4. Un mago llamado Merlín
«Y mandó fabricar dos dragones de oro, a semejanza del que había visto en el rayo de la estrella […]; se quedó con el segundo para poder llevarlo consigo en los combates.
Historia de los reyes de Britania Geoffrey de Monmouth
Cuentan los bardos que seduje a Merlín (añado aquí un suspiro resignado).
Que quedó prendado de mis hábiles manos, de mi dulce voz, de mi bello rostro, de mis hombros bien proporcionados, de mi carne suave como las plumas de un pato.
Que el mago (pobre alma candorosa), ante semejante despliegue de encantos, no pudo resistirse y me desveló sus mejores sortilegios sin rechistar.
Dicen que le robé la magia, el corazón y hasta el alma.
En resumen: que fui una pécora arribista, que lo embobé para que me enseñara nigromancia.
Esta ridícula patraña demuestra que un número más que considerable de los que cuentan nuestra historia no tiene ni la menor idea de cómo se las gastaba Merlín.
También os debería servir para cuestionaros todo lo que os cuentan en verso.
Incluso lo que os cuentan en prosa. Deberíais cuestionároslo todo; ese es mi consejo.
Lo cierto es que la primera vez que mi mirada se cruzó con la de Merlín fue en sueños.
Yo era por entonces solo una niña y él… ¿quién sabe?
Su edad, al igual que otros muchos detalles de su existencia, son un enigma.
En cuanto a lo de robar…, podría decirse que Merlín tiene muchas especialidades; apropiarse de bienes ajenos (ya se trate de piedras milenarias o de criaturas de pecho) es una de ellas.
Si le afeáis el gesto, él se defenderá diciendo que sus movimientos están gobernados por las estrellas.
Que existe un plan superior inescrutable que él se limita a seguir.
Que solo es el instrumento del que se sirve el destino para ordenar lo que debe ser ordenado.
Y al parecer, en este momento de la historia, el destino indicaba que el Círculo de los Gigantes debía ser ordenado para trasladarse desde Hibernia hasta Britania.
Desde que los hombres se marcharon, yo pasaba las horas asomada a cualquiera de las ventanas que daban al mar con la esperanza de verlos regresar, con los ojos clavados en el horizonte, ahogando mi mirada en la niebla.
Mientras tanto, a mis espaldas, el castillo bullía en un desbarajuste de preparativos para recibirlos a su vuelta.
Estaba previsto que el hermano del rey y sus hombres pasaran una noche en el castillo antes de emprender el camino a Kaercaradoc, de manera que los sirvientes iban de un lugar a otro replicando el alboroto de un gallinero asaltado por un zorro: limpiando cada rincón de las salas, escogiendo en la bodega el mejor vino romano llegado de Hispania que se serviría en jarras de vidrio, rebuscando conservas de carne y pescado en el despensero, saliendo al bosque a cazar venados que asar con cebollitas, adecentando las letrinas que acogerían la inevitable llamada de la naturaleza de unos cien caballeros ahítos de viandas.
Prepararon las largas mesas en el salón de banquetes y colgaron en las paredes el estandarte con el escudo del ducado de mi padre, con los quince besantes y la chova piquirroja sobre él.
Los hombres regresaron dos semanas más tarde habiendo cumplido la misión.
Al parecer, hacerse con el Círculo de los Gigantes no fue una tarea sencilla.
Tal y como el rey Aurelio Ambrosio había sospechado, cuando el rey Gilomán de Hibernia los vio llegar, se mostró bastante molesto.
Siempre había considerado a los britanos un pueblo de cretinos atolondrados, pero que creyesen que las piedras de Hibernia eran superiores a las de Britania, hasta el punto de invadir su territorio para robárselas, le pareció una desfachatez de mayores proporciones que las propias piedras.
Reunió a su ejército y les salió al encuentro, pero, pese a la bravura con la que las defendieron,Úter y mi padre, encabezando sus huestes, cargaron contra ellos y los obligaron a huir, dejándoles el camino libre.
Pero aquella victoria solo suponía la primera parte de la empresa que los había llevado hasta Hibernia (para ser más precisos, esa fue la parte más sencilla).
Al llegar al monte Kilarao fueron realmente conscientes de la complicación a la que se enfrentaban.
En lo más alto de la cumbre, la estructura de piedras que habían venido a buscar se recortaba inmensa contra el cielo azul.
Los caballeros, aún en sus monturas, se veían insignificantes en comparación.
Pronto se inició una vehemente discusión sobre cómo estaban asentadas en la tierra y el mejor procedimiento a seguir para extirparlas de allí.
Úter, por desgracia, era profano en temas arquitectónicos, así que no captaba sino una imprecisa idea de lo que estaban hablando.
Como era hombre de acción, la palabrería le perturbaba.
Comenzó a impacientarse, así que zanjó la polémica al proponer enrollar unas cuerdas en torno a las piedras y tirar de ellas.
