Morgana 9. El hijo del dragón #4
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9. El hijo del dragón #4

El día que entró en la capilla tapándose los oídos con las manos, exigiendo a gritos que dejaran de tocar la campana, el padre Edwin intentó tranquilizarle: la campana únicamente tañía al mediodía (le explicó) y de eso habían pasado ya varias horas.

El sacerdote lo guio hasta el campanario para que pudiera ver, con sus propios ojos, el badajo inmóvil.

—Es solo el agotamiento lógico tras tantas batallas —le aseguró el religioso mientras le palmeaba la espalda con gesto beatífico.

—¿De verdad lo creéis, padre?

—¡Sin lugar a duda! Yo mismo, pese al consuelo de saber que nuestro paso por este valle de lágrimas es breve y transitorio, me veo sacudido de cuando en cuando por el abatimiento —le dijo para tranquilizarle—.

A veces me pongo triste triste triste…, tanto que me parece que el castillo está hecho de cera, que las torres son cirios que se van consumiendo y gotean, como si llorasen.

Hasta los sirvientes se deforman como figurillas abandonadas bajo el sol del mediodía.

¡Y los muros! Oh… sí, cediendo por el calor de las llamas.

Incluso puedo sentir el viento marino pegajoso, como cera líquida derramándose sobre mi sotana.

¿También vos, majestad, os sentís empapado de cera que empieza a endurecerse?

—preguntó, reprimiendo el gozo interior que le provocaba compartir debilidades con el monarca.

Úter le escuchó con el rostro compungido.

La idea de que el castillo estaba hecho de cera no le ayudaba.

Le pareció una nueva y turbulenta imagen que añadir a las ya suficientes congojas que borboteaban en su cabeza respecto a ese maldito edificio.

Por las noches soñaba que transitaba por corredores infinitos, que subía y subía tramos de escaleras desgastadas por el paso de millares de pisadas.

Escaleras que terminaban en cámaras que jamás había visitado, aún adornadas con tapices con el escudo de mi padre, pese a que él había ordenado que retirasen cualquier rastro de la existencia del duque hacía muchos años.

Irritado, intentaba arrancarlos, y entonces las chovas piquirrojas bordadas en ellos cobraban vida y se le abalanzaban para arrancarle los ojos.

Daba la vuelta para desandar el recorrido, pero tropezaba con otro tramo de escaleras que acababa en una pared.

Despertaba sobrecogido, envuelto en sudor, y el mal cuerpo le duraba el resto del día.

Lo único bueno que trajo la monomanía de Úter era que eliminaba las diferencias de clase.

Ahora el rey creía en las mismas supercherías que aldeanos y criados.

Verlo titubeante, crispado, con los ojos fuera de las órbitas y la barbilla temblorosa hizo que los habitantes del castillo dedujeran que los monarcas podían acabar tan desquiciados como sus súbditos más humildes.

La situación de Britania no había mejorado tras la coronación de Úter.

Los reyes del norte seguían negándole su lealtad, mientras que los sajones no cesaban en su empeño de hacersecon la isla, de manera que, al igual que sucedió en el pasadocon mi padre, su presencia en el castillo era fluctuante.

Aquello le permitió constatar que sus padecimientos desaparecían cuando batallaba.

Era alejarse de Tintagel y, en apenas dos horas, recuperaba su antiguo carácter.

Inmerso en penalidades, pasando frío, pernoctando a la intemperie, compartiendo miserias junto a otros hombres ante los que podía eructar y ventosear sin remilgos, se sentía más animado.

Saludaba alegremente a sus soldados, comía con apetito, dormía a pierna suelta y reía a carcajadas, rememorando con sus camaradas los desmembramientos y decapitaciones infligidos a los enemigos.

Cualquiera que lo hubiera visto entonces, habría pensado que se trataba del hombre más feliz del mundo.

Tras darle algunas vueltas, Úter concluyó que era mi proximidad la que le provocaba el desequilibrio.

Es posible que tuviera razón. Una parte de mí, fría y despiadada, con seguridad mi parte feérica, le odiaba sin remedio.

Y me había propuesto que se notase. Dondequiera que fuese, allí encontraba mis ojos, posados sobre él, vacíos de afecto o compasión.

Mis ojos cuando llegaba exhausto, tras semanas en el campo de batalla.

Mis ojos cuando besaba a mi madre. Mis ojos repasando los contornos de su cada vez más abotargada figura.

Mis ojos clavados en su nuca cuando comulgaba, cuando comía, cuando bostezaba…

En ocasiones, se envalentonaba y me sostenía la mirada, pensando (pobre iluso) que podría vencerme.

