Capítulo 36 #2
—Lo sé, Maya, y lo agradezco infinitamente —dice y tira de mí para envolver uno de sus brazos alrededor de mis hombros—. Ya no te preocupes, ¿de acuerdo? Todo va a solucionarse. Ya verás.
—Eso espero, Jeremiah.
Él me aprieta contra el costado de su cuerpo y deja escapar un suspiro.
—Si vas a quedarte aquí a pasar la noche —dice para llevar la conversación a un lugar un poco más seguro—, lo mejor será que avises a Stevens. No quiero tenerlo aquí a las dos de la madrugada dispuesto a tirar la puerta.
Es mi turno para suspirar.
—Tienes razón —digo con pesar—. Será mejor que le envíe un mensaje de texto.
Entonces, tomo el teléfono del bolsillo trasero de los vaqueros y me dispongo a tipear.
El estallido melódico se abre paso entre la bruma de mi sueño y la impresión es tanta que despierto de golpe y me incorporo, medio desorientada. Mi vista adormilada recorre la estancia en la que me encuentro y la confusión me invade cuando no soy capaz de reconocer el lugar en el que estoy.
Mi pulso se acelera en cuestión de segundos y mi mente corre a toda velocidad al tiempo que trato de recordar qué diablos hago aquí.
Poco a poco, conforme mi cerebro se despereza, la habitación se vuelve familiar y conocida.
La imagen de la sala de Jeremiah se forma en mi memoria, y me doy cuenta de que este lugar es una réplica exacta.
La conversación que tuvimos ayer vuelve a mí luego de eso y, sin más, soy plenamente consciente del motivo por el cual he despertado en la sala de su apartamento.
La melodía que me despertó aún invade el silencio de la estancia, pero ya no suena tan escandalosa como hace unos momentos, aunque me toma unos cuantos segundos darme cuenta de que es mi teléfono el que suena de esa manera.
Acto seguido, me estiro en el sillón en el que me quedé dormida para tomarlo entre los dedos y responder a la llamada que me ha despertado.
No alcanzo a presionar el botón verde que brilla en la parte izquierda de la pantalla.
Ni siquiera alcanzo a ver el número en el identificador de llamadas hasta que desbloqueo el aparato y veo el icono brillante en la esquina superior derecha.
Mi corazón da un vuelco furioso en el instante en el que veo el nombre de Harry en la lista de llamadas perdidas.
Anoche no hablamos en lo absoluto. Me limité a enviarle un mensaje de texto diciéndole que estaba bien y que iba a quedarme en casa de Jeremiah. Él ni siquiera respondió, así que saber que me ha llamado a esta hora de la mañana me hace sentir un poco menos mierda que ayer.
El teléfono vuelve a sonar y pego un salto al sentir la vibración del aparato en la mano.
Trato de tomar una inspiración profunda para ralentizar el latir desbocado de mi corazón, pero lo único que consigo es ponerme más nerviosa.
Me toma unos segundos más armarme de valor; pero, una vez que lo hago, presiono la tecla de respuesta y me coloco el teléfono en la oreja.
—¿Sí? —digo.
Silencio.
—¿Diga? —insisto. Esta vez, con un tono de voz un poco más amable y tranquilo.
—¿Podemos hablar? —La voz de Harry se abre paso del otro lado de la línea. Algo se rompe dentro de mí cuando noto la preocupación en su voz.
—Claro —respondo, y trato de sonar serena y relajada.
—¿Quieres que pase por ti? —dice, y mi corazón hace una voltereta extraña.
—No te preocupes —digo—, puedo ir a tu casa por mi cuenta. Otro silencio.
—En serio, no me molesta en lo absoluto pasar a recogerte —insiste.
—No hay necesidad —digo—. Tomaré el autobús.
Otra larga pausa.
—Maya, es que ya estoy aquí fuera. —El tono avergonzado y tímido que utiliza hace que quiera correr y abrazarlo, pero me las arreglo para quedarme donde me encuentro mientras intento controlar la oleada de emociones que me embarga.
—Oh… —digo, porque es lo único que me sale de los labios.
—¿Puedes bajar? —pregunta; suena suplicante.
—Claro —asiento, a pesar de que sé que no puede verme—. Dame unos minutos.
—De acuerdo —dice antes de murmurar una despedida y colgar.
Me toma cerca de cinco minutos encontrar los zapatos y amarrar el cabello en un moño despeinado; pero, una vez que lo hago, me encamino a toda marcha a la recámara de Jeremiah.
Una vez que estoy frente a su puerta, llamo con suavidad hasta que escucho su voz adormilada del otro lado diciendo algo ininteligible.
—Jeremiah, tengo que irme —digo, a pesar de que no he comprendido nada de lo que acaba de decir—. Te llamo más tarde, ¿te parece?
La respuesta desde el otro lado de la puerta es apenas un gruñido ronco y tomo eso como un malhumorado «De acuerdo».
