3. El Círculo de los Gigantes
El rey que fue y será T. H. White
No eran los mejores tiempos para ser rey.
Aurelio Ambrosio era consciente de ello.
Hastiados de vivir en perenne conflicto, a los habitantes de Britania el absurdo de la guerra empezaba a agotarlos, y tenían la sensación de que sus problemas los generaban quienes estaban dispuestos a sacrificar vidas ajenas con tal de colocar una corona sobre sus cabezas.
Así que el pobre Aurelio Ambrosio se sentía en la obligación de convencerlos de que eso solo era cierto en el caso de los anteriores gobernantes, pero no en el suyo.
Le gustaba proclamar que no se habían conocido, desde los tiempos de Alejandro Magno, hombres más íntegros, valientes y comprometidos que él, suhermano y el resto de caballeros que blandían la espada bajo su mando.
Era un hombre de férreos principios y leal a su palabra, cualidades más que admirables, ya que era capaz de conservarlas incluso en circunstancias adversas.
Cuando lo tuvo todo organizado se desplazó a Londinium para instalarse en la que en el pasado fue la residencia del gobernador romano.
Allí congregó a sus consejeros para hacerles partícipes de una idea que le rondaba la cabeza desde hacía tiempo: erigir un monumento con el que honrar la memoria de los nobles caballeros que sucumbieron en el pasado en la emboscada tendida por Hengist.
—Quiero un grandioso mausoleo sobre sus tumbas —indicó Aurelio Ambrosio con solemnidad—. Que su sacrificio sea recordado eternamente.
Los consejeros del nuevo rey no tuvieron dudas al respecto: si de levantar una construcción sempiterna se trataba, lo adecuado era consultar a Merlín.
—¿Merlín? ¿El mago de Vortigern? —preguntó el monarca escandalizado.
Debéis saber en este punto que el rey Aurelio Ambrosio creía poco en la magia. Casi nada, en realidad. La relacionaba con pelo sucio, uñas amarillentas, palabrejas pronunciadas en lenguas incomprensibles, chisporroteos en una hoguera y ungüentos fétidos.
—¡Deploro la magia! ¡Y a los magos! —exclamó—. Todos son unos sofistas, en mi opinión. ¿Qué tendrá que ver la construcción de un monumento con la magia? Los reyes no deberían dejarse embaucar por magos. Y mucho menos tratándose del mago de Vortigern —siguió porfiando.
Pero sus consejeros le explicaron que en realidad Merlín nunca sirvió al antiguo gobernante.
Al parecer fue el único que se atrevió a plantarle cara.
Cuando Vortigern se retiró a Cambria, huyendo de los sajones que al final también a él terminaron por traicionarle, ordenó levantar una fortaleza en el monte Yr Wyddfa en la que resguardarse.
Pero cuando sus obreros se dispusieron a afianzar los cimientos se encontraron con una desquiciante complicación: lo que edificaban durante del día, se hundía en la tierra durante la noche, desapareciendo entre arenas movedizas.
Tras varias semanas de infructuoso trabajo, Vortigern consultó a sus magos, un grupo de ancianos con rostros velados por telarañas de arrugas que se pellizcaron los cuatro pelos blanquecinos que les crecían en las barbillas, por ver si así estimulaban sus cerebros y lograban dar con la solución.
El primero en tomar la palabra, un caballero de brillante calva, sentenció que el problema radicaba en no haber sincronizado las obras de construcción de la torre con las fases lunares.
Al parecer, según reveló, lo mismo que el movimiento de las aguas se veía influido por el astro, las piedras con las que pretendían edificar la torre se sentirían más o menos predispuestas a dejarse apilar unas sobre otras con la luna en cuarto creciente.
La construcción había comenzado en fase lunar menguante.
—Un desatino de proporciones descomunales. De ahí el desastre —zanjó con actitud sesuda.
Otro de los magos, uno de ojos saltones, negó con la cabeza. Agitaba las manos mientras tragaba saliva. Parecía tener muchas cosas que decir; sin embargo, su voz no llegó a escucharse, ya que un tercero se le adelantó.
—Lamento tener que llevaros la contraria, estimado colega —prorrumpió con voz terrosa—.
Me consta que sois un gran observador de la luna, pero de sobra es sabido que se trata de un astro de naturaleza acuosa: frío y húmedo.
Por no hablar deque su género es femenino, y que se relaciona con la diosa Hécate, a la que muchos consideran una bruja.
—Un murmullo inundó la sala y el mago agitó las manos arriba y abajo, reclamando calma—.
Ya sé…, ya sé…, todos somos conocedores de las bondades de Hécate.
No seré yo quien lo niegue. Pero, del mismo modo, también es la responsable de numerosos desastres.
Las féminas son inconstantes, caprichosas y tendentes al drama.
Y de la influencia de la luna surgen los lunáticos, si me permitís el inciso.
