5. El gran dragón #3
De entre todas las creencias que se hicieron populares durante el Imperio, fueron el cristianismo y el culto a Mitra las que calaron con más fuerza en el alma de los ciudadanos.
Mitra, el dios persa de la luz y el sol, defensor de la pureza, la justicia y la honestidad, casualmente celebraba su cumpleaños el mismo día que Jesucristo.
El templo de Mitra se encontraba entre dos colinas, a poca distancia del palacio del gobernador.
Era un edificio de planta rectangular. En el ábside seguía representada la imagen de Mitra matando al toro, cuya sangre dio vida y prosperidad a la Tierra.
Mi madre se adentró en la oscuridad de aquel templo, apenas iluminado por antorchas de pino.
Las llamas rojizas titilaban, dibujando mohínes teatrales en el rostro de Mitra.
En contraste con el bullicio del exterior, allí solo se oía el crepitar del fuego mezclado con el sonido de sus propios pasos.
Fue justo en ese momento cuando tuvo la certeza de estar sola.
Miró a derecha e izquierda, pero la dama que la acompañaba había desaparecido.
Entonces percibió la presencia de alguien más, y se dio la vuelta con el corazón encogido.
En la pared, vio reflejada la sombra de un hombre.
La figura se acercaba a ella, distorsionada, oscilante, agrandándose con cada paso.
Mi madre abrió la boca dispuesta a pedir auxilio, pero reprimió el grito al darse cuenta de que conocía a ese hombre.
Úter y ella se observaron en silencio durante un instante que les pareció eterno, como si llevaran años caminando a ciegas, buscándose sin saberlo, y ahora estuvieran sorprendidos de que la suerte los hubiera colocado al uno en el camino del otro, con lo grande que era Britania.
—Señora…, me sorprende veros aquí —mintió el futuro rey cuando estuvo al lado de lady Igraine.
—La dama que pusisteis a mi disposición es la que sugirió que viniésemos —respondió mi madre—. Pero no sé dónde… Estaba aquí hace un instante y ahora…
—¿Es la primera vez que visitáis Londinium? —la interrumpió Úter, que tenía poco (o ningún) interés en iniciar un debate sobre la misteriosa desaparición de la dama.
Mi madre asintió.
—También es la primera vez que me alejo tanto del mar. Echo en falta el olor a sal y el sonido de las olas.
—No estáis tan lejos del mar, mi señora. Puede que ahora Londinium os parezca arraigada tierra adentro, pero, al comienzo del mundo, aquí estaba el mar —informó él—. Si os fijáis en las piedras con las que está construida la ciudad, podréis encontrar las huellas de las corrientes marinas.
Úter le puso la mano en la cintura para guiarla con delicadeza hacia una de las paredes del templo, un rincón apenas alumbrado por un pebetero.
Mi madre no estaba incómoda, ni sorprendida, como si esa mano y su cintura hubieran sido creadas para ocupar un mismo espacio.
En el movimiento de ambos se podía percibir la actitud posesiva de él y la docilidad de ella.
—¿Veis? En este muro están los contornos de lo que en otro tiempo fueron estrellas de mar, caracolas, ostras, cangrejos…
—Aferró la mano de mi madre e hizo que su dedo índice recorriese los relieves de las piedras, mientras que su propio dedo índice acariciaba la piel de la muñeca de lady Igraine—.
Las mareas y las tormentas siguen envolviendo Londinium, rugiendo en sus entrañas. ¿Lo apreciáis, mi señora?
Pronunció la pregunta tan cerca de la oreja de mi madre que ella pudo notar la caricia de su aliento en el cuello. Tragó saliva antes de asentir, seria y silenciosa.
—¿Habéis visto el color del mármol? —siguió diciendo él con voz pesada—. Algas antiguas lo han veteado con tonalidades verdosas… como vuestros ojos.
Úter no entendía nada de moda femenina, pero sí de atuendos que mostraban lo mejor de los cuerpos femeninos.
Observó sin recato la figura de mi madre, envuelta en su vestido de terciopelo.
El escote exponía la blancura de una piel que atrapaba la poca luz que había en la sala.
Reparó en que llevaba prendida de su cintura la poma de olor que le había regalado.
Aspiró el aroma que la envolvía. La imaginó desnuda bajo su cuerpo, gimiendo de placer. Y sintió un estremecimiento.
Ya no tenía ninguna duda: merecía una reina como ella.
Pronto se corrió la voz de que el futuro rey bebía los vientos por la esposa de otro hombre.
Circuló por Londinium el rumor de que Úter había convocado una reunión con todos los señores del reino a la que no asistió, ya que el propósito era mantener entretenido al esposo de dicha mujer.
Había quienes aseguraban que lady Igraine y el futuro monarca se habían citado en el templo de Mitra, con opacidad y felonía.