Entonces, vuelvo sobre mis pasos y salgo del apartamento casi corriendo.
No quiero lucir desesperada, pero lo hago.
No quiero que parezca como si estuviese a punto de ponerme a gritar de la euforia, pero no puedo dejar de avanzar a zancadas largas por las escaleras del edificio.
Cuando llego a la recepción tengo que detenerme a tomar un respiro.
Mi corazón se estruja en ese momento y trato de recuperar el aliento perdido de camino aquí.
Es por eso por lo que me quedo quieta e inhalo y exhalo un par de veces para acompasar mi respiración.
Tomo un par de inspiraciones más antes de atreverme a continuar, pero, cuando lo hago, no me detengo hasta que el frío matutino me envuelva y me provoca un estremecimiento.
Trato de ignorar la manera en la que mis músculos se tensan debido a la baja temperatura y recorro la vista por toda la calle, en busca del coche de Harry.
Mis ojos no tardan demasiado en localizarlo, pero no es hasta que él sale del lado del conductor y comienza a avanzar en mi dirección que yo me muevo para encontrarlo a medio camino.
No dice nada cuando se detiene frente a mí.
Tampoco dice nada mientras se quita la chaqueta de piel para colocarla sobre los hombros y guía mi camino hasta su auto.
Una vez dentro, lo miro avanzar por la parte de enfrente del vehículo y entrar en el asiento a mi lado.
Acto seguido, introduce la llave en el conducto y enciende la calefacción.
El golpe de calor me hace sentir bien automáticamente y un escalofrío me recorre como un acto reflejo.
Harry no habla para nada. Yo tampoco hago esfuerzo alguno por decir algo.
Ahora mismo, no estoy segura de qué es lo que espero de él.
No he tenido oportunidad de mirarlo a detalle, así que no sé en qué estado de ánimo se encuentra.
No me sorprendería en lo absoluto encontrarle molesto.
No es muy dado a controlar su temperamento cuando discutimos.
A mí tampoco se me da bien, si he de admitir…
Un suspiro escapa de sus labios en el instante en el que lo miro de reojo. Su expresión es más serena y tranquila de lo que espero; pero no luce feliz. Es como si tuviese un debate interno. Como si luchara contra sus impulsos.
¿Honestamente? No quiero pelear con él; pero tampoco quiero que esto quede así como así. No deseo discutir por lo que ha pasado, pero, al mismo tiempo, quiero saber qué es lo que pasa por su cabeza respecto a Jeremiah. Quiero saber el motivo por el cual sospecha…
—Lo siento —Harry habla mucho antes de que me plantee la idea de formular alguna frase.
Mi atención entera se posa en él, pero no respondo, así que continúa—: Lamento mucho no haberte dicho que sospechaba de Jeremiah.
Siento aún más haber iniciado una investigación en su contra sin decírtelo.
Sé lo mucho que te importa. Sé que es tu amigo y…
—suspira—. Tenía que habértelo dicho, Maya. Lo siento muchísimo.
Bajo la vista y dejo que sus palabras se asienten en mi cabeza.
—En realidad no tenías que haberme dicho nada —admito, muy a mi pesar—.
Son asuntos de tu trabajo y, me guste o no, son confidenciales.
—Alzo la cara para mirarlo. Entonces, me encojo de hombros—.
Lo que sucede es que me sentí… traicionada.
—Una pequeña sonrisa dolida se dibuja en mis labios.
No sé de dónde diablos vienen esas palabras, pero salen a toda velocidad y con toda la naturalidad del mundo—.
Creí que confiabas en Jeremiah del mismo modo en el que yo lo hago.
Creí que confiabas en mí lo suficiente como para contarme que planeabas mandar investigar a mi mejor amigo.
—Maya, confío en ti —dice—. Confío en ti plenamente.
—Lo sé —digo, y sueno más triste de lo que espero—. Pero me habría encantado que me lo contaras. Que confiaras en mí lo suficiente como para hablarme de tus sospechas.
—No quería que enloquecieras. —Su tono de voz también está cargado de pesar—.
¡Es tu mejor amigo, por el amor de Dios!
—Humedece los labios con la punta de la lengua—.
Si alguien hubiese venido aquí a decirme que Luke o Will estaban involucrados con un puñado de delincuentes me enojaría como no tienes una idea. Creería fielmente en su inocencia.
Muerdo la parte interna de mi mejilla durante un momento.
—¿Cuándo planeabas contármelo? —digo en un susurro que suena sereno a pesar de todo—. ¿Pensabas contármelo siquiera?
—Maya —me mira con aire reprobatorio y triste al mismo tiempo—, por supuesto que iba a contártelo, amor.
Es solo que no quería hacerlo hasta que la investigación hubiese arrojado algo sustancioso.
No quería ponerte toda histérica por nada —hace una pausa, antes de añadir—: No tengo nada en contra de él. Entiendes eso, ¿verdad? Yo solo…