Capítulo 7
Gavin entró corriendo en el establo, con el corazón desbocado y la mirada recorriendo el interior tenuemente iluminado.
Unos fuertes golpes y el relincho frenético de un caballo sonaron desde la esquina del fondo a la derecha.
—Tenemos que sacarlo de ahí —tiró Franklin de la puerta del box—. No consigo abrirla.
—¿Sacar a quién? —inquirió Gavin mientras corría hacia el joven.
—Vasquez ha entrado a coger el cubo del pienso y Sassy se ha vuelto loca de remate.
Gavin corrió hacia la puerta del box. —Aparta.
—Tienes que sacarlo de ahí —dijo Franklin mientras retrocedía.
Gavin tiró de la palanca deslizante, pero no se movía.
Un quejido sonó al otro lado de la puerta, lo que espoleó a Gavin a intentarlo con más fuerza. Empujó el panel de madera y tiró de la palanca al mismo tiempo. Se movió un par de centímetros. Volvió a empujar la puerta del box con más ímpetu.
La palanca de metal se soltó y la puerta se abrió.
La yegua torda, con los ojos en blanco, se abalanzó por la abertura y tiró a Gavin al suelo.
Rodó hacia un lado y se apoyó en el pie bueno para levantarse.
Dentro del box, Vasquez estaba acurrucado hecho un ovillo en un rincón, con el cubo del pienso delante. Tenía un corte en la frente y miraba a Gavin. —Ya era hora de que aparecieras —dijo con voz temblorosa.
Gavin se inclinó sobre el joven. —¿Dónde te has hecho daño?
—Se ha encabritado y me ha dado en la cabeza. Me he caído, pero he conseguido llegar a la esquina antes de que empezara a patear el box como una descosida. Esa yegua está loca.
Gavin le tendió una mano a Vasquez. —Cógeme la mano si te ves con fuerzas para ponerte de pie.
Vasquez tomó la mano de Gavin y dejó que lo ayudara a levantarse. Se tambaleó, pero consiguió mantenerse erguido.
—Deberíamos llevarte a un médico. Podrías tener una conmoción cerebral.
—Señorita George, no se acerque a esa yegua. Está asustada —gritó Franklin desde el otro lado del box.
—Mierda —soltó Gavin la mano de Vasquez y corrió hacia la puerta del box.
Al otro lado del establo, Aurelia se acercaba lentamente a Sassy, hablándole en un tono lento y uniforme. Extendió la mano, con la palma hacia arriba, sin dejar de hablar con su cantinela.
—Eres una belleza, señorita Sassy. Un animal encantador y magnífico con fuego en el alma y determinación en el corazón.
Alguien te hizo daño, te asustó. Pero yo no te haré daño.
Seré tu amiga. Te cepillaré y te traeré golosinas.
¿Te gustan las zanahorias o las manzanas?
Seguro que puedo conseguirte algunas. ¿Te gustaría?
Nadie volverá a pegarte con el látigo. Esta gente solo quiere ayudarte y hacer tu vida mucho mejor.
—Mientras hablaba, se acercó más al animal.
Sassy tenía los ojos muy abiertos, se le veía el blanco del miedo. Retrocedió danzando hasta que sus cuartos traseros chocaron contra la pared. Pero no se encabritó ni coceó. En lugar de eso, pateó el suelo delante de ella y relinchó nerviosa.
—No voy a hacerte daño —dijo Aurelia. Se colocó tan cerca que, si la yegua decidía encabritarse, la pisotearía en un segundo.
A Gavin se le cortó la respiración.
—Esa yegua la va a matar —dijo Young al situarse junto a Franklin—. Haz algo.
—No podemos. Aurelia está demasiado cerca. Si nos movemos —susurró Gavin—, podríamos asustar a Sassy y hacer que ataque.
—No podemos quedarnos aquí parados sin hacer nada… —dijo Franklin en voz baja y dio un paso adelante.
