Morgana 7. La banshee #3
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7. La banshee #3

Pese a todo, se mostró preocupado por el asalto y expresó su deseo de que le informasen de cada detalle.

Los hombres, aún sin recuperarse del sobresalto, explicaron que el ejército del rey Úter había entrado en la fortaleza como una exhalación, linchando a todo el que encontraban en su camino.

Como aves de rapiña, echaron mano a jarras, candelabros, copas, cubiertos…

, descolgaron de las paredes los tapices y con ellos envolvieron su botín.

Patearon los muebles, tiraron al suelo lo que carecía de valor y caminaron sobre la cacharrería, riendo a carcajadas, apurando hasta la última gota de cerveza e hidromiel que encontraron en la despensa.

—Me entristece lo que me contáis —afirmó mi padre—. La destrucción de mi fortaleza, la muerte de mis camaradas… Es de temer que el rey Úter haya llegado hasta allí, y aún temo más que pueda alcanzar Tintagel. He de salir a su encuentro y haré la paz con él para no exponer a mi esposa a algo peor.

Al despedirse, besó a mi madre en labios como yo nunca le había visto hacerlo, y ella le correspondió con la misma intensidad. Sus cuerpos parecían resistirse a la separación y fue Britael quien tuvo que sacudir el brazo de mi padre para que saliera del trance en el que parecía hallarse inmerso.

—Ten mucho cuidado, amor mío —se despidió ella.

—No tardaré en regresar. Espérame —respondió él.

Y se dio la vuelta sin buscarme con la mirada. Mi padre se marchaba sin despedirse de mí, sin abrazarme, sin alzarme entre sus brazos, sin susurrarme que me quería.

Lo vi descender las escaleras que conducían a la playa, acompañado por Jordán y Britael.

Contemplé cómo los tres se adentraban en el mar a bordo de la barcaza en la que habían llegado horas atrás.

La nave cabeceó al adentrarse en las olas que rompían en la orilla, hasta que terminó de estabilizarse.

A esa distancia, bajo la luz del amanecer, el cabello negro de mi padre desplegaba destellos rojizos; en cambio, el rubio de Britael parecía envolverse en sombras oscuras.

Un pensamiento fugaz atravesó mi cabeza: el recuerdo de Úter Pendragón y el mago Merlín.

Y el día que comenzaba a desperezarse se opacó, como si las enormes alas de un dragón se interpusieran entre el brillo del sol y el mundo.

La barca era casi un punto en el horizonte cuando vi a un grupo de caballeros cruzando el puente.

Enseguida reconocí la majestuosa silueta de Taranis.

Sobre su lomo cargaba un bulto envuelto en una lona.

Descendí las escaleras lo más deprisa que pude y llegué al patio cuando atravesaban las puertas del castillo.

Traían aquel familiar olor a cuero, a barro, a sudor de hombres y caballos que tan feliz me hacía, y que ahora me impedía respirar con normalidad.

Liberaron a Taranis de su carga y depositaron el bulto en el suelo, sin decir ni una sola palabra, con los rostros del color de la niebla.

Oí los pasos de mi madre a mis espaldas, el lamento de las damas, los suspiros, los murmullos.

Un pensamiento absurdo atravesó mi cabeza: ¿estaba el cuerpo de mi padre bajo la lona?

Intenté espantar esa idea, por si el hecho de retenerla fuera lo que la convertiría en realidad.

El padre Edwin apareció jadeante, colocándose la estola sobre los hombros.

Se situó delante del bulto y comenzó a bisbisear una oración mientras signaba en el aire con escalofriante respeto.

A esas alturas yo ya sabía lo que era la muerte, pero por primera vez tomé conciencia de que se trataba de algo concluyente e inmutable.

Me lancé sobre el polvoriento fardo. Apenas había pasado una hora desde que otros hombres habían venido a informarnos de la muerte de mi padre, estando vivo.

Cabía la esperanza de que tampoco esa muerte fuese la definitiva.

A tirones descubrí el rostro demacrado del ser que más quería en el mundo, que quedó expuesto a la luz del día que acababa de estrenarse.

—Padre… padre…

Estaba muerto de verdad. Inevitablemente muerto.

La banshee 31 me lo había anunciado de madrugada, con sus ojos rojos por el llanto, vacíos de toda dicha o esperanza.

Tuvieron que pasar muchos años para que alcanzara a entender lo que ocurrió aquella noche.

Los acontecimientos parecían desordenados y no encajaban; entraban y salían de mi memoria, contradiciéndose: mi padre navegando en una barca a la vez que su cuerpo inerte cruzaba las puertas del castillo a lomos de Taranis.

Nunca le conté a nadie que el padre que vi esa noche, feliz junto a mi madre, no me pareció el mío.

Ni que el casi siempre taciturno Britael se mostró sorprendentemente entrañable conmigo, pese a que nunca lo había hecho, ni que me enseñó a jugar al ajedrez de madrugada.

Tampoco hasta ahora le había contado a nadie que las lágrimas de la banshee germinaron en mi interior y que en ocasiones me asaltan.

No siempre. Solo en ocasiones. Rememoran lutos pasados, presentes y futuros: el asesinato de mi padre, el miedo y la soledad, el hijo perdido, el hombre amado al que no debí amar, el amigo traidor, lo bueno que desperdicié, lo malo que no sabré esquivar…

Desde entonces, intento mantener el melancólico influjo de la banshee bajo control, pero en ocasiones (solo en ocasiones) lo libero y dejo que campe a sus anchas.

Por unas horas, permito que el abatimiento me encalle los dedos y que el llanto me empape por dentro.

Y entonces el verano se torna invierno en Britania.

30 Historia de Lanzarote del Lago: Libro de Galahot. Libro de Meleagant o de la Carreta. Libro de Agravaín . (2010). España: Alianza Editorial.

31 La banshee es un espíritu femenino ancestral que anuncia la muerte de algún miembro de las familias antiguas.

Puede verse por la noche, envuelta en un sudario, lamentándose, con el rostro oculto por un velo.

El llanto de este espíritu es el sonido más triste que puede soportar un oído humano sin perder el conocimiento.

Al igual que sucede con otros seres feéricos, puede mostrar algunos defectos físicos: un agujero en medio del rostro en lugar de nariz, un gran diente frontal, largos pechos colgantes…

Si un hombre logra sobreponerse al tormentoso sonido de su llanto, consigue acercarse a la banshee y chupar uno de sus pechos, ella le tomará por hijo y le concederá un deseo.