Morgana 5. El gran dragón
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5. El gran dragón

La muerte de Arturo Sir Thomas Malory

Úter Pendragón en nada se parecía a su recién fallecido hermano, ni en lo físico, ni en lo espiritual.

No era sereno, ni juicioso, ni moderado, aunque tampoco se había requerido en el pasado eso de él.

Entre las cualidades necesarias que un hombre debía tener para encabezar ejércitos estaba permitir que la sangre se le calentase hasta el punto de ebullición, ya fuese en una pelea de taberna o en el campo de batalla.

A Úter, algunos hombres lo consideraban «el caballero más grande que jamás dio Britania», pero con ello lo que querían expresar es que era igual de hábil cercenando vidas con la espada larga que con la corta, que a puñetazos o que a patadas.

Podía beberse cuatro jarras de cerveza seguidas para bajar los cuatro pollos asados que se comía de una sentada.

Cazaba, jugaba a las cartas y se enrabietaba en una discusión con la misma pasión con la que se enfrentaba al enemigo en el campo de batalla.

Todas esas cualidades eran las que lo diferenciaban del rey recientemente fallecido.

Y también eran las mismas que ahora se valoraban al alza para colocar sobre su cabeza la corona.

Su aspecto armonizaba a la perfección con su impetuosa personalidad.

Úter era alto, con espaldas anchas de guerrero.

De haber sido preguntados, los caballeros que luchaban junto a él lo habrían descrito como bien parecido (si fuera pertinente que un hombre entrase a valorar el atractivo físico de otro, algo que no se consideraba pertinente en absoluto).

Las mujeres, en cambio, hubieran señalado algunos defectos.

La estampa de Úter era poderosa; en eso estaban de acuerdo.

También destacaban que su grave vozarrón era igual de competente para animar una fiesta que para espolear a su caballo o seducir a las damas; pero el llameante rojo de su pelo a la mayoría les parecía excesivo: barba, cejas, pestañas…

Todos los tonos carmesíes se extendían por su rostro, brotaban en forma de pecas, salpicando cada pulgada de su piel.

Incluso el verde de sus ojos se enturbiaba con motas castañas.

Cuando estaba alegre reía a carcajadas, demasiado alto.

Y cuando estaba tranquilo era habitual ver reflejada en su rostro una mueca irónica, como si supiera algo muy vergonzoso de ti que ni siquiera tú mismo conocías.

Fue precisamente la ausencia de este acostumbrado gesto socarrón lo que despertó la preocupación de la gente que le rodeaba.

Al futuro rey lo atrapó la melancolía. Su mirada perdida, la irregularidad de su respiración, sus prolongados silencios y una tendencia al decaimiento se interpretaron como señales inequívocas de la consternación por la muerte de su querido hermano.

Pero estaban equivocados.

La realidad era que Úter languidecía de amor por mi madre.

Desde el mismo momento en el que la vio, su belleza se le clavó en el pecho como un puñal.

Aunque, dicho así, suena demasiado simple.

Era más que eso. Lady Igraine tenía algo que el futuro monarca no había encontrado antes en ninguna otra mujer.

Cuando se despidieron creyó intuir que se preocupaba sinceramente por él.

Mientras desgranaba las habituales palabras de condolencia, ella hizo una reflexión en la que, hasta ahora, no había reparado, y era que, tras la muerte de su hermano, se había quedado solo en el mundo.

Ya no caminaba sobre la faz de la tierra nadie que llevase su misma sangre.

La dama lamentaba que tuviera que enfrentarse al trance de organizar un funeral real rodeado de súbditos, en lugar de hacerlo rodeado de familiares y amigos.

Lady Igraine le manifestó una turbación, un desvelo, una devoción que jamás nadie le había mostrado.

Úter se enamoró del sentimiento de ser vulnerable a los ojos de ella.

Al futuro rey le sorprendió la dicha que le provocaba sentirse desgraciado por amor.

No era la primera vez que Úter se enamoraba, claro está (al menos, eso creía él).

Ya había sentido en el pasado ese vértigo en el estómago, esa falta de aire, ese calor en el bajo vientre…

, pero en las anteriores ocasiones la mujer en cuestión estuvo más o menos accesible y logró aplacar ese fuego con prontitud, sin mayor sufrimiento.

Pero librarse de la sed que ahora sentía no era tan simple como rellenar un vaso de agua fresca y bebérselo de un trago.

Lady Igraine estaba casada con otro. Y no con cualquier otro .

Su marido era el duque Gorlois de Cornualles, uno de los hombres que facilitó el acceso al trono a su hermano y que ahora estaba dispuesto a facilitárselo a él.

