Morgana 1. Nacida del mar #3
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1. Nacida del mar #3

Dos semanas más tarde, los sirvientes del castillo estaban inmersos en los preparativos para la noche de Litha 5 , así que no se percataron de la ausencia de mi madre hasta la hora nona.

Se preguntaron unos a otros, pero nadie sabía decir desde hacía cuánto tiempo faltaba.

La buscaron infructuosamente en todas las estancias del castillo, en los corredores, en los miradores y en los jardines.

Nada.

Decidieron bajar a la playa de guijarros que quedaba bajo la fortaleza, aunque era una locura pensar que pudiera encontrarse allí, pues la costa de Cornualles llevaba varios días sufriendo el azote de las tormentas.

El estruendo del mar desestabilizaba los nervios de los habitantes de la casa y espantaba a las bestias.

Pero sabían que a mi madre le gustaba ir allí para escapar del desinterés que sentía por la gente del castillo, entre los que se incluía su propio esposo.

Se sentaba en una roca y observaba el mar mientras cantaba en un idioma desconocido, desenredando su larga melena con un peine de plata.

Una de sus damas de compañía descendió los estrechos escalones, húmedos y resbaladizos por culpa de la tormenta, poniendo atención en no despeñarse.

El viento soplaba en todas direcciones, enredando su cabello frente a los ojos, impidiéndole ver lo que quedaba delante.

Una ráfaga le arrancó el echarpe con el que se cubría los hombros y eso la hizo trastabillar.

Si se descuidaba, podría acabar con el cuerpo destrozado, al final de las escaleras.

—Maldita mujer —murmuró entre dientes.

Intentó contrarrestar la fuerza de la maldición persignándose, pero enseguida volvió a aferrarse a la baranda. Tenía que sujetarse con ambas manos para bajar con un mínimo de estabilidad. «¿Dónde se habrá metido? No solo se pone en peligro ella. A los demás también nos expone».

Ya estaba oscureciendo. La luna luchaba por asomarse entre las nubes, proyectando un brillo empañado.

—¡Señora! ¡Señora! ¡Lady Igraine! —gritó.

Pero el viento rabioso arrancó las palabras de su boca. Las envolvió, dejándolas inservibles, enviándolas al recóndito lugar al que van a parar los besos de amor que desearíamos haber dado, pero que nunca dimos.

Llegó al final de la escalera justo cuando un relámpago se clavaba en el horizonte marino, anticipando el retumbar del trueno.

El bramido de las olas le ponía la piel de gallina; su ropa estaba húmeda, se sentía incómoda.

Los pies se le hundían en la arena de la playa mientras caminaba en dirección a la cueva.

—Lady Igraine… —musitó al adentrase en la oquedad de la pared.

De pronto sintió temor. Y es que esa cueva daba miedo. Y más en la oscuridad.

Le vino el pensamiento de que podría encontrarse con una desgracia.

¿Qué haría si tropezaba con el cuerpo sin vida de su señora?

Eso sería horrible. Cuando regresara el duque, mi padre, los mataría a todos por descuidar a su esposa.

El corazón golpeaba el pecho de la dama con el desorden de un tonel despeñándose por una escalera.

—Lady Igraine… —repitió con la garganta seca.

Con el paso de los años, la historia de cómo aquella dama de compañía nos encontró a mi madre y a mí se convirtió en leyenda, al igual que otras tantas circunstancias de mi vida.

Dijo que mi madre estaba serena, sentada en una roca, conmigo desnuda en su regazo.

Que el mar rugía a intervalos. Que las olas jadeaban.

—¡Por todos los santos! —clamó, acercándose para cobijarme entre sus brazos—. ¡Habéis dado a luz sin ayuda!

Al posar sus ojos en mí, tuvo que tomar aire para contener un grito.

Se le erizó el pelo de la nuca. Por un instante pensó que yo estaba muerta, porque no me movía ni emitía sonido alguno.

Mi piel blanca y lisa contrastaba con el lustroso pelo oscuro y ondulado que coronaba mi cabeza, como algas varadas en la playa, impropio de una criatura recién nacida.

—¡Por todos los santos! —volvió a susurrar.

Cuando mi padre regresó a Tintagel, yo ya había vivido dos lunas llenas.

Se marchó convencido de que mi madre daría a luz sin estar él en casa y batalló durante todo ese tiempo ignorando si yo era niño o niña.

En un par de ocasiones, los hombres brindaron a la salud de su primogénito.

Pero él apenas sonrió y bebió sin levantar el vaso, temeroso de tentar al diablo y que la criatura que aún no había llegado al mundo se malograse.

Según la tradición romana, el valor residía en los varones.

