2. Muryans
Batalla de reyes M.K. Hume
Mis primeros años de vida suenan a olas rompiendo contra elacantilado de Tintagel y a hojas de hiedra agitadas por el viento.
Huelen a salitre, al musgo que aterciopelaba los muros y a los vapores de guerra que mi padre traía consigo al regresar al castillo.
Por muy romántica que sea la imagen que os hayáis hecho de una batalla a caballo durante el invierno en Britania, os garantizo que la combinación de frío, barro y sangre no tiene nada de poética.
Cada enfrentamiento era para los hombres más una prueba de supervivencia que de valentía.
Tras la muerte del traidor Vortigern, Aurelio Ambrosio reunió a los barones y príncipes del reino en Eboracum.
Les soltó una memorable soflama donde comparaba Britania con una copa rebosante de deliciosa ambrosía que romanos, sajones, anglos, jutos…
(y resto de extranjeros aún por nombrar) intentaban apurar hasta la última gota, dejando sedientos a sus legítimos propietarios.
Algunos de los oyentes no sabían lo que era la ambrosía, pero captaron a la perfección la idea.
Fueron capaces de dibujar en su mente esa copa repleta de vino del Mediterráneo, como un delicado cáliz de oro con incrustaciones de piedras preciosas zarandeado, manoseado y profanado por las impuras manos de los bárbaros.
Como es natural, todos se mostraron indignados.
Llegados a ese punto, el rey Aurelio Ambrosio les manifestó su compromiso de volver a colocar las cruces en los campanarios de las iglesias, de recomponer la sede metropolitana de la ciudad y los obispados de la provincia, de revocar las leyes que habían caído en desuso, de reconstruir los pueblos y ciudades arrasados y de incentivar a las gentes para que volvieran a repoblarlos, devolviendo a los legítimos herederos las posesiones que les fueron arrebatadas a sus ancestros.
Mi padre se comprometió de lleno en el proyecto de poner orden en la isla.
El nuevo rey lo necesitaba a su lado porque Britania, lejos de estabilizarse, parecía pender de delicados hilos.
Como decían los romanos, si vis pacem, para bellum .
Pero la paz era una plaza difícil de conquistar y el gran duque Gorlois de Cornualles era un puntal fundamental para llevarlo a término.
Pronto sus opiniones, sus hombres y su manera de enfrentar las batallas se hicieron imprescindibles.
Junto a Úter, el hermano del rey, recorría las tierras de norte a sur, instaurando la paz a golpe de guerra, de manera que, para mi desolación, mi padre era una presencia intermitente en el castillo.
Solo entre batalla y batalla regresaba, y entonces el patio se alborotaba con el olor a cuero de las guarniciones, del barro pisoteado, del sudor de hombres fornidos y de caballos agotados que anhelaban agua fresca y forraje limpio.
Y yo comencé a relacionar la felicidad con todo aquello.
Gorlois de Cornualles era alto y fuerte.
La gente decía que yo heredé el color marino de sus ojos, los huesos largos, el cabello fosco y oscuro.
Era célebre por su bravura, pero conmigo se comportaba como un cordero.
Recuerdo verle llegar a lomos de su caballo con nombre de dios del trueno.
Taranis era ligero como el viento, enérgico, de cuello arqueado, pecho ancho, ollares vibrantes y enormes ojos negros.
En Britania no se criaban ejemplares con ese porte y elegancia.
Taranis procedía del reino de Danann, donde los caballos estaban hechos de ímpetu y llamas 9 .
Yo corría a su encuentro con lágrimas en los ojos, llamándole a gritos. Nadie le importaba a mi padre más que yo. A nadie saludaba antes que a mí. Me alzaba entre risas alborozadas y nos apretujábamos muy fuerte, mucho tiempo.
—¡Abrázame hasta el infinito! —le decía yo.
—No permitas que corra el aire entre nosotros —respondía él—. Que no pase ni una brizna de brisa.
Y yo me aferraba a su cuello con todas mis fuerzas, sintiendo la fría presión de la lorica hamata con la que protegía su pecho, hasta que los brazos me temblaban y dolían.
Entonces esperaba unos segundos. Incluso cuando dolía, aún podía soportarlo un poco más si centraba mi atención en el tacto áspero de sus manos, en la barba pinchando mi mejilla, en su voz grave susurrándome dulzuras: «Te quiero más que a mi vida, mi princesa». «Te he echado tanto de menos…».
Guardo en la memoria subir con él a una de las torres del castillo.
Desde esa altura me mostraba orgulloso lo que en un futuro serían mis dominios.
Desde lo más profundo de los bosques circundantes se pierde de vista la fortaleza, pero al liberarse del abrazo de los árboles surge hermosa, valiente, y todos los caminos permiten acceder a ella.
Y entonces no solo los forasteros se deslumbran ante la belleza de Tintagel; los que ya conocen el castillo pueden percibir que en aquel lugar se atesoran todos los misterios.
