5. El gran dragón #2
Yo asentí en silencio, pero en realidad a mi madre no le interesaba mi respuesta.
Hablaba para sí misma. Se mecía con los ojos cerrados, abrazada al vestido, musitando una canción que yo desconocía.
Su cuerpo núbil de pechos pequeños, cintura breve y caderas armoniosas no había variado desde su casamiento.
Sin conocerla, nadie diría que ya había sido madre.
Algunos se preguntaban si volvería a concebir un hijo; no parecía una empresa sencilla.
Mi padre pasaba mucho tiempo lejos de Tintagel, envuelto en mil combates.
Cuando regresaba estaba cansado y mi madre siempre se mostraba reacia a recibir sus caricias.
Le decía que apestaba a miedo, a sangre y a muerte y que le provocaba náuseas.
Él prefería ocupar otra alcoba, lejos de ella, para evitarle el desagrado.
Antes de que a mi padre se le fuera el olor a batalla, ya tenía que marcharse para enfrentar una nueva.
Y así fue pasando el tiempo sin que me dieran un hermano.
Mis padres partieron dos días después, rumbo al este, para tomar la vía romana de Fosse Way, que les permitiría viajar con mayor comodidad y rapidez.
Antes de alcanzarla, debían cruzar un bosque de corazón sombrío, custodiado por robles y olmos añosos cuyas ramas se alzaban al cielo, tamizando la luz.
Por seguridad, iban acompañados de un grupo de soldados y por Britael, el hombre de confianza de mi padre.
Una vez en la Fosse Way, irían al encuentro del río que dio origen a la que fuera una de las ciudades más impresionantes al norte de los Alpes.
Mi madre nunca se había alejado de Tintagel, así que le sorprendió ver, tierra adentro, una masa de agua dulce tan caudalosa.
Mi padre le explicó que, mucho tiempo atrás, ese mismo río había mecido las barcas de los que llegaron del continente envueltos en pieles, talismanes y encantamientos.
Los druidas atrajeron a los dioses de la naturaleza, depositaron en el estuario del Támesis al dios Lugh, maestro de todas las artes, y a la diosa Ainé en los sinuosos meandros, lo que hizo que los mortales se enredasen en la más intensa de las pasiones amorosas.
Siglos después, la marea trajo a los romanos.
Venían con el propósito de civilizar la isla y hacerse con sus riquezas.
Alcanzaron el lugar en el que podían vadear aquel río repleto de truchas y salmones, y allí se asentaron.
Observaron las dos colinas en laorilla septentrional y el promontorio de grava frente a ellas.
La marea en ese lugar permitía que los barcos remontasen el río y que, del mismo modo, fueran impelidos al mar, gracias a los vaivenes de la corriente.
Los ingenieros romanos hicieron sus cálculos: allí había una base sólida sobre la que construir un muelle y un puente.
Y eso hicieron. Apilaron maderas y piedras que dieron forma a foros, basílicas, teatros, casas, baños públicos…
Los britanos en un principio se resistieron a la intromisión de esos petulantes extranjeros, pero algunos terminaron seducidos 20 por el dios Baco, por las termas y los lupanares.
—¿Lupanares?
Mi padre se carcajeó.
—Mi querida esposa… a veces olvido lo grande que es tu inocencia. El Londinium romano llegó a tener treinta mil habitantes.
Mi madre no mostró señal alguna de que la cifra le impresionase. Jamás había estado presente en una reunión a la que asistieran más de cien personas.
—Lo notable de Londinium no eran los templos, ni los anfiteatros, ni los palacios —siguió explicando mi padre—, sino su excepcional puerto.
Hasta él llegaban barcos de todos los rincones del mundo cargados de vino, aceite, sedas, perfumes, vidrio, especias…
En torno al puerto se levantaron almacenes de piedra, carpinterías, molinos, fábricas de ladrillos y de cerámica.
En Londinium no faltaba el trabajo. A diario atravesaban el puente cientos de hombres con pieles de todos los colores, hablando idiomas que nadie conocía.
—Mi padre suspiró—. Lupanar significa ‘guarida de lobas’.
En la ciudad había establecimientos donde las mujeres ofrecían su cuerpo a cambio de dinero.
Aullaban como las lobas desde las ventanas para que los hombres, fuera cual fuese el idioma en el que hablaran, supieran reconocer la mercancía que se ofrecía en esa casa.
—Vender el cuerpo… —murmuró mi madre, incapaz de comprender el motivo por el que alguien pondría en manos de un desconocido la única propiedad sagrada que tenía a cambio de algo tan pedestre como el dinero.
Cruzaron la antigua muralla romana por la puerta occidental.
Londinium se presentó ante sus ojos bajo una cúpula de cielo en tonos anaranjados y violetas, como un fantasma del pasado.
