Morgana 4. Un mago llamado Merlín #2
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4. Un mago llamado Merlín #2

De pronto, el mago pareció perder el interés en mí. Levantó la mirada y se encogió de hombros.

—No es bueno encariñarse con criaturas tan pequeñas.

Son frágiles como pajarillos recién salidos del cascarón.

Parece que están sanos, pero una noche los acuestas y al día siguiente los encuentras muertos.

Existen lugares en los que no les ponen nombre hasta los siete u ocho años para no tener que tallarles una lápida.

—Pues yo me llamo Morgana —interrumpí bastante molesta. Me parecía increíble que dijera esas cosas horribles, como si yo no estuviera delante.

Mi padre soltó una sonora carcajada.

—No la ponga a prueba, mago —dijo entre risas, palmeándole la espalda—. Mi hija tiene carácter.

Merlín dio un respingo, incómodo con el inesperado contacto físico, pero se recompuso enseguida. Volvió a posar sus ojos en mí y dulcificó la voz.

—Así que Morgana. ¡Qué bonito! Tienes nombre de diosa del mar.

Me dedicó una amplia sonrisa.

Una niña con menos temple que yo se la hubiera devuelto.

Me permitieron asomarme al gran salón antes de que una de las damas me llevase a la cama.

Entre las dos chimeneas habían emplazado la mesa en la que se sentarían mis padres, Úter y Merlín.

Tres mesas más, colocadas de forma perpendicular a la primera, acogerían a los soldados de mayor relevancia.

Alcancé a ver cómo mi madre se sentaba en la mesa principal, entre mi padre y Úter .

Aquel hombre pelirrojo, descomunal, de manos del tamaño de escudos, la escuchaba atolondrado.

Parecía titubear cuando le respondía, con el rubor tiñendo sus mejillas. Lady Igraine, como siempre, sonreía.

Tras el comentario de Merlín, yo había decidido que no me dormiría nunca más, por temor a que me atrapase la muerte en un descuido, así que esperé a que mi dama de compañía se marchase para salir de la cama y subir los peldaños que me permitían asomarme a la ventana.

Aquella noche no había luna, ni tampoco estrellas, de manera que el cielo era de un negro insondable.

En cambio, al otro lado de las murallas del castillo, los soldados de Úter habían montado el campamento y bebían frente a las hogueras que, desde mi visión, parecían estrellas en la tierra.

Podía oír sus cantos, sus vítores y brindis por la labor cumplida, pero, en un determinado momento, sus voces se aplacaron.

Intuí por el rabillo del ojo una luz azulando el horizonte.

Aquello no tenía sentido. El sol aún tardaría horas en salir, y jamás asomaba desde el océano.

Era como si el tiempo estuviera yendo hacia atrás y el sol desanduviera el camino del anochecer emprendido horas antes.

Jamás había visto al sol comportarse de esa manera.

Alguien gritó que se trataba del fin del mundo y aquello fue el detonante para que las gentes que habitaban dentro de las murallas salieran de sus casas a observar perplejos la inmensa luz.

Los perros ladraban, el gallo cantó desafinado, los caballos piafaban en los establos.

Los niños lloraban, las mujeres losabrazaban musitando rezos, los hombres proferían blasfemias por las que tendrían que solicitar confesión al siguiente día…

, si es que había un mañana, porque el tiempo se paralizó.

O puede que, con el paso de los años, mi mente haya confundido los minutos con las horas.

Los gritos dieron paso a la perplejidad y la noche se volvió día.

Cerré los ojos ante la explosión de luz que amenazaba con devorarme.

Mi padre abrió de golpe la puerta de mi alcoba y me cogió en brazos.

Subimos las escaleras en dirección a la torre, rodeados de las personas que hacía un momento estaban con él en la cena.

Desde allí pudimos ver la bóveda celeste al completo, atravesada por una única estrella.

Brillaba más que ninguna otra que se hubiera visto antes.

Gigante y rabiosa, arañaba el firmamento, dejando tras de sí un rastro de luz que se reflejaba en el mar, duplicando su efecto.

Sentí que los brazos de mi padre se aflojaban y yo resbalé hasta el suelo.

Los gritos habían dado paso a un profundo y reverencial silencio. No sé cuánto tiempo estuvimos así.

Asombrada, observé que no se trataba de una simple ráfaga luminosa; sus contornos se iban encogiendo por un lado, ensanchándose por otro, recortándose sobre el manto nocturno, hasta alcanzar una forma que supe reconocer.

Resplandecía con un brillo cegador. Aquel ser no tenía patas; era como una gigantesca y ondulante serpiente de la que emergían dos enormes alas, tan blancas como las de los cisnes.

Al agitarlas cambiaban, tornasoladas como la madreperla.

Los ojos de la criatura resplandecían furiosos y de su boca surgió una llamarada sobrecogedora.

—Un dragón… Un… Un dragón —musité, sintiendo que mi cuerpo se debilitaba.

Mi último pensamiento, antes de que me atrapara la oscuridad, fue que le iba a dar la razón al mago (que por algo era profeta): al final me iba a morir antes de cumplir los siete años. ¡Maldito Merlín!

