Morgana 9. El hijo del dragón #3
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9. El hijo del dragón #3

Tras varias semanas de intentos fallidos, Ronan razonó que la solución quedaba fuera de su competencia; él podía manejarse con temas mundanos, pero opinaba que lo mío, más que físico, era espiritual.

Estando así las cosas, consideró que el padre Edwin era la persona indicada para poner fin a mi mutismo.

El religioso, con fingido recato, tuvo que darle la razón.

El padre Edwin era de talante nostálgico y refunfuñón.

Se quejaba de la lluvia («cuánta humedad»), del sol («qué bochorno»), de los animales («tan ruidosos»), de las damas («tan ramplonas»), de los caballeros («tan toscos»).

Tenía en alta estima sus capacidades y en muy poca las de los demás, de manera que, cuando algo le incomodaba, siempre suponía que la culpa era de los otros, viles pecadores con los que Dios ponía a prueba su santa paciencia.

Por supuesto, él ignoraba su pesimismo, ya que lo consideraba pura deducción lógica: el mundo era un lugar al que se venía a sufrir.

Para el regocijo había que esperar. El regocijo estaba reservado a los pocos que lograran alcanzar el paraíso.

Pero no quiero que imaginéis que viví como un castigo que me encomendasen al padre Edwin.

Muy al contrario: fue un regalo que se sintiese responsable de salvar mi alma.

Llegó a la conclusión de que permanecía en silencio porque encontraba más interesantes las conversaciones que mantenía conmigo misma que las que pudiera entablar con cualquier otro habitante del castillo.

El diablo podría aprovechar la circunstancia para meterme ideas perversas en la cabeza, y no estaba dispuesto a permitirlo.

La experiencia le indicaba que el cerebro de las mujeres era terreno abonado para que la maldad echase raíces, pero él se encargaría de sembrar en mi mente buenas semillas.

Decidió que la menudencia de que fuese una niña muda no era impedimento para que aprendiese a leer y escribir en latín, ya que a sus ojos no existía lengua más práctica y culta.

Y ese conocimiento me dejó cautivada. Antes de cumplir los siete años ya me había leído de cabo a rabo las Sagradas Escrituras.

Así supe de la existencia de un mundo más allá de Tintagel.

Lugares tan exóticos como Saba, habitado por una reina inteligente y hermosa, con la piel como el ébano.

O Babel, donde edificaron una torre tan alta que casi pudieron tocar el cielo sacando la mano por la ventana.

Conocí a Jonás, que sobrevivió varios días en la barriga de un pez que terminó por vomitarlo en una playa, sin mayores consecuencias para su salud.

Y también supe de la intensa lluvia que inundó el mundo y cómo las especies se salvaron navegando en una barca enorme.

En ocasiones, el rosario de requisitos que debían superar los protagonistas de las historias me recordaba a las instrucciones a seguir en los cuentos de hadas, muchas de ellas carentes de cualquier tipo de lógica.

Cosas como: «No mires atrás si no quieres acabar convertida en estatua de sal» o «Puedes comer todas las frutas que quieras, menos las manzanas de este árbol».

Al igual que en los cuentos, por muy fáciles de cumplir que parecieran las reglas, los personajes siempre acababan desobedeciendo y lo pagaban con desproporcionados castigos del tipo «Aumentaré el dolor de tus partos; desearás dominar a tu marido, pero él te dominará a ti».

Para mí, en aquellos momentos, la religión y la magia eran la misma cosa.

En ambas, la esencia del mundo estaba sometida a un buen número de fuerzas y seres sobrenaturales que premian, castigan y se divierten con los humanos.

Tanto magos como religiosos confiaban en que, sirviéndose de conjuros o plegarias, conseguirían predisponer a esos espíritus para que obrasen acorde a sus deseos.

Mi mutismo impidió que compartiese estos pensamientos con el padre Edwin, lo cual fue una suerte, porque estoy segura de que no hubiera encontrado el paralelismo.

Muchas personas habían acabado lapidadas por expresar este tipo de divagaciones en voz alta.

Contra todo pronóstico, creo que me convertí en la persona favorita del padre Edwin.

Él disfrutaba sobremanera del sonido de su voz reverberando en la capilla durante la misa diaria, impostándola en el acto penitencial, dulcificándola en el Gloria, tornándola grave en la lectura de los evangelios y beatífica en la despedida.

Pero eso solo le ocupaba una hora al día, mientras que yo pasaba con él buena parte de las tardes, y mi mudez le permitía hablar y hablar sin interrupciones.

Reconozco que yo también comencé a apreciar su compañía.

Me sentía profundamente agradecida. Me entregó la llave que daba acceso a otros mundos, y pude viajar en el tiempo y el espacio, ocupar otros cuerpos y acceder a los pensamientos de gentes que murieron hace muchos siglos.

