Morgana 2. Muryans #2
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2. Muryans #2

¿Recordáis a Gwyneth? La muchacha de la taberna que fue un poco más que amistosa con el mensajero.

¿Sí? Pues he de deciros que se quedó corta al detallar lo que la gente de la aldea murmuraba sobre mi madre.

Tenían la certeza de que a mi padre le había sucedido lo mismo que a Lutey, el pescador 12 que encontró una sirena varada en la playa, solo que mi padre, en lugar de devolverla al mar, se casó con ella, convirtiéndola en duquesa.

No estaba segura de si mi madre me quería con la mismaintensidad que mi padre.

Lady Igraine era una mujer difícil de interpretar.

Su belleza serena producía un efecto hipnótico en los que quedaban cerca del halo invisible que la envolvía.

El universo se confabulaba para adornarla, como si las estrellas brillaran para replicarse en sus ojos, como si los rayos de sol se colasen por las ventanas los días despejados con el único propósito de sacar reflejos de oro viejo en sus cabellos.

Los sirvientes bajaban la voz en su presencia, mi padre aspiraba el aire a sorbos cuando ella se le aproximaba, y hasta los perros de caza echaban atrás las orejas y dulcificaban los ojos ante la promesa de sus caricias.

Pero ella no parecía darse cuenta. Solo sonreía.

Siempre siempre sonreía. O sería mejor decir que sus labios dibujaban una mueca similar a un retozo dulce, desprovisto de pasión.

Cuando hablaba, sonreía. En silencio, sonreía.

Si yo hacía una travesura, sonreía. Si llovía, sonreía.

Si tronaba, sonreía. Si las damas le informaban de algún desajuste en el orden diario, sonreía.

Sonreía siempre. Serena, equilibrada, indolente.

Era suya esa belleza que se opaca al contacto con la melancolía, ypor eso ignoraba de forma consciente los vaivenes de la vida.

Aquello me resultaba tan perturbador que yo, por mantener un mínimo equilibrio en las emociones de la familia, me negaba a sonreír a no ser que fuera por algo objetivamente divertido.

Y así fue como me granjeé la fama de niña adusta.

Además de desenredar sus cabellos con el peine de plata, a lady Igraine le gustaba tejer.

Pasaba la mayor parte del tiempo absorta en elaborar tapices por los que deambulaba un ecosistema de seres inauditos que jamás nadie del castillo vio surcando tierra, mar o aire: unicornios libidinosos recostados en el regazo de damiselas virginales, centauros malencarados trotando sobre un mar atestado de sirenas, dragones de gesto travieso a lomos de elefantes minúsculos, hincando los colmillos en sus cuellos…

—A los dragones, en verano, les gusta beber sangre de elefante.

Es más fresca que la de los demás animales —revelaba mi madre sin mirarme, concentrada en su labor—.

Los dragones esperan escondidos en el fondo de los lagos a que sus presas se acerquen.

Y cuando más distraídos están los elefantes bebiendo…

, ¡zas!, se lanzan sobre ellos y les chupan toda la sangre.

—A mí aquello me parecía aterrador, así que encogía el rostro, por lo que ella se apresuraba a ponerle un colofón de justicia a la historia—.

Pero los elefantes al morir caen sobre los dragones y los aplastan.

Yo gateaba bajo el telar quimérico de mi madre, tirándole de la falda, demandando su atención: hambrienta de amor.

Ellame miraba sorprendida. Parecía rebuscar en su memoria: ¿quién es esta niña?

¿Qué hace aquí? ¿Qué quiere de mí? Entonces suspiraba resignada, como si acabara de caer en la cuenta de que tenía una hija.

Me acariciaba el rostro con gesto apacible y me besaba la frente, cerrando los ojos con languidez.

No tardaba mucho en alzar la mirada en busca de alguna de las damas de compañía.

Ellas ya sabían que entonces tenían que hacerse cargo de mí para que mi madre pudiera seguir tejiendo sin la prosaica interrupción de una criatura.

En invierno, si mi padre no estaba, era habitual que durmiese con ella, más por motivos prácticos que por su propio deseo.

Las estancias del castillo eran frías y en su alcoba mantenían el fuego encendido toda la noche.

Las pesadas cortinas de terciopelo que cubrían el dosel nos protegían de las corrientes en los días más crudos.