Un regusto de placer burbujeaba entonces en mis entrañas, porque mis ojos le gritaban lo que mis labios callaban.

Gritaban tan alto, con tanta rabia y resentimiento, que terminaba por rendirse.

Bajaba la vista y se alejaba de mí, como la rata traidora y cobarde que era.

Me convertí en la clase de hijastra que él se merecía.

Pero nunca hay que infravalorar al enemigo, sobre todo si solo tienes doce años, el enemigo es el rey y este puede disponer de tu vida a su antojo.

Un día, sin previo aviso, mi madre y Úter me convocaron en el salón.

Ella estaba junto a la chimenea, con la mirada fija en el suelo, frotándose las manos con desasosiego.

Como mostrarse desasosegada no era habitual en mi madre, sentí una punzada de inquietud.

El rey, por el contrario, lucía la jactancia del que retiene en su interior un preciado secreto que, en cuestión de segundos, devastará a su adversario.

Verle sonreír me provocaba náuseas. Le subía la sonrisa por la mitad derecha de la cara, a la vez que levantaba la ceja izquierda; un desequilibrio turbador.

—Morgana… Morgana… Morgana… —empezó a decir.

Si contaba las veces que había pronunciado mi nombre desde que nos conocimos, con esas sumaban tres en total—.

Cuando era un niño, mi querido hermano y yo fuimos acogidos por el rey Budico de Armórica.

Tenía a su cargo a un muchacho que las malas lenguas aseguraban era un hijo nacido fuera del matrimonio.

—Volvió la vista hacia mi madre, como si ella necesitase una explicación sobre su aspecto—.

Era flacucho, con la piel grisácea y el pelo muy negro, muy tieso, imposible de domar…

y grasiento, como un trozo de tocino de cerdo olvidado al sol.

—Suspiré. Úter resultaba insufrible estando en silencio, pero hablando incomodaba aún más—.

Era una criatura innoble, de mirada huidiza, que nos seguía a mi hermano y a mí a donde quiera que fuésemos.

Lo encontrábamos en nuestra alcoba, cada vez que dábamos la vuelta a una esquina o espiando mientras practicábamos con la espada.

Se empeñaba en ser nuestro amigo, pobre diablo, pese a que mi hermano y yo le dejábamos constancia del desagrado que nos causaba.

Le lanzábamos objetos, le tirábamos por la cabeza el contenido de la bacinilla, le robábamos los pantalones…

—Se carcajeó. Pensé que no podía odiarle más de lo que ya lo odiaba, pero Úter siempre se las apañaba para sacarme de mi error—.

Pero, pese a su vulgaridad, el rey lo tenía en alta estima, e hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudarlo.

El rey Budico era compasivo con las criaturas a su cargo.

Un hombre magnánimo — añadió, apelando de nuevo a mi madre—.

Y yo me siento inclinado a seguir su ejemplo.

—Posó sus ojos en mí—. Encontrar un buen destino para tu vida se ha convertido en una prioridad, Morgana.

—¿Cuatro veces pronunciando mi nombre en un mismo día?

¿Qué estaba pasando?—. Una alianza con el reino de Lothian en estos momentos nos ayudaría, sin duda.

Serías perfecta para desposarte con el rey Lot, pero el padre Edwin insiste en que eres aún demasiado joven…

Apreté los puños y se me tensó la mandíbula. ¿De qué estaba hablando? Úter guardó silencio, balbució un par de sílabas inconexas y luego buscó refugio en la mirada de mi madre.

—El rey y yo hemos decidido que ingreses en el convento de Almesbury —concretó ella, acudiendo en su ayuda.

De pronto sentí una oleada de fuego avanzando en mi interior. De mi boca surgió un lamento áspero (quizás fuese más acertado describirlo como un bufido). Las luces de las antorchas titilaron.

—Endemoniada… —pronunció Úter con los dientes apretados.

—¡Devuélveme lo que es mío! —aullé de pronto.

Llevaba tanto tiempo sin usar la voz que esta surgió ronca y deformada. Quizás fuera por eso, o por la sorpresa de escucharme de nuevo, por lo que Úter se sobresaltó. Y lo cierto es que yo también.

—¡Devuélveme a mi hermano! ¡Devuélveme mi castillo! —seguí gritando.

—No consentiré que una endemoniada me insulte de esta manera —espetó Úter.

Ni siquiera me digné a mirarle. Di media vuelta para dirigirme a mi madre.

—¿Vais a devolverme el castillo de mi padre?

Ella guardó silencio. Deduje por su lenguaje corporal que la respuesta era un «no».

—¿Cómo te atreves a hablar así al rey? —respondió Úter en su lugar. Se creía el centro de todo. No era capaz de darse cuenta de que, en el asunto de mi herencia, él no tenía nada que decir.

