Morgana 4. Un mago llamado Merlín #3
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4. Un mago llamado Merlín #3

—Yo… Yo no puedo hacer eso —farfullé realmente sorprendida de que me pidiese una cosa semejante.

—¡Deséalo! —ordenó con firmeza.

Volví la mirada hacia los que nos rodeaban. Parecían confusos. Mi madre me observaba con curiosidad. Úter sonreía con arrogancia. Mi padre era el único que se mostraba preocupado, pero no hacía nada para liberarme de aquella humillación.

—Estás asustando a tus padres. —La voz del mago se colaba en mi cabeza, pero no estaba segura de que los demás pudieran oírla—. ¿Es eso lo que quieres? —preguntó cortés. Negué con la cabeza—. Deséalo —ordenó de nuevo, esta vez de forma amable.

Fijé los ojos en el espejo y sentí una oleada de vértigo en el estómago. El cristal se licuó, como la superficie de un estanque al que hubieran lanzado una piedra. Las ondas se fueron oscureciendo hasta convertirse de nuevo en noche cerrada.

—Deséalo —susurró el mago.

Y le obedecí. Cada poro de mi cuerpo ansiaba obedecerle. Deseé volver a ver la prodigiosa estrella atravesando el cielo. Al instante ahí estaba, acudiendo a mi orden. Brillaba como mil astros, dejando tras de sí un único rayo en cuyo extremo había un orbe de fuego.

—¿Ves al dragón?

Asentí.

—¿Cómo es?

—De su boca salen dos rayos, en direcciones opuestas. Uno se dirige hacia el mar. El otro, hacia los prados. Tengo miedo —sollocé—. ¡Tengo miedo!

—¡Ya basta! —gritó mi padre.

Merlín apartó el espejo. Me colocó una mano en la cabeza y me acercó a su pecho para acunarme mientras me arrullaba.

No me mantuvo así mucho tiempo. Antes de que yo pudiera encontrar la calma, me soltó para depositarme en los brazos de mi padre.

Abrí los ojos y pude por fin ver con claridad.

Como si acabara de despertar de un mal sueño, observé los rostros impresionados de los que me rodeaban.

Y a Merlín, de espaldas a todos, con la mirada fija en el firmamento. Entonces comenzó a enunciar:

Un dragón de fuego ha cruzado el cielo de Britania.

De sus rabiosas fauces brotan otros dos dragones.

El primero apunta a la región de Galia; el segundo, hacia el mar de Hibernia.

El primero anuncia al poderoso rey que nacerá.

El segundo, a la hija que dará a luz a quienes han de gobernar durante siglos.

Después guardó silencio y permaneció inmóvil, con la barbilla levantada.

Nadie se atrevía a hablar, a dar un paso, a toser o incluso a suspirar, porque es de sobra sabido que sacar a un mago de su trance puede desestabilizar el orden del tiempo y generar una perturbación aleatoria totalmente incontrolable.

Los segundos podrían convertirse en días, del mismo modo que los años en siglos, lo cual estaba bien si se trataba de alargar momentos gozosos, pero que se convertía en un tormento en el caso contrario.

Aunque aquello se estaba prolongando demasiado.

Los presentes se miraban unos a otros con gesto interrogante; arqueaban las cejas y encogían los hombros.

Empezaron a preguntarse si sería posible que el trastoque en el ritmo del tiempo se hubiera producido ya de todos modos, así que Úter decidió, bajo su responsabilidad, acercarse a Merlín.

Carraspeó un par de veces antes de darle un golpecito en el hombro con el dedo índice.

—¡Es terrible! ¡Terrible! —gritó entonces el mago, sacudiendo las manos sobre su cabeza, como si estuviese espantando a un murciélago que intentara anidar en su pelo.

Los que se encontraban más próximos (incluido el propio Úter ) dieron un respingo y se alejaron un par de pasos. Mi padre me cogió de la mano y me colocó tras él.

Merlín se dio la vuelta. Nos observó uno por uno, aspirando el aire con dificultad.

—Los cuerpos celestes que nos observan desde el cielo están compuestos por la «quinta esencia» —aclaró al darse cuenta de que su auditorio parecía un tanto desconcertado—.

Se trata de algo muy superior al resto de esencias que encontramos en este mundo nuestro: el aire, el agua, el fuego, la tierra…

—enumeró—. La revolución de los astros allí arriba —dijo a la vez que señalaba el firmamento— determina la concepción o declive de todos los cuerpos corruptibles que estamos aquí abajo.

Los astros son como piedras imanes. Sus movimientos influyen en lo que nos sucede, desde el crecimiento de los colinabos hasta el color de los ojos de las criaturas que están por nacer.