Un caballero honesto y fiable que no había dudado en poner sus huestes, sus propiedades y su propia vida al servicio de Britania.

En la mente de Úter se mezclaban conceptos como la hermandad, la felonía, la lealtad y la ingratitud.

Así que sufría y sufría. ¡Cuantísimo sufría Úter por amor!

Preocupado por su salud, Ulfin de Ridcaradoc, su mano derecha, informó a Merlín.

—No lo reconozco —le indicó al mago con gesto de consternación—.

Si vierais con qué angustia suspira, cómo se despierta en mitad de la noche envuelto en sudor, presa de agitados sueños, los largos monólogos que entabla consigo mismo…

Temo que, en realidad, crea estar hablando con su fallecido hermano.

Si alguien lo viera en este estado podrían tacharlo de…

de… de haber perdido la… —Se llevó el dedo índice a la sien—. Podría poner en riesgo su investidura.

Merlín estuvo de acuerdo en que aquello había que atajarlo enseguida.

Recomendó que Úter ingiriese tisanas de lavanda, e indicó que se debía colocar junto a su almohada una piedra citrino, que tenía la cualidad de despejar el alma de malos pensamientos, atraer la alegría y mejorar la digestión.

Pero a Úter el olor de las hierbas hervidas le provocaba náuseas y encontraba ridículo gastar energías en buscar una piedra amarilla, con la de asuntos urgentes que demandaban su atención.

Además, él sabía que los motivos reales de su pésimo estado de ánimo eran otros, y poco o nada podían hacer por él minerales o infusiones.

Sobrellevaba los días a duras penas. Montar en su caballo le traía a la mente el recuerdo de las veces que había cabalgado los cuerpos de mujeres de las que no guardaba registro de nombre ni rostro.

Escondía los dedos entre las sudorosas crines de los sementales rememorando triángulos vellosos y la miel que estos escondían.

Por las noches era aún peor; a Úter se le cocinaba la sangre y ardía de deseo.

El corazón golpeaba su pecho como cuando estaba en plena batalla.

Tenía la piel atenta a cada roce de la ropa y fantaseaba con la idea de que las manos blancas de mi madre le acariciaban los muslos, las nalgas, el vientre…

, y estallaba en la oscuridad, ensuciando sus sábanas como un adolescente.

Estaba enfermo de amor y apetito no saciado.

Úter no tenía paciencia para afrontar el desaliento.

Su decaimiento se fue transformando en frustración, y de ahí pasó a la rabia.

No le parecía justo que un duque tuviera una esposa mejor que la que pudiera tener el propio rey.

Convencido de que no existía en el reino una mujer comparable a lady Igraine, la quería para él.

Como era un hombre de acción, decidió tomar cartas en el asunto.

Mi madre tenía veinte años recién cumplidos cuando llegó al castillo el mensajero con el anuncio de la inminente coronación de Úter.

La misiva detallaba que se esperaba la asistencia de los grandes señores del reino (entre los que se encontraba mi padre) en compañía de las grandes señoras del reino (entre las que se encontraba mi madre).

La ceremonia tendría lugar en un día tan señalado como la Pascua cristiana.

En el pasado, por esas mismas fechas y coincidiendo con el equinoccio de primavera, se celebraba Ostara.

Era el momento en el que la madre naturaleza despertaba de su letargo invernal, apartaba las nubes que opacaban el sol, fertilizaba los campos y zarandeaba los capullos para despertar a las mariposas agazapadas en su interior.

Ostara se anunciaba con luz y renacimiento, pero estaréis de acuerdo conmigo en que frutos, mariposas y nubes huidizas resultan señales demasiado imprecisas si se desea llegar puntual a una coronación.

Tuvieron que consultar con el padre Edwin, que era quien llevaba la cuenta precisa del calendario, para saber en qué domingo caería exactamente la Pascua ese año.

Hicieron sus cálculos; para llegar con tiempo debían partir en tres días.

Cuando mi madre supo que viajaría a Londinium, sus labios dibujaron una mueca que jamás le había visto; por primera vez, sonreía también con los ojos.

Tuve que alcanzar la edad que ella tenía en ese momento para comprender cómo se siente una joven que pasa su vida encerrada en un castillo ante lapromesa de una próxima emoción.

Esa misma noche comenzó a preparar su equipaje: metió la estola de piel de zorro, la diadema de oro y perlas, el colgante de turmalina negra que mi padre le trajo de un mercado de Eboracum.

Sacó del baúl el vestido teñido con púrpura deTiro, que solo se ponía para las grandes ocasiones.

Lo sujetó por los hombros y se lo colocó por encima.

—¿Te gusta, Morgana? —preguntó.