MONTANA SEAL’S MAIL-ORDER BRIDE (Brotherhood Protectors nº 12) Capítulo 4
21%

Capítulo 4

Gavin no podía creer que la mujer sentada en la camioneta a su lado hablara en serio.

Era absolutamente preciosa. ¿Por qué necesitaba recurrir a un método por correspondencia para encontrar un hombre con quien casarse?

¿Cuál era la pega? Tenía que haberla. Podría tener a cualquier hombre que su corazón deseara.

¿Por qué él..., un ex Navy SEAL con una sola pierna?

En cuanto tuviera la oportunidad, la llevaría a un aparte y le haría todas las preguntas.

Por desgracia, una vez que estuvieran en el rancho, les costaría mucho encontrar un momento a solas.

Quizá su primera prueba para su futura esposa sería averiguar si sabía montar a caballo.

La llevaría a cabalgar y conseguirían ese tiempo a solas que tan desesperadamente necesitaban para conocerse.

Lori le había ayudado a fijar unos plazos.

Una semana parecía razonable para determinar si eran compatibles.

Después de esa semana, podrían decidir si darían el siguiente paso en su relación.

Joder, Gavin no creía que la mujer fuera a aguantar ni una semana. Se daría cuenta muy pronto de que él no encajaba en la vida de ella y ella no encajaba en la suya. Suspiró, puso la directa y se dirigió al rancho de rehabilitación Brighter Days.

Durante todo el camino hacia el rancho, no se le ocurrió ni una maldita cosa que decir.

Ni una sola. Y se suponía que conocía a Aurelia.

Si no se le ocurría nada ahora, ¿qué pasaría cuando el resto del equipo de Brighter Days se les echara encima?

Sabrían de inmediato que acababa de conocerla.

Y entonces, ¿qué parecería si acababan casándose?

No era que le importara. Quería lo que tantos otros tíos tenían: una esposa y una familia.

Ah, ¿a quién quería engañar? Aquella no era la forma de hacerlo. Lori estaba equivocada.

Lori se inclinó sobre el asiento trasero y sonrió a Aurelia.

—Tengo curiosidad, ¿cómo os conocisteis?

Gavin sintió ganas de estirar el brazo hacia atrás y estrangular a Lori.

Por el espejo retrovisor, podía ver la sonrisa torcida de Lori.

Los estaba poniendo a prueba con preguntas que los demás le lanzarían en cuanto llegaran al rancho.

Si no dejaban clara su historia ahora, nunca lo harían. ¿Qué habían acordado como tapadera?

—Nos conocimos cuando nuestras familias veranearon en la costa de California un año —dijo Aurelia. Le dedicó a Gavin una sonrisa tensa.

Él asintió, continuando donde ella lo había dejado.

—Y hemos seguido en contacto todos estos años.

—Entonces, ¿eres de California? —preguntó Lori.

Aurelia miró por la ventanilla.

—No, solo estábamos de visita ese año.

—¿De dónde eres? —preguntó Lori, a bocajarro.

—Mis padres eran diplomáticos —dijo Aurelia—. Pasamos gran parte de mi vida en Europa.

—Qué interesante —dijo Lori con una sonrisa—. ¿Y dónde están tus padres ahora?

Por un momento, Aurelia no respondió. En su lugar, miró hacia la carretera que se extendía ante ellos. Luego, inspiró hondo y soltó el aire.

—Murieron hace dos años, cuando su coche se despeñó por un acantilado.

La forma inexpresiva con la que Aurelia habló de la muerte de sus padres hizo que Gavin le lanzara una mirada. Ella seguía con la vista fija en la carretera, pero sus ojos estaban ensombrecidos y su encantadora sonrisa había desaparecido.

Gavin se descubrió deseando que Lori no hubiera hecho la pregunta que había borrado el sol del rostro de Aurelia. Le frunció el ceño a Lori por el espejo retrovisor.

Lori se encogió de hombros.

A su lado, Aurelia sonrió de nuevo, aunque parecía un poco forzado.

—¿Y tú, Gavin? ¿Cómo están tus padres? Hace tanto tiempo que no...

—Fallecieron hace varios años. Mamá tuvo cáncer.

Aurelia extendió una mano y le tocó el brazo.

—Lo siento mucho. Era una mujer maravillosa.

Gavin asintió. Odiaba estar fingiendo, representando una mentira. Pero su madre había sido una buena persona.

—Mi padre murió poco después de pena. —No habían vivido para ver a su hijo hecho pedazos. Gavin se alegraba de que no hubieran tenido que pasar por aquello, aunque le habría venido bien un amigo cuando le dijeron que los médicos tenían que amputar.

Durante muchísimo tiempo, estuvo convencido de que habría estado mejor muerto, e incluso había considerado acabar con todo. Nadie lo habría echado de menos. Era hijo único, sin familia que llorara su muerte, sin esposa ni hijos que esperaran su regreso a casa.

Su fisioterapeuta del Walter Reed le había sugerido que echara un vistazo al rancho de rehabilitación Brighter Days.

Al principio se había resistido, pero el terapeuta conocía a Hannah y su habilidad para trabajar con soldados heridos.

Como quería volver al oeste donde había crecido, Gavin había accedido a darle una oportunidad al rancho.

