Morgana 7. La banshee
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7. La banshee

Historia de Lanzarote del Lago Anónimo

Me levanté en mitad de la noche, cuando calculé que la mayoría de los habitantes del castillo ya estarían dormidos.

Abrí la puerta de mi alcoba con cautela.

En algún lugar, más allá de los largos corredores, se oían las voces de hombres charlando animadamente.

Asomé la cabeza despacio, miré a uno y otro lado del corredor.

No había nadie, así que me deslicé fuera, dispuesta a colarme en la cámara de mis padres.

No estaba tranquila. El padre al que había abrazado horas atrás no me parecía mi padre y yo quería (en realidad, necesitaba ) comprobar que lo era. Lo necesitaba con mucha fuerza.

Caminé sobre la fría piedra, descalza, tan solo cubierta por mi fina camisa de dormir de hilo color mantequilla, con el cabello revuelto. De pronto, una voz ronca explotó la burbuja de sigilo que me envolvía. El corazón se me paralizó y a punto estuve de vomitarlo.

—Eh… Morgana. ¿Adónde te crees que vas?

Me di la vuelta. Allí estaba Britael, observándome con gesto severo.

Era la primera vez que ese hombre me prestaba atención.

Posiblemente la primera vez que me llamaba por mi nombre.

Incluso la primera vez que me hablaba. Siempre me había mostrado indiferencia, hasta tal punto que pensé que era invisible a sus ojos, al igual que sabía que lo era para otros habitantes del castillo.

Desde que tenía uso de razón lo vi acompañando a mi padre, pero era un caballero tan retraído y discreto que apenas había cruzado conmigo un par de miradas esquivas.

Tampoco le vi jamás recorriendo las plantas superiores, y mucho menos a esa hora de la noche.

Pero yo era aún lo bastante pequeña como para sentirme intimidada por la voz firme de un hombre adulto, así que no hice preguntas.

—Quiero ver a mi padre —respondí, dando por sentado que aquel era un motivo más que razonable para que me dejara tranquila.

—No puedes verlo. Está haciendo cosas de mayores.

Se me acercó mientras hablaba. Ahora estábamos parados, el uno frente al otro; yo observándole desde abajo, él mirándome desde su altura con cierto aire de superioridad.

Sin previo aviso, se agachó. Colocó su brazo derecho tras mi cintura y el izquierdo en mis corvas y me alzó sin esfuerzo.

Sentí su mano cercando mis costillas y su respiración acariciándome el pelo.

Me puse tensa. Él debió notarlo. Acercó su nariz y aspiró profundamente, entrecerrando los párpados.

—Hueles a alas de mariposa y a versos recitados junto a una hoguera en un bosque de eucaliptos —soltó.

Lo observé de reojo. Estaba bastante serio, así que consideré necesario dar una explicación.

—Es que estuve volando.

—Pues no me digas más —respondió él sin muestra alguna de asombro, duda o escepticismo.

Una sensación de seguridad y confianza se adueñó de mi cuerpo.

Todo aquello me pareció más que razonable.

Si alguien se hubiera tomado la molestia de preguntarme, hubiera respondido que las alas de los insectos y los poemas recitados frente al fuego desprenden aromas boscosos, al igual que la luna llena tiene el regusto de la nata batida con miel.

Me depositó delicadamente sobre la cama y él se sentó en el borde para observarme con complacencia. No recordaba que los ojos de Britael fueran tan enigmáticos, insondables y oscuros. Siempre me había parecido una persona de color polvo y ahora su piel refulgía como la madreperla.

—¡Cuantísimo nos parecemos, Morgana! —exclamó sonriente—. Seguro que tú también te has dado cuenta.

¿Me había dado cuenta? Jamás reparé en ello.

Desconocía cuáles eran las reglas de cortesía a seguir en un caso como ese.

¿Debía sincerarme y sacarle de su error?

Como me pareció desconsiderado confesar que hasta ese momento su presencia me resultó indiferente, preferí guardar silencio y que él siguiera feliz en su ignorancia.

