Morgana 5. El gran dragón #4
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5. El gran dragón #4

—Mis manos no merecen la honra que les brindáis —respondió él—, así como tampoco el reproche que creo percibir.

Por desgracia, ni una cosa ni la otra me son propias.

Aprendí a luchar como el que aprende a beber o a pronunciar las primeras palabras.

Me inculcaron que mi dinastía estaba amenazada y que debía defenderla con uñas y dientes.

Crecí con la idea de recuperar un reino dominado por salvajes.

La rabia seguiría apoderándose de mí de no ser por el ejemplo que veo en vos, señora.

La delicadeza que alabáis es solo el tímido reflejo de la paz que inunda mi corazón en vuestra presencia.

Si supierais que mis manos… Mis manos, lady Igraine, son tan desgraciadas como el resto de mi cuerpo, porque lo único que ansían es sostener las vuestras.

Mi madre levantó los ojos y los clavó en los de Úter. Abrió la boca, con la intención de interrumpirle, pero él siguió hablando:

—No pretendo ofenderos. Entiendo la gravedad de mis palabras y no albergo esperanza alguna de ser correspondido. Seré desgraciado. Desgraciado pero feliz, porque la vida me ha permitido llegar a conocer vuestra existencia. Mi bella y hermosa Igraine…

Úter aferró la mano de mi madre entre las suyas y se la llevó a los labios, como ya le había visto hacer en el pasado. Justo en ese momento, apareció mi padre.

—Gorlois…

Mi madre lanzó un gritito, y se alejó dos pasos del rey, demanera que Úter se quedó con los labios apretados y con sus manos vacías cerca de la boca, como si estuviera a punto de lanzar un silbido.

—Úter…, no me estaréis faltando al respeto, ¿verdad? —pre- guntó mi padre, sorprendido y triste al mismo tiempo.

Durante un brevísimo instante, Úter bajó la mirada. Parecía avergonzado, pero enseguida se recompuso.

—Sois vos quien me falta al respeto —espetó desafiante—. ¿Acaso se os olvida que estáis ante vuestro señor? Al dirigiros a mí, debéis postraros y llamarme «majestad».

Mi padre se tragó la tristeza, que le dejó en la boca el sabor de la perfidia.

—No es la corona con la que ahora ceñís vuestra cabeza lo que os otorga la dignidad real.

El respeto se gana con las acciones. Teníais mi respeto en el campo de batalla, cuando nos jugábamos la vida por algo más grande que nosotros mismos.

En esos días éramos compañeros… Más que eso: os consideraba mi hermano.

—Habláis del pasado. Esos días quedaron atrás. Ahora estamos aquí. Yo soy vuestro rey. —Dudó un momento antes de añadir, casi en un susurro—. Y vos, mi súbdito.

Aquella última palabra desató la furia que mi padre llevaba un buen rato intentando mantener a raya.

—¡El rey de los cornovios no es súbdito de nadie! —gritó.

La superficie del espejo volvió a vibrar. Sentí que una mano invisible me aferraba la garganta. No podía respirar. Las antorchas incrementaron su fulgor, llenando el espejo de luces reverberantes, distorsionando por completo la imagen.

Y, de pronto, solo oscuridad.

Pasé los dos siguientes días intentando convocar de nuevo el reflejo de mis padres, sin ningún éxito.

Antes del anochecer del tercero, ya casi no podía contener la ansiedad.

No quería comer. Tampoco dormir. Sabía que lo que había visto en el espejo era una escena determinante.

Cuando escuché las voces de los sirvientes anunciando a gritos que mis padres habían regresado, corrí a su encuentro.

Mi padre traía el rostro desencajado. Mi madre, junto a él, estaba seria y guardaba silencio.

Extendí los brazos para que él me alzara, como hacía siempre, pero se limitó a besar mi cabeza, sin demasiada pasión.

Acto seguido, comenzó a dar órdenes a los soldados que habitualmente estaban al cargo de la vigilancia del castillo.

Debían multiplicar la precaución. No, el nuevo rey no era ya bienvenido.

No, no podían asumir un enfrentamiento directo con Úter.

Sí, había que enviar un mensajero a Hibernia solicitando ayuda.

—Morgana y tú os quedaréis aquí —le dijo a mi madre sin apartar los ojos de mí—.

Tintagel es el lugar más seguro. Este castillo no puede ser tomado.

Los acantilados impiden el acceso por mar, y el puente es tan estrecho que solo permite el paso de las personas en fila de a uno.

Tenéis el pozo, así que no os faltará agua.

En los almacenes y despensas hay alimento para soportar más de un año de asedio.

Yo iré con mis hombres a la fortaleza de Dimilioc y frenaré el avance de Úter hasta que lleguen refuerzos.

No era la primera vez que mi padre se marchaba para luchar, pero esa vez tuve el presentimiento de que caminaba hacia la fatalidad.

Me abracé a su cintura, intentando evitar lo inevitable, pretendiendo que los brazos de una niña lograran retener el enorme cuerpo de un guerrero.

Mi madre nos observaba en silencio, y yo la odiaba por ello.

¿Por qué no le abrazaba como yo? ¿Por qué se resignaba?

¡No, no había que resignarse! Las lágrimas me ardían en las mejillas.

—Padre… no… no…

—Volveré pronto, princesa mía —me dijo como despedida justo antes de que Britael me arrancara de su cuerpo para depositarme en los brazos de una de las damas. Pateé al aire, grité, aullé mientras le veía cruzar el puente al galope, acompañado de un grupo de soldados, alejándose de mí.

—Señora, pero… ¿qué ha ocurrido? —preguntó la mujer que me sujetaba.

