Morgana 3. El Círculo de los Gigantes #2
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3. El Círculo de los Gigantes #2

—¿Insinuáis acaso que mis magos están en un error? —preguntó al fin Vortigern, que era solo un poco más avispado que ellos.

—No lo insinúo, ¡lo afirmo! —declaró Merlín—.

Hay algo bajo la tierra sobre la que pretendéis levantar la torre.

Es eso lo que impide que se mantenga en pie.

Si accedéis a que los obreros sigan mis órdenes, os demostraré que todos estos hombres que se hacen llamar «magos» no son más que unos zurumbáticos.

Llegados a ese punto, a los magos ya no les quedó la más mínima duda: aquel muchacho los estaba insultando. Comenzaron a protestar, pero sus voces quedaron ahogadas por la orden de Vortigern.

—¡Exijo que me lo demuestres!

Merlín arqueó los labios, insinuando una sonrisa, aunque el gesto en cuestión se prestaba al debate. En cualquier caso, se trataba de una sonrisa de uso privado, dirigida a sí mismo.

La noche anterior a la demostración, nevó intensamente en Yr Wyddfa.

El terreno, sobre el que se pretendía edificar la torre, se cubrió de un blanco inmaculado que los obreros, los magos y el resto de curiosos (que se apretujaban unos contra otros para situarse en un buen lugar desde el que presenciar el espectáculo) parecían no querer ensuciar con el sonido de sus voces.

Entre susurros se preguntaban qué es lo que tenía pensado ese muchacho y qué es lo que haría Vortigern con él si, tal y como sospechaban, no se trataba más que de una treta con la que intentar salvar su vida.

—¿Y bien? —inquirió Vortigern una vez estuvieron todos presentes.

—Ordenad a vuestros obreros que caven la tierra —indicó Merlín—.

A unos seis pies, encontrarán un estanque.

Eso es lo que está impidiendo que los cimientos de la torre puedan afianzarse.

Una vez lleguen a él, deben drenarlo. En el fondo hallarán dos piedras.

Dentro de ellas duermen sendos dragones.

Los que estáis en este momento leyendo mi historia deberíais saber que un estanque en el invierno de Cambria es, en el mejor de los casos, un enclave desapacible.

Si a ello le añadimos que se trataba de un estanque subterráneo y que, tal como Merlín había profetizado, en su lecho se encontraban dos dragones, el drenarlo pasó de ser un trabajo de ingeniería a convertirse en una aventura peligrosa, digna de aparecer en los libros de historia.

El ambiente que envolvía a los presentes se tornó turbador.

Pese a todo, permanecieron allí, sin ceder ni una pulgada de terreno; fue más poderosa la curiosidad que el instinto de supervivencia.

Tras varias horas de trabajo, los obreros alcanzaron el estanque.

Una vez vaciado, comprobaron que, efectivamente, allí se encontraban las dos enormes rocas ovoides, moteadas en tonalidades que iban del gris pizarra, pasando por el gris pesadumbre hasta el gris de la nieve pisoteada.

De pronto, como si la ausencia de agua a su alrededor hubiera despertado a las bestias, se escuchó el inequívoco sonido de la piedra resquebrajándose.

Las grietas se abrieron paso en la superficie de las rocas, zigzagueando, hasta dividirlas en dos.

Los dragones, que hasta ese momento se habían mantenido ovillados en su interior, comenzaron a desperezarse.

Estiraron sus patitas escamadas, agitaron sus dedillos coronados con uñas puntiagudas, desplegaron las alas membranosas y sacudieron sus cabezas para espabilarse.

Uno de ellos lanzó un eructo y una débil llama brotó de su hocico.

Los suspiros de asombro dieron paso a los gritos. Dos mujeres se desmayaron. Muchos huyeron a toda prisa. Los magos cerraron los ojos, levantaron la barbilla y se quedaron estáticos, con las piernas juntas y los brazos en cruz 15 .

Merlín y Vortigern fueron los únicos que mantuvieron la calma, asomados al enorme agujero en el suelo que acogía a los dos dragones. Las bestias acababan de descubrir sus mutuas presencias y daban vueltas sin dejar de mirarse fijamente a los ojos.

—El dragón blanco representa a los sajones y el rojo a los britanos —explicó Merlín un segundo antes de que las bestias se enzarzaran en una furibunda batalla.

Mientras peleaban, el mago parecía en trance.

Desgranaba frases sueltas. Eran profecías sobre el futuro de Britania que Vortigern no llegaba a entender, quizás por estar demasiado concentrado en la trifulca que se libraba a sus pies.

Había momentos en los que el dragón blanco parecía llevar las de ganar, pero al final fue el rojo el que se proclamó vencedor.

Antes de que los hombres de Vortigern pudieran atraparlo con sus redes, el animal alzó el vuelo y se alejó de ellos, perdiéndose entre las nubes.

En la ladera yacía el cadáver del dragón blanco, con el cuello desgarrado por el fatal mordisco de su adversario.