No pudo añadir mucho más. Su voz quedó ahogada por las airadas exclamaciones del resto de magos señalando que el asunto de las fases lunares era una soberana memez.
¿Acaso la fase lunar de cuarto creciente no abarcaba una semana al mes?
No se podía dilatar de esa manera la construcción de la torre.
¿Y qué majadería era esa de involucrar a la diosa Hécate en el asunto?
Tener tratos con una diosa griega podría despertar las envidias de otros dioses, ya fuesen griegos, celtas, romanos o cristianos, pues de sobra era sabido que pocas cosas eran tan desacertadas como espolear las iras de los dioses.
Y nadie quería ver enfadado a un dios como Marte (en eso estaban todos de acuerdo).
Llegados a ese punto, sopesaron la posibilidad de realizar ofrendas a diversos dioses, por ver si así alcanzaban a agasajar al adecuado.
La incapacidad de los magos para encontrar la solución a los problemas de estabilidad de la torre terminó de crispar los nervios de Vortigern.
—¡Basta ya! —ordenó con desazón—. ¿Sabe alguien realmente cómo conseguir que la torre se mantenga en pie?
Se hizo el silencio.
Fue entonces cuando el mago de los ojos saltones, que no había dejado de agitar los brazos, sonrió satisfecho.
Era la oportunidad de presentar su solución.
Abrió la boca, dejando expuestos sus dos únicos dientes, uno arriba y otro abajo, como una estalactita y una estalagmita a punto de contactar.
Miró a su alrededor. Los demás le observaron expectantes.
—La única manera de que esta torre se mantenga en pie es regar la argamasa y las piedras con las que ha de ser construida con la sangre de un muchacho sin padre —zanjó.
El resto de los magos guardaron silencio en espera de que Vortigern, que parecía espeluznado con la sugerencia, expresase su indignación.
Las cejas del gobernante se juntaron sobre el puente de la nariz en señal de repulsa, pero luego se relajaron dibujando en su rostro la perplejidad, que evolucionó a gesto de consternación.
—¿La sangre de un muchacho sin padre? —Más que una pregunta, fue una afirmación titubeante.
—Así es. La sangre de un muchacho sin padre —repitió el mago de los ojos saltones.
—¿Y habría que matarlo? —pronunció Vortigern con un hilo de voz, muy despacio, dejando un par de segundos de silencio entre una palabra y la siguiente.
El mago de los ojos saltones trató de contener en su interior el gozo que le provocaba que su propuesta estuviera resultando mucho más interesante que el resto. Quiso saborear la atenciónque le prestaban, como si llevara años esperando esa pregunta que solo él podía contestar.
—Lamentablemente… —concluyó, al fin, con fingida resignación.
El resto de los magos estuvieron de acuerdo en que, en ocasiones, había que realizar pequeños sacrificios para conseguir bienes mayores, así que enviaron a un grupo de hombres en busca de un muchacho sin padre. Lo encontraron en Carmarthen: se llamaba Merlín.
Cuando lo presentaron ante Vortigern, el rey intentó calcular su edad.
Si bien era cierto que sus mejillas imberbes, sus extremidades delgadas y las bellas y delicadas facciones que adornaban su cara indicaban que se trataba de un impúber, su arrogancia parecía propia de alguien mucho mayor.
Merlín tenía el rostro afilado y el gesto severo.
La piel blanca contrastaba con el oscuro cabello revuelto: demasiado largo, quizás.
Un mechón del flequillo le cubría uno de los ojos, siendo ambos negros, brillantes como dos azabaches pulidos.
Cada vez que parpadeaba, el mechón se le enredaba en las espesas pestañas, sacudiéndose, aunque a él eso no parecía molestarle.
—Me resultaba sorprendente tanto interés por mi persona —dijo Merlín tras las presentaciones—.
Y ahora descubro con desagrado que lo que les interesa en realidad no soy yo.
—Se detuvo uno segundos a reflexionar sobre su última frase—.
O al menos no la integridad de mi persona, sino solo una parte.
Según me indicáis, son vuestros sabios magos los que han llegado a la conclusión de que la torre solo podrá mantenerse en pie si la argamasa y las piedras con las que pretendéis edificarla se riegan con mi sangre.
—Vortigern asintió y el muchacho lanzó un suspiro condescendiente antes de añadir—.
Diré algo al respecto de esa afirmación: hay personas que prefieren expresar sin temor las estupideces que les rondan por la cabeza con intención de hacerlas pasar por verdades indiscutibles, creyendo que así el tamaño de su estupidez quedará velado, en lugar de guardar silencio y dejar que su interlocutor se quede con la duda sobre si son realmente tan estúpidos como parecen.
El mago de los ojos saltones abrió la boca para protestar, porque creyó entender que se estaba poniendo en duda su buen criterio, pero guardó silencio al observar que el resto de los magos seguían rumiando las últimas palabras del muchacho.
Estuvieron todos de acuerdo en que aquel joven se expresaba como un viejo.