Morgana 9. El hijo del dragón
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9. El hijo del dragón

Las nieblas de Ávalon Marion Zimmer Bradley

Úter y mi madre me desvelaron los subterfugios de los que se vale la madre naturaleza para perpetuar la especie humana.

Su amor me hacía invisible a sus ojos, así que, poco a poco, fui testigo del deseo que los consumía.

Coleccioné un repertorio de gestos que analizaba con avieso esmero y que me envenenaban el alma.

Conocer lo que sucedía tras la puerta cerrada de su alcoba me asqueaba y atraía en la misma medida.

Durante días sofrené el ansia de saciar mi curiosidad, molesta conmigo misma, convencida de que había algo enfermo en mi naturaleza.

Hasta que ya no pude aguantar más. Una noche me colé en su alcoba y los vi.

El angelical aspecto de mi madre contrastaba con las impúdicas palabras que pronunciaba, y él, lejos de sentirse molesto, parecía espoleado por un loco frenesí.

Se arrancaron la ropa a tirones y cayeron en la cama enlazados, revueltos, anhelantes, desesperados, besándose con la boca muy abierta, como peces fuera del agua.

Mi madre transfigurada por los gestosque él dibujaba en su rostro.

Mi madre convertida enla sirena que siempre había sido: húmeda, pulposa, rosada, ondulante.

Su cabello como algas enredadas en las manos de Úter, quien, por contraste, parecía un marinero torpe navegando en una barquita a la deriva, hasta quedar ambos varados a la orilla de las sábanas, jadeantes y satisfechos, envueltos en olor a marisco.

Se amaron esa noche con entusiasmo y delirio. Y así siguieron haciéndolo cada noche que pasaron juntos por el resto de sus vidas porque, al contrario de lo que le sucedía a lady Igraine con mi padre, Úter Pendragón no le olía a muerte cuando regresaba de las batallas.

Fue la primera vez que vi a un hombre completamente desnudo y me sorprendió la diferencia de nuestras anatomías.

El encuentro entre los cuerpos me resultó feroz y despiadado.

Tras ver aquello me prometí a mí misma que jamás permitiría que nadie me hiciera lo que Úter le había hecho a mi madre (promesa que, como ya veréis más adelante, no cumplí).

En poco tiempo, se hizo evidente que lady Igraine estaba encinta.

Tenía las mejillas encendidas, se pasaba el día sonriendo (más que de costumbre), se mostraba ensimismada (incluso más que de costumbre).

Se colaba en la cocina, metía las manos en las vasijas en las que Ronan guardaba los encurtidos y escabeches y mordisqueaba las zanahorias, las cebollas, los rabanitos…

Los sirvientes la descubrían en mitad de la noche, sentada en el suelo de la despensa, chupándose los dedos.

En cambio, le cogió asco al olor de las plantas del jardín.

Ronan tuvo que dejar de hacer el garum que llevaba años preparando según la receta romana, que consistía en dejar fermentar al sol, durante semanas, en el interior de vasijas de barro, entrañas de pescado (las más agradecidas eran las de caballa) con sal gruesa, hierbas aromáticas y vinagre de manzana.

El resultado era una salsa untuosa de color ambarino y aroma robusto, comparable (tanto en textura como en espíritu) al cobre fundido en la fragua de Vulcano.

Pese a que en tiempos de Cicerón un ánfora de buen garum se cotizaba al mismo precio que un joven esclavo versado en las distintas lenguas del Imperio, si mi madre llegabasiquiera a intuir un plato que contuviera esa salsa, terminaba vomitando.

Según pasaban las semanas, sus manías crecían al ritmo de su barriga.

Le daba asco el olor de la leche y sus derivados.

También el de la carne de caza, la de cordero y la de cerdo.

Aborrecía las nueces, las castañas, las avellanas…

así que terminó por alimentarse únicamente de huevos cocidos y manzanas con miel.

Úter impuso un buen número de normas inquebrantables entorno a su esposa.

Estaba prohibido despertar a lady Igraine, estaba prohibido hablarle del tiempo si llovía o hacía viento, estaba prohibido perturbar su calma con cualquier tipo de desbarajuste en el orden del castillo.

En general (y Úter dejó esto terminantemente claro), debían evitar dirigirse a ella.

Yo no estaba exenta de seguir esas reglas.

Y a mi madre le pareció bien. Que un pececillo estuviese nadando en su vientre le devolvió el recuerdo de sus orígenes marinos y pareció zambullirse en ella misma.

En la recta final, con la barriga de un tamaño desproporcionado, era la viva imagen de la felicidad; nada que ver con lo que pasó en su primer embarazo, según murmuraban los sirvientes.

