Capítulo 8
Aurelia cepilló a Sassy y pasó tiempo con ella, haciéndole saber que no iba a hacerle daño.
Cuando salió del box, Sassy relinchó como si le diera las gracias por su paciencia y comprensión.
Aurelia le llevaría una golosina a la yegua al día siguiente y pasaría más tiempo con ella, hasta que se acostumbrara a su nueva vida.
Si es que Aurelia se quedaba tanto tiempo.
No había pasado ni un día desde que había llegado al rancho de rehabilitación Brighter Days, pero sentía como si hubiera sido mucho más.
Tenía el cuerpo cansado, aunque la mente le iba a toda velocidad, calculando el número de días que le quedaban para cumplir el requisito del matrimonio y el bebé antes de su trigésimo cumpleaños.
No tenía ninguna garantía de quedarse embarazada al primer intento; aunque convenciera a Gavin para que se casara con ella en las dos semanas siguientes, apenas le quedaba tiempo después para concebir un bebé.
De repente, el estrecho margen de maniobra con el que contaba le pareció imposible y abrumador.
Y si no se quedaba embarazada en el plazo que necesitaba y el gobierno de su país caía en manos de su odioso primo segundo Rupert, ¿entonces qué? Para entonces podría estar casada con Gavin de todos modos.
La idea de dejar atrás su país y forjarse un futuro en Montana con Gavin tenía un gran atractivo.
Sería simplemente Aurelia Blackstock, la esposa de un héroe de guerra.
Aprendería a compartir las responsabilidades de la cocina, ayudaría a construir una casa y criaría a sus hijos con un buen hombre que merecía algo mucho mejor que ser engañado para casarse y servir de semental para salvar un país.
Mientras había estado en el box con Sassy, Aurelia había notado la presencia de Gavin, pendiente de ella por si la yegua volvía a asustarse. Echó paja limpia con la pala en el box de al lado del de Sassy y apiló balas de heno para facilitar la alimentación al día siguiente.
Cuando Aurelia salió, Gavin estaba allí.
—Supongo que estarás cansada después de viajar todo el día.
Ella asintió.
—Lo estoy —Aurelia abrió la boca, con ganas de confesarlo todo.
Él le cogió la mano y se la apretó suavemente mientras caminaban hacia la imponente casa del rancho.
—Quiero disculparme por mi comportamiento de antes. No debería haberte acusado de querer hacer daño a la gente de aquí, de Brighter Days. Debería haber confiado en ti.
A ella se le encogió el corazón. La culpa le apretó el nudo que sentía en el estómago.
—Gavin, deberías saber…
Él le puso un dedo en los labios.
—Lo que sé hasta ahora es que eres increíble y valiente. No todas las mujeres se acercarían a un caballo asustado que pesa fácilmente veinte veces más que tú. Podrías haber muerto aplastada.
Ella se rio.
—Lo que me hace parecer una idiota por intentarlo.
—No, seguiste tu instinto. Y tu instinto te dijo que el caballo necesitaba el beneficio de la duda, un cuidado delicado y una mano paciente —le quitó una brizna de paja del pelo—. Tú le diste eso. Yo no debería darte menos.
—Tienes derecho a sospechar —empezó Aurelia—. No sabes nada de mí.
—Sé lo que me dice mi instinto —la atrajo hacia él, mientras la oscuridad se cernía sobre ellos.
—Oye, ¿vais a ver las noticias esta noche? —Lori pasó a toda prisa junto a ellos con su cojera desgarbada.
—En un minuto vamos —Gavin intentó atraer de nuevo a Aurelia hacia él.
—La televisión del barracón no funciona —dijo Franklin a sus espaldas. Él y Vasquez pasaron a toda prisa, empujando la carretilla que contenía a Young.
—Vamos a hacer palomitas, ver las noticias y luego poner una película. ¿Queréis uniros? —dijo Young, agarrado a los bordes de la carretilla.
Gavin se apartó de Aurelia.
—Supongo que sí.
Collin siguió a los más jóvenes.
Percy iba el último.
—Mejor que lo dejéis. En un sitio como este no hay intimidad.
—No te falta razón —masculló Gavin. Se inclinó hacia Aurelia—. Hablamos mañana. Conozco un sitio donde no nos molestarán.
Aurelia asintió. Entonces podría contárselo todo. Su vida en Lastovia, la necesidad de casarse y tener un heredero. Por qué había venido realmente a Montana. Entonces tendría razón para sospechar y pedirle que se marchara.
Cogida de la mano de Gavin, Aurelia se dirigió a la casa. No quería que aquello terminara. No cuando acababa de empezar a conocer a ese hombre. Y le gustaba. Mucho.
Dentro, el crepitar de las palomitas al explotar en el microondas y el sonido de las risas resonaban en el interior. El cálido aroma a mantequilla impregnaba el aire.
Gavin y Aurelia atravesaron la cocina hasta el salón, donde todos se habían reunido alrededor de la televisión.
—¿Quieres una cerveza? —Percy le tendió un botellín a Aurelia.
No había probado una cerveza desde que asistió a un festival en su segundo año de universidad con Lilianna y otras chicas de su residencia. Aurelia asintió.
—Por favor —le cogió el botellín a Percy y se lo bebió. Un líquido frío le recorrió la garganta y la refrescó por dentro—. Mmm, qué buena.
Percy le dio a Gavin la que tenía en la otra mano.
—Puedo cogerla yo —dijo Gavin.
