Morgana 1. Nacida del mar
1%
Morgana

Morgana

Por Nerea Riesco

© inepub.com

1. Nacida del mar

Tristán e Isolda Joseph Bédier

Llegué al mundo uno de esos días en los que el castillo de mi padre se torna invisible.

Habréis escuchado hablar de ello en los versos y canciones que los bardos lanzan al viento, pero, aunque no podáis creerlo, quienes habitaban dentro de los límites de la fortificación desconocían aquella singularidad.

Todos, incluidos los animales, desaparecían junto a la fortaleza, sin que sus cuerpos o sus mentes sufrieran daño alguno.

Podían verse y tocarse entre ellos, de manera que seguían con sus vidas como si tal cosa, ajenos a la magia que los envolvía y de la que formaban parte.

Y se hubieran mantenido ignorantes de no ser por el mensajero que Aurelio Ambrosio y Úter, los hijos del antiguo rey Constantino, enviaron para solicitar la ayuda de mi padre.

Los jóvenes caballeros desembarcaron en la isla unas semanas antes para enfrentarse al usurpador Vortigern, dispuestos a recuperar el reino que por derecho les pertenecía.

Para una empresa de semejante magnitud necesitaban todos los brazos armados que pudieran movilizar.

Al mensajero le indicaron que encontraría el castillo del duque Gorlois de Cornualles caminando hacia poniente, dejando el mar a su izquierda.

Pero al aproximarse al lugar en el que la fortaleza debía surgir majestuosa sobre la roca, el hombre, asomado al acantilado, tan solo intuyó su perfil difuso; sinuoso, titilante, similar a como se ve el mundo cuando estás al borde del llanto.

Según iba acercándose, el castillo perdía presencia.

Se diluía acuoso, dejando traslucir lo que quedaba tras él, hasta que terminó por desaparecer en su totalidad.

Ni la fortificación de piedra y madera, ni las cabañas de los campesinos y los artesanos, ni las huertas, ni los establos, nilos jardines…

nada. No quedó nada. Ni siquiera el poderoso muro que en el pasado levantaron los gigantes para defender el puerto.

La fortaleza al completo había desaparecido.

El mensajero, contrariado, observó el fenómeno y chascó la lengua.

Antes de partir le advirtieron que Tintagel rozaba el fin del mundo, que se trataba de un lugar prodigioso en el que cualquier extravagancia era posible.

La eventualidad de su desaparición resultaba de lo más inconveniente (habéis de saber que el mensajero era un hombre meticuloso al que sacaba de quicio el disloque de sus planes), más aún cuando estaba en juego el futuro de Britania.

Al morir el rey Constantino, los nobles se enzarzaron en agrias discusiones sobre la disyuntiva que suponía su sucesión.

Por una parte estaba el mayor de sus hijos: Constante, que había consagrado su vida a la religión y ejercía como monje de la iglesia de Anfíbalo, en Güintonia.

Por otra, los dos hijos menores, Aurelio Ambrosio y Úter, que aún dormían en cunas y que, en lugar de hablar, balbuceaban palabrejas babosas.

Estando así las cosas, ninguno de los tres se encontraba en disposición de ostentar la dignidad real.

Fue entonces cuando Vortigern, el jefe de los gewiseos, se adelantó a todos y marchó en busca del primogénito.

Le convenció de que debía abandonar los hábitos y hacerse cargo del reino.

Acalló sus titubeos asegurándole que él le acompañaría, le aconsejaría, le serviría de apoyo y alivio, de manera que Constante aceptó la propuesta y depositó en él toda su confianza.

El día en que el nuevo rey amaneció con el cuerpo cosido a puñaladas, se corrió la voz de que el asesino pertenecía al pueblo de los pictos, pero que en realidad su mano estaba guiada por el propio Vortigern.

Los regicidios no eran desconocidos en Britania, aunque servirse de semejante triquiñuela se consideraba recurso de intrigantes, impropio de hombres de honor.

Incluso para ser asesino había que guiarse por unas normas de comportamiento morales.

Pero no dio tiempo de valorar su integridad.

Vortigern era un hombre ambicioso y predispuesto a la traición.

Le importaban poco las críticas y pronto se colocó sobre la cabeza la diadema real.

Los leales a la sangre de Constantino se levantaron en armas y Vortigern condujo sus tropas por las ciudades, aniquilando a todo aquel que no accediera a someterse, incluidos mujeres, niños y ancianos.

Estaba dispuesto a masacrar a su pueblo a cambio de conseguir sus objetivos.

Los mejores soldados fueron asesinados y, pese a ello, Vortigern no encontraba un momento de paz.

Era incapaz de frenar la rebeldía que burbujeaba.

En cada región se escondía un enemigo al acecho y ya no sabía en quién confiar.

Hizo llamar a hombres de tierras lejanas para que le ayudasen en su campaña.

Unos cuantos llegaron dispuestos a poner sus armas al servicio de Vortigern, entre ellos los sajones, con Hengist a la cabeza.

Le sirvieron con tanta eficacia que se ganaron su confianza, hasta tal punto que acabaron tomándole bajo su control.