—Pero, señor, los caballos no podrán arrastrarlas hasta los barcos. Es demasiado peso, incluso para ellos —opinó Britael, uno de los hombres de mi padre.
Todos estuvieron de acuerdo en que los caballos de guerra se caracterizaban por mantener su porte aguerrido con un caballero armado sobre su lomo, por su presteza para realizar quiebros en el campo de batalla, por su temperamento templado en los combates…
, pero en absoluto estaban preparados para servir como mulos de carga.
La siguiente propuesta de Úter tuvo peor acogida aún. Alguien habló de un tal Arquímedes, de puntos de apoyo y de mover el mundo.
—¡Traed un tronco! —ordenó de inmediato el hermano del rey.
—¡No! ¡No! —exclamó mi padre—. ¡Eso es una locura! Con una palanca solo conseguiríamos tirar las piedras al suelo. Desde esa posición serían aún más difíciles de manejar.
Aquello dio lugar a una nueva disertación sobre las leyes que ordenaban la naturaleza, sobre el empuje, el peso, la aceleración, la velocidad del viento que venía del oeste y el beneficio incalculable que supuso para el ser humano el descubrimiento de la rueda.
Durante todo ese tiempo nadie reparó en lo que estaba haciendo Merlín.
De pronto, uno de los caballeros llamó la atención del resto.
Las piedras que descansaban en horizontal, formando dinteles sobre las otras, comenzaron a elevarse, dando vueltas en el aire, livianas como vilanos arrastrados por la brisa.
En cuestión de segundos, las que hasta hacía un momento parecían estar firmemente enraizadas a la tierra, las imitaron.
Echaron a volar gráciles, sutiles, etéreas.
El conjunto de piedras que conformaba el Círculo de los Gigantes comenzó a flotar en dirección a Britania, sin ruido, con la limpieza y premura de las gaviotas.
—¿Qué magia es esta? —musitó Úter, rompiendo el silencio que envolvía a los caballeros.
—La mía —pronunció orgulloso Merlín.
—¿Adónde van? —siguió preguntando el hermano del monarca.
—A su nuevo destino, ¿adónde si no?
—Pero… ¿sabrán llegar solas? —El hermano del rey tenía sus dudas.
—Por supuesto. Surcarán el mar sin problemas y volarán hasta alcanzar Kaercaradoc. Creo que llegarán mañana. Antes de la cena estarán allí —le tranquilizó. 18
Durante el viaje de regreso a Britania las opiniones sobre el mago se dividieron.
Úter aseguraba que Merlín había realizado una acción digna de aparecer en las crónicas, pero otros, entre los que se encontraba mi padre, consideraban que un poder como ese, mal empleado, podría resultar un arma de doble filo.
¿Cuántos magos como Merlín había en el mundo?
¿Podrían sus enemigos hacerse con uno de facultades aún mayores y destruirlos?
Merlín, por su parte, estaba encantado con el cariz que tomaban los acontecimientos.
Había quien no se tomaba en serio su arte, pero Úter parecía deslumbrado con las posibilidades que se abrían ante él al contar con un mago entre sus filas.
Que Úter fuese solo el hermano del rey (y no el propio rey) era lo de menos. Para Merlín, todo podía arreglarse.
Cuando los hombres llegaron al puerto de Tintagel aún no se habían recuperado de la impresión causada por el prodigio del que fueron testigos.
Observaban al mago de reojo, temerosos de un poder que no podían comprender.
Merlín, en cambio, parecía ajeno a la expectación que su imponente figura despertaba.
Recorría la cubierta del barco dando grandes zancadas, con su rostro de líneas rectas enmarcado por el cabello que caía sobre sus hombros como olas nocturnas, sin reparar siquiera en los que se apartaban a su paso.
Yo, al verlo, sentí un escalofrío y aferré la mano de mi madre. Aquel era el hombre que había visto en mis sueños.
Mi padre parecía ser el único que no estaba impresionado con la presencia del mago.
Se colocó a su lado y comenzó a darle conversación mientras atravesaban la pasarela que conectaba el barco con el puerto.
Tenían la misma altura, aunque Merlín era mucho más delgado.
Caminaron juntos, dirigiendo sus pasos hasta nosotras.
—Esta es mi esposa, lady Igraine, y mi querida hija — presentó.
Merlín bajó el mentón y dejó caer los párpados ante mi madre, en lo que supongo pretendía ser una especie de reverencia. Un segundo después, reparó en mí.
—¿Qué años tiene la niña? —preguntó con cortesía.
—Por Litha cumplirá los cuatro —respondió mi madre.
Merlín ladeó su sonrisa. Pocas personas medían ya el tiempo de esa manera.
—Así que por Litha… —Aquella circunstancia pareció agradarle—. Las hierbas medicinales recogidas en ese tiempo multiplican sus propiedades. —Suspiró antes de volver a preguntar—. ¿Y está sana?
—Solemos preparar cocimientos de saúco. Los endulzamos con miel y ella se los toma con gusto. Nunca ha padecido un resfriado.