Morgana 7. La banshee #2
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7. La banshee #2

—Gracias a un torneo de ajedrez, el rey duende Midhir, que era el amor feérico de la humana Etain —explicó—, pudo recuperarla.

Ambos eran marido y mujer en el reino de Tin Nan Og, pero la primera esposa de Midhir, enferma de celos, conjuró un hechizo que convirtió a Etain en mosquito.

De esa forma, pudo quitársela de en medio con un fuerte soplido.

Luego fue el propio viento el que se encargó de arrastrar su breve cuerpecillo de un lugar a otro del mundo.

Pasó así varios años, algunos dicen que fueron incluso siglos, hasta que cayó en la copa de vino de una reina que se la bebió en el primer sorbo.

A los nueve meses, la reina dio a luz a Etain.

Creció feliz, sin recuerdo alguno de su anterior vida.

Al alcanzar la edad adecuada, se desposó con el rey Eochaid de Munster.

Pero Midhir, el gran amor de su anterior vida, no había dejado de buscarla.

Cuando volvieron a encontrarse, él se apresuró a explicarle el embrollo de su pasado, instándola a que abandonara al rey para retomar su hermosa historia de amor, justo donde la dejaron.

Pero Etain era una mujer leal y no estaba dispuesta a abandonar a su esposo para irse con un extranjero, y mucho menos con un extranjero que le hablaba de primeras esposas ofendidas y de hechizos que convertían a inocentes damas en insectos.

Ante semejante contrariedad, Midhir intentó convencer al rey de que debía dejar marchar a Etain sin mayor complicación.

El rey se carcajeó en su cara, pero luego se puso serio y se negó.

Midhir, entonces, decidió retarle a tres partidas de ajedrez.

Las dos primeras las ganó Eochaid, quien exigió monedas de oro y piedras preciosas, presentes que recibió de inmediato.

La tercera partida la ganó Midhir, que únicamente pidió poder abrazar y besar a Etain.

El rey Eochaid, en un primer momento, se mostró desconfiado, pero luego se encogió de hombros.

Considerando que aquel no era un pago demasiado gravoso, accedió de buen grado.

Midhir se aproximó a Etain, la tomó de la cintura y la beso en los labios.

Fue un beso cálido, seguro, dulce, lleno de recuerdos del pasado.

Sin decir ni una palabra, se miraron a los ojos y ambos se convirtieron en dos bellos cisnes que, unidos por una cadena de oro, huyeron volando.

Britael guardó silencio y me observó durante unos instantes eternos. Poco a poco fue acercando su rostro al mío, muy serio, muy despacio, sin dejar de escudriñarme. Cuando nuestras narices estaban a punto de chocar…

—Tengo entendido que tú eres un hada, ¿es eso cierto? — me preguntó entre susurros, rebuscando la respuesta en el fondo de mis ojos.

Mi condición feérica debía estar intensificándose si el mago Merlín y Britael habían sido capaces de percibirla tan solo con aproximarse a mí.

—Sí —respondí.

Sonrió con tanto embeleso y satisfacción que consideré adecuado corresponder con otra sonrisa.

—¡Entonces debes aprender a jugar al ajedrez! —concluyó entusiasmado.

No sé de dónde sacó el tablero, pero pasé buena parte de esa noche aprendiendo los rudimentos de aquel juego; el valor de las figuras y su significado mágico.

Cada movimiento abría un abanico de posibilidades que se cerraban tras optar por una de ellas; elegías un camino y el panorama cambiaba, así una y otra vez, al igual que ocurre con la propia vida.

Tuve la sensación de que esa noche estaba durando demasiado.

El mar sonaba de fondo; un rugido húmedo que calaba hasta los huesos.

No quería dormir, pero mis músculos se relajaban, mi respiración se volvía lenta y pesada.

Entrecerré los párpados y, por un instante, me pareció ver al mago Merlín sentado en el borde de la cama, ocupando el lugar de Britael.

Me sobresalté. Le dije algo (al menos creo que le dije algo).

Estoy segura de que no estaba dormida, aunque sí sumergida en una especie de duermevela, caminando sobre un mundo de caliza y pizarra, de campos de saúcos y espino albar, de castillos de perlas y azabache.

Un ejército de soldados albinos avanzaba a grandes trancos.

Un alfil negro susurraba conspiraciones en el oído de un reyezuelo del tamaño de un ratón.

De pronto, la reina me señaló con su cetro y comenzó a llorar.

Pero de sus ojos no brotaban lágrimas, sino canicas huecas, vacías de sal y agua.

Al chocar con el suelo, se rompían en mil pedazos, como copas de vidrio. Entre lamentos la reina decía… decía…

Pero no, no era la reina quien lloraba.

