1. Nacida del mar #2
El mensajero asintió orgulloso, masticando un pedazo de pan que acababa de meterse en la boca.
—Desembarcaron en Totnes hace quince días —aclaró, después de tragar con dificultad. Le dio un buche a la jarra de cerveza y continuó hablando—: Sus aliados acudieron de todos los rincones para recibirlos y rendirles homenaje. Las altas jerarquías del clero ungieron rey a Aurelio.
—¿Y qué hemos de esperar? —preguntó el tabernero—. He vivido lo suficiente como para ver nuestras ciudades enfrentadas, a nuestras gentes matándose sin piedad, a los bárbaros sembrando el caos…
—Pero todo eso va a cambiar —interrumpió el mensajero con jactancia—.
Aurelio y Úter ya tienen edad de colgarse una espada en la cintura y el rey Budico les ha enseñado a luchar.
Echaron sus barcos al mar y los encomendaron al viento, que con sabiduría los trajo hasta aquí, hasta su destino.
Han regresado de Armórica para quedarse.
—¿Solo dos hombres contra un ejército de salvajes? —intervino en la conversación uno de los parroquianos, que estaba sentado en la mesa de al lado.
—Están reuniendo a todos los britanos que estén dispuestos para la lucha. No van a permitir que esos viles sajones devasten el reino de su padre. Vienen a auxiliar a sus compatriotas.
—¿Y qué pasa con el felón de Vortigern? —preguntó Gwyneth.
—¡Calla, criatura! A ti no te ha dado nadie vela en este entierro —la reprendió el tabernero.
El mensajero se puso de pie de un brinco, cogió el cuchillo de la mesa y, con actitud de espadachín, comenzó a hablar, sin apartar los ojos de la joven.
—Cuando el rey Aurelio Ambrosio tomó posesión de la corona dijo —carraspeó un par de veces e impostó la voz para dar solemnidad a sus palabras—: «Vortigern traicionó a Constantino, mi padre.
Convenció a mi hermano Constante para abandonar el monasterio en el que servía a Dios para imponerle la dignidad real solo con la intención de manipularlo a su antojo y asesinarlo cuando no le servía.
Se hizo con la corona y trajo a la isla de Britania a sucios paganos que le ayudaron a derrotar a mis leales.
Ese pueblo impío se mezcló con nuestras gentes y exterminó a nuestra nobleza, destruyó nuestros templos sagrados, arrasó nuestras tierras…
Vortigern es el primero que debe pagar por sus miserias.
Y solo tras ello, compatriotas, volveremos las armas contra los bárbaros que nos amenazan y arrancaremos nuestro país de sus sucias garras».
Aplausos y vítores inundaron la taberna: «¡¡Bravo!! ¡¡Bravo!!». El mensajero hizo varias reverencias, girándose en todas direcciones, y volvió a sentarse, dispuesto a seguir dando cuenta de su cena.
—¿Y cómo van a librarse de Vortigern? —preguntó de nuevo la muchacha, interrumpiendo el alboroto.
—Por todos los santos, Gwyneth… —protestó el tabernero—. Disculpadla, señor. Me ha salido insolente y preguntona. Y, para colmo, tiene la cabeza llena de pájaros.
—Vortigern está escondido en el castillo de Ganarew — respondió el mensajero, dirigiéndose una vez más a ella—. Hacia allá se encaminan ahora mismo. Por eso es urgente que avise al duque para que se reúna con ellos. Todos los hombres serán pocos para enfrentar esta lucha.
—El castillo de Tintagel tardará dos días en volver a hacerse visible —respondió Gwyneth, casi en un susurro, encogiéndose de hombros.
—Ponle otra cerveza al señor. Nadie quiere escuchar tus tonterías —la interrumpió el tabernero.
Ella agachó la cabeza, apartando la mirada.
—Yo sí quiero escucharte —le susurró el mensajero sin que nadie se diera cuenta cuando ella se acercó para recoger el vaso vacío.
Esa noche, Gwyneth esperó a que todas las luces de la taberna sehubieran apagado para colarse en el cuarto del mensajero.
Se deslizó en su cama y supo cómo agradecerle las pocas palabras amables que había recibido en los últimos meses.
Es posible que fuesen las únicas que le habían dedicado en toda su vida.
Se amaron con prisa, para apagar la sed, y luego despacio, para saborearse.
Al terminar, se quedaron abrazados, acariciándose.
—Era verdad que quería escucharte —dijo él, rompiendo el silencio—. Cuéntame lo que sepas del castillo de Tintagel.
—Nadie se atreve a pronunciar en voz alta lo que pasa allí.
—Pues dímelo al oído.
—¡No te burles de mí! —protestó ella incorporándose, frunciendo el ceño de forma infantil y haciendo ademán de buscar su ropa, aunque sin mucha determinación.
—No lo hago. De verdad. —La sujetó por el brazo y la atrajo de nuevo hacia él—. Cuéntamelo.
Gwyneth sonrió y volvió a posar la oreja en el pecho del mensajero. En realidad no quería marcharse, así que se alegraba de que se lo hubiera impedido.
