Morgana 8. La promesa de un dragón
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8. La promesa de un dragón

Historia de Merlín Anónimo

Cuentan los bardos que lady Igraine se desposó con el rey a los treinta días de enviudar, pero en mi mente todo sucedió de un día para otro.

Aún podían oírse los lamentos de los sirvientes por la muerte de mi padre cuando Úter Pendragón se presentó en el castillo de Tintagel dispuesto a tomar posesión del ducado: dos soberbias fortalezas con sus respectivas aldeas; campos de labranza; ganado vacuno, ovino y porcino; una salina; minas de estaño; bosques de robles, fresnos, avellanos, tejos y endrinos; terrenos de caza, y un puerto que daba entrada a la enormidad del mundo.

Lo que más le inquietaba a Úter era esta última vertiente mágica, ya que las propiedades pasan de unas manos a otras sin mayor contratiempo, pero los córnicos eran obstinados y con un sentido del humor que al resto de habitantes de Britania no les hacía la menor gracia.

El asunto de que hubiera doncellas convertidas en piedra, mares por los que deambulaban hadas y sirenas y colinas huecas plagadas de duendes no parecía agradable.

Según su opinión, el único que debía tener potestad sobre los asuntos relacionados con la magia era el rey de Britania (es decir, él).

Y, con esa imperiosa actitud, encargó al senescal que reuniese en el patio a todos los habitantes del castillo.

Escoltado por su secuaz, Ulfin de Ridcaradoc, se colocó frente a ellos.

Comenzó su discurso agradeciéndoles a todos el trabajo que realizaban.

Destacó las inestimables cualidades del senescal como administrador, la excepcional labor del condestable, de los hombres de armas, de los arqueros responsables de la seguridad del castillo, y también los gloriosos manjares que salían de la cocina, servidos con gentileza por el maestresala.

—Este castillo y los terrenos aledaños son la gloria de Cornualles —señaló antes de lanzar un sonoro suspiro, mirarse por un buen rato la punta de los pies, y volver a suspirar—.

Soy conocedor del gran aprecio y lealtad que profesabais al duque.

— Otro suspiro—. Pero el duque ya no está entre nosotros.

Su lugar lo ocupa ahora el rey de Britania.

Y una vez aclarado este punto, solo me resta preguntar: ¿hay alguien que se sienta poco inclinado a obedecer mis órdenes o a no verme como su rey y señor?

La costurera carraspeó y Ulfin volteó la cabeza hasta localizarla. La observó con los párpados entornados y el ceño fruncido, así que ella, pobrecilla, dio un paso atrás y escondió el rostro entre los hombros.

Tras eso, se hizo el silencio. Un silencio pegajoso, irritante, incomprensible para mí, que aún tenía edad de creer que el mundo se guiaba por reglas que recompensaban la virtud y sancionaban la maldad.

¿Por qué no proclamaban a gritos que Úter era un repugnante fementido carente de honradez, un asesino desleal al que no servirían jamás? ¿Por qué se quedaban callados?

Como si mi pensamiento hubiera dado forma al valor, Britael y Jordán se adelantaron.

—Juré lealtad al duque hasta el final de mis días. ¡Y así ha de ser! —clamó quien fue la mano derecha de mi padre.

—¡La traición solo puede pagarse con traición!

—Jordán tomó la palabra, con el rostro enrojecido por la rabia—.

Llegará el día en el que cada gota de lluvia habrá de convertirse en puñal que os atraviese la piel.

Las olas del mar se precipitarán sobre vos hasta ahogaros.

El oro con el que está labrada la corona que lucís se rebelará ciñendo vuestra testa hasta partirla en dos.

Contemplé con satisfacción la rebelión de los amigos de mi padre, repitiendo internamente cada una de las frases que acababan de pronunciar, como una oración. Jordán y Britael habían dado un paso al frente y, por un momento, pensé que todos los demás seguirían su ejemplo, incentivados por su valor.

—Vaya… vaya… —se ufanó Úter con aparente calma—. ¿Habías visto antes tanta insolencia, Ulfin?

—No esperaba menos de ellos, mi señor.

Úter sonrió y Ulfin secundó su sonrisa antes de replicar.

—¿Pensáis, majestad, que los delirantes deseos de este caballero llegarán a cumplirse? Quizás se trate de un nuevo Merlín.

—No lo creo posible —objetó el rey—. No aparenta ser una amenaza para nadie.

Pero ya que ambos se han tomado lamolestia de mostrarnos su valentía, no tengo intención de robarles el protagonismo.

Quiero que todos los presentes recuerden lo que…

—Chasqueó los dedos un par de veces simulando que rebuscaba los nombres en su memoria—.

¿Britael y Jordán? Os llamáis así, ¿verdad?

No esperó a que respondiesen. Ni ellos pensaban hacerlo. Úter los conocía bien. Habían luchado codo con codo durante meses. Habían puesto la vida al servicio de su causa. Era ridículo que ahora fingiera no saber sus nombres.