Gavin lo agarró del hombro y lo mantuvo en su sitio. —Sí podemos, si no queremos que Aurelia salga herida.
Deseando poder hacer más, Gavin se mantuvo al margen y dejó que Aurelia hiciera su magia, rezando para que la yegua no la viera como una amenaza y la pisoteara hasta matarla.
—Dulce Sassy, eres una criatura muy incomprendida.
Todo lo que quieres es correr libre y danzar en el viento.
¿No es lo que queremos todos? Ven conmigo.
Te prometo que te daré golosinas y te rascaré detrás de las orejas.
Tú y yo seremos grandes amigas. Ya lo verás.
—Aurelia extendió la mano hacia la cabezada de la yegua.
Gavin se inclinó hacia delante, listo para correr al lado de Aurelia, pero no fue necesario.
Sassy sacudió la cabeza, pero no se resistió a que Aurelia le sujetara la cabezada. Tras varias sacudidas más, la yegua se calmó y dejó que la mujer le frotara la mano sobre su hocico de suave terciopelo.
—No eres tan mala cuando te tratan como la dama que eres —murmuró Aurelia—. Solo necesitas un poco de cariño. Y yo te daré todo el que necesites. Sí, mi vida. Aquí te querrán y te cuidarán.
Aurelia sujetó la cabezada y le pasó la mano por la mandíbula de la yegua hasta rascarle detrás de las orejas.
—No me lo puedo creer —dijo Vasquez—. Tiene a la yegua hipnotizada.
—Conmigo también lo está haciendo bien —dijo Young—. Conseguiría que comiera de su mano.
Gavin se acercó a Aurelia y Sassy. A medida que se aproximaba, Sassy levantó la cabeza de golpe, poniendo los ojos en blanco.
—No te acerques más —advirtió Aurelia en voz baja—. La tengo controlada. Creo que le asustan los hombres.
—Eso tendría sentido, ya que su anterior dueño era un hombre y la azotaba.
—¿Sabemos de quién era antes del capullo que la maltrataba? —preguntó Aurelia, pasándole la mano por el cuello a Sassy, con el tono aún suave y musical.
—El vecino cree que pertenecía a una joven que murió de cáncer. Su familia vendió la yegua para ayudar a pagar las facturas médicas.
—Oh, qué triste. Perder a la persona que quieres y que te vendan a un hombre insensible y malvado. —Aurelia apoyó su frente contra la de la yegua—. Ni siquiera sabes qué hiciste mal para merecer ese trato. Y probablemente eches de menos a tu dueña.
Gavin negó con la cabeza. Aurelia sabía exactamente lo que la yegua necesitaba. Y el animal respondía de la misma manera.
Aurelia extendió la mano hacia atrás. —Me vendría muy bien un ramal, si es posible.
Gavin cogió uno que colgaba de un clavo y se acercó a ella con cuidado, agachándose para no asustar a la yegua.
Una vez que le puso la cuerda en la mano, se alejó y dejó que Aurelia enganchara el ramal a la cabezada de Sassy.
—Abre la puerta del establo —ordenó Aurelia.
—Podría escaparse —advirtió Franklin—. Nos costó mucho meterla en el establo.
—Me arriesgaré —murmuró Aurelia en voz baja, frotando el cuello de Sassy.
—Suéltala si intenta huir —la instó Gavin—. Que no se te quede la mano enganchada en el ramal.
—Ya he llevado antes a un caballo brioso. Sé cómo manejarlo —le aseguró Aurelia—. Por favor, abre la puerta.
Gavin se dirigió a la puerta central del establo y la deslizó hacia un lado.
Sassy se movió de lado y relinchó.
Aurelia sujetaba el ramal con firmeza en su mano izquierda, manteniendo el control con la derecha en la cabezada. Caminó con paso firme y en silencio hacia la puerta.