—Quizás no hayas tenido la oportunidad de tratar con muchos niños de tu edad, viviendo como vives tan alejada de todo y de todos —siguió diciendo—, pero yo, que he viajado por el ancho mundo y he conocido a un buen número de seres que prefiero dejar en el olvido, puedo asegurar que no hay en este universo criatura que posea la mitad de tu talento y hermosura.

Ay… Morgana, Morgana… —Sujetó mi mano derecha entre las suyas—.

He de pedirte perdón si en algún momento te he tratado de forma inadecuada. ¿Me disculparás por mi torpeza?

—Sí.

—¿Sabes jugar al ajedrez?

Negué con la cabeza.

—Pues deberías aprender —dejó la frase en suspenso, y volvió a preguntar—. ¿Sabes lo que es el ajedrez?

—¿Un… juego? —deduje.

—¡Sí, así es! ¿Ves lo lista que eres? Es un juego originario del otro lado del mundo. Puede que incluso venga de más lejos.

—¿De más lejos que el otro lado del mundo ? —Me pareció poco probable.

—Oh… sí. Para llegar hasta allí hay que caminar descalzo sobre susurros de brisa marina, beber la octava lágrima de un poeta que jamás conoció el amor y perderse en un sendero solo visible para los que han olvidado lo que andaban buscando.

—Tiene que ser difícil llegar —supuse.

—¡No imaginas cuánto! Hay senderos por ahí repletos de almas extraviadas, esperando el momento preciso de dar el siguiente paso antes de que el camino desaparezca para siempre.

Sopesé las ganancias y perjuicios de aprender a jugar al ajedrez y llegué a la conclusión de que no merecía la pena el riesgo.

—Yo no quiero olvidar lo que estoy buscando —decidí.

—Esa es una sabia decisión, sin duda. Pero, tranquila, no será necesario que olvides nada. Te enseñaré a jugar aquí mismo. ¡Aquí! —dijo señalando mi cama—. No hace falta que salgamos de esta alcoba.

Y entonces, convencido de que debía ahondar en ese asunto, comenzó a hablarme de la necesidad humana de saciar el vacío del alma.

De la nostalgia de saberse mortal. De cómo elajedrez permite librar una batalla en un espacio limitado, aunque en realidad los jugadores se estén enfrentando a sí mismos, poniendo a prueba su intelecto, su temple y la fuerza de su carácter.

—¡Qué suerte que tienes, Morgana! —siguió explicando—.

Sí…, sí…, eres muy afortunada. Me tienes a mí aquí, dispuesto a enseñarte el juego con el que adiestran a los reyes.

Los jugadores realmente brillantes son capaces de ocultar sus intenciones y es una delicia medirse con mentes así.

Por el contrario, los malos jugadores merecen la peor de las muertes por hacer perder el tiempo a sus contrincantes.

Fruncí el entrecejo. Yo no soy una gran defensora de la burda humanidad, pero consideré esa afirmación un tanto drástica.

—Es el juego preferido de las hadas —aclaró—.

Suelen desafiar a los mortales a torneos de tres partidas, en cada una de las cuales el ganador debe elegir su premio.

Las hadas les dejan ganar las dos primeras, para que se confíen.

Y los mortales, que son simples y predecibles, eligen invariablemente riquezas terrenales, que no han de servirles de mucho para librarse del trance que se les viene encima.

—¿Las hadas ganan la tercera partida?

—¡Por supuesto! —exclamó como si fuera más que evidente.

—¿Y qué es lo que piden?

—Un regalo imposible. Una tarea casi mortal. Algo que no se puede comprar con riquezas.

—¿El qué no se puede comprar con riquezas?

—El viento, las estrellas, tiempo, un beso de amor verdadero…

Volteó con elocuencia su mano para indicar que podría seguir enumerando tesoros invaluables durante horas. Pero no lo hizo. Prefirió contarme una historia.