Caí hacia delante y mi cabeza se golpeó contra el suelo.

Y luego… el silencio.

Lo primero que percibí al despertar fue el aire frío acariciándome las mejillas.

Abrí los ojos y allí estaba el mago. Arrodillado, tenía mi cabeza apoyada en el hueco de su brazo mientras reclamaba a la gente que se alejase de nosotros para dejarme respirar.

Ellos le hicieron caso. Formaron un círculo a nuestro alrededor.

Incluso mi padre se alejó sin poner objeciones.

Merlín inspiraba respeto. O quizás fuese miedo.

Fijé mi mirada tras su rostro y observé el cielo; había vuelto a la normalidad.

Una inmensa cortina de terciopelo negro bordada con chispas de hilo de plata.

Suspiré aliviada. «El dragón se ha marchado», pensé.

«Hemos logrado salvarnos». Traté de incorporarme.

Sentí una punzada de dolor en la cabeza que me hizo contraer el rostro.

—Quédate quieta —me ordenó Merlín.

Lo observé perpleja. Nunca un desconocido había estado tan cerca de mí, y mucho menos me había dado órdenes. Volví el rostro en busca de mis padres, pero Merlín me sujeto la barbilla, obligándome a mirarle a los ojos.

—Cuéntame lo que has visto —dijo muy despacio, saboreando las palabras.

Me sentía como un insecto atrapado en el tarro de miel que alguien intentaba sacar con una cucharilla, muy despacio, por temor a dejarse dentro un ala o una patita.

Parecía que estuviésemos solos él y yo. La intensa luz que inundó el cielo unos momentos antes se transformó en una envolvente oscuridad que nos aislaba de los demás.

Había conectado sus ojos a los míos, y yo era incapaz de deshacer ese lazo.

Merlín soltó mibarbilla. Con esa misma mano hizo el amago de apartar de mi frente un mechón de pelo imaginario.

O quizás pretendía acariciarme el rostro sin permitirse rozarlo.

—Así que eras tú la que se coló en mi sueño… —me susurró, observándome suspicaz—. Las buenas niñas no hacen eso. ¿Lo sabías?

—Era mi sueño —aclaré.

No me gustaba dormir, pero consideraba que los sueños que surgían en mi mente cuando dormía eran de carácter privado.

—¿De dónde has salido tú, criatura? —Se trataba de una pregunta que parecía dirigirse a sí mismo. Recorrió rápidamente con la mirada los contornos de mi rostro antes de volver a preguntar entre susurros—: ¿Eres un hada?

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Por primera vez en mi vida experimentaba lo que era la angustia. ¿Qué estaba pasando? ¿Le habría desvelado mi madre durante la cena mi naturaleza feérica? ¿Era sensato mentir a un mago que podía colarse en mis sueños?

—¿Eres un hada? —insistió.

Asentí con un leve movimiento de cabeza. Sentí que los músculos del brazo con el que me sujetaba se tensaban.

—¡Dime lo que has visto! —ordenó, alzando de nuevo la voz.

En ese momento me pareció importante hacerle entender que no había visto nada relevante. Al menos nada que no hubiera visto en otras ocasiones en mis pesadillas. Y no pensaba contarle mis pesadillas al mago. Menuda broma sería que el dragón se hiciese realidad.

—No he visto… no… No he visto nada —titubeé, sin poder apartar mis ojos de los suyos.

Merlín guardó silencio y entornó los párpados.

Parecía calibrar la consistencia de mi tenacidad.

Debió de considerar que era sólida, pero no inquebrantable, pues levantó una ceja e inspiró ruidosamente por la nariz.

Contuvo el aire unos segundos antes de soltarlo con impaciencia, meciendo la cabeza en señal de descontento.

Por un instante, pude sentir lo que él sentía.

Creyó que podría vencer mi resistencia. Que era capaz de rebañarme hasta los tuétanos si seguíamos manteniendo la mirada.

—No he visto nada —repetí, esta vez con firmeza, apartando mis ojos de los suyos.

Merlín esbozó una leve sonrisa, como si escuchar otra respuesta le hubiera resultado decepcionante. Como si acabara de descubrir, en el légamo de una pocilga, una piedra preciosa aún por tallar. Me ayudó a incorporarme.

—¡Traed un espejo! —gritó al aire cuando ya estuve en pie.

Al momento, alguien apareció con el espejo de mano del tocador de mi madre. La lámina de plata tras el vidrio se curvaba en las esquinas, deformando levemente el reflejo. Mirarme en él me daba miedo. En ocasiones había visto a seres extraños observándome desde el otro lado.

Merlín se puso detrás de mí. Estiró los brazos y colocó el espejo ante mis ojos.

Con el dedo índice, dibujó un círculo en su superficie y, dentro de él, trazó una cruz.

El recorrido de la yema del dedo dejó sobre el cristal la impronta de una luz que iba perdiendo presencia con el paso de los segundos.

—Morgana…, sé una niña buena —me susurró al oído—. Desea que se refleje en el espejo el cielo nocturno que hemos visto hace un momento.