Sería un orgullo aportar un heredero al ducado, un caballero, un cazadragones que le daría aún más brillo a su estirpe.

Y esa grandeza dependía de algo sutil, diminuto, una leve protuberancia que lo determinaba todo. Pero nací sin ella entre las piernas.

—Es una niña, Gorlois —le informó mi madre nada más verle.

—Una niña… —murmuró él.

El hombretón que acababa de llegar de la guerra sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Poco importaba que hubiera encabezado las huestes que se dirigieron al castillo de Ganarew, donde Vortigern estaba escondido, que hubiera dado la orden de asediar sus murallas o que hubiera sido el primero en prenderle fuego a la fortaleza por los cuatro costados hasta constatar que los demonios habían arrastrado a Vortigern hasta lo más profundo del infierno.

Todo su valor desapareció ante la cuna en la que yo me encontraba.

—Una niña…

Mi padre era consciente de lo que la gente decía de su esposa.

A todo ello había que añadir las majaderías que el mensajero le contó respecto a la invisibilidad del castillo.

Aunque nunca le prestaba atención a los murmullos de la plebe, ahora que sabía que yo era una niña, sentía cierta desazón.

¿Heredaría una hembra las peculiaridades de la madre?

—Tiene los ojos del color del mar —dijo tragando saliva.

—La trajo el mar. Como al hada Clíodhna 6 . En la novena ola —informó mi madre sin dejar de sonreír.

—Como al hada Clíodhna…

Mi padre me observó, perturbado. ¿Acaso no sería ese tono de piel nacarado el indicativo de algún tipo de tara?

Había escuchado historias de hombres que enlazaban su estirpe con seres feéricos.

Aquellas criaturas sensuales y misteriosas imponían absurdas condiciones a sus esposos: «No debes verme durante el parto, no debes verme mientras baño a nuestros hijos, no debes verme durante el novilunio»…

A veces, de esas uniones nacían seres deformes.

Mi padre sintió un nuevo estremecimiento.

Lady Igraine también le hizo prometer que jamás la vería desnuda.

Y él lo había respetado. Dormían en alcobas separadas, sus encuentros amorosos se pactaban con días de antelación y se producían a oscuras.

Él palpaba lo justo, temeroso de descubrir alguna monstruosidad en un descuido.

Volvió los ojos hacia mí. ¿Acaso debajo de los echarpes no escondería yo, sangre de su sangre, una cola escamosa? ¿Qué haría él en ese caso?

Con el corazón en un puño, apartó despacio la ropa, dejando expuesta mi piel opalescente en la que se podían distinguir los caminos que trazaban mis venas.

Revisó cada pulgada de mi diminuto cuerpo en busca de anomalías.

Al llegar a la altura del ombligo, tragó saliva; terminó de apartar las mantas y suspiró aliviado.

Recorrió con su índice las dos piernecitas que me alejaban del mito y me asentaban en el mundo real.

Más tranquilo, contó los dedos de mis manos y mis pies, revisó mis uñas y que mi paladar estuviese cerrado.

Colocó su manaza de guerrero en mi pecho para comprobar que el corazón me latía de forma rítmica.

Sonrió satisfecho. Yo era perfecta.

—¡Es perfecta! —exclamó antes de acogerme entre sus brazos.

Tiempo después me contó que nos quedamos mirando un buen rato, en silencio, como si nos estuviéramos reconociendo.

Entonces lo supo: me amaba. Me amaba intensamente, como nunca amó antes a ninguna otra mujer.

Como nunca amaría a nadie en el futuro. Y decidió que pondría todo su empeño en que yo recibiera la educación y el adiestramiento de un duque.

De un primogénito. Yo sería una digna heredera del ducado, una dama que le daría aún más brillo a su estirpe.

Él facilitaría que una mujer de su sangre accediera a todas esas dignidades.

¡Si hasta los cristianos aseguraban que santa Marta domesticó a un dragón! Su hija no iba a ser menos.

—Mi pequeña cazadragones, con ojos del color del mar — endulzó la voz, henchido de orgullo.

—Ya te dije que la trajo el mar —repitió mi madre.

Y aquello determinó mi nombre.

Morgana me llamaron, porque nací del mar 7 .

Y como el mar soy. Tengo el cabello ondulado y oscuro, y la piel salada.

Como sus profundidades en una noche cerrada, soy insondable en la calma e insondable en la tempestad.

El mar es caótico, inexacto, desordenado…

, perfecto. Nadie observa el vaivén de las olas pensando que la menos espumada está defectuosa.

Nadie en la orilla aprecia incómodo su monótono murmullo.

Las personas se sienten atraídas por el mar.

La tierra ancla sus pies, pero al sumergirse en el mar son libres.