He estado tan concentrado en asesoraros en otros temas que no he sido capaz de profetizar esta desgracia.

Es terrible… Terrible —concluyó posando sus arrepentidos ojos en los de Úter .

—¿Quinta esencia? ¿Piedra imán? ¿Colinabos? Y todo eso… ¿qué diablos significa? —preguntó Úter angustiado.

El hermano del rey era de naturaleza práctica. Su habilidad para captar alegorías, tropos o juegos de palabras era inversamente proporcional a su destreza con la espada, así que, como la mayoría de los presentes, no se estaba enterando de la verdadera gravedad del asunto.

—Britania ha quedado huérfana —declaró por fin Merlín—. Vuestro hermano acaba de morir y este astro es el nuncio encargado de notificároslo.

Se escuchó un suspiro general de alivio, no por la revelación en sí, claro está, sino porque al fin empezaban a entender a qué venía tanto alboroto.

—El astro os representa —siguió descifrando el mago—.

Sois vos mismo: un dragón de fuego. Esa estrella atípica que brillaba más que ninguna otra que se hubiera visto jamás arrojaba un rayo en forma de dragón de cuyas fauces surgían otros dos dragones.

El que señalaba a las regiones de la Galia anuncia el poderoso hijo que nacerá, fruto de vuestras entrañas.

El segundo rayo representa a la que será vuestra hija, cuyos descendientes gobernarán durante siglos el reino de Britania.

—Pero ¿qué estáis diciendo? Mi hermano… ¿está muerto?

Por si alguno de los presentes puso en duda la profecía de Merlín, al día siguiente aparecieron un par de mensajeros para confirmar la muerte del rey Aurelio Ambrosio.

Había sido envenenado, y los obispos y abades estaban preparando ya sus exequias.

No se vivían tiempos como para dejar en el aire el trono, así que Úter debía regresar a la mayor brevedad.

Pero antes de abandonar Tintagel, cuando todos los hombres estaban ya preparados para emprender el camino de regreso a Londinium, el hermano del rey se rezagó.

Esperó a que mi padre se despidiera de nosotras y se adelantase.

Yo estaba junto a mi madre, aferrada a su falda, haciendo pucheros, como siempre que lo veía partir.

Mi drama infantil me mantenía alejada de loque estaba sucediendo a mi alrededor; por eso tardé en darme cuenta de que Úter se había acercado a nosotras.

Su rostro componía un gesto que podría pasar por duelo, pero, si se prestaba la suficiente atención, se percibía algo más: una tenue sombra de agonía mezclada con devoción.

El futuro rey de Britania escuchaba las susurrantes palabras de condolencia que lady Igraine pronunciaba.

Parecía aspirarlas a sorbos, con los párpados entornados y los ojos llenos de estrellas.

A través de mis lágrimas pude contemplar la escena como si ambos estuvieran atrapados dentro de una pompa de jabón.

Úter aferró la mano de mi madre y se la llevó a los labios.

—Señora —musitó titubeante aquel hombretón que podía dividir en dos al enemigo con un único golpe de espada—. Mi cuerpo se aleja de vos, pero dejo aquí mi corazón.

Seguía con la mano de mi madre atrapada entre las suyas. La deslizó a su pecho. Ambos se contemplaban en silencio. He de señalar que lady Igraine no sonrió en ninguno de los pocos segundos que duró ese momento.

Supongo que fui yo quien deshizo el hechizo que los envolvía. Úter percibió mi presencia. Posó sus ojos en mí y su gesto bobalicón se contrajo. Frunció el ceño y apretó los labios, contrariado. Me observó. Yo le sostuve la mirada.

Me alegra comunicaros que salí vencedora de ese pulso.

Aflojó la presión de la mano con la que aún sujetaba la de mi madre hasta liberarla.

Ella se la llevó instintivamente al pecho y la cubrió con su otra mano, como si acogiera entre ambas a un pajarillo herido.

Úter entonces hizo una leve inclinación del mentón y, sin añadir una palabra más, se dio la vuelta y se alejó de nosotras dando grandes zancadas.

En ese momento yo no lo sabía, pero el Gran Dragón acababa de entrar en nuestras vidas para determinar nuestro destino.

17 G., Monmouth, G. d. (2004). Historia de los reyes de Britania . España: Alianza Editorial.

18 La magia de Merlín no se desarrolló exactamente como él había predicho.

Las piedras tardaron más de una semana en llegar a Kaercaradoc.

En un principio, algunas parecían despistadas.

Dieron vueltas y más vueltas, como danzando, hasta que lograron emplazarse como estaban en su origen.

Allí siguen. Con el tiempo les cambiaron el nombre; llegaron a conocerse como Stonehenge.