8. La promesa de un dragón #2
Pese a la premura con la que recibieron la invitación, al enlace asistieron más de quinientas personas, entre las que se encontraba el mago Merlín.
Llegó con la regocijada actitud del que sabe que su presencia resulta perturbadora.
Al verlo, la espléndida sonrisa de Úter se opacó un poco, pero pronto recuperó la compostura.
O quizás no. Quizás solo sustituyó una turbación por otra.
El efecto hipnótico que mi madre provocaba en algunas personas se multiplicaba en él.
Pareció morir un poco cuando la vio avanzar a su encuentro por el pasillo de la capilla, más hermosa que nunca, con su vestido color camándula y madrugada, coronada con una diadema de votos rotos y suspiros lánguidos.
Ante los ojos de Dios, Úter y mi madre prometieron amarse el uno al otro hasta el fin de sus días, mirándose a los ojos, entre susurros ondulantes y lentos, como inmersos en el fondo del mar.
La ceremonia culminó en un fastuoso banquete en el gran salón.
Me había propuesto no celebrar esa boda, así que me senté en un rincón, entreviendo las idas y venidas de los sirvientes, las risas de los flamantes recién casados que recibían regalos y buenos deseos, brindando dichosos, como si mi padre jamás hubiera existido.
Quería pasar inadvertida. Y lo conseguí.
Únicamente el mago Merlín me dedicaba miradas de reojo desde una esquina del salón.
Después del banquete, la fiesta se trasladó al patio.
Batallas de adivinanzas y versos divertirían a las damas.
Carreras de sacos, el tiro de herradura y toneles con manzanas flotantes distraerían a los más pequeños.
Pero, sin lugar a duda, el plato fuerte de los entretenimientos lo protagonizarían los caballeros.
En el centro del patio fijaron un poste de madera que sujetaba otro formando una cruz.
En uno de los brazos colocaron un pelele de cuero relleno de paja y en el otro un saco de arena a modo de contrapeso.
Los hombres medirían su habilidad, golpeando el monigote sin que el mecanismo los derribara al girar.
Los asistentes al banquete reían y aplaudían emocionados.
Por culpa del bullicio no fui consciente del momento en el que los hombres de Úter sacaron a Taranis de las cuadras.
De pronto lo vi en el centro del patio, con su lustroso pelaje refulgiendo bajo la luz de la tarde.
Úter había ordenado ensillarlo. Quería probar suerte en el juego de agilidad a lomos del mejor caballo del castillo.
—¡Acercadlo! —ordenó, convencido de que, tal y como sucedía con el ducado de Cornualles y lady Igraine, ahora Taranis también le pertenecía.
Se me encogió el corazón.
Uno de los mozos de cuadra tiró de las riendas, pero el caballo se negó a obedecer.
Sus ollares se dilataron. Relinchaba de forma amenazante a la vez que piafaba y se revolvía.
El hombreque intentaba hacerse con él terminó por tropezarse.
Pareció que iba a caer, pero recuperó el equilibrio, aunque no duró mucho, pues de nuevo lo perdió.
Avanzó a trompicones, con el cuerpo doblado hacía delante, manoteando, hasta que su cabeza golpeó con el barril de las manzanas flotantes.
Cayeron los dos (elhombre y el barril) desparramando agua, manzanas y ridículo por el suelo del patio.
Los invitados sintieron la tentación de lanzar una carcajada, pero lo dejaron para un mejor momento tras observar el gesto ceñudo del monarca.
A grandes zancos, Úter se acercó a Taranis y lo observó con codicia.
—Precioso ejemplar —murmuró lanzándole dos palmotadas en el cuello.
Agarró las riendas, colocó el pie en el estribo, dio un par de saltitos a la pata coja y se alzó sobre la silla de cuero.
Taranis se mantuvo inmóvil durante unos segundos, tras los cuales giró la cabeza para asegurarse de que el responsable de la caída en desgracia de su anterior propietario se encontraba ya sobre su lomo.
Entonces arqueó el espinazo, elevó de golpe las dos patas traseras y lanzó a Úter por los aires. El rey se precipitó al suelo.
Os seré sincera: fue lo más divertido que ocurrió ese día.
Sin embargo, nadie se atrevió a gesticular, ni siquiera a respirar.
Solo mis labios dibujaron una levísima sonrisa de satisfacción.
El rey yacía en el suelo de tierra, con sus elegantes ropas de boda cubiertas de polvo y con la dignidad más polvorienta aún.
Uno de sus caballeros se acercó a él para ayudarle, pero él le lanzó un manotazo.
Se incorporó de un salto y señaló a Taranis.
—Te arrancaré la piel a tiras, maldito animal —masticó entre dientes.
Sacó su espada y la blandió sobre la cabeza, caminando en dirección a Taranis.
—¡No! ¡No! —grité desesperada.
Corrí para colocarme entre el hombre que más odiaba en el mundo y el caballo de mi padre. Me abracé a una de sus patas delanteras y él, para consolarme, me rozó con su hocico la mejilla, húmeda por las lágrimas.