Que él se lanzó a seducirla, que ella suspiró y él cerró los ojos para beber ese suspiro.
Y que ambos murieron un poco. Decían que Úter inundó de regalos la alcoba de lady Igraine.
Que le enviaba joyas, dulces, lilas, prímulas, jacintos de los bosques y esas florecillas blancas que hacen estornudar, y que ella encontró preciosas.
Durante las cenas previas a la coronación, ordenaba a los pajes que le sirvieran a la señora el vino en una copa de oro de la que él, previamente, ya había bebido.
Hasta los más torpes se percataron de esas inmoderadas atenciones, por lo que supusieron que mi padre (que tenía fama de perspicaz), debía de haberse dado cuenta también. Ante esta situación, parecía que la asociación entre el duque de Cornualles y el rey no tardaría en romperse.
Para mí fue una novedad pasar tiempo en el castillo sin la presencia de ninguno de mis padres.
La mayoría de los sirvientes estaban poco interesados en mí, así que, una vez terminaban de atender mis necesidades básicas, me olvidaban.
Eso me permitió juguetear con aquel talento que Merlín había despertado, gracias al que pude convocar la estrella con forma de dragón.
Desde aquella noche, sentía una imperiosa curiosidad por saber hasta dónde podría llegar, si lo deseaba.
¿Sería capaz de ver en el espejo lo que mis padres hacían en Londinium?
No estaba segura de poder conjurar algo sin el susurro del mago en mi oreja, pero quería intentarlo.
Me dirigí a la habitación de mi madre y reuní el valor para coger el espejo.
Con él en la mano, me escondí bajo la cama.
Su resplandor plateado se abrió paso en la penumbra.
Lo coloqué en el suelo y me acerqué al cristal.
Mis ojos me devolvieron la mirada un segundo antes de que mi respiración lo empañara.
Lo limpié con el puño del vestido y volví a asomarme.
Otra vez mis ojos. Desee ver lo que estaba sucediendo en Londinium.
Lo deseé muy fuerte. Nada. ¡Nada! Chasqué la lengua con fastidio.
Entonces recordé que Merlín dibujó una cruz en la superficie del espejo, antes de que yo me asomara.
No tenía ni idea de si tendría alguna utilidad, pero repetí el gesto.
21 Poco a poco, el reflejo de mis ojos se fue difuminando, y el cristal dejó de parecer firme.
La superficie osciló, como el agua de un arroyo, provocando destellos de luz que dieron forma a una corona salpicada de piedras preciosas, y que estaba colocada sobre la cabeza de Úter.
El nuevo rey salía de la iglesia bajo palio.
Lo seguían los grandes señores y señoras del reino, entre los que se encontraban mis padres.
La muchedumbre, incentivada por el alegre tañido de las campanas, lanzaba vítores y pétalos de rosa.
A medida que avanzaba, el monarca se paraba aquí para estrechar la mano del panadero, acá para acariciar la cabecita de una criatura que lloriqueaba en los brazos de su madre, acullá para entregar un moneda de plata a un mendigo andrajoso…
Hombres y mujeres recompensaban cada uno de sus magnánimos gestos con loas y suspiros.
Pese al tumulto, pude ver cómo, de tanto en tanto, Úter echaba atrás la mirada para confirmar que mi madre lo seguía con la suya.
Recorrieron las calles en procesión, rodeados por la multitud, hasta alcanzar el palacio del gobernador.
Una vez allí, las puertas solo se abrieron para acoger al monarca y sus invitados.
Úter se sentó bajo una de las arcadas del patio y dio comienzo el acto del juramento de fidelidad.
Señores, nobles y clero se colocaron en fila.
Fueron pasando de uno en uno, postrándose a sus pies, hasta llegar a mi padre.
—Yo, Gorlois de Cornualles, juro ante Nuestro Señor Jesucristo que os seré fiel y leal. Que os honraré y os protegeré. Y he de pagar con mi vida si en algún momento rompo este juramento.
Tragué saliva al escucharle pronunciar palabras tan graves.
Mientras tanto, el resto de invitados se arremolinaba en torno a los manjares y el vino que se servía en el patio. La luz fue descendiendo y los criados encendieron las antorchas que colgaban de las paredes. La música de un laúd acompañaba los versos de un bardo.
Dulces voces entonan cantos El oro en la frente del rey brilla Óleos sagrados, espada y manto El nuevo monarca esperanza destila
La superficie del espejo vibró de nuevo, distorsionando la imagen. Esperé unos segundos a que volviera a fijarse, y entonces me devolvió el reflejo de mi madre y de Úter, juntos, en uno de los rincones del patio.
—Resulta perturbador observar vuestras manos —le decía mi madre con la mirada enredada en los dedos del nuevo monarca—, tan delicadas ahora, repartiendo caricias a los súbditos, pero, al mismo tiempo, capaces de arrancar vidas en el campo de batalla.