permití—. Somos tan parecidas y a la vez tan distintas…
—dijo, levemente turbada—. Mi papel en tu vida ya ha finalizado.
Solo fui la excusa para que te materializaras en este mundo.
A veces tu aspecto me confundía y cometí el error de tratarte como a una niña.
Pero ahora que te observo puedo ver en ti las señales.
Con tus huesos tan delicados, y ese pelo negro…
—Suspiró—. No me perteneces, Morgana. Tú ya lo sabías.
Nunca me has pertenecido. Eres más grande que todo esto.
—Alzó su mano para señalar las torres del castillo—.
Tu sitio no está aquí. Tu mundo está ahí fuera.
Antes o después te darás cuenta de ello.
No respondí. Me di la vuelta y subí a los lomos de Taranis. La observé desde esa altura. Daban igual los años que pasaran, aún podrían componerse canciones alabando su hermosura. Preciosa, sí, pero ya domesticada 41 . Y eso le robaba un poco de su antiguo brillo.
—Adiós, lady Igraine.
Desde ese momento, nunca más volví a llamarla «madre».
Me coloqué al lado de la monja que había venido a buscarme e iniciamos la marcha.
Ya habíamos atravesado el puente cuando lancé una mirada a mi espalda.
El castillo de Tintagel se diluía majestuoso.
Escuché hablar de aquel fenómeno, pero nunca había tenido la oportunidad de observarlo desde fuera.
Su desaparición sonaba a color ámbar chocando con el añil.
El aire se paralizó y los pájaros dejaron de cantar.
La planicie sobre la que antes se alzaba la fortificación quedó cubierta de hierba, que tremolaba con la brisa.
El acantilado desnudo, despeñándose sobre el mar.
Las olas chocaban contra las rocas, arrancándoles una melodía delirante, exaltada, satisfecha por haberse sacudido de encima la incómoda presencia humana, por haber recuperado su antigua belleza, esa que los artistas son incapaces de reproducir.
Percibí cómo la magia se adueña del aire en ese momento, tal y como habían contado quienes fueron testigos de ello en otras ocasiones.
En ausencia del castillo, el acantilado parecía distinto.
Salvaje y feroz, tal y como se vería cuando se inventó el mundo.
—Tranquila. Todo irá bien. Me llamo Sibila.
La voz de la monja me devolvió a la realidad. La observé por primera vez. Tenía los ojos del color de la miel y sonreía. No parecía una mueca efímera, forzada por las circunstancias y la cortesía. Su sonrisa era una seña de identidad.
Taranis relinchó y la vida retomó su ritmo. Ahora él y midesaparecido hermano eran lo único que me quedaba de mipadre, e iba a protegerlos con uñas y dientes.
Cabalgamos siguiendo la senda paralela al acantilado, bajo la brillante luz del verano.
Cornualles se extendía ante nuestros ojos como un mosaico de oscuras rocas, verdes praderas, mar y cielo azul.
La monja no había dejado de parlotear desde que salimos.
En el convento viviría feliz, según ella.
Describía con complacencia en qué consistía el ora et labora, las frugales comidas a base de pan de centeno, vino aguado, sopa de nabos, cebolla y col.
Los ayunos de Cuaresma que purificaban el alma, la primera oración del día, recitada aún de madrugada.
La última antes de que las gallinas pegaran el ojo.
Resultaba evidente, por la demora en relatar cada detalle, que consideraba ese tipo de vida solo un escalón por debajo de lo que se espera sea el paraíso.
En otras circunstancias no hubiera dudado en mostrarle lo que pensaba acerca de lo que estaba contando, pero guardé silencio.
Su charla era un rumor que me entraba por un oído y me salía por el otro, sin calar demasiado en mí.
Ocupaba mi cabeza una única idea: escapar.
Por momentos sentía la tentación de espolear a Taranis y alejarme de ella.
Podía hacerlo. No me hubiera alcanzado ni aunque hubiera querido, pues su parsimonioso poni no era rival para Taranis.
Contaba hasta ocho mentalmente, notaba cómo mi cerebro enviaba la orden a mis pies y mis brazos, pero, al llegar al nueve, la aprensión me paralizaba.
Y vuelta a empezar.
Por la posición del sol deduje que nos dirigíamos al norte.
Si mi padrastro había dicho la verdad, si mi destino era realmente el convento de Almesbury, hacía tiempo que deberíamos haber girado rumbo al este.
¿Sería una trampa? ¿Acaso me estaría acercando esa mujer al borde de algún lejano acantilado para despeñarme siguiendo órdenes del rey?
En eso pensaba cuando me di cuenta de que la monja sofrenaba su montura.
—Pararemos aquí para comer —dijo descendiendo del poni
Lanzó un sonoro suspiro, sacudió los brazos y las piernas, giró el cuello en una y otra dirección con los ojos cerrados, los volvió a abrir, observó a su alrededor y volvió a suspirar.
—Este es un bonito lugar —concluyó.
Estábamos en la linde de un bosque de fresnos, junto a un arroyo, en una pradera perfecta para que nuestras monturas pudieran pastar. La monja extendió una manta sobre la hierba y sacó de las alforjas un pedazo de pan, un cuchillo y dos manzanas. Se sentó en el suelo y me miró.
—¿Qué haces aún subida al caballo? Vamos, baja a comer — me dijo mostrándome el pan.
Me mantuve en silencio. ¿Podía obedecer su orden y que al mismo tiempo quedase claro que no quería estar allí?
Si aceptaba la comida que me ofrecía, ¿no le estaría enviando un mensaje equivocado?
Lo cierto es que tenía hambre, y era razonable detenernos para que los caballos descansaran durante la hora más calurosa del día.
¿Debía compartir con ella la empanada, el pan, la cerveza y el queso que me había dado Ronan?
Decidí que no. Necesitaría alimento cuando me quedase sola una vez hubiera huido.
Si no comía ahora, no tendría fuerzas para escapar, así que no le di más vueltas al asunto.
Desmonté, me acerqué a ella, le arrebaté el pan que me ofrecía sin mirarla a los ojos y me senté en la manta con el ceño fruncido.
El primer bocado me supo a ceniza.
—Me llamo Sibila —se presentó de nuevo.
Guardé silencio.
—Las reglas de urbanidad exigen que tú también me digas tu nombre.
Silencio.
Estaba segura de que la monja sabía perfectamente cuál era mi nombre. Yo era la hijastra del rey. Había venido a buscarme al castillo de Tintagel. ¿Acaso pensaba que yo era tan tonta como para imaginar que no sabía cómo me llamaba?
—Vaya, vaya…, así que tengo ante mí a una niña muda — escuché su voz ululando entre la bruma de mis resentidos pensamientos.