Morgana 6. Cambiaformas
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6. Cambiaformas

Historia de los reyes de Britania Geoffrey de Monmouth

Pero como ya os dije en el pasado, no son los bardos las criaturas más fiables que pisan la tierra.

El puchero en el que cuecen sus historias podría compararse a un potaje de avena, vainas de guisantes, rábanos y cebolla al que añaden el astrágalo de una ternera para hacerlo pasar por potaje de ternera.

Dicho esto, tampoco quiero que os hagáis una idea equivocada de los bardos.

Pese a ser reticentes a que la realidad les opaque una radiante mentira, sería mezquino por mi parte restarles todo el mérito.

En lo que cuentan siempre hay un pellizco de verdad. Tan embusteros no son.

Lo cierto es que el día que salté desde la torre del castillo de Tintagel, mi cuerpo ya no era humano.

Sin asomo de extrañeza, malestar o recelo, percibí en mis entrañas el burbujeo de mi nueva forma: la de la chova piquirroja que adorna el escudo de armas de mi padre.

Extendí los brazos (que en ese momento ya eran alas) y me lancé a volar con la seguridad de que no iba a estrellarme contra el suelo.

Por instinto tomé rumbo hacia la fortaleza de Dimilioc.

Planeaba sobre los verdes páramos, que se extendían a izquierda y derecha, en busca de un cielo gris plomizo.

Caminos truncados y peñascos afilados enfatizaban el vértigo que sentía en ese momento; jamás me había alejado tanto del castillo.

Varias columnas de humo hicieron que mi mirada se desviara hacia el este.

Percibí la vibración de cascos de caballos golpeando la tierra.

Convencida de que se trataba de mi padre y su ejército, cambié la dirección y volé a su encuentro.

La nube de polvo subrayaba la presencia de soldados en una de las aldeas que rodeaban el ducado.

El fulgor de sus espadas desenvainadas restallaba a intervalos en el espeso humo blanco, como relámpagos de la tempestad que se aproxima.

Fue cuando distinguí el estandarte con el dragón rojo bordado sobre fondo blanco.

Recordé entonces la estrella que atravesó el firmamento y la profecía de Merlín: «Un dragón de fuego ha cruzado el cielo de Britania».

Se me heló la sangre en las venas. Tomé conciencia de que a aquellos hombres no los comandaba mi padre; se trataba del ejército de Úter.

Unos cien jinetes espoleaban a sus caballos de guerra con un firme propósito: sembrar el caos en el ducado de Cornualles.

Blandían antorchas que zarandeaban a uno y otro lado.

Las acercaban a los tejados de paja, a los graneros, a los cercados…

golpeaban con ellas a todo el que encontraban a su paso, sin discriminar en si eran hombres, mujeres o criaturas de pecho.

Los ancianos observaban la hecatombe con un alarido atascado en la garganta, paralizados por la estupefacción o la incapacidad.

Algunos se apresuraron a abrir la puerta de los gallineros y establos con la intención de liberar a los animales y que estos no muriesen abrasados.

Perros, ovejas, yeguas, vacas… olfateaban el aire un segundo antes de huir despavoridos en dirección al bosque cercano.

Un despropósito de cacareos, mugidos y relinchos se unió al crepitar de la madera, a los gritos de los aldeanos que abandonaban sus humildes casas, tirando unos de otros, con los niños en los brazos, sirviendo de apoyo a los heridos, tratando de poner a salvo sus pertenencias más preciadas.

Quienes estaban en disposición de correr, escapaban en dirección al norte, pero allí tropezaban con más soldados y eso les obligaba a virar al sur.

Y luego lo mismo rumbo al este. Y después de nuevo al norte.

Intentaban hacerse hueco a codazos, a empujones, pisando sin remordimientos a los que caían al suelo.

El fuego se desplazó por la aldea fecundando las ropas tendidas, los cabellos de la gente espeluznada, el brocal del pozo, los útiles de labranza, los sacos de grano que ardían en segundos, despidiendo un delirante rugido que engendraba más terror, más gritos, más desolación…

, más infierno. El espectáculo resultaba aterrador.

Aquello no era una batalla: se trataba de una matanza.

Tuve la palpable sensación de que el mundo bello, plácido e inocente en el que vivía se chamuscaba ante mis ojos para desaparecer, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

En medio de todo aquel caos, reconocí la figura de Úter.

Él también arremetía contra la multitud con los labios apretados, las manos crispadas y los ojos tan ardientes como la tea que sacudía a izquierda y derecha.

Pero de pronto cambió de actitud. Sofrenó su montura, como si acabara de caer en la cuenta del lugar que ahora ocupaba en el mundo.

Un rey no debía mostrar el mismo entusiasmo salvaje que los vulgares soldados (debió pensar), así que espoleó al caballo para alejarse y observar el desastre en su conjunto.

