3. El Círculo de los Gigantes #3
—¿El Círculo de los Gigantes? —Aurelio Ambrosio volvió a tomar parte en la conversación—. ¿Y se puede saber qué es exactamente el Círculo de los Gigantes?
—Una construcción de colosales piedras colocadas en círculo que se encuentra sobre el monte Kilarao, en Hibernia —aclaró Merlín.
Se dibujó una mueca burlona en el rostro del rey.
Había piedras colocadas en círculo a lo largo y ancho de toda Britania.
Las había de todos los tamaños: más grandes, más pequeñas, unas mejor conservadas, otras peor.
Nadie conocía los propósitos últimos para los que fueron erigidas.
«¿Acaso no hay suficientes piedras en Britania con las que levantar un mausoleo?
», pensó el rey. Pero debió de pensarlo demasiado alto, de manera que Merlín se mostró inflexible al respecto.
—Las piedras que componen el Círculo de los Gigantes no tienen parangón —dijo—. Las trajeron de África unos gigantes, mucho tiempo atrás.
Siguió explicando que estas piedras contaban con propiedades medicinales. Al parecer, cuando los gigantes se sentían enfermos, derramaban agua sobre ellas. Luego la recogían en escudillas para hacer cocciones de hierbas con las que atajaban cualquier mal.
—Si sois capaces de desarraigar esas piedras del lugar en el que se encuentran, trasladarlas hasta los barcos, surcar el mar con ellas, transportarlas hasta su nuevo emplazamiento y colocarlas en la misma posición, con la misma orientación, el monumento quedará en pie por toda la eternidad. Son mágicas —concluyó.
—¿Mágicas? —El rey Aurelio Ambrosio lo observó con reparo, y sus oscuras y pobladas cejas se arquearon, quedando paralizadas en medio de su frente como dos diminutos cuervos planeando sobre dos incrédulos ojos.
—Mágicas —repitió Merlín.
—Mi querido hermano no cree demasiado en la magia — precisó Úter.
—En la magia no se puede creer un poco . O se cree todo . O no se cree nada —replicó Merlín.
—Entonces podría decirse que no creo nada —respondió Aurelio Ambrosio antes de lanzar una sonora carcajada.
—Oh…, vamos, hermano. Tienes que reconocer que hay cosas que no pueden explicarse. Algo de magia debe de existir. Si este gentil hombre asegura que necesitamos esas piedras, creo que deberíamos ir en su busca.
Merlín asintió complacido. Úter parecía el tipo de caballero que era de su agrado, alguien poderoso que no cuestionaba las motivaciones de un mago. Si un mago decía que era así cómo debía hacerse, así se hacía. No había más.
—¿Y entrar en un conflicto con el rey de Hibernia? —inquirió Aurelio Ambrosio, recuperando la seriedad—. ¿No tenemos ya suficientes? ¿Vamos en busca de más?
—El rey de Hibernia no tiene por qué enterarse. Viajamos hasta allí, cogemos las piedras y volvemos. Sin hacer ruido. — Úter palmeó, como si se sacudiera el polvo de las manos—. ¿Acaso van a echar de menos unas piedras?
El rey Aurelio Ambrosio no parecía muy convencido, pero acabó por ceder.
Su hermano era vehemente y discutir con él siempre le resultaba agotador, más aún cuando discutían por nimiedades.
Los problemas se le amontonaban, de manera que depositó esa responsabilidad en manos de Úter, que se encargó de organizarlo todo para ir en busca de las piedras mágicas a Hibernia.
Al estar el castillo de Tintagel en la parte más occidental de la isla, mi padre propuso que los barcos del rey partieran desde nuestro puerto.
Semanas más tarde, una veintena de barcos se adentraron en el océano, con Merlín marcando el camino.
Desde una de las torres, los vi zarpar con las velas desplegadas, cabeceando desacompasados.
Sentí un escalofrío. Si lograban atravesar el mar y alcanzar la otra orilla sanos y salvos, aún tendrían que enfrentarse a más peligros.
No viajaban a Hibernia a dar un paseo: iban a robar.
Mi padre me lo había explicado todo antes de partir.
Aquella noche tuve uno de mis perturbadores sueños.
—Cuenta olas conmigo —propuso mi madre para vencer mi habitual resistencia a quedarme dormida.
—Una, dos, tres. —Me picaban los ojos, así que los cerré un segundo…—. Cuatro, cinco… —Musité entreabriendo los párpados pesadamente—. Seis, siete…
Antes de llegar al número ocho, ya me había atrapado el sueño.
Caminaba descalza sobre hierba perlada por el rocío.
Su frescor me hacía estremecer. Vi la silueta de enormes piedras colocadas en círculo.
Sobre algunas reposaban otras, en horizontal, formando dinteles.
Se recortaban contra el firmamento cuajado de estrellas, bordadas con hilos de plata.
Escuché unas voces. Al instante percibí movimiento dentro del círculo de piedras: el sonido rítmico de un tambor, el monótono murmullo de algo similar a rezos o cantos recitados en una lengua incomprensible para mí.
Al acercarme vi que se trataba de hombres y mujeres vestidos con túnicas livianas, que caminaban formando un corro.
Portaban cuencos de los que brotaban volutas de un humo que desprendía aroma a incienso.
En medio de todos, alumbrado por el fulgor de una fogata, descubrí al que supuse que se trataba de un mago.
No veía su cara con claridad. A esa distancia solo era capaz de distinguir su esbelta figura.
Vestía una túnica de lana sin teñir y sujetaba una jarra en la mano derecha.
Se acercó a unas piedras más pequeñas, también colocadas en círculo, dentro del círculo de las piedras mayores.
Vertió agua sobre una de ellas. Al humedecerse, cambió de color, pasando del gris plateado al azul.
El mago recogió el agua filtrada en escudillas y se la ofreció a la comitiva.
Uno por uno, los hombres bebieron mientras los demás seguían musitando su monótona letanía.
De pronto, el cielo empezó a desperezarse.
Nubes violetas, destellos de hilos anaranjados y los primeros rayos del sol bordados en oro restallaron en el horizonte.
Todos se quedaron paralizados, guardando un respetuoso silencio.
Desde el exterior del círculo observé cómo el astro rey quedaba enmarcado dentro de uno de los arcos formados por las piedras.
Un suspiro, mezcla de fascinación y alivio, brotó de los labios de los asistentes.
Yo también suspiré, maravillada.
Y entonces, como si hubiera percibido que mi suspiro era un suspiro intruso, el mago se giró.
Tenía los ojos oscuros como la noche más oscura.
Entrecerró los párpados hasta localizarme.
Caminó dando grandes zancadas en mi dirección, sorprendido por mi presencia.
Parecía molesto, así que me escondí detrás de una de las piedras, con el corazón golpeándome en el pecho.
Tenía miedo. Vi su mano acercándose. Sentí la presión de sus dedos en mi hombro…
—¡Padre! ¡Padre! —Me desperté entre gritos, con las mejillas mojadas por las lágrimas.
—Tu padre está en Hibernia. Volverá pronto —me dijo mi madre con voz pesada. Sin duda la había despertado con mis llantos—. Duérmete.
Pero yo no quería volver a dormirme. Estaba segura de que si cerraba de nuevo los ojos, regresaría al punto exacto en el que el mago me alcanzaba para llevarme a… no sé… ¿Adónde se llevan los magos a las niñas entrometidas?
—He soñado que… —pronuncié, con la esperanza de que una charla disipara las brumas del sueño.
—No, no, no… de ninguna manera. —Mi madre colocó su dedo índice en mis labios, negando con la cabeza—. Las hadas no deben contar sus pesadillas; de otra manera la reina Mab 16 las convierte en realidad. ¿Quieres que lo que has soñado se haga realidad?
Negué con la cabeza.
—Pues no disgustes a Mab. Cierra los ojos y la boca, y duérmete.
13 White, T. H. (2020). El rey que fue y será . España: Ático de los Libros.
14 ¡Coged vuestros puñales!
15 En el pasado, un monje logró espantar a un dragón que frecuentaba Whinlatter Rock con esta posición.
16 La reina Mab es la comadrona de las hadas, encargada de hacer que nazcan los sueños.
Se traslada de un lugar a otro en un carro hecho con la cáscara de una nuez tallada por una ardilla ebanista, conducido por un mosquito.
Al pasar sobre los durmientes, convierte en realidad sus anhelos más profundos.