A los pocos días de trabajar con Hannah, Percy y los caballos de rescate, había empezado a darse cuenta de que tenía más que ofrecer al mundo ahora que cuando aún conservaba ambas piernas.

Tenía un nuevo aprecio por todo. Hannah le había ayudado a comprender lo afortunado que era de tener una pierna buena.

Uno de los otros huéspedes del rancho había perdido las dos.

Aunque Gavin había sufrido heridas catastróficas, su columna vertebral había permanecido intacta y no estaba paralizado.

¿Y qué si tenía que atarse una prótesis que le permitía caminar erguido? Podría estar mucho peor.

Tenía muchas más preguntas para Aurelia, pero tendrían que esperar hasta que ella hubiera pasado el interrogatorio de Hannah y los demás en el rancho.

Gavin esperaba y rezaba para que su endeble historia resistiera el escrutinio de Hannah.

Era una mujer muy inteligente, acostumbrada a tratar con hombres que fingían dolor físico e interno.

—¿Y tú, Collin? —Lori cambió su interrogatorio de Aurelia al nuevo mozo del rancho—. Tengo entendido que serviste en el ejército como la mayoría de nosotros en Brighter Days. ¿En qué cuerpo? ¿Cuántos años? ¿Y te fuiste por tu cuenta o la decisión la tomaron por ti?

Collin se rio.

—¿Siempre eres tan...?

—¿Cotilla? —ofreció Gavin.

—Iba a decir curiosa —dijo Collin con una sonrisa—. Estuve en el Ejército de Tierra.

—¿De verdad? —sonrió Lori—. Yo también. ¿Cuál era tu especialidad?

—Era un 18 Bravo. Ocho años en servicio activo. Me fui por mi cuenta, después de cinco rotaciones en Oriente Medio.

Lori enarcó las cejas.

—Fuerzas Especiales. Estoy impresionada. ¿Alguna vez hiciste misiones con los Navy SEAL? —ladeó la cabeza hacia Gavin—. Gavin, aquí presente, era un SEAL.

Collin asintió.

—Hice una misión conjunta con un grupo de SEAL. Pero no puedo hablar de ello.

—Si me lo dijeras, tendrías que matarme, ¿verdad? —Lori sonrió con picardía.

Gavin deseó tener la capacidad de ser tan abierto y directo como Lori.

Ella podía hablar con una piedra y conseguir que le respondiera.

En lugar de eso, él estaba sentado al volante, fingiendo que necesitaba toda su concentración para maniobrar por las curvas que llevaban al rancho.

Lanzó una mirada hacia su prometida. Ella miraba el paisaje que tenía delante.

—¿Siempre es así de bonito en Montana? —Aurelia eligió ese momento para volverse hacia Gavin, con el rostro iluminado por una sonrisa y lo que parecía una sensación de asombro. Las Crazy Mountains de Montana tenían ese efecto en muchos que las veían por primera vez.

—No es tan tranquilo en invierno, sobre todo cuando nieva de lado y no puedes ver la mano delante de la cara —dijo Gavin—. Pero aun así tenemos que atender a los animales. No pueden cuidarse solos.

Aurelia asintió.

—¿Qué tipo de animales tenéis en el rancho?

—Lo de siempre. Vacas, caballos, gallinas y un par de cerdos —dijo Gavin.

—Y un par de perros y gatos de granja —añadió Lori.

—Lori es nuestra encantadora de perros —dijo Gavin.

—Me encantan los perros. Tuve uno de pequeña. —La sonrisa de Aurelia se tornó un poco triste.

—¿Solo uno? —se rio Lori—. Mi madre finalmente tuvo que decir basta a los perros callejeros que traía a casa cuando ya teníamos seis en casa.

—Siempre estábamos tan ocupados que normalmente alguien más tenía que cuidar del perro.

—Aurelia se frotó los brazos—. Siempre me sentía bienvenida cuando llegaba a casa.

Mikki siempre se alegraba de verme. —Lanzó una sonrisa tímida por encima del hombro—.

No me había dado cuenta de cuánto la echaba de menos, hasta ahora.

—Eso es lo que me encanta de los perros —dijo Lori—. No les importa si vas peinada o maquillada o... —su voz bajó a un susurro— si tienes una pierna o dos. Te quieren incondicionalmente. Siempre.

Sus palabras parecieron absorber toda la conversación de la cabina. El resto del trayecto transcurrió en silencio.

Cuando llegaron a la casa del rancho, Gavin estaba listo para saltar de la camioneta y desaparecer.

Por desgracia, esa no era una opción. Había traído a esta mujer a Montana.

Lo menos que podía hacer era asegurarse de que estuviera cómoda hasta que decidiera que este plan era tan ridículo como él pensaba que era.

La mirada de Aurelia siguió el sinuoso camino a través de los árboles hasta que se abrió a un campo con una elevación en el centro.

Una extensa casa de rancho coronaba la colina, detrás de la cual se alzaba un granero aún más grande que la casa.

También había un edificio largo y estrecho y algunos más pequeños.

Mientras la camioneta subía por el camino de entrada, una mujer de pelo largo, liso y rubio ceniza salió al porche y se protegió los ojos con la mano. Un hombre de pelo negro y ojos oscuros salió tras ella y le pasó un brazo por la cintura. Ella se apoyó en él y lo miró a los ojos con una sonrisa.