Capítulo 33 #2
Las perchas llenas de ropa y el anaquel de madera repleto de prendas dobladas hacen que toda la ansiedad previa se desvanezca casi por completo. No es hasta ese momento que dejo escapar un suspiro largo y liberador. Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios y me siento como una completa idiota.
Ahora, un poco más tranquila, salgo de la habitación pronunciando su nombre. Al no tener respuesta alguna, me encamino hasta la cocina. No hay nadie ahí. Entonces vuelvo sobre mis pasos y llamo a la puerta del baño. Al no escuchar nada del otro lado, abro la puerta. Tampoco está aquí.
Avanzo hasta la habitación del fondo y entro solo para encontrarme con la imagen de la solitaria cama que utiliza Anne cuando se queda aquí y la caminadora en la que Harry se ejercita por las mañanas.
Acto seguido, camino de vuelta a la habitación de Harry para buscar mi teléfono. Una vez lo encuentro lo desbloqueo y me topo de frente con el icono brillante que marca los mensajes de texto. Es de Harry.
«Tengo cita con el médico. De ahí pasaré a ver a mi mamá. Lamento no haberte avisado. No quise despertarte. Solo espero que veas esto antes de que enloquezcas. Por cierto, ¿crees que puedas estar lista al mediodía? Quiero que me acompañes a un lugar. Ponte ropa cómoda, por favor».
Una sonrisa cargada de irritación se dibuja en mis labios cuando leo su mensaje, pero el alivio que me embarga es como un bálsamo para mi ansiedad previa.
Miro el reloj en la parte superior de la pantalla y hago una mueca de disgusto cuando me doy cuenta de que he dormido demasiado.
Faltan apenas veinte minutos para el mediodía.
¿Por qué diablos no escuché la alarma? ¿Por qué Harry me dejó dormir tanto?
Sacudo la cabeza para alejar la pereza y la irritación fuera de mi cuerpo y me apresuro a tomar una toalla para ducharme.
Quince minutos después, estoy fuera de la ducha, vestida y lista para salir de casa. No he tenido tiempo de ponerme algo de maquillaje, así que lo he echado todo dentro de mi bolso para hacerlo en el trayecto a donde sea que Harry quiere que lo acompañe.
Él no llega hasta diez minutos después de la hora acordada.
—¿Cómo estuvo tu cita con el médico? —pregunto cuando abre la puerta del copiloto para mí.
—Excelente —dice al tiempo que me introduzco en el asiento. Una vez acomodada dentro, se inclina hacia adelante y presiona sus labios en mi frente antes de añadir—: Tengo luz verde para volver a trabajar. Me ha pedido que sea cuidadoso, pero ya puedo incorporarme a la brigada.
Una punzada de nerviosismo me invade el cuerpo en ese momento, pero no digo nada. Me limito a sonreír y verlo cerrar la puerta para rodear el coche por la parte de delante. Segundos después está dentro del vehículo, con el cinturón puesto y las llaves en el contacto.
—¿Y tu madre?
Harry me mira. Una sonrisa radiante está pintada en sus labios. Su humor es inmejorable y no sé cómo sentirme respecto al hecho de que está feliz de volver a poner su vida en peligro. De volver a lidiar con mafiosos influyentes.
—Está muy bien —dice—, pero no quiso volver al apartamento. Dijo que ya me encontraba bien y que no la necesitaba más. Se rehusó a venir conmigo. Dice que extraña mucho su casa, su espacio. —Se encoge de hombros—. Me hizo prometer que iría a cenar con ella una vez por semana.
El peso en mis hombros se relaja un poco al notar que parte de su alegría se debe a esa pequeña visita que le hizo a su mamá y sonrío para él.
—Yo me encargaré personalmente de enviarte a cenar a su casa — amenazo al tiempo que él enciende el auto.
—¿Enviarme? —Sus cejas se alzan con condescendencia—. No vas a dejarme solo en eso, Alessa Bassi. Vas a acompañarme a todas y cada una de esas cenas.
—¡No vuelvas a llamarme así! —chillo con fingida indignación.
—¿Cómo? —Harry me regala un guiño socarrón—. ¿Alessa?
—Te odio —digo y entrecierro los ojos en su dirección.
—No es cierto. —Posa su vista en el espejo retrovisor, para echar a andar el coche—. Ambos aquí sabemos que me amas.
Ruedo los ojos con dramatismo.
—Si sigues llamándome Alessa puedo dejar de hacerlo —bromeo y él suelta una pequeña risita ronca.
—Te llamas Alessa, ¿no es cierto? No puedes odiarme por llamarte por tu segundo nombre —se queja al tiempo que conduce hasta salir a la avenida.
—A veces me dan ganas de golpearte —mascullo y él ríe una vez más.
—Deja de ser tan quejumbrosa y dame un beso.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque me llamaste Alessa.
—¿Tienes una idea de lo infantil que suenas?
—No me importa. Ríe de nuevo.
—Te amo, ¿sabías?