Tras la marcha de los romanos, la ciudad quedó abandonada.
A los sajones les disgustaban las ciudades.
Su idea del lujo pasaba por dormir junto a una hoguera bajo un techo de estrellas, con la barriga repleta de carne de venado asada y regada con hidromiel.
Así que se asentaron un poco más al oeste.
Ahora la ciudad era un laberinto de calles en cuyo empedrado crecía la hierba salvaje.
Sobre la colina aún se alzaba el orgulloso anfiteatro, aunque bastante mordisqueado por el tiempo.
Uno de los proyectos del fallecido rey Aurelio Ambrosio era recuperar la antigua gloria de Londinium.
Para ello habilitó el palacio del gobernador y lo convirtió en su residencia oficial.
Se trataba de un soberbio edificio de altos muros arqueados de más de cuatrocientos pies de largo que contaba con un sofisticado sistema de calefacción al que los romanos llamaban «hipocausto».
El monarca fallecido reconstruyó las viviendas que lo rodeaban, lo que ahora permitiría alojar a los invitados a la coronación.
Comerciantes y artistas acamparían en una pradera cercana.
Por orden de Úter, mis padres serían de los pocos que se hospedarían en el interior del palacio.
El centinela que custodiaba la puerta los dejó pasar y una dama los recibió en el atrio, junto al estanque.
En una de las esquinas, una pequeña capilla de mármol acogía la imagen de la Virgen con el niño, en el mismo espacio que antaño ocuparan los lares protectores del hogar.
La dama los guio por pasillos de paredes pintadas con escenas mitológicas: aquí, Ceres coronada de espigas; más allá, Minerva acompañada de su lechuza…
El suelo de la estancia de mis padres estaba adornado con un mosaico que representaba a un grupo de alegres delfines que jugueteaban con las olas.
—Mañana está previsto que los hombres se reúnan en consejo. Si la señora lo desea, vendré a buscaros y os guiaré por la ciudad —propuso la dama con una sonrisa, dirigiéndose a mi madre—. Podemos recorrer juntas el mercado. Venden productos que son difíciles de adquirir en otros lugares.
—Gracias. Será un placer —le respondió mi madre.
—En el tocador encontraréis un obsequio de parte del señor, lady Igraine. Es una poma de olor traída de Armórica especialmente para vos —informó antes de despedirse—. Y ahora, os dejo. Desearéis descansar tras el largo viaje.
Hizo una leve reverencia y sali ó de la habitación.
Mi madre se acercó al tocador. Allí encontró una esfera hueca, hecha con filigrana de oro, que colgaba de una cadena.
Tenía un pequeño cierre y una bisagra, de manera que podía abrirse.
En su interior había trocitos de madera de sándalo y pétalos de rosas y de violetas.
Al moverla, un aterciopelado aroma floral inundó la alcoba.
—Desconocía que Úter fuese tan detallista —dijo mi padre—. Es muy gentil por su parte agasajar a las señoras que asisten a la coronación con objetos tan delicados.
Mi padre en ese momento no tenía ni idea de que mi madre fue la única señora que recibió un regalo a su llegada.
Al día siguiente, tal y como prometió, la dama fue en busca de lady Igraine para recorrer la ciudad.
Los terrenos aledaños al palacio del gobernador estaban atestados de puestos de comerciantes que pregonaban a voces sus mercancías: hogazas de pan, pasteles de carne, huevos, cerveza, vino especiado, miel, pescado salado, tarros de aceite, baratijas traídas de lugares que quedaban en los confines del mundo…
Atado al carro de los acróbatas, las mujeres vieron un insólito caballo con rayas blancas y negras que, aseguraban sus guardianes, venía directamente de África.
Bajo un toldo amarillento, un hombre de rostro tiznado ofrecía filtros de amor, justas venganzas y amuletos de la suerte por un módico precio.
Un flautista pelirrojo empezó a seguirlas, envuelto en el tintineo de su traje cuajado de cascabeles.
Daba brincos en torno a ellas, emitiendo su musiquilla aguda.
Mi madre reía y reía, feliz como nunca. Una muchacha les ofreció almendras garrapiñadas, señalando el puesto en el que podían comprarlas.
Mi madre aceptó un puñado y se las fue echando una a una en la boca, ajena a la perturbación queprovocaba su presencia, con ese increíble cabello de sirena y esa manera de moverse entre el tumulto, sin que nadie lograra rozarla.
—Quizás os guste visitar el antiguo templo de Mitra —sugirió la dama.
Mi madre asintió encantada, sin darse cuenta de que su acompañante giraba la cabeza, buscando con la mirada a la sombra envuelta en una oscura capa que las iba siguiendo desde que comenzaron su paseo.