Convirtieron a Vortigern en su marioneta.

Los ayos de Aurelio Ambrosio y Úter, temiendo que los niños corrieran la misma suerte que su hermano mayor, solicitaron ayuda al rey Budicio, que los aceptó en su corte.

Pusieron el mar de por medio, rumbo a la Britania Menor.

Pero de eso hacía mucho tiempo, y ya se sabe que el tiempo redefine los inconvenientes.

Aurelio Ambrosio y Úter ya eran dos hombres y llevaban años reuniendo una importante flota con la que regresar para vengar a su hermano y reconquistar el reino de Britania.

El mensajero tenía orden de entregarle a mi padre la convocatoria para unirse a la lucha.

Que el castillo de Tintagel se esfumase delante de sus ojos suponía un verdadero fastidio.

El sol amenazaba con sumergirse en el mar.

Los días eran cortos ypronto oscurecería.

El viento agitaba las ramas de los árbolesy la niebla comenzaba a descender, tiñendo el mundo de gris.

El hombre llegó a la conclusión de que debía desandar el camino y descender la colina, en dirección a la última aldea que había dejado tras de sí, en busca de un lugar en el que pasar la noche.

La alcanzó cuando comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia.

La aldea estaba compuesta de un grupo de casitas iguales las unas a las otras, hechas con madera de roble y techo de paja, junto a lo que parecían graneros o establos.

Rodeaban una pequeña iglesia de piedra que, con el tiempo, había acabado forrada de musgo.

Al sur se intuía un sendero ascendente. Sobre la leve loma, una construcción más grande de lo habitual, con un cobertizo adosado, despedía el olor áspero de la fermentación de levadura de cebada.

Allí sin duda elaboraban cerveza, lo que parecía indicar que se trataba de una taberna.

Con suerte tendrían espacio para acoger a un viajero y su montura.

Desde fuera, el mensajero escuchó un clamor de voces y risas, pero al atravesar la puerta se hizo el silencio.

El interior estaba oscuro y el ambiente era denso.

De las vigas pendían cuatro faroles con los cristales velados por el humo.

Había mesas, sillas, banquetas y arcones situados en torno a un cuadrado depiedras que acogía el fuego.

Sobre él, un armazón de hierrode forma piramidal sujetaba un puchero en el que borboteaba un estofado de cerdo, cebolla y zanahorias.

Desprendía un delicioso aroma. Las tripas del mensajero rugieron, haciéndole consciente en ese mismo momento del hambre que tenía.

Los aldeanos giraron sus cabezas y fijaron sus ojos en él. No parecían muy hospitalarios.

—Buenas noches —saludó el mensajero, mostrándoles su mejor sonrisa.

Un hombre de espaldas anchas se le acercó, secándose las manos en un mandil.

—¿Qué queréis? ¿Qué andáis buscando a estas horas por aquí? —le preguntó con gesto ceñudo.

Y es que no eran los mejores tiempos para acoger a desconocidos.

—Busco hospedaje para mí y acomodo para mi yegua — respondió él con el tono sosegado que usaría para hablar con un perro que le enseñara los dientes—. Traigo un mensaje para el duque Gorlois de Cornualles, pero el castillo…

El mensajero vaciló durante dos segundos que se hicieron eternos.

—El castillo… —repitió el tabernero con mirada suspicaz.

¿Cómo terminar la frase? ¿Acaso pensaba decir que el castillo había desaparecido delante de sus ojos? No quería que lo tomaran por loco.

—El castillo… pues… pues… que se me ha hecho tarde —zanjó sonriente—. No lo alcancé de día.

El tabernero hizo un repaso a cada rincón de su anatomía en silencio. Debió concluir que era inofensivo, porque aspiró el aire de forma ruidosa y se encogió de hombros.

—No vemos forasteros muy a menudo por aquí. Sentaos — le indicó señalando una mesa vacía—. ¡Gwyneth! ¡Gwyneth! ¿Dónde estás, calamidad? Pon comida en esta mesa.

Una joven de ojos tristes se le acercó con una bandeja en la que llevaba pan de centeno, mantequilla, tarta de moras, una escudilla de estofado caliente y una jarra de cerveza.

El mensajero la observó con atención, pero ella, a pesar de encontrarse allí en cuerpo, parecía tener el alma en otro lugar.

En uno muy muy lejano. O quizás más allá.

—Gracias —le susurró él cuando la tuvo cerca.

Ella le lanzó una mirada esquiva y se dio la vuelta, alejándose sin responder.

—¿Permitís que os pregunte qué clase de mensaje le traéis al duque? —El tabernero le frenó los pensamientos, que se le habían quedado enredados en el vuelo de la falda de Gwyneth.

—Vengo en nombre de los hermanos Aurelio Ambrosio y Úter.

Un murmullo inundó la taberna y la muchacha, que en esos momentos se afanaba en darle vueltas al estofado, pareció volver en sí.

—¿Los hijos del rey Constantino? —preguntó con los ojos muy abiertos. Su voz sonó desafinada, porque la pobre Gwyneth le daba poco uso.