Morgana 6. Cambiaformas #2
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6. Cambiaformas #2

A Ronan le gustaba hacerse el enigmático.

Buena parte de sus conversaciones resultaban tan espesas y grumosas como sus gachas, pero, si he de ser sincera, contestó a esa pregunta con la pura verdad.

Al parecer, ningún desencuentro en el que estuviera involucrado un rey, a lo largo de la historia de Britania, se había debatido tanto como el protagonizado por mi padre y Úter.

Cualquier persona que tuviera lengua en la isla se había formado una opinión sobre lo ocurrido tras la coronación y estaba dispuesta a compartirla con sus vecinos.

Lo peor era que pocos ponían en duda que la ingratitud vino por parte de mi padre.

Cierto era que la mayoría no habían escuchado ni una sola palabra de la discusión.

Cierto que algunos ni siquiera estaban en la ciudad de Londinium cuando aconteció el desencuentro.

Cierto que el nuevo rey bebía los vientos por mi madre (y que además se le notaba bastante).

Y cierto también que muchos anhelaban debatir de forma mordaz sobre esta última circunstancia.

Es posible que no haga falta que yo os lo confirme, pero pocas cosas gustan más que elucubrar sobre bajos instintos, amancebamientos, adulterios y pasiones ajenas, aunque, en este caso en particular, la mayoría prefería no extenderse demasiado.

Por tratarse de asuntos en los que estaba involucrado el rey, temían posibles represalias.

Ronan se aproximó a la muchacha, repasando cada oscuro rincón de la cocina con miradas furtivas, asegurándose de que disponía de la suficiente intimidad para susurrar…

—El rey considera que lady Igraine, al igual que el resto de los reinos de la isla —comenzó, y entonces la sujetó por el codo, disminuyó aún más el tono de voz y pronunció la siguiente frase dándole leves tirones, haciendo una pausa al comienzo de cada palabra—, debe-ser-gobernada-por-él .

Se alejó un poco para observar el efecto que la confidencia causaba en ella.

—¡Oh!

—Y los hombres que lo acompañan encuentran este razonamiento de lo más lógico —concluyó.

Pese a que hubo en su momento quienes pusieron en duda que Úter fuera el hombre adecuado para ostentar la dignidad real, en los últimos tiempos se estaba desvelando como un líder carismático.

Soldados que en el pasado luchaban a las órdenes de mi padre ahora estaban dispuestos a enfrentarse a él por lealtad al nuevo rey.

—Pero… —vaciló la dama, remedando el tono confidencial—. ¿Puede un hombre quedarse con la esposa de otro?

Ronan sopesó por unos instantes esa posibilidad. Elevó las cejas, apretó los labios y se encogió de hombros.

—Tratándose de un rey, probablemente sí. En la Biblia sucede algo parecido entre el rey David y Betsabé. 28 Y de sobra es sabido que aquello no terminó bien para el marido de Betsabé.

Al parecer, el rey Úter había puesto a Dios por testigo, y eso era algo que tenía poca réplica.

Celebró su coronación en una iglesia, al igual que hiciera con anterioridad su hermano Aurelio Ambrosio.

Ambos eran cristianos y tenían a Jesucristo como su Señor.

El obispo le tomó juramento, le ungió y le colocó sobre la cabeza la corona.

No había mayor legitimidad. Solo un rey investido de esa manera se convertiría en el Supremo Monarca, el adecuado para unificar Britania, de manera que nadie puso en duda su palabra cuando dijo que mi padre seguía adorando a los antiguos dioses, aprovechando que Cornualles estaba en una esquina perdida del mundo.

Aseguró que en el castillo de Tintagel se realizaban sacrificios y rituales paganos y que un séquito de pixies 29 , elfinas y un sinfín de seres elementales pululaban libremente por los corredores.

Y lo que era aún peor: que no se había emparejado solo con mi madre, como debían hacer los buenos cristianos y los búhos, sino que vivía en concubinato con un buen número de pecadoras que atendían sus lujuriosos deseos.

—El rey ha mostrado su sospecha de que el duque y la duquesa no están casados ante un altar. —Ronan bajó de nuevo la voz para añadir—. Así que ha convertido el rescate de lady Igraine en su misión.

—¿Rescatar a lady Igraine?

La joven abrió la boca para lanzar un gritito que, por fortuna, pudo contener con el dorso de la mano.

Justo en ese momento, Elen, la panadera, entró en la cocina.

Su aspecto era similar al de Ronan, pero su nariz parecía un bollo y su delantal, en lugar de salsa, solía estar manchado de harina.

Elen era una de esas personas de rostro afable y ojos brillantes que uno presupone han de tener una preciosa sonrisa, pero que enseguida te sacan de tu error cuando abren la boca.

Venía gesticulando, haciendo mohínes. En pocos segundos pasó de parecer triste a rabiosa y, un instante después, pensativa.