Allí, entre los cobertores de piel, para que me atrapase el sueño, mi madre me hablaba de Epona, la diosa de los caballos que tanto me gustaban; de Lugh, dios y maestro en todo tipo de artes; de Arianrhod, la diosa de la luna, responsable de las idas y venidas del mar, la que me depositó en la orilla de la playa en la novena ola.

—¿Cómo se sabe cuándo hay que empezar a contar las olas? —le preguntaba yo, convencida de que podría mantenerla despierta dándole conversación hasta el amanecer.

—Es tu decisión. Eliges una ola y esa es la primera. Todo empieza cuando tú lo decides.

—Todo empieza cuando yo lo decido… —repetía con la mirada fija en uno de los flecos dorados del dosel, dispuesta a esquivar el sueño.

—Vamos a contar olas —me proponía.

Así es como aprendí a contar hasta mil. O quizás hasta dos mil.

No me gustaba dormir porque me planteaba dudas.

¿Qué ocurría mientras dormíamos? ¿El tiempo se paraba?

¿El resto del mundo seguía vivo mientras yo dormía?

¿Lograría el sol hacerse paso en medio de la oscuridad si yo no me despertaba para verlo salir?

Además, mis sueños nunca eran tranquilos.

La mayoría se desarrollaban dentro del tapiz de mi madre.

Hebras negras para mis cabellos. Lana cruda para mi túnica.

Azules, esmeraldas y grises en el cielo y el mar.

Oro y verde en las escamas de los dragones que abrían sus fauces.

Balumbas de fibras naranjas y amarillas que alcanzaban a mi padre.

Y él, yaciendo en suelo, con el pecho salpicado de hilo rojo.

Dormir resultaba aterrador.

No creo que el padre Edwin hubiera visto con buenos ojos que por las noches yo cerrase los míos escuchando descripciones sobre las excelencias de dioses paganos.

La realidad es que mis padres se entendían con la religión cristiana de manera práctica.

Cuando el emperador Constantino proclamó el cristianismo religión oficial del Imperio, se edificaron capillas e iglesias en todas las aldeas, pueblos, ciudades y castillos de Britania con la pretensión de espantar a los antiguos dioses.

Aunque hacía tiempo que los romanos se habían marchado, dejaron aquí sus huellas.

Como la desafección no podía medirse, pero sí las ausencias, mi madre acudía diariamente a escuchar misa a la capilla que se encontraba dentro del recinto de la fortaleza, con el estoicismo de quien visita a un familiar enfermo.

Trataba de manera cortés al padre Edwin y escuchaba los sermones con sus ojos verdemares posados en los de él, sin observarle realmente.

Su mirada traspasaba el cráneo del religioso, el cuadro tras él que representaba la Natividad y los gruesos muros de piedra.

Aunque el cuerpo de mi madre estaba presente, su espíritu no.

Este flotaba libre por encima del castillo el tiempo queduraba la misa.

Eso se le daba bien: estar pero no estar, aunque casi todos creyeran que sí.

Buena parte de quienes entablaran una conversación con lady Igraine la describirían como una interlocutora lúcida, atenta y comunicativa.

Pocos se daban cuenta de que eran ellos quienes ponían las palabras, mientras que mi madre era la encargada de intercalar silencios y sonrisas.

El padre Edwin, que en general no destacaba por su sagacidad, era uno de los que creían que estaba .

Lady Igraine entonaba los salmos con su voz de ángel, dejándole obnubilado, prácticamente al borde del éxtasis.

Para el religioso, aquellos delicados cantos, en combinación con su tez sonrosada, con su boquita de botón de rosa, con sus manos blancas colocadas con delicadeza sobre el misal, con su largo y dócil cabello…

, eran la prueba palmaria del talante sumiso de mi madre, propio de una dama de su alcurnia.

Siguiendo la misma lógica, a mí me miraba con suspicacia.

Mi oscuro cabello indomable, el perpetuo ceño fruncido, los ojos coronados de negras pestañas acogiendo iris color fondo del mar que le escudriñaban sin traspasarle, quedándose clavados en su cerebro, daban muestra de una impertinencia impropia de una niña de mi linaje.

Por suerte mis padres no me obligaban a asistir a misa si yo me resistía a hacerlo.