Conocí el poder que tenía la palabra escrita y lo que era capaz de hacerle a mi cabeza.

El tiempo que no estaba en la capilla lo pasaba con Taranis.

Si lograba escabullirme, me llevaba la comida a la cuadra, lo cepillaba y me sentaba junto a él hasta la caída del sol.

Con el paso de los años me permitieron salir del recinto de la fortaleza y entonces cabalgábamos entre las aulagas y las campanillas marinas, nos adentrábamos en los bosques de avellanos; guardábamos silencio el uno al lado del otro, dejando que las alondras y los zorzales hablaran por nosotros.

A veces me llevaba el espejo conmigo para intentar convocar la imagen de mi hermano, alejada de cualquier mirada indiscreta.

Pero solo lograba atisbar contornos borrosos de pies infantiles chapoteando en el barro, o de espadas de madera chocando, o de piedras lanzadas a un estanque.

Era posible que se tratase del reflejo de lo que mi hermano estaba viendo en ese mismo momento, pero también podía ser algo acontecido cien años atrás, que ninguna relación tuviera con él.

Eso me llevó a pensar que, igual que Merlín me reveló ese talento, del mismo modo podría impedir que ahora lo utilizara para encontrar a mi hermano.

Hacía tiempo que el nombre de Merlín estaba en mi lista de personas odiadas.

Quizás debería contaros que mi madre y el rey concibieron otra hija a la que bautizaron con el nombre de Ana.

No entablé con ella ningún tipo de relación, convencida como estaba de que Úter se había empeñado en arrebatarme cualquier rastro de familia que pudiera tener.

Me limité a observarla de lejos con el mismo interés que me despertaba ver caer la lluvia.

Así transcurrió mi niñez en el castillo de Tintagel.

Contando el paso de los años por el calendario gregoriano y el día en horas canónicas.

Confundiendo el grial con el caldero mágico de Dagda, a los druidas con los sacerdotes y el cielo cristiano con el Annwn 38 celta.

Protegida de la realidad por los espíritus del agua, la tierra y el mar.

Aceptando con naturalidad el desbarajuste en la física que me permitía volar.

Custodiada por Taranis, protegida por Ronan y el padre Edwin, aborrecida por el rey, ignorada por mi madre, que no volvió tejer seres fabulosos en los telares ni a insinuar que yo era un hada.

La sombra de su rareza se fue difuminando y estoy segura de que hasta Gwyneth dejó de hablar de ella en las tertulias de la taberna.

Fue en aquel tiempo cuando Úter comenzó a sospechar que estaba perdiendo el juicio.

Se quejaba de agotamiento y de sentir un frío de tumba en los huesos.

Las pocas veces que habla, lo hacía en susurros, así que era un suplicio entender lo que quería y perdía los nervios si le pedían que repitiese lo que acababa de ordenar.

A los habitantes del castillo les resultaba desconcertante.

El comportamiento del que hizo gala durante sus primeros días en el castillo había dado forma a la idea que hasta entonces habían tenido sobre su naturaleza: despiadado, irascible, tiránico, abrumador, básico en su espiritualidad.

Un hombre, en suma, poco propenso a verse sacudido por ilusiones.

Pero ahora se mostraba aprensivo. Insistía en que el mar cercaba peligrosamente la fortaleza y aseguraba que sentía la humedad salobre en los huesos y que podía oír las olas lamiendo los muros, descomponiendo la argamasa que unía las piedras.

El mismo mar que en su momento le sirvió para acceder al cuerpo de mi madre ahora le parecía un ente maligno, cuajado de seres al acecho.

De nada servía explicarle que el mar se encontraba doscientos pies por debajo del castillo, que los selkies, los roane, las sirenas, los merrows y los tritones 39 que lo habitaban estaban domesticados y que llevaban siglos sin asaltar a ningún humano.

Eso no tranquilizaba a Úter. ¡Ah… si solo fuese el mar el motivo de su malestar!

Decía que las campanas de la capilla habían logrado traer al presente el eco del sonido que emitirían en su funeral.

Tras cada tañido oía el último quejido expelido por los hombres a los que arrancó la vida en el campo de batalla.

¿Cuántos habrían sido? ¿Cien? ¿Quinientos?

¿Dos mil? ¿Dos mil veces dos mil? ¿Podéis imaginar cómo deben sonar, dentro de la cabeza, dos mil veces dos mil homicidios?

Yo no lo he padecido, pues, pese a lo que hayáis podido escuchar sobre mí, nunca he sido tan cruel, pero seguro que resulta abrumador.

Y lo peor era que, al final de todos los repiques, Úter escuchaba la grave voz de mi padre llamándole traidor. ¡Traidor!