—¿Acaso es propio de un rey comportarse como un vil ladrón? —grité yo.

En el mismo momento en el que esas palabras salían de mi boca me di cuenta de lo absurdo de la pregunta. Por supuesto que era propio de un rey comportarse así. Era la manera en laque los tiranos se hacían con sus bienes: arrebatándoselos alas personas menos viles que ellos.

El rostro de Úter enrojeció.

—¡Pide perdón, deslenguada! Pide perdón o te juro… te juro…

Creo que sonreí levemente.

—Prefiero ser una deslenguada a un traidor. Traidor. ¡Traidor! ¡Traidor! —grité con los ojos ardiendo de rabia.

—¡Endemoniada! —insistió, antes de darse la vuelta para dirigirse de nuevo a mi madre.

Ella nos observaba con gesto trémulo, con la mano en la boca, conteniendo un gemido—.

No permitiré que una criatura así continúe bajo este techo.

¡Me ha insultado! Si fuese un hombre, la habría atravesado con mi espada hace tiempo.

Pero su condición femenina la protege. Exijo que abandone el castillo al instante.

¡No quiero volver a verla! ¡Prohíbo que se vuelva a pronunciar su nombre en mi presencia!

Aguardé unos segundos, a la espera de la reacción de mi madre.

Lo triste es que no me sorprendió que guardase silencio.

Alcé la barbilla y caminé a su encuentro.

Frente a ella, flexioné la rodilla derecha, deslizando hacia atrás la izquierda.

Sujetando la falda de mi vestido, hice una ceremonial reverencia, con mis ojos fijos en los suyos.

—A sus órdenes, majestad —remedé tono servil, antes de abandonar el salón sin pedir permiso.

Subí a mi alcoba y respiré hondo, intentado aplacar el corazón que me galopaba en el pecho. Cuando me dejaron de temblar las manos, espanté con dos manotazos las lágrimas que recorrían mis mejillas. Aferré el espejo y me miré a los ojos.

—Ya está… ya pasó todo —me dije para tranquilizarme—. Mi mundo es más grande que este castillo. Yo soy la persona que va a cuidar de ti, Morgana.

Así fue como supe que dentro de mí ardía un fuego. Aprender a dominarlo sin llegar a quemarme era ahora mi responsabilidad. Mi fuego era más grande que todos mis miedos.

37 Las nieblas de Ávalon . (Edith Zilli, trad.) Barcelona: Ediciones Salamandra.

38 El otro mundo galés en la mitología celta.

Se trata de un reino mágico, oculto, eterno, de belleza infinita, donde el tiempo no existe.

Algunas leyendas lo describen similar a Ávalon: una isla resplandeciente más allá del horizonte marino.

Solo se puede llegar allí en barco. Hay tradiciones que lo ubican bajo las colinas o cavernas cubiertas de musgo.

De igual modo, también lo sitúan debajo del agua, ya sea en el lecho de los ríos, lagos o el mar.

La entrada sería un leve velo entre los dos mundos.

Todo ello refuerza la idea de que no se trata de un lugar fijo.

Los vivos solo pueden entrar si son invitados, si se pierden o si el mundo visible en el que viven se resquebraja.

39 La forma natural de «el pueblo de los selkies» es humana, aunque son mucho más hermosos que los hombres o mujeres comunes.

Se colocan una piel de foca para pasar inadvertidos al subir a la superficie.

El selkie macho es enamoradizo y es posible verlo cerca de la costa, buscando una mortal a la que seducir, aunque pronto la abandona.

En cambio, las selkies hembra no muestran interés alguno por los hombres y son estos quienes intentan atraparlas.

Para conseguirlo roban sus pieles de foca, obligándolas a ir en su busca.

La progenie nacida de estas uniones suele tener manos y pies palmeados.

Los roane son similares en esencia a los selkies, siendo estos últimos mucho más bondadosos.

Las merrows son similares a las sirenas, igualmente agraciadas, aunque más afectuosas.

Llevan un gorro de plumas rojas con el que se impulsan hasta sus hogares submarinos.

Ver a una merrow es presagio de que se aproxima una tormenta.

Tienen tendencia a enamorarse de los pescadores humanos, algo que parece lógico, ya que los merrows macho poseen un aspecto inquietante, aunque lo compensan por la extrema amabilidad de su carácter.

Los descendientes del encuentro entre merrows y humanos pueden nacer con el cuerpo cubierto de escamas y con membranas entre los dedos.

Los tritones son más salvajes y feos que las sirenas, y están mucho menos interesados que estas por la humanidad.