No abandonó el telar. Cantaba mientras tejía, con su dulce voz de sirena, dando forma con sus hilos a una criatura rosada de cabello rojizo, a castillos encantados coronados por dragones, a espadas ancladas en una roca y caballeros sentados en círculo.

Mi hermano, al igual que yo, vino al mundo una de esas dos veces al año en las que el castillo de mi padre se hace invisible.

Taliesín predijo que el rey llamado a unificar el reino de Britania nacería en solsticio de invierno, algo con bastante sentido, ya que debía aportar luz en tiempos oscuros.

Pero no todo sería brillo en su vida. El primero de los bardos insistió en que los descalabros cometidos por sus antepasados le complicarían la existencia. Y en eso también acertó.

El parto pilló a todos por sorpresa. Habían hecho sus cálculos: si la criatura fue concebida la misma noche de bodas, faltaba un mes para su nacimiento.

Pero el mar que mi madre retenía en el vientre llevaba su propio registro del tiempo y se precipitó piernas abajo con antelación.

Al darse cuenta, avanzó a trompicones, buscando ayuda.

Pronto una colmena de damas revoloteó en torno a ella, escoltándola a su alcoba.

Las seguí, sin que nadie se percatase de mi presencia; así de invisible me había vuelto.

Nada más atravesar la puerta le arrancaron sin miramientos el vestido y las calzas mojadas.

La recostaron en la cama, abriendo su túnica de un tirón, haciendo saltar todos los botones.

El enorme vientre de mi madre quedó expuesto; la piel pálida como un cielo invernal, tensa como un pandero, atravesada por ríos azul plata.

En la cumbre de esa inmensidad, se encontraba el ombligo. Nunca imaginé que mi madre tuviera uno.

Las damas lanzaban órdenes al aire. Paños, agua caliente en palanganas, carreras, jadeos, sangre, lágrimas…

Y mi madre, con el rostro perlado de sudor, con los puños apretados y el gesto contraído, más humana que nunca.

Una de las damas tanteaba entre sus piernas abiertas, algo que me pareció de una intimidad absolutamente inconcebible.

—Empujad, lady Igraine, que ya casi está aquí.

Mi madre apretó los dientes, aferró las sábanas y gruñó como un animal durante unos segundos. Paró un momento, tomó aire y volvió a apretar. Así una y otra vez.

—Empujad… un poco más —le repetía, mientras las demás presionaban su vientre.

Una de las doncellas se desvaneció, desparramando por el suelo la palangana que sujetaba entre las manos.

Justo en ese instante, brotó la coronilla de la criatura.

La dama lo tanteó con las yemas de los dedos y fue girándolo despacio hasta que consiguió liberarlo.

De la viscosidad sanguinolenta surgió una forma humana que entró en el mundo protestando, con la boca muy abierta y los puños apretados.

—¡Es un niño! —anunció.

Yo seguía allí, etérea, al final de la alcoba, desconcertada por el turbador espectáculo que acababa de presenciar, guarecida tras el gran tapiz con el escudo del Pendragón, observando cómo hacían desaparecer los rastros del parto.

Cuando estuvo todo recogido, ya con sábanas limpias y secas, fueron a informar al rey de que le había nacido un hijo precioso, grande y fuerte como él, coronado de pelusilla albina.

Úter apareció cuando mi madre tenía a la criatura aferrada a su pecho.

Sonreía, orgullosa y feliz, recuperando por segundos suangelical belleza.

Él también sonrió mientras le acariciaba el rostro, sin prestar atención al niño.

—¡Traed a la nodriza!

Lanzó la orden al aire.

Su indiferencia por el recién nacido hizo que se retomase la cuenta de los días transcurridos desde el enlace matrimonial. Los cuchicheos traspasaron las paredes del castillo, se extendieron por las laderas, los acantilados y alcanzaron la última aldea de Cornualles.

Salí de mi escondite cuando todos se fueron.

Mi madre dormía con el cabello desparramado en ondas sobre la almohada.

Al lado de su cama estaba la cuna en la que descansaba mi hermano.

Él también dormía. El silencio, la tenue luz del invierno filtrándose por las ventanas, el crudo lino cubriendo la inmaculada piel del bebé, su respiración pausada con la que acompasé la mía… , todo aquello debía de ser la paz.

Acerqué mis labios a su frente sin pretender rozarla.

Percibí que desprendía el aroma del mar, el mismo que quedaba atrapado en la cueva, a los pies del castillo.

El del tomillo y el tojo que brotaban cerca del acantilado.

Mi hermano hizo un leve movimiento con los dedos, coronados por uñitas que parecían escamas de pescado.

Acaricié la minúscula palma de su mano y entonces cerró el puño, atrapando mi dedo índice.

Una asfixiante ternura me presionó el pecho.

Y entonces supe que, pasara lo que pasara, amaría a ese niño el resto de mi vida.

No existe lo que no puede ser nombrado.