En el ir y venir de sus olas encuentran consuelo.

Eso les gusta. Pero también lo temen. Ser libre y responsable de la propia existencia siempre asusta.

Como el mar, soy serena y acogedora. Mezo, susurro, canto, bramo. También soy impetuosa, inquieta e imprevisible. A veces, emotiva y pasional. Otras, enigmática e inquebrantable. Pero nunca falsa.

Nunca falsa.

Si lo hubiese sido…, si hubiese caminado de puntillas en lugar de marchar con el paso firme y la barbilla alta, si hubiese asentido las veces que dije «no» y hubiera pronunciado un «sí» para resguardarme en un rincón tranquilo, si me hubiera mantenido en silencio en lugar de denunciar a gritos traiciones o injusticias, si hubiese bajado los párpados ante quienes merecieron mi mirada de rabia, dolor o ira, si no hubiera ambicionado la gloria y la sabiduría, si hubiera congelado la alegría, apagado la pasión o amado con apatía…

, si no hubiese besado labios prohibidos, ahora mi historia no tendría para vosotros mayor interés.

Mi nombre, con suerte, sería un adorno en las leyendas que narran las gestas de mi hermano y sus nobles caballeros.

Pero no soy falsa.

La vida de cada persona tiene distintas versiones: la real y la que se inventan los otros. Yo, Morgana le Fay, os voy a contar mi versión de la mía.

2 Bédier, J. (2011). La historia de Tristán e Isolda . España: Acantilado.

3 El castillo de Tintagel lo construyó, sirviéndose de magia, el rey Gradlon de Ys, como regalo para su adorada hija.

Pero la princesa Dahut era tan bella como lujuriosa y sembró el reino de vicios, de manera que un providencial diluvio arrastró al pueblo de Ys hasta lo más profundo del océano.

De su antigua grandeza solo quedó el castillo de Tintagel, que navegaba entre el mundo real y el de las hadas.

Se decía que la hermosa Dahut tuvo descendencia y que dejó la costa de Tintagel infestada de sirenas.

4 Gwyneth estaba en lo cierto, aunque desconocía la circunstancia última por la que el castillo de Tintagel encogía.

Los incautos que no examinan con cuidado el terreno en el que prevén edificar sus edificios se arriesgan a hacerlo en territorio de hadas.

Si estas ven invadido su espacio pueden tomar medidas drásticas, que incluyen el traslado o destrucción del edificio en cuestión, sin importarles que se trate de una casa particular, una iglesia o un castillo.

Se conoce el caso de una familia de Hibernia cuyo granero se adentraba en uno de los senderos que las hadas utilizaban para acudir a sus danzas nocturnas.

De madrugada, la casa parecía cobrar vida.

Se oían extraños ruidos, como de arañazos en las puertas o de rechinar de dientes.

Las paredes temblaban y el fuego de la chimenea oscilaba.

Los extraños fenómenos no cesaron hasta que la familia demolió el irrespetuoso granero.

Por fortuna para el duque, el castillo de Tintagel se encontraba en un camino que los seres feéricos solo utilizaban durante los solsticios de verano y de invierno, de manera que se limitaban a encoger el edificio esos días, para que no interfiriese en sus idas y venidas.

5 En Litha, el sol alcanza su cenit en el firmamento. Es el día más largo del año. El cristianismo lo renombró como «la noche de San Juan».

6 Figura femenina de la mitología celta.

Se la describe de gran belleza. Reina de la Tierra Prometida, diosa del mar, patrona del condado de Cork.

Podemos encontrarnos con ella en la costa, pues se presenta en cada novena ola que rompe en la orilla.

Dispone de tres pájaros mágicos, capaces de curar a los enfermos con su canto y cuya alimentación se basa en manzanas de un árbol que no es de este mundo.

Se cree que ella misma puede convertirse en ave marina.

7 La etimología del nombre de Morgana se debate desde hace siglos.

La teoría más extendida considera que procede del galés morcant o morgan, que significaría ‘ nacido del mar’.

También podría partir de la expresión latina mori-gena , es decir, ‘nacida del mar’.

El folklore bretón refuerza esa idea de ninfa acuática (Geoffrey de Monmouth la llama nympha ) al hablar de unas sirenas conocidas como morgan o mari morgan .

Un manuscrito del siglo ix señala que se trata de una antigua palabra bretona: mormoroin , ‘sirena’.

Tras una discusión acerca de las diversas etimologías que habrían dado lugar al nombre de Morgana, Christian Guyonvarc’h y Françoise Le Roux propusieron una solución filológica al indicar que estaría formado por mor , ‘grande’, y rigain , ‘la reina’.

Morgana sería, por tanto, ‘la gran reina’.