Mi corazón se aprieta con sus palabras.
—También te amo, tonto —digo en voz baja y dulce.
Él no dice nada más. Solo estira su mano para tomar la mía y llevársela a los labios. Harry conduce hasta la jefatura de policías y aparca el coche dentro del estacionamiento exclusivo para los empleados.
No habla cuando baja del vehículo. Tampoco habla cuando avanzamos hasta la puerta de servicio y flanqueamos por los pasillos hasta detenernos frente a una puerta doble que cita, estrictamente, que solo puede entrar personal autorizado.
El chico a mi lado empuja la puerta con una mano y hace un gesto para que pase delante de él. En cuanto lo hago, una serie de estallidos retumba en todo lugar y pego un brinco mientras un chillido agudo y aterrorizado se me escapa.
La carcajada que brota de la garganta de Harry me hace mirarlo, confundida, antes de observar la inmensa habitación. Es casi del tamaño del estacionamiento, y dentro hay un montón de personas empuñando armas y apuntándolas directo a objetivos que se encuentran demasiado lejos.
Todos ellos llevan una especie de chaleco acojinado, así como unas orejeras y lentes con micas amarillentas. El sonido estruendoso de un disparo me hace saltar de nuevo, pero esta vez no grito.
—¿Qué es esto? —hablo en voz muy alta para hacerme escuchar por encima del sonido estridente de las armas. En realidad, quiero preguntar por qué me ha traído hasta aquí, pero no me atrevo a decirlo aún. En cierto modo, esta pregunta es más sencilla.
—Una sala de tiro —Harry habla casi en un grito.
—¿Y qué hacemos aquí?
Se encoge de hombros.
—Dijiste que querías aprender a defenderte, ¿no es así? —dice—. Pues, bueno: voy a enseñarte a disparar un arma para que puedas defenderte.
El tono que utiliza es tranquilo y casual, pero hay un filo tenso en la forma en la que me mira. Una punzada de nerviosismo comienza a invadirme, pero trato de no hacérselo notar demasiado.
Mi boca se abre para decir algo, pero lo pienso mejor y la cierro de golpe. Entonces, vuelvo a intentarlo. Esta vez, un sonido extraño se me escapa, pero no logro decir nada coherente. Él parece comprender mi shock inicial y esboza una sonrisa forzada y triste.
—Sé que esto no es lo que quieres —dice—. Créeme cuando te digo que yo tampoco quiero que sepas cómo usar una pistola, pero es necesario que lo hagas.
—Harry…
—No voy a enseñarte a matar —se apresura a agregar—.
No pienso mostrarte cómo acabar con la vida de alguien.
Lo único que quiero es enseñarte a cuidar de ti; decirte dónde puedes tirar sin causarle un daño mortal a tu atacante.
No voy a convertirte en una asesina, Maya.
Yo solo quiero… —Se detiene y niega— Yo solo…
—Está bien —lo interrumpo y doy un paso cerca de él para colocar una mano sobre una de sus mejillas. Trato de sonreír lo mejor que puedo, pero estoy segura de que puede ver el terror que ha comenzado a filtrarse en mis huesos.
—No está bien —él dice con frustración—.
No deberías estar aquí aprendiendo esto.
No deberías tener motivos para aprender a empuñar una pistola; pero no puedo permitir que Tyler tenga esa ventaja.
Ya la tuvo una vez. —Su ceño se frunce ligeramente—.
Si te hubiese enseñado esto antes quizás las cosas habrían sido diferentes.
No quiero cometer más errores, Maya. Necesito que aprendas cómo utilizar un arma.
La sensación abrumadora que me causan sus palabras logra eclipsar las ganas inmensas que tengo de correr lejos. Es por eso que me obligo a asentir con la cabeza para mostrarme un poco más decidida.
—Hagámoslo —digo y trato de sonar entusiasmada.
Mi falsa emoción no parece convencerlo.
—Lo siento mucho, amor —dice en voz baja—. Nunca quise involucrarte de este modo.
—No pasa nada —digo e igualo su tono—. Enséñame a hacer esto, por favor.
Harry asiente, pero no se mueve. Solo ahueca mi rostro entre sus manos antes de mirarme con detenimiento.
—Voy a sacarte de todo este lío, ¿de acuerdo? Asiento.
—Sé que lo harás —digo y presiono mis labios contra los suyos. Entonces, él suspira una vez más.
—Hagamos esto —dice, e instantes después se marcha para buscar una pistola y el equipo necesario para la práctica de tiro.
—Tu vista siempre en su cuerpo —Harry instruye y una gota de sudor me recorre la espalda.
Acto seguido, asiento y empuño el arma con más fuerza.
Siento cómo se vuelve resbaladiza por el sudor de mis manos, pero trato de no ponerle demasiada atención a eso.
Estoy nerviosa y no puedo evitarlo. A pesar de que llevo cerca de seis horas empuñando un arma, no puedo acostumbrarme a la sensación de tenerla entre mis dedos.
Se siente como mi corazón estