9. El hijo del dragón #2
Eso debían pensar mi madre y el rey mientras el padre Edwin les insistía e insistía en lo apremiante de bautizar a mi hermano, de señalarle con un nombre para diferenciarlo de otros niños réprobos, no fuese a acontecer una desgracia (el Señor no lo quisiera) y su almita descarriada acabase en el infierno por no seguir unas prevenciones mínimas.
Pero ellos le restaban importancia, aplazaban el momento; de hecho, apenas pasaban tiempo con él.
Depositaron en los pechos de la nodriza la responsabilidad de su crianza, y retomaron con premura sus escarceos entre las sábanas, porque la reciente maternidad no aplacó el deseo de ninguno de los dos.
Esa desidia por su parte me vinculó aún más a mi hermano.
Veía en él mi propio reflejo: una criatura arrastrada a este mundo y abandonada a su suerte.
Su pureza me perturbaba, ocupando mi mente durante el día y haciendo que soñase con él por la noche.
Lo velaba hasta que se quedaba dormido y me levantaba deprisa para estar presente en su primer llanto.
No os engaño al decir que mi hermano parecía hecho de un material diferente al del resto de los humanos.
Su piel era blanca, lisa, suave. Olía a ajenjo endulzado con miel, seguramente por sus ojos, que, con el paso de los días, tornaron del azul celeste al color del ámbar verdoso.
Era la criatura más hermosa que yo hubiese visto jamás; incluso más que Taranis.
Debieron considerar que yo no era una amenaza para su integridad, porque me dejaban bañarlo.
Colocaba la tina de peltre frente a la chimenea, la llenaba de agua caliente y flores de lavanda y masajeaba cada pliegue de su cuerpecito: la mórbida piel de su vientre, la caracola de sus orejas, las junturas de sus miembros.
Repasaba el recorrido azulado de las venas, absorbía los esbozos de sus primeras risas y fruncía el ceño ante sus leves protestas.
Luego lo enjugaba con una toalla que previamente había dejado calentar frente a la chimenea, tarareando musiquillas inventadas.
Le abrazaba, aspirando con ansia su olor a vida recién estrenada, y le susurraba al oído todo lo que lo quería.
Mucho. Mucho más que mucho. «Hermano mío». «Mi vida…».
El día elegido por Merlín para saldar la deuda del rey estuvo precedido por tiempo borrascoso. La bruma de marzo, espesa y húmeda, se descolgaba por los riscos de Tintagel, similar a jirones de sábanas, como si el viento hubiera hecho de las suyas en una cama recién hecha.
De haberme asomado a la torre, habría podido verlo llegar a lomos de su yegua, caminando sobre un mundo invertido; la tierra sembrada de nubes esponjosas y frías y el cielo mudado en espejo de reluciente piedra gris.
Pero su visita nos pilló por sorpresa y yo estaba en las cuadras.
Llevaba un tiempo jugueteando con la idea de que mi hermano se hiciese lo bastante mayor como para enseñarle a montar, al igual que mi padre hizo conmigo.
Nos imaginaba a ambos a lomos de Taranis.
Yo guiando sus manitas, aspirando el olor a limpio de su coronilla mientras le explicaba el asunto de las muryans que viven en las colinas huecas, que se mecen en las corolas de las prímulas y cabalgan a lomos de los grillos hasta los prados floridos para celebrar allí sus fiestas en las noches de luna llena.
—¿Con quién hablas?
La voz del mago me sacó de mi ensimismamiento. Me giré de golpe. Su inconfundible silueta se recortaba en la luminosidad de la puerta abierta. Caminó hacia mí con las riendas de su yegua en la mano. Un mechón de pelo negro le cubría parte del rostro.
—¿Y bien? —volvió a preguntar.
Seguí acariciando el lomo de Taranis, dispuesta a que no se diese cuenta del repentino rubor de mis mejillas.
—¿Y bien qué?
—Se te oye reír desde el puente —dijo. Lo cual era claramente una exageración—. Así que te he preguntado que con quién hablas.
—Con Taranis —respondí.
—Con Taranis —repitió mientras liberaba a la yegua de su silla—. ¿Y tiene buena conversación?
Me encogí de hombros antes de responder.
—Mejor que la de algunos reyes.
Me dio la impresión de ver la sombra de una sonrisa dibujada en su rostro, aunque no estaba segura; nos envolvía la penumbra.
—Tiene su lógica. Por el ajedrez sabrás que el rey no siempre es la pieza más importante. Los caballos son los únicos capaces de moverse por lugares a los que no llegaría jamás un rey.
No recordaba haber hablado con Merlín del juego, pero él siempre parecía saberlo todo sobre mí, como si me analizara en cada uno de nuestros encuentros. Como si estuviésemos conectados, de una manera u otra.
—Los peones valerosos pueden incluso rescatar a la reina —siguió diciendo— y el alfil… Bueno, un alfil puede manejar los hilos de un reino sin que el rey se percate de ello.
—¿Eres un alfil?
Guardó silencio. Luego se me aproximó y aferró mi barbilla para enfrentarme a sus ojos.
—¿Qué voy a hacer contigo, Morgana? —Supongo que no esperaba respuesta por mi parte porque, acto seguido, me pidió que lo acompañase al gran salón.
Recuerdo a mi madre y a Úter recibiéndole con una cortesía solo reservada a los hombres a los que se teme ofender o contrariar. El maestresala le ofreció vino especiado mientras una de las sirvientas se hacía cargo de su capa.
—¡Qué inesperado honor! —saludó el rey con ensayada dignidad.
Merlín inclinó levemente la cabeza, dibujando en sus labios una sonrisa desprovista de humildad.
Úter observó a su cobrador en silencio, sobrecogido quizás por el hecho de que hubiera llegado el momento que tanto había temido.
Desde el nacimiento de su hijo supo que debía prepararse para afrontar con decoro ese día y, aun así, ahora sentía que el mago le hurgaba en el pecho con sus manos nervudas para arrancar de él sus miedos más íntimos y exponerlos a la luz.
Le atormentaba la idea de estar cometiendo un error y, en ese momento, con Merlín ante sus ojos, su conciencia tomaba forma física.
Una forma, por otro lado, tan perturbadora como fascinante.
El joven perspicaz y deslenguado que conoció apenas dos años antes era ahora un hombre adusto, alto y esbelto, de rostro afilado y pómulos marcados.
Se mantenía muy erguido, de manera que parecía observarle por encima del hombro con sus fieros ojos negro pizarra, tan acordes con el día.
Comimos los cuatro juntos en el gran salón. Ronan se esmeró en la elaboración de sus manjares, cuajando la mesa de exquisiteces, pero ni una brizna de afabilidad se intuía en el ambiente. De vez en cuando intercambiaban alguna frase que yo no alcanzaba a comprender.
—¿Seguís pensando que es lo mejor? —preguntaba Úter.
—Sin lugar a duda —respondía Merlín—. Pasará inadvertido hasta que esté preparado para asumir lo que el destino le depara.
Aquella noche dormí a trompicones, asaltada por sueños absurdos.
Inquieta, lo primero que hice tras el canto del gallo fue ir en busca de mi hermano.
El corazón se me paralizó al ver su cuna vacía.
Corrí en dirección a la cocina, con la esperanza de que se hubieran adelantado en darle el desayuno, pero tampoco había rastro de él allí.
Le pregunté a Ronan, a las damas… Nada. Nadie me decía nada y sus miradas esquivas aumentaban mis temores.
Me dirigí a las cuadras con el presentimiento de la fatalidad aferrando mi garganta; casi no podía respirar.
Entonces vi el espacio vacío en el que debía estar la yegua deMerlín.
Y fue como un mazazo. Una certeza. Lo supe.
Caí de rodillas en el suelo, derrotada. Hundida.
Con el corazón hecho pedazos por segunda vez en mi corta vida. Merlín se había llevado a mi hermano.
Dejé de hablar, pero tardaron varias semanas en darse cuenta.
Estaban habituados a tropezar conmigo tras una esquina sin haber percibido ni mi sombra, a sobresaltarse al sentir mi mirada ceñuda posada sobre sus hombros, a que me deslizara en las habitaciones como un espíritu mohíno.
Así que mi mutismo solo se hizo palpable cuando no obtuvieron respuesta a varias preguntas directas.
Quizás os estéis preguntando si a mi madre le pareció preocupante mi silencio.
La respuesta es no. Fueron los sirvientes quienes decidieron tomar cartas en el asunto.
El tenaz Ronan, que en el pasado había conseguido que me dejara de chupar el pulgar sumergiéndolo en vinagre de manzana, aseguró que podría poner fin a mi mudez sirviéndose de los ingredientes que había en la cocina.
Estableció una lógica elemental y comenzó a preparar platos en los que incluía lenguas de vaca, de cordero, de cabra, de cerdo…
y las cocinaba en salsa, estofadas, rebozadas, aliñadas o camufladas en el potaje, pero a mí la carne, en general, no me entusiasmaba, y esa parte de la anatomía, en particular, me provocaba náuseas.
Si me forzaban a comer lenguas, me sumía en la desesperación.
Pataleaba, lloraba, corría por los pasillos para esconderme en cualquier rincón y luego tardaban horas en volver a dar conmigo.
Como el tratamiento con lenguas no parecía estar dando ningún resultado, dedujo que mi garganta podría estar dañada, así que elaboró un cocimiento a base de valeriana, manzanilla y artemisa endulzada con miel, que, si bien no me curó la mudez, sí me calmaba los nervios.
Ante la ausencia de resultados positivos, el cocinero propuso negarme cualquier tipo de alimento, por ver si así reclamaba la comida a viva voz.
Como tenía fama de niña testaruda, algunos opinaron que esa estrategia sería en vano, que cualquier día me encontrarían famélica y desfallecida en cualquier rincón, tal y como sucedió.