Me sacó de mi ensoñación el sonido lúgubre de un sollozo.

Abrí los ojos y miré a mi alrededor. Estaba sola.

Britael se había marchado, dejando el tablero con las fichas esparcidas sobre la cama.

Presté atención y volví a oír el lamento.

Parecía el tenue lloriqueo de un recién nacido o el maullido de un gato famélico.

Sonaba lejano, aunque resultaba pasmosamente penetrante, como si se colase por cada uno de los sentidos, y no solo por el oído.

Poco a poco fue tomando fuerza hasta definirse como un llanto femenino, investido de dignidad.

La mayor parte de las lágrimas vertidas por una mujer pasan desapercibidas.

No me refiero a esas lágrimas involuntarias que brotan cuando se trocean cebollas, tan útiles para aliviar pesares casi olvidados.

Ni tampoco a las lágrimas que pueden mostrarse con orgullo, producto del duelo o la ira.

Me refiero a las lágrimas silenciosas e íntimas.

Las que humedecen las almohadas, las fermentadas con resentimiento, las de amor no correspondido y desengaño.

Las que dejan la boca pastosa y con regusto amargo.

Ya sabéis de qué lágrimas hablo. Los perros, los gatos, los caballos, incluso algunos pájaros, por ser mucho más sensibles que los humanos, sí son capaces de percibirlas.

Pero para el resto, esas lágrimas no existen.

Quizás las lágrimas que oía romper el silencio de la noche solo estaban dentro de mi cabeza.

Me asomé a la ventana y el habitual paisaje se me antojó sombrío.

Forzando la vista pude delimitar el origen de aquel llanto.

Una anciana de largos cabellos se agazapaba bajo los árboles del jardín.

La bruma no era lo bastante densa para impedirme ver que cubría su cuerpo desnudo con una capa blanca.

Debió percibir que alguien la observaba porque elevó los ojos: los tenía en carne viva.

Al localizarme pareció aún más desolada.

Sus pechos colgantes se sacudían con cada sollozo.

En el silencio de la noche, ese lamento resultaba perturbador, como cien lamentos cosidos los unos a los otros formando una enorme colcha de pesadumbre que cayó sobre mi espalda, cubriéndome desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie.

Su peso me impedía respirar. Cada lágrima que recorría su arrugado rostro contenía la esencia de una de mis desdichas: una lágrima salada por la niña que ansiaba la aprobación de su madre; otra lenta, por las caricias y besos que necesité y nunca me dieron; otra dramática, por el padre siempre ausente; otra amarga, por el odio que Úter había sembrado en mi corazón…

Y yo también comencé a llorar.

Pasé lo que quedaba de noche sentada en el frío suelo de piedra, con la mirada fija en la punta de mis pies, sintiendo laangustia aferrada a mi pecho, hasta que fui capaz de desviarla atención a la variación de la tonalidad del cielo, al aire que entraba y salía de mis fosas nasales…

, contando hasta nueve para que diera comienzo la calma.

Con las primeras luces del alba, las lágrimas ya se habían secado, pero aún podía sentir su rastro salado en mis mejillas.

Me hice consciente de los sonidos del amanecer: el canto del gallo, el murmullo de los sirvientes, el fragor del fuego en la fragua,el viento silbando en torno a las murallas del castillo.

Entre los sonidos cotidianos distinguí un infrecuente movimiento en el patio.

Un grupo de soldados de mi padre, junto a sus monturas, permanecían de pie sobre el barrizal con el rostro severo, seguros de que lo que venían a anunciar era una noticia desoladora.

Solicitaron la presencia de mi madre, pero no pudieron guardar silencio ante las insistentes preguntas de los sirvientes y comenzaron a dar explicaciones.

El rey Úter había desaparecido del campamento, y sus hombres, obrando por cuenta propia, atacaron el castillo de Dimilioc.

Abatieron parte de las murallas, obligando a mi padre a salir a su encuentro, momento en el que atravesaron su pecho con una espada.

No dio tiempo a asimilar la información porque, justo en ese momento, mi padre irrumpió en el patio.

El rostro de los hombres que acababan de anunciar su muerte se demudó.

El duque Gorlois de Cornualles, al que habían visto desangrarse en el castillo de Dimilioc, estaba ahora allí, a cientos de leguas de distancia, fresco y radiante, aferrado a la cintura de su mujer.

—¿Os parece acaso que estoy muerto? ¡Estoy vivo y bien vivo! —se carcajeó—. De hecho, nunca me sentí más vivo que en este momento —confirmó sin apartar los ojos de los de mi madre.