—Lo que Britael y Jordán han hecho hoy es muy valiente. Mucho —continuó diciendo Úter—. ¡Con cuánto orgullo defienden a su señor muerto! ¡Con cuánta insolencia se enfrentan a su rey! —El tono de Úter Pendragón iba endureciéndose con cada palabra pronunciada—. ¡Traedme una soga!

El cielo se oscurecía con cada paso que Ulf in daba en dirección a las cuadras.

No tardó mucho en regresar con una cuerda en la mano.

El rey se la arrebató de un manotazo; estaba realmente colérico.

La alzó sobre su cabeza mientras paseabade un lado al otro, como un dios que le mostrase al mundo la grandeza de su creación.

—¡Ahí está! —exclamó con entusiasmo, señalando una viga de madera—. Justo lo que necesitamos para ahorcar a estos insolentes.

Un grito velado recorrió el patio. Con asombrosa rapidez, los hombres del rey se apresuraron a materializar sus deseos.

Hicieron un nudo corredizo a la cuerda y la tendieron de la viga.

Otros dos aferraron a Britael y lo arrastraron a la improvisada horca.

Jordán desenvainó entonces su espada, dispuesto a enfrentarse a ellos, pero no alcanzó a dar tres zancadas.

Un gigante de hombros descomunales le salió al paso, empuñando su montante con ambas manos.

Con un golpe certero, le cercenó la cabeza.

El rostro de Jordán rodó por el suelo de tierra, con mohín enojado.

Comencé a gritar. Quise salir corriendo y emprenderla a puntapiés contra Úter, pero alguien me agarró por los sobacos y me tapó la boca.

Mientras tanto, los hombres que sujetaban a Britael lo acercaban a la cuerda que pendía de la viga.

El rey les observó regocijado; un ahorcamiento disciplinario le pareció la mejor manera de presentarse como era debido ante sus súbditos.

—¿Te gusta columpiarte, escoria? —preguntó entre carcajadas Ulfin, al tiempo que asentaban el nudo corredizo en la nuca de Britael.

Ante mis ojos se desplegó el velo que cubre las pesadillas.

Todo sucedía despacio, con naturalidad, como un baile ensayado durante mucho tiempo para ser ejecutado frente a un público taciturno.

El propio Britael parecía haber aceptado su papel en la representación y en ningún momento se resistió.

Serio, macilento, con los párpados cerrados, profería una letanía inundada de malos deseos para el rey y sus hijos, y para los hijos de sus hijos, hasta el final de los tiempos.

Así estuvo hasta que tiraron de la cuerda.

Los pies de Britael se despegaron del suelo.

Pateó el aire, convulsionándose, girando, hasta que un crujido seco dejó a las claras que el cuello se le había partido.

Y después, de nuevo el silencio.

Mi llanto lo rompió, pero pronto quedó difuminado entre los gritos alborozados de los hombres del rey.

—Y ahora os vuelvo a preguntar: ¿hay alguien que se sienta poco inclinado a obedecer mis órdenes o a no verme como su rey y señor?

—Úter Pendragón recorrió con una mirada desafiante a los presentes—.

Supongo que este castillo dispondrá de un oubliette 34 donde quizás os apetezca pasar el resto de vuestras vidas —añadió—. ¿Deseáis meditar sobre ello?

Por supuesto, nadie se atrevió siquiera a respirar. En el patio solo se oían mis lloriqueos e hipidos (y el gorjeo de un alirrojo despistado).

—Muy bien. Pues entonces, todo el mundo a trabajar —ordenó antes de encaminarse con paso firme a la puerta principal para comenzar a hacer uso de sus posesiones.

Aún no nos habíamos recuperado del pavoroso espectáculo de avasallamiento cuando el rey anunció que, en dos semanas, se desposaría con lady Igraine en la capilla del castillo de Tintagel.

Los mensajeros partieron en todas las direcciones con la convocatoria a la boda real.

Úter depositó en manos de Ulfin de Ridcaradoc la responsabilidad de organizar el enlace y pronto el castillo se vio inmerso en un torbellino de urgencia y agitación.

Los sirvientes corrían de un lado a otro intentando cumplir las órdenes de aquel nuevo preboste, tosco y adusto.

El ambiente se hizo irrespirable. Hasta las olas que azotaban la costa parecían hacerlo en susurros, para no incomodar.

Mientras tanto, el rey y mi madre ocupaban habitaciones separadas de las que apenas salían, aislados el uno del otro y del resto del mundo para no dar lugar a habladurías.

Úter quería una boda digna del monarca de Britania; que la novia caminase hacia el altar envuelta de loor virginal, porque a esas alturas había decidido que la vida de lady Igraine, anterior a su presencia en ella, así como la mera existencia del duque Gorlois de Cornualles, jamás acontecieron (y pobre del que pusiera eso en duda).

Cuando las campanas 35 repicaron anunciando los esponsales, su sonido me destrozó los oídos.

Incómodo, correoso, fétido como los huevos podridos; similar a masticar arena de la playa o mirar directamente al sol.

En nada se pareció al sonido elegante y solemne con el que despidieron a mi padre durante su funeral.