—¡Apártate! —me ordenó Úter —. No quiero salpicarte el vestido con la sangre de este diablo.
—Por favor, querido esposo. No lo hagas. Te lo ruego.
La voz de mi madre hizo que el rey se detuviera, pero, tras un par de respiraciones agitadas, elevó más aún el brazo con el que sujetaba la espada.
Úter era incapaz de espantarse la ira tan deprisa.
El corazón le galopaba en el pecho y estaba convencido de que solo lograría aplacarlo lanzándole un mandoble a ese animal que lo observaba con la altanería de un noble injuriado.
Los ojos del rey ardían de rabia. Y entonces fue Merlín el que surgió de la multitud.
—Majestad…, por favor. —Caminó hacia nosotros.
Cuando estuvo lo bastante cerca como para que nadie más pudiera escucharle, añadió—: Es imprudente que ejecutéis a un animal tan magnífico delante de vuestros nuevos súbditos.
Podría interpretarse como un acto excesivo y desalmado.
Recordad que estamos de celebración. No querréis que el día de vuestro enlace matrimonial sea recordado de esta manera, ¿verdad?
A Úter se le tensaron los músculos de la mandíbula.
Escuchaba las palabras del mago sin apartar los ojos de Taranis, con el gesto del niño al que reprenden por haber orinado en la pared del vecino.
Se debatía en la duda. No quería que lo tomasen por un pusilánime, pero tampoco que un impertinente caballo se convirtiese en un mártir.
Y menos aún en un día tan señalado. Ser fiero y desalmado en las batallas estaba bien.
Serlo el día de su boda resultaba demasiado, incluso para alguien como él. Chascó la lengua con fastidio.
—Está bien —concluyó con fingido desdén—. Dejaré que el caballo viva. —Me observó de reojo y pronunció muy bajo, solo para mis oídos—: Al menos por ahora.
Un suspiro contenido recorrió el patio mientras los soldados devolvían a Taranis a las cuadras.
Los seguí y me quedé junto al caballo lo que quedaba de jornada, lloriqueando a ratos, envidiando la indiferencia con la que ramoneaba la paja, liberado de malos pensamientos, pasando por alto lo cerca que había estado de la muerte; presente en la calma.
Él era ahora el único ser vivo que quedaba en el mundo tan fiel a mi padre como lo era yo misma.
Úter entró en el salón sin querer hacerlo.
Lo primero que le llamó la atención fue la intensa luz que lo inundaba, pese a que ya comenzaba a caer la tarde.
Los sirvientes habían dispuesto un soberbio fuego en la chimenea y decenas de velas y lámparas de aceite estaban prendidas.
Las superficies de muebles, telas y enseres parecían barnizadas con vibrantes tonalidades anaranjadas.
Merlín lo esperaba de pie, en el extremo más alejado de la puerta.
A Úter le recorrió un escalofrío por la espalda.
Llevaba todo el día intentando darle esquinazo, pero, tal y como imaginó, el mago no se lo iba a permitir.
Se cuestionó si no habría sido un error poner su vida a la disposición de ese hombre.
Cuando en pleno acecho al duque Gorlois se derrumbó de angustia y pasión amorosa, Ulfin le sugirió pedir ayuda al mago.
Entonces Úter le expuso su corazón. Se mostró vulnerable, accesible, suplicante.
Le pidió… ¡no! No le pidió, ¡le rogó! que le ayudase a obtener el amor de lady Igraine.
A cambio él, el nuevo rey de los britanos, le daría lo que pidiese.
¡Todo lo que pidiese! Merlín le aseguró que esa misma noche dormiría desnudo entre los brazos de mi madre.
Y lo había cumplido.
Ahora, el hombre que pocas semanas antes le había parecido la respuesta a sus plegarias le resultaba tétrico, ahí plantado, lamido por las sombras, sobrio, adusto, con ese pelo desgreñado, como remolinos de tormenta.
Merlín no hubiera desentonado en absoluto acechando detrás de un fresno, entre la niebla, o musitando conjuros en una cripta durante una noche sin luna.
Le pareció mayor, como si hubiera envejecido de pronto, y eso le devolvió la sensación de ser un crío al que se le viene encima una reprimenda.
El mago observaba con sumo interés la punta de sus zapatos mientras musitaba algo sobre salones o pendones o torpones o dragones.
—¿Cómo decís? —preguntó Úter.
—Las profecías —respondió Merlín, dejando que su mirada pululase por la estancia—. Este castillo es soberbio —siguió diciendo—. ¿Os quedaréis aquí?
—De momento, sí. Mi esposa prefiere estar cerca del mar.
—Vuestra esposa… —musitó, sonriendo con la mitad derecha de su rostro—. Parece mentira que solo haga unas semanas de… —Se interrumpió—. Aún os recuerdo en vuestro campamento, llorando por ella, rogando a Dios que os ayudase.
Úter se rebulló incómodo. Le parecía de mal gusto que el mago trajese a colación el recuerdo de sus debilidades.