—El castillo está encantado desde que el duque se casó con lady Igraine —dijo como si tal cosa, mientras trazaba círculos con la yema del dedo índice en torno al pezón del mensajero—. Lady Igraine es un ser extraño.
—¿Un ser extraño?
La joven se encogió de hombros y pareció dudar. Pronunció un par de frases un tanto deslavazadas, por lo que el mensajero dedujo que la rareza de mi madre consistía en ser una duquesa hermosa que nunca se había tenido que enfrentar al trance de batir su propia mantequilla.
—Lady Igraine es una sirena 3 —comentó al percibir que la atención de su interlocutor decaía.
—¿Una sirena? ¿Quieres decir que cintura para abajo, en lugar de piernas, tiene cola de pez?
—¡Claro que no! —indicó con rapidez. Pero acto seguido pareció dudar—.
O… no sé… Quizás sí. Casi seguro que sí.
Nadie sabe en realidad de dónde ha salido lady Igraine.
Apareció de la nada. Desde que ella vive en el castillo ocurren cosasque no se pueden explicar.
El lechero, Richard —aclaró—, que ha estado dentro, dice que, una vez allí, cuando cruzas una puerta pensando que al otro lado está, por ejemplo, la cocina, de súbito te encuentras en medio de un páramo.
O que abres otra, porque quieres ir al establo, y acabas al fondo de la cueva que hay en la playa, empapado de agua salada, sin tener ni la menor idea de cómo has llegado hasta allí.
Y yo le creo. Le creo de verdad, porque Richard no es lo bastante listo como para inventarse esas cosas.
—Gwyneth aguardó unos segundos a que el mensajero manifestara alguna señal de estupor, fascinación o extrañeza.
En su ausencia, consideró adecuado seguir añadiendo ingredientes prodigiosos a su narración—.
Y… y… hay espíritus. Y se oyen voces… y como pasos de piececillos por los corredores. Y…
—Sí que es raro —la interrumpió él, sin dejar de acariciarla—. Aunque lo que de verdad me parece increíble es que un castillo desaparezca sin más.
—Es que no desaparece.
—Ah… ¿no?
Gwyneth negó con gravedad antes de añadir:
—El castillo sigue ahí, lo que pasa es que se encoge hasta quedar como una bellota. 4 —Hizo el gesto de sostener el fruto invisible con los dedos índice y pulgar, para dejar claro el minúsculo tamaño que alcanzaba—. No puede verse porque los ranúnculos son más altos.
—¿El castillo está oculto entre los ranúnculos?
—O entre la dedalera, si es verano —puntualizó Gwyneth.
—Pues tendré que ir allí y empezar a arrancar hierbajos para encontrar al duque, porque el asunto es urgente.
—Ya te dije que el castillo volverá a verse dentro de dos días. Pero debes tener cuidado cuando entres. Lady Igraine podría convertirte en puerco.
—¿Por qué en puerco?
—O en queso.
—¿No tendrás hambre por casualidad? —se carcajeó el mensajero.
—O en un tronco seco para lanzarte al fuego y así hacerte desaparecer. —Gwyneth parecía preocupada de verdad. Se incorporó y le miró fijamente a los ojos—. En serio. Debes tener cuidado.
—Lo tendré —prometió el mensajero.
Dos días después, tal y como Gwyneth había predicho, el castillo surgió sobre el acantilado en todo su esplendor, y el mensajero pudo entregar su comunicado.
Mi padre tardó una semana más en convocar a sus hombres para la guerra.
Al despedirse de mi madre, ella le informó que habían pasado tres lunas desde su última sangre menstrual.
Él la observó, esperanzado. Llevaba mucho tiempo anhelando ese milagro esquivo.
Mi padre deseaba más que nada en el mundo un heredero, una criatura que llevase su nombre a la que poder legar el ducado de Tintagel.
Había visto a otras mujeres palidecer y enfermar en las mañanas, haciendo ascos a las comidas.
Sus pechos crecían, perdían la cintura y sus vientres se engrosaban.
Pero mi madre no mostraba ninguno de aquellos síntomas. Seguía igual de serena y etérea.
—Eso quiere decir que… ¿vamos a tener un hijo? —musitó aún sin creerlo.
—Quizás sea una niña.
Mientras mi padre estuvo luchando, la vida en el castillo continuó adelante sin mayor sobresalto.
Mi madre decía que el embarazo le daba sueño y se volvió perezosa; se levantaba a media mañana.
Ni el canto del gallo, ni las campanas de la capilla, ni el martilleo del herrero en el yunque variaron esa rutina.
Cuando se despertaba, una de las damas le llevaba a la cama pan de centeno, queso y leche.
Ella masticaba despacio, sonriente, dejando que le cepillaran el cabello una y mil veces mientras escuchaba sus chismorreos y reía.
Ya vestida, si hacía buen día, salían a pasear por el jardín para que le diera el sol y luego regresaban para seguir componiendo el ajuar que acogería mi llegada.
Pero el tiempo pasaba. Hacía más de un mes que en la huerta de Tintagel habían florecido los manzanos y no se percibía en mi madre señal alguna de que estuviera en cinta.
Su cuerpo era igual de breve y espigado que el día de su boda, de modo que pronto surgieron rumores de que su embarazo podía ser una más de sus ensoñaciones.