Mi madre se mantuvo en silencio.

—Hemos abandonado Londinium sin el permiso del rey —respondió en su lugar uno de los soldados que se habían quedado para protegernos—.

Cuando el rey se enteró, dio orden de que fueran en nuestra busca y nos apresaran.

Dijeron que el duque debía regresar al palacio del gobernador para responder a las acusaciones de traición al juramento de lealtad y menosprecio a la dignidad real.

—¿Traición? ¡Santo cielo! —gimió la dama.

—Entonces el duque retiró el juramento de lealtad que había pronunciado durante la coronación —siguió narrando el soldado—.

Los hombres del rey no esperaban esa respuesta.

Creían que íbamos a regresar sin oponer resistencia, así que tardaron en reaccionar.

Al final anunciaron que, ante la negativa a obedecer las órdenes de su majestad y la reiteración del perjurio, el ducado de Cornualles había dejado de estar bajo la paz y la protección real.

—¿Y eso qué significa? —preguntó ella con el rostro descompuesto.

—Que el rey nos ha declarado la guerra.

El anuncio fue lo bastante calamitoso como para que los brazos de la dama cayeran a ambos lados del cuerpo, como una marioneta a la que hubieran cortado de pronto las cuerdas, así que pude zafarme.

Eché a correr hacia las escaleras que subían a la torre.

Desde allí vi galopar a los hombres en dirección al sur.

Ya estaban lejos. Eran apenas una mancha oscura, próxima al horizonte, pero aún podía oír el eco sombrío del cárnix 22 , que desde ese momento relacioné con la tragedia.

Los caballeros y escuderos que en el pasado combatieron mano a mano con Úter ahora debían enfrentarse a él.

Ese pensamiento me llenó de furia, desesperanza, odio e impotencia.

Podía sentir la sangre recorriendo mis venas, palpitando en mi cuello, golpeando mis sienes.

El viento del oeste traía el fresco aroma del mar y lo aspiré con ansia.

Trepé a la almena de un salto. La altura no me impresionaba; me sentía ágil, liviana, etérea, como si el tuétano de mis huesos se hubiera pulverizado hasta desaparecer.

Mis ojos parecían haber multiplicado su potencia y podía atisbar más allá del horizonte.

Vi los contornos lúgubres en los rostros de los soldados, los ceños fruncidos, las bocas entreabiertas, las manos crispadas de mi padre sujetando las riendas de Taranis.

Y el cárnix bramando sobre sus cabezas.

Una suave llovizna descendía del cielo pesadamente.

Le ofrecí mi rostro, cerré los párpados y extendí los brazos, dejando que me empapara.

Entonces pude sentirlo. Sí. Era aquel el goce que sienten los pájaros cuando ahuecan sus alas antes de emprender el vuelo.

Todo mi cuerpo se hizo viento y agua salada.

Me invadió la certeza de que nada ni nadie podría detenerme; ni entonces, ni nunca.

Ahora el mundo me pertenecía.

No.

En verdad, yo era el propio mundo.

—Todo comienza cuando yo lo decido —recité—. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…

Y me lancé al vacío.

19 Malory, S. T., de Cuenca, L. A. (2024). La muerte de Arturo . España: Siruela.

20 No todos fueron complacientes con la presencia romana en la isla.

Las aguas del Támesis reflejaron la rebelión de Boudica, la reina guerrera celta.

El Támesis retuvo en la orilla los lamentos de sus hijas cuando los soldados romanos las violaron.

El eco de sus gritos trepó por la isla, inundando de rencor el ánimo de las tribus.

Boudica atrapó a los violadores y los sacrificó a Andraste, la invencible, diosa de la guerra y la victoria.

Lanzó después sus cuerpos desmembrados al río, en cuyas aguas se reflejó la luz de las antorchas con las que sus huestes prendieron fuego al Templo de Piedra, que los romanos levantaron como símbolo de la conquista.

Las llamas se extendieron, tiñendo el cielo de negro, convirtiendo el día en noche oscura.

Pero los romanos no se hicieron célebres por rendirse con facilidad.

Vencieron a Boudica y rehicieron la ciudad sobre aquellas cenizas.

Aprendiendo de sus errores, edificaron una muralla defensiva en torno a ella.

21 Se puede conjurar el presente, el pasado o el futuro (así como obtener respuestas a todo tipo de inquietudes vitales, o la visión de lo que está sucediendo en lugares remotos) en el cristal de los espejos, en cuencos, jofainas, copas o lavamanos llenos de agua, así como en la superficie de lagos tranquilos.

Dibujar una cruz con el dedo en la superficie divide el espacio en cuatro cuadrantes.

Cada uno de ellos concreta el lugar en el que sucedió, está sucediendo o sucederá el acontecimiento por el que se pregunta: Cielo, Infierno, Mundo Real o País de las Hadas.

Los antiguos griegos ya practicaban la catoptromancia, del griego kátoptron , (‘espejo’), y mancia , o lo que es lo mismo, adivinación por medio del espejo.

Si en plena consulta sobre el futuro el espejo se rompía, era señal de mala suerte.

Este es el origen de la superstición que afecta a los espejos rotos.

22 Instrumento de viento hecho de metal, utilizado por los celtas para anunciar el inicio de una batalla, similar a una trompa con forma de ese.

Lo mismo servía para espolear la bravura de los guerreros que para intimidar al enemigo.

La campana representaba la cabeza de un animal (habitualmente un jabalí), que se elevaba por encima de los combatientes.

Quien lo hacía sonar debía ser lo bastante hábil para sostenerlo en posición vertical a la vez que mantenía el equilibrio sobre el caballo.