Mantenía una conversación consigo misma que no tardó en compartir con Ronan y la muchacha.

—El herrero dice que el jardinero tiene una prima que está casada con un mesero que ha escuchado que el rey Úter ha jurado solemnemente devastar las tierras del duque.

¡Y ya ha empezado! Viene con el mago ese…

¿Cómo se llama? —Lanzó un suspiro de impaciencia por su mala memoria a la vez que chasqueaba los dedos.

La muchacha acudió a su auxilio.

—Merlín.

—¡Eso! ¡Merlín! Pues al parecer el rey hizo bordar en un estandarte el dragón del que el mago habló cuando aquella estrella atravesó el cielo, y ahora se hace llamar Úter Pendragón.

A la orden del mago, esa criatura hecha de hilos cobra vida y vomita fuego.

Las aldeas que los hombres del rey encuentran a su paso están abrasadas.

Y parece que ya han sitiado el castillo de Dimilioc.

La vida del duque corre un serio peligro.

—¿Y qué será de nosotros si el duque muere? —preguntó espantada la muchacha.

No dio tiempo a que nadie le respondiera.

Un revuelo de voces interrumpió la conversación para anunciar que una barcaza de remos acababa de atracar en la playa con tres hombres a bordo.

Pasados los primeros momentos de sobresalto, descubrieron que se trataba de mi padre, quien llegaba acompañado por Jordán de Tintagel, uno de sus más leales caballeros, y por Britael, su mano derecha.

Habían utilizado la vía marítima para burlar a su enemigo y justo en ese momento subían las escaleras que daban acceso al castillo.

Hacía una semana que no se sabía nada de mi padre y verlo llegar resultaba reconfortante.

El guardián hizo una reverencia y los dejó pasar, convencido de que las desastrosas informaciones sobre aldeas abrasadas por el aliento sulfuroso del dragón bordado no podían más que ser exageraciones (de otra forma, el duque no se mostraría tan relajado y sonriente).

Llegaron en ese inexacto intervalo de tiempo en el que el día aún no se ha despedido del todo y la noche está por aparecer, cuando el cielo se inunda de fulgores violáceos con motitas rojo sangre, una visión que enamora a los ojos, pero que encoge el alma.

La presencia de mi padre en el castillo me espantó la languidez. Abandoné la cama y bajé las escaleras lo más rápido que pude. Atravesé los corredores dando gritos y me dirigí al salón. Lo encontré sentado junto a mi madre. Compartían un plato de carne ahumada y una copa de vino.

—¡Padre! —chillé emocionada.

Él arrugó la nariz y entrecerró los párpados.

—Menudos pulmones tienes… —dijo forzando una sonrisa.

Aún no había recuperado la naturalidad de su rostro cuando trepé a su regazo.

—¡Abrázame hasta el infinito!

Él suspiró antes de que sus brazos me rodearan sin pasión.

Lo estreché contra mi pecho. Por si no me había escuchado, repetí:

—Abrázame hasta el infinito.

Volvió a suspirar.

Me aferraba a su cuello, con mi mejilla pegada a la suya.

—No permitas que corra el aire entre nosotros —le susurré al oído (pensé que sería buena idea que yo enunciara su parte)—. Que no pase ni una brizna de brisa.

—Deja a tu padre, Morgana. Está muy cansado.

Mi madre interpuso su mano entre nuestros cuerpos, empujándome para separarme de él.

Sentada aún sobre su regazo, lo miré a los ojos.

Eran de un penetrante color azul. Pero no el azul mar de siempre, sino más bien azul mar durante una tormenta.

Aunque tampoco eran de ese color exactamente.

Sería más acertado decir que eran azul mar bajo una tormenta, con algas flotando en la superficie.

Para ser más concreta, os diré que ese tono de azul se llama «perfidia», pero como hasta ese momento nadie me había estafado no fui capaz de distinguirlo.

Lo observé desconcertada. Asomó a su rostro una sonrisa que me pareció tan floja como su abrazo. Fue entonces cuando vi la leve cicatriz que cruzaba su mejilla derecha.

—¡Te han herido! —dije preocupada, colocando mi mano sobre ella.

—Solo es un arañazo —respondió él, restándole importancia.

Y empezó a desgranar (mientras tiraba de un imaginario hilo de su pantalón) una historia sobre un maldito grajo que se le echó encima en plena batalla, prorrumpiendo desagradables graznidos.

—Lo aparté de un manotazo —se jactó (explicándoselo, al parecer, a la punta de su pie derecho)—. Odio a esos pajarracos.

—Yo también —secundó mi madre con una sonrisa.

—¿Cuándo te atacó? ¿Dónde…? —balbucí.