El reducto fortificado que coronaba la colina acogía la capilla y un buen número de casitas de piedra y madera habitadas por quienes atendían los graneros, el depósito de agua, los establos, la herrería, la carpintería, los talleres y los almacenes.
En el interior del recinto también vivían caballeros armados, responsables de la defensa del castillo.
En el patio había un jardín con árboles frutales y un manantial de agua cristalina.
Las construcciones estaban separadas las unas de las otras por un enlosado de piedras bruñidas dispuesto en una leve pendiente, sobre el que resbalaba el agua de lluvia para evitar que en los días de invierno hubiera que caminar entre barrizales.
En medio estaba el majestuoso castillo, con sus torres y torrecillas, erigiéndose por encima de todos y todo, dando testimonio del poder que heredamos de nuestros antepasados.
Si mirábamos al este, veíamos la floresta salpicada de fresnos y robles añosos, bajo cuya sombra crecen dedaleras salvajes, reinas de los prados, escaramujos, violetas silvestres y otras hierbas de dulce aroma en caminos en los que aún se podía seguir el rastro de la antigua raza.
Mi padre los llamaba «Gente Menuda» 10 y tenían la capacidad de transfigurarse en el animal de su elección.
Se decía que eran las almas de antiguos paganos que en el pasado cometieron un terrible pecado que nadie recordaba ya, lo bastante malo como para impedirles ascender alcielo, pero no lo suficiente como para enviarlos derechos al infierno.
Ante esa disyuntiva, su condena consistía en achicarse con cada transformación.
En un principio, la Gente Menuda tenía el mismo tamaño que un humano normal, pero sus cuerpos fueron encogiendo a diferentes ritmos hasta alcanzar el tamaño de las muryans 11 .
Viven en las colinas huecas, se mecen en las corolas de las prímulas y cabalgan a lomos de los grillos hasta los prados floridos, donde celebran sus fiestas en las noches de luna llena.
—Hay que tratar con respeto a las muryans —me explicaba mi padre—, algunas son hadas.
Debéis saber que las hadas son lo que les das.
Pueden manifestarse corteses y agradecidas con quienes les profesan cortesía y agradecimiento.
Vendrán a entreteneros con sus cabriolas cuando estéis enfermos, os susurrarán al oído exquisitas soluciones para atajar problemas e hilarán vuestra lana en la oscuridad de la noche.
En el caso contrario, si les faltáis al respeto, si cometéis el terrible error de enojarlas, agriarán la leche de las vacas y le darán la nata a los gatos, estropearán la rueca, volcarán la olla de las berzas, enredarán vuestros cabellos y os darán pellizcos mientras dormís hasta dejaros la piel del color de las nubes de tormenta.
Y eso solo por faltarles al respeto. Algunas hadas son particularmente peligrosas debido a la elegancia de sus movimientos, al candor de sus miradas y al aroma a hierba recién cortada que las envuelve.
Todo ello en su conjunto las hace parecer inofensivas, cuando en realidad pueden arrastrar a los incautos a una muerte segura con solo chasquear sus delicados deditos.
Si soplaba viento del sur, y las brumas se disipaban, regresaba el color a Tintagel.
Entonces podíamos ver el camino que llevaba a la fortaleza de Dimilioc, al sudoeste.
También pertenecía a mi padre y se tenía por una de las mejores de Britania.
Estaba pensada para la defensa, no para la comodidad.
Quien intentara traspasar sus muros desgastaría todas sus energías antes de acceder a la parte inferior del recinto y, aunque el enemigo consiguiera esta hazaña, todavía tendría que enfrentarse a una batalla encarnizada para acceder a la torre del homenaje.
A nuestros pies quedaban los arrecifes, mordisqueados por las olas.
El océano rodeándonos casi por completo: norte, oeste y sur.
El agua parecía extenderse hasta el infinito, replicando el color del cielo.
Aquel abrazo azulado solo se veía alterado por los rayos del sol, que sacaban destellos de piedras preciosas en la superficie del agua.
Pero cuando el viento cambiaba, frente al acantilado se desataba el infierno.
La costa quedaba a sotavento y era una trampa mortal para los barcos.
Muchos encontraron allí su fatal destino.
—Este es el lugar más seguro de Cornualles —proclamaba orgulloso mi padre—. Y esta la fortaleza digna del rey de los cornovios. Y tú eres la princesa. Mi preciosa princesita cazadragones.
—Cazar dragones… —repetía yo escrutando las nubes, por si podía intuir en ellas el remolino que provocarían sus aleteos.
Pero como ya os he dicho, aquellos placenteros momentos junto a mi padre eran huidizos, como la arena de la playa que atrapas en un puño. Cuanto más intentaba retenerlos, más rápido se me resbalaban entre los dedos.
El tiempo en Tintagel transcurría lento en su ausencia.