Se situó sobre una leve loma y paseó la mirada por la aldea en llamas.

Tras unos segundos, perfiló una sonrisa ufana que le subió por todo un lado de la cara.

Se me encogió el estómago. Sentí cómo se me inundaba la boca del regusto a hierro oxidado y sal: el sabor del odio.

Grité con todas mis fuerzas, pero de mi garganta solo brotaron graznidos.

Desesperada, me lancé sobre él con la intención de sacarle los ojos.

Agité mis alas sobre su cabeza, picoteando su cráneo, mientras hacía quiebros para esquivar sus manotazos.

Una de mis patas alcanzó su mejilla. Cerré los dedos con rabia, notando cómo mis uñas rasgaban la piel.

Lanzó un alarido que aún flotaba en el aire cuando su mano golpeó mi costado, lanzándome lejos.

Me estampé contra el suelo. Y se hizo la oscuridad.

Cuando desperté, el ejército de Úter ya se había marchado.

A mi alrededor ardían pequeños fuegos. Hombres, mujeres y niños, con los cuerpos cubiertos de espantosas quemaduras, emitían leves quejidos que se mezclaban con el crepitar de las llamas.

Otros caminaban como sonámbulos, con la cara tiznada y la mirada perdida.

Los más afortunados yacían inmóviles; ya habían dejado de sufrir.

La aldea que horas atrás había amanecido llena de vida ahora era una mezcla de madera chamuscada, pérdida y muerte, aliñada con barro y humo.

No podía soportar el dolor. Estaba mareada y sentía náuseas. Me inundó un frío de tumba. Débil, agotada, deduje que debía recomponerme o no podría regresar al castillo. Tomé aire y volví a confiar en el instinto que me había guiado. Observé el horizonte, sacudí las alas y me alejé de allí.

Los sirvientes pasaron horas buscándome.

Me hallaron tiempo más tarde, sin consciencia, desplomada en el suelo de la torre.

El padre Edwin apareció conmigo en los brazos, indicando dónde me había encontrado, poniendo el énfasis en que estabadesorientada y que respondía a sus preguntas con extraños desvaríos sobre dragones rojos, plumas y humo.

El mozo de cuadras no daba crédito. Aseguró que él ya había buscado antes allí; que había repasado cada recodo, cada piedra, cada sombra de musgo en las piedras, cada caracol que se arrastraba baboseando las piedras…

—De la niña no había ni rastro en la torre —insistió.

Por supuesto, no le creyeron (el mozo de cuadras tenía fama de flojo y fabulador).

En lo que estuvieron todos de acuerdo es en que yo era una niña escurridiza.

Que dar conmigo era un suplicio desde que había aprendido a abrir puertas y a subir escaleras, y que mis padres harían bien en atarme corto si no querían encontrarme un día despanzurrada en el patio o flotando bocabajo en el abrevadero.

Nadie se explicaba qué habría estado haciendo el tiempo en el que anduve perdida, ni la razón por la que tenía el pelo repleto de nudos de elfo 27 y la cara cubierta de hollín, como si hubiera estado revolcándome en los rescoldos de la chimenea.

Me llevaron a mi alcoba y me desnudaron al completo.

Recorrieron cada pulgada de mi piel para intentar localizar la herida de la que provenía la sangre reseca que traía en las uñas, pero, por supuesto, no encontraron nada.

Pasé los siguientes días metida en la cama, zozobrando en un mar de debilidad y delirios.

A veces tenía la sensación de que mi corazón era un pajarito.

Mientras que el resto de mi cuerpo descansaba en el lecho, él volaba libre por el castillo, sin que nadie percibiese su presencia.

Lo vi un instante, agazapado tras la pata de una silla.

Tenía el pico de un intenso color escarlata, a juego con sus delicadas patitas.

Escapó de la habitación aleteando detrás de la sirvienta, siguiéndola hasta la cocina.

Ella dejó los platos de mi cena sobre el trinchero y miró compungida a Ronan, el cocinero principal.

—¿Se sabe algo? —preguntó.

Si necesitáis haceros una idea del aspecto de Ronan, bastará con que os diga que era exactamente igual a como imaginas que debe ser el cocinero de un castillo.

No hubiera valido para ejercer otra labor; en ningún caso maestro de armas o tonelero, tareas para las que se requería cierto dinamismo y prontitud.

Como cocinero, Ronan era perfecto porque se parecía mucho a los alimentos que cocinaba: orondo, sonrosado, casi siempre con una manzana en la boca y con el vientre salpicado de salsa.

Ronan inspiró ruidosamente por la nariz, retuvo el aire unos segundos y lo soltó de golpe antes de responder.

—Se sabe todo y no se sabe nada. —Y se encogió de hombros.

Como podréis imaginar, la muchacha se quedó igual que estaba.