Por el rabillo del ojo vi el movimiento de cabeza de mi madre. Como tantas otras veces, le hacía una señal a una de las damas para que se hiciera cargo de mí. Instintivamente, volví a aferrarme al cuello de mi padre. Noté cómo su cuerpo se tensaba bajo mi peso.

—Ya eres muy mayor para echarte de esta manera encima de los hombres —me reprochó estirando mucho el cuello, alejando su rostro del mío, con la mirada fija en la pared que quedaba tras mi cabeza.

La dama me arrancó de sus brazos, me depositó en el suelo y tomó mi mano para llevarme a la habitación.

—Te extenderé un ungüento de artemisia marítima en la herida y no te quedará cicatriz —le escuché decir a mi madre.

Antes de abandonar el salón, me di la vuelta para observarles: ella acariciando su mejilla, él cerrando los ojos, ambos ajenos a todo y a todos, como si yo no estuviera. Como si nunca hubiera estado. Como si solo existieran ellos dos en el mundo.

23 G., Monmouth, G. d. (2004). Historia de los reyes de Britania . España: Alianza Editorial.

24 Existen diversos términos para designar a quienes son capaces de mudar su aspecto: cambiantes, cambiaformas, transmutantes…

En cualquiera de los casos, la transformación se produce porque el ser en cuestión dispone de poderes sobrenaturales, ya sean propios o heredados de sus ancestros.

También puede forzarse una transformación manipulando las esencias de la naturaleza: estrujando las entrañas de los frutos, destilando el alma de las hierbas, sometiendo minerales y azófares a inicuos procesos con la intención de arrebatar su esencia para usarla con viles intenciones.

No abundan los que saben hacerlo. Requiere tiempo y dedicación aprender a manejar esa ciencia que algunos juzgan hechicería.

Tal y como dice La balada del último trovador :

(…) puede hacer que una dama parezca un caballero,

la cáscara de nuez una barca dorada,

que parezca un chelín un inmenso palacio,

la juventud vejez; vejez la juventud.

Todo era un engaño y nada era verdad .

Es interesante señalar que algunos dioses son expertos cambiaformas.

Zeus, sin ir más lejos, ha trocado su apariencia en múltiples ocasiones, casi siempre movido por libidinosos propósitos.

Se transformó en cisne para enamorar a Leda, en toro albino para seducir a Europa, en águila para raptar a Ganímedes, en cuclillo para encandilar a Hera, en hormiga para procrear con Eurimedusa (a la que previamente también convirtió en hormiga).

25 Las tres diosas guerreras con forma de cuervos son Neman, Macha y, la más importante, Morrigan o Morrigu.

26 Plinio el Viejo, sigloI d. C., procurador imperial romano, militar, naturalista y testigo excepcional de la destrucción de Pompeya, autor de la enciclopedia Historia natural que contenía todo el saber sobre medicina, geografía, botánica, zoología… conocido hasta el momento.

27 Las intromisiones élficas en el ritmo vital humano han dado lugar a un amplio vocabulario.

La expresión elflocks , (‘nudos de elfos’) surge de una de sus travesuras nocturnas preferidas: revolver el cabello de las criaturas más pequeñas de la casa para que sus melenas amanezcan llenas de enredos.

En ocasiones sus actividades son más siniestras.

Se llama «golpe de elfo» a la enfermedad, invalidez o muerte provocada por las pequeñas piedras afiladas, en forma de punta de flecha, que se encuentran en las regiones de las colinas.

Las lanzaban los elfos, logrando traspasar la piel humana sin dejar rastro y provocando terribles dolores neurálgicos.

28 Segundo libro de Samuel (11:2 a 11:27).

29 Los pixies son seres elementales de la Región del Oeste, con una complexión más sencilla que la de las hadas.

Se les puede conjurar regalándoles prendas de vestir, sobre todo si son verdes, ya que es su color favorito.

Los pixies de Cornualles son los más antiguos y muestran un aspecto viejo, ajado y seco.

Cuando adoptan forma humana son fáciles de reconocer porque tienen el pelo rojo, las orejas picudas, la nariz respingona y la cara corta.

Son de talante bromista. Les gusta montar a caballo y extraviar a las personas en los bosques.

Una de sus diversiones consiste en colarse en losestablos de las casas y robar los caballos para hacerlos correr en círculos, hasta que el pasto queda aplastado.

Estos círculos llevan el nombre de «gallitramps».

Quien por descuido (o intencionadamente) ponga los dos pies dentro de uno de estos círculos, quedará prisionero de los pixies.

Si solo pone un pie, podrá ver a los pixies, aunque tendrá la libertad de marcharse cuando quiera, a no ser que se trate de un criminal, ya que, en ese caso, acabará colgado.

Los pixies y las hadas se enfrentaron en una encarnizada batalla que ganaron los primeros.

Las hadas quedaron expulsadas al otro lado del río Parrett, de manera que el territorio situado al oeste del Parrett es en la actualidad tierra de pixies.