Una vez fuera, en el anochecer incipiente, paseó a la yegua por el corral, dando varias vueltas en círculo antes de regresar a la puerta del establo. La condujo a través de la abertura y la metió en el box.
Franklin negó con la cabeza. —Nadie diría que es el mismo animal que hace unos minutos.
—Hipnotizado —dijo Young—. Creo que me he enamorado.
—¿De la yegua? —dijo Franklin.
—No, capullo, de la chica —dijo Young y le dio un puñetazo a Franklin en la rodilla.
Franklin se apartó de un salto, fuera del alcance de Young. —Oye, eso es un golpe bajo.
—Alégrate de que no haya apuntado más arriba —dijo Young. Se volvió hacia Gavin—. Va a ser genial con Sassy. ¿Por qué no se nos ocurrió pensar que Sassy tenía miedo de los hombres?
—Porque no pensamos como una mujer, tontolaba —dijo Franklin—. Aurelia tiene razón. Hasta que Sassy se dé cuenta de que no todos los hombres son unos capullos, haremos que una de las chicas se encargue de ella.
Aurelia le canturreó a la yegua dentro del box y salió un momento después, llevando el cubo y el ramal. —Le daré el pienso si me indicas dónde está.
Gavin cerró la puerta del box a espaldas de Aurelia y la guio hasta los arcones del grano. Fue a coger el cubo, pero ella lo apartó.
—Estar dispuesta a trabajar duro era uno de los requisitos. —Le sonrió—. Puede que no sepa cocinar, pero déjame demostrar mi valía con los caballos.
Gavin inclinó la cabeza. —Me parece justo. Diría que has demostrado tu valía con creces. Pero nos has dado un susto de muerte a todos en el proceso.
Sus ojos se abrieron de par en par. —¿Ah, sí? —Miró a los otros que estaban cerca.
Franklin, Young y Vasquez asintieron al unísono.
—Sí que lo has hecho —expresó Young el sentir de todos.
—Así que, por favor, no vuelvas a ponerte en peligro —dijo Gavin—. No me puedo permitir más canas.
Aurelia resopló. —No tienes canas.
—Por desgracia, sí. He encontrado una esta misma mañana. —Señaló la coronilla—. No me estoy haciendo más joven, y verte acercarte a una yegua con los ojos desorbitados no ha ayudado en ese aspecto.
—Estarás aún más guapo con canas. La pobre Sassy estaba alterada. No podía dejarla así, preocupada.
—¿Alterada? —Las cejas de Vasquez se fruncieron.
—¿Preocupada? —Franklin enarcó una ceja—. ¿Hablan raro en Maine?
Las mejillas de Aurelia se sonrojaron bajo el tenue resplandor de la bombilla del techo. —¿Quieres que le dé de comer a Sassy o prefieres intentarlo tú otra vez?
Gavin le quitó el cubo. —Yo le daré de comer a la yegua.
Con una mueca, Aurelia se echó hacia atrás. —¿Estás seguro de que no quieres que lo haga yo? Es bastante asustadiza. Pero podemos probar la teoría de que les tiene miedo a los hombres.
Deslizando la puerta del box hacia un lado, Gavin se quedó fuera, mirando a la yegua.
El blanco de sus ojos ya se veía más inquieto. Sassy sacudió la cabeza y pateó el suelo.
Aurelia negó con la cabeza y extendió la mano hacia el cubo. —Por favor, déjame a mí. Es obvio que está nerviosa. —Le quitó el cubo a Gavin—. Ponte detrás de la puerta para que no te vea.
Gavin hizo lo que le pedía, asomándose por encima de la puerta del box y evaluando la reacción de Sassy ante la mujer que avanzaba hacia ella. Estaría listo por si la yegua decidía que Aurelia era una amenaza.
En cuanto Gavin se apartó del campo de visión de Sassy, la yegua se asentó sobre sus cuatro patas y estiró el hocico, olfateando el cubo de pienso dulce.
—No me lo puedo creer —masculló Gavin—. De verdad les tiene miedo a los hombres.