—¿Para qué, si puedes tener esta? —Percy le puso la cerveza en la mano—. ¿Alguien más quiere una cerveza con las palomitas?
Franklin y Young levantaron la mano.
—Yo quiero una —dijo Taz desde su asiento en un gran sillón de cuero con Hannah sentada en su regazo.
—¿Y tú, Hannah? —preguntó Percy.
—Paso —levantó un vaso—. Me quedo con la limonada.
—¿Alguna razón para que te quedes con la limonada? —Percy entrecerró los ojos—. ¿Algo que quieras compartir con el resto?
Los ojos de Hannah se abrieron de par en par con inocencia.
—No.
—Venga ya, díselo —Taz le acarició el cuello con la nariz.
—Vale —dijo ella—. Se me ha retrasado la regla —levantó la mano—. Ya sé, demasiada información, pero puede que esté embarazada. No lo sabré hasta que consigamos uno de esos test de embarazo caseros.
—¿Qué? —estalló Lori—. ¿No lo sabes y no vas corriendo a Eagle Rock a buscar un test? ¿Estás loca? —saltó de su asiento en el sofá, entre Young y Vasquez—. Ya voy yo.
—Siéntate —Hannah sonrió y le hizo un gesto a Lori—. Puede esperar a mañana. Además, estoy bastante segura de que lo estoy —miró la cerveza que Percy le entregó a Taz—. Incluso pensar en cerveza me da ganas de vomitar —se tapó la boca—. Y se me han retrasado dos reglas, no solo una.
—Por Dios bendito, mujer —Lori se dejó caer en el sofá—. Yo estaría hecha un manojo de nervios.
—¿Por qué? —preguntó Hannah—. O lo estoy o no lo estoy —le cogió las mejillas a Taz entre las palmas y le dio un beso rotundo en los labios—. En cualquier caso, nos casamos —levantó la mano, mostrando el anillo de diamantes en su dedo anular izquierdo.
Lori se levantó de nuevo del sofá y corrió a abrazar a Hannah.
Siguieron felicitaciones, abrazos y apretones de manos, y pasaron varios minutos antes de que la habitación se calmara.
Aurelia abrazó a Hannah.
—Me alegro mucho por ti y por Taz. Parecéis tan felices juntos.
—Gracias. Lo somos. No me imagino qué haremos con un pequeño corriendo por aquí. Estamos todos tan ocupados con los animales y los huéspedes.
—Franklin y yo ayudaremos a cuidarlo —dijo Vasquez.
—Habla por ti —dijo Franklin—. ¿Qué sabemos nosotros de bebés?
—Yo ayudé a criar a mi hermana pequeña. No tiene mucho misterio. Les das de comer y les cambias los pañales. Son máquinas de comer y cagar durante el primer año de su vida —Vasquez le guiñó un ojo a Hannah—. Ayudaremos. Le enseñaré a Franklin cómo va la cosa.
Gavin abrazó a Hannah.
—Estás radiante, mujer —le sonrió, abrazándola más tiempo que los demás.
Aurelia pudo ver el vínculo especial entre Gavin y Hannah. No un vínculo de amantes, sino de amigos muy cercanos, que eran como hermanos.
Le dolió el corazón al recordar el vínculo que había compartido con su hermano William. Echaba tanto de menos a sus padres que era como una herida abierta en el corazón.
—Nunca he sido más feliz —Hannah se enderezó y alargó la mano para coger la de Taz—. Ahora, si ya habéis terminado, vamos a ver las noticias para poder empezar con la película —Hannah volvió a acomodarse en el regazo de su prometido y ajustó el volumen con el mando a distancia.
Empezaron las noticias, con información sobre un rodeo local que iba a celebrarse en Bozeman y el estado de la bolsa después de que uno de los principales fabricantes de automóviles anunciara un despido masivo.
—Y en las noticias internacionales —dijo la presentadora—, el pequeño país europeo de Lastovia está sumido en el caos.
Aurelia se tensó.
—¿Alguien necesita otra cerveza? —gritó, con la voz forzada.
—Yo quiero una —dijo Cookie.
Aurelia se dio la vuelta y se dirigió a la cocina mientras la presentadora continuaba.
—La princesa Olivia, la siguiente en la línea de sucesión al trono, ha desaparecido —echó un vistazo por encima del hombro a la pantalla y se encogió.
Un vídeo de ella saludando a dignatarios extranjeros a las afueras del gran palacio de Lastovia apareció en el monitor.
Rezó para que la imagen fuera demasiado pequeña y borrosa para que el grupo reunido frente al televisor la reconociera.
—Se ha puesto en marcha una búsqueda a nivel mundial para localizar a la princesa desaparecida —dijo la reportera—.
El gobierno de Lastovia ofrece una recompensa de doscientos cincuenta mil dólares por información sobre su paradero.
Se sospecha de un acto criminal. Se cree que la princesa ha sido secuestrada.
—A mí me gustaría cobrar esa recompensa —dijo Young.
—¿Qué harías con tanto dinero? —preguntó Franklin.
—Comprarme un coche —dijo Young.
Aurelia dejó al grupo viendo la televisión y se refugió en la cocina, donde encontró la cerveza en la nevera. Cuando regresó al salón, la presentadora había pasado a una noticia sobre el problema de los sintecho en Seattle y luego dio paso a la publicidad.
Respirando aliviada, Aurelia le dio la cerveza a Cookie.
—Gracias —le quitó la chapa a la botella y se la empinó.