Y me resistía en bastantes ocasiones.

Mi idea del mundo se forjó en esos primeros años.

Tenía la forma de un tapiz gigante por el que deambulaban las personas y animales con los que me cruzaba cada día, pero que también estaba habitado por quimeras, endriagos, nereidas, hipogrifos, mantícoras y resto de seres extravagantes que mi madre componía con sus hilos.

Me arrastró a su universo de fantasía, dondeambas estábamos protegidas de la realidad de la vida, mientrastransitábamos de puntillas por los quehaceres prosaicos de losque se encargaban los sirvientes.

Crecí acompañada por seres que despertaban en mí sentimientos contradictorios: me fascinaban y aterraban en igual medida.

Creedme si os digo que desde entonces no me han abandonado.

Pero no os confundáis: yo tenía para lady Igraine el mismo valor que la lanzadera de madera de su telar, quizás incluso menos, porque ese utensilio le servía para algo, y yo no era más que un detalle prescindible en la decoración de su vida.

Antes dije que no estaba segura de que mi madre me quisiera de igual manera a como lo hacía mi padre, pero he mentido. No estuve segura durante algún tiempo. Más tarde comprobé que lady Igraine no me querría jamás como me quiso mi padre.

Habréis de darme la razón cuando conozcáis el resto de la historia.

8 Hume, M. K. (2014). Batalla de reyes (Profecía de Merlín 1). España: Penguin Random House Grupo Editorial España.

9 Los caballos del reino de Danann podían vivir cien años.

Se herraban con herraduras de plata, sus bridas eran doradas y en su testera lucían una gema a modo de estrella.

Vivían en establos ocultos en las cavernas de las colinas.

Jamás se consintió que un esclavo los montara.

El reino de Danann era enorme y poderoso, pero con el avance de la cristiandad fue languideciendo.

10 En Hibernia se los conoce como Sidhe .

En la zona de Lindum Colonia se refieren a ellos como «Los Extraños » .

Estos seres feéricos tienen tendencias maliciosas y, en ocasiones, se muestran rencorosos, algo bastante peliagudo, ya que jamás olvidan una ofensa.

Sus venganzas pueden resultar terribles; si te odian, lo harán para siempre.

11 Palabra córnica para designar a las hormigas.

12 Según la leyenda celta, Lutey, un pescador de Cornualles, tropezó con una hermosísima sirena en apuros varada en la playa.

Compasivo, la tomó en sus brazos para devolverla al mar, gesto que ella agradeció concediéndole tres deseos.

El primero que Lutey pidió fue deshacer los hechizos de las brujas.

El segundo, conseguir que los espíritus familiares actuasen por el bien de los demás.

El tercero, que los otros dos dones se trasmitieran a sus descendientes.

La sirena consideró que se trataba de un buen hombre, así que le prometió que nadie de su familia pasaría penurias y le entregó un peine mágico que le permitiría comunicarse con ella siempre que lo necesitase.

Pero la fuerza de los brazos de Lutey terminó por enamorarla, de manera que no quiso separarse de él.

Cuando llegaron a la orilla, ella le rogó que la acompañase.

La voz de la sirena era suave y ululante como las olas.

Lutey sintió que todo su cuerpo quería ceder ante el requerimiento de aquella belleza marina.

Para su fortuna, los ladridos de su perro le sacaron del trance.

Recordó a su esposa y a sus hijos y rechazó la propuesta de la sirena.

Fue en ese momento cuando se reveló la naturaleza más oscura y siniestra de los seres del agua.

La sirena se aferró al cuello de Lutey con la intención de arrastrarle con ella a lo más profundo del océano.

Lutey sacó su cuchillo de hierro (metal que repele a sirénidos y hadas) y la amenazó con él.

La sirena se alejó llorando y gritando: «Adiós, amado mío, hasta dentro de nueve largos años.

Entonces volveré a por ti». Los dones concedidos por la sirena permitieron que Lutey y sus descendientes prosperasen como curanderos célebres, aunque él solo pudo disfrutar de su talento durante nueve años, al cabo de los cuales, un día que se encontraba navegando junto a su hijo, la sirena emergió de las aguas.

Lutey dijo: «Ha llegado mi hora». Se lanzó al océano y jamás volvieron a verle.