—Ese cabrón que la azotaba debería probar su propia medicina —dijo Young.
—De acuerdo —susurró Gavin.
Aurelia colgó el cubo de pienso en la pared y se echó hacia atrás, sin perder de vista a la yegua en ningún momento.
Sassy se quedó atrás un momento, moviendo la cola.
Aurelia dio otro paso para alejarse del cubo.
Finalmente, Sassy avanzó y olisqueó el pienso dulce. Miró a Aurelia un segundo más y luego metió el hocico en el cubo y se puso a masticar el grano.
Aurelia rio suavemente. —Vas a estar bien. —Extendió la mano y le dio una palmada en el cuello a la yegua.
Sassy sacó la cabeza del cubo y apoyó su mejilla contra la cara de Aurelia.
Tras rascarle el cuello una vez más, Aurelia salió del box y cerró la puerta tras de sí, con una sonrisa curvando sus labios.
—Se te ve más contenta que unas pascuas —dijo Gavin.
—Va a estar bien. —Su sonrisa se desvaneció y miró a Vasquez—. ¿Estás bien?
Él le dedicó una sonrisa torcida. —Lo único que tengo herido es la cabeza y el orgullo. —Señaló con la barbilla el box de Sassy—. ¿Cómo lo has hecho?
—Creo que en gran parte ha sido por ser mujer. Sassy no vio ninguna amenaza en mí. En cambio, tú eres un hombre. Un hombre le hizo daño, por lo tanto, piensa que todos los hombres le harán daño. Con tiempo y paciencia superará su desconfianza hacia los hombres.
—Pues estoy impresionado —dijo Young—. Tenemos a una auténtica susurradora de caballos entre nosotros. Supongo que no podrías entrenar a un caballo para que limpie su propio box, ¿verdad? —Le guiñó un ojo.
Aurelia se echó a reír. —Lo dudo.
—¿Dónde aprendiste a tratar con caballos? —preguntó Vasquez—. Yo no distinguía un extremo del otro de un caballo antes de venir a Brighter Days.
Aurelia se encogió de hombros. —Mis padres se aseguraron de que recibiera clases de equitación. Pasaba más tiempo en las cuadras que en casa. Supongo que se podría decir que, con los caballos, no tenía que ser nadie más que yo misma.
—¿Y con la gente tenías que ser diferente? —preguntó Gavin.
—A veces… —Se encogió de hombros, sin comprometerse—. ¿No nos pasa a todos?
Gavin intuyó que había más en su historia de lo que estaba dispuesta a compartir.
Le daría el tiempo y el espacio para que aprendiera a confiar en él con toda la verdad.
Hasta entonces, tendría que conformarse con que no había mentido sobre su habilidad con los caballos.
Era increíble. Cualquier mujer que pudiera hacer lo que acababa de hacer era la mujer de sus sueños. Una razón más para enamorarse de ella.
¿Amor?
Gavin no se había metido en este acuerdo con expectativas poco realistas.
No tenía que amar a la mujer con la que se casara.
Como mucho, esperaba que le cayera bien y respetarla.
Quería una compañera de vida y unos hijos a los que pudiera amar incondicionalmente.
La idea de enamorarse… lo excitaba y lo asustaba al mismo tiempo.
¿Y si se enamoraba de Aurelia y ella no le correspondía?
¿Importaba? Mientras tuviera una compañera y unos hijos, ¿le importaría?
Cuando se embarcó en esta aventura, no había pensado que le importaría.
Si era sincero consigo mismo, ahora sabía que sí importaba. Solo esperaba que no importara demasiado. No quería asustar a Aurelia y que se fuera. Apenas estaba empezando a conocerla. Y cuanto más la conocía, más le gustaba.
Aunque podía percibir que había cosas que no le contaba. Con suerte, pronto se sentiría lo bastante cómoda como para rellenar todos los huecos que la solicitud había dejado sin aclarar.