El ardor de su propia sangre lo consumía poco a poco, hasta que, al final del día, el único rastro del animal fue un montón de cenizas que se filtraron en la tierra.

Se dice que en ese lugar nunca más ha vuelto a crecer la hierba.

Vortigern quedó atónito. Estaba sorprendido por el talento que había demostrado el joven, aunque, ahora que lo observaba mejor, no le parecía tan joven.

Merlín tenía semblante de caballero sabio y poderoso.

No le quedaba ninguna duda: lo quería a su lado.

Le ofreció un cargo de consejero, de hombre de confianza, de mano derecha.

Pero Merlín, que era capaz de ver el alma de las personas y profetizar el futuro, rechazó su oferta.

Intuía que en el interior de Vortigern se agazapaba un conspirador.

Quería alejarse de aquel hombre que a punto había estado de exprimirlo en un lagar.

Y eso hizo. Desde ese momento, nadie había vuelto a saber nada de él.

Pese a la reticencia del rey Aurelio Ambrosio, a Úter le fascinó la historia de Merlín.

Incluía todos los ingredientes que él consideraba imprescindibles para mantener su atención: la promesa de un sacrificio humano, la maravilla del estanque subterráneo, la sorpresa de unas piedras con forma de huevo donde se incubaban dragones, un mago…

¿Qué más se podía pedir? Convenció a su hermano para que fuesen en busca de ese tal Merlín, pues estaba seguro de que un hombre con semejantes cualidades debía estar al servicio del rey.

Aurelio Ambrosio aceptó con la boca pequeña, rogando en su interior para que no lo encontraran.

Sus súplicas fueron escuchadas.

Los grandes magos eran seres antojadizos y fluctuantes, con tendencia a desaparecer durante semanas, meses o años sin más compañía que su montura.

Pese a que los hombres del rey eran expertos en acechar al enemigo y en seguirles las huellas a los venados, resultaron incompetentes en lo que respecta a rastrear magos (más en invierno, cuando los caminos estaban enfangados).

Se decía que Merlín transitaba por sendas que ninguna otra persona había recorrido antes, que frecuentaba lugares tan remotos como Egipto, la Tierra Santa o el país que está al otro lado de la lluvia, donde la magia puede respirarse.

Otros aseguraban que era capaz de escapar a mundos fuera de este, y que allí vivía cada una de las vidas que quedaron truncadas por decisiones que tomó en el pasado.

En resumidas cuentas, los hombres de Aurelio Ambrosio no fueron capaces de dar con él.

Fue el propio Merlín el que se presentó ante el rey semanas más tarde, tras haber percibido que un hombre de alto rango requería de sus excepcionales cualidades (lo cual, como ya imaginaréis, terminó de encandilar a Úter).

—Así que sois el mago —afirmó Aurelio Ambrosio cuando lo tuvo delante—. Me alegra conoceros al fin. He oído hablar mucho y muy bien de vuestras capacidades. —Se volvió para mirar a su hermano—. Él es el mago del que tanto nos han hablado.

Úter asintió, sonriendo. Parecía interesado en ver cómo continuaba su hermano con aquella entrevista.

—Estoy sorprendido —apuntó Aurelio Ambrosio—. No pretendo ofenderos, pero parecéis muy joven. Realmente joven.

—No es tan joven —interrumpió Úter, repasando con la mirada la figura de Merlín—. Es posible que tengamos la misma edad.

—No podría confirmarlo. Desconozco el año en el que vine al mundo —indicó Merlín antes de ir directamente al grano—. Tengo entendido que me necesitáis.

Aurelio Ambrosio dejó escapar un carraspeo, que parecía encubrir una risilla, antes de continuar hablando.

—Os seré franco: fueron mis consejeros quienes sugirieron ir en vuestra busca.

Mi hermano también insistió y…, bueno, no pongo en duda vuestras virtudes, por supuesto.

Estoy convencido de que personas como vos habrán sido muy útiles en el pasado a otros gobernantes.

O eso dicen. No lo sé… Yo…, sinceramente, albergaba la esperanza de que no…

de que no… —Lanzó un suspiro antes de proseguir—. Pero aquí estáis.

—Así es… Aquí estoy.

Se hizo un incómodo silencio. Merlín no parecía contento en absoluto.

—Lo que quiero decir es que yo no sé nada de magia — aclaró Aurelio Ambrosio—. Ni siquiera estoy seguro de que sea necesaria para lo que pretendo.

Úter consideró que era el momento de tomar la palabra para explicarle al mago el proyecto de su hermano de levantar un mausoleo acorde a la grandeza de los finados que yacerían a sus pies.

La edificación que Aurelio Ambrosio pretendía construir no solo honraría a los fallecidos, sino que también serviría como recordatorio imperecedero de que los britanos habían vencido.

—Si lo que pretendéis es colocar sobre esos nobles caballeros un monumento de carácter perdurable, debéis ir en busca del Círculo de los Gigantes —sentenció Merlín, que no había dejado de asentir con la cabeza mientras Úter desgranaba las cualidades de los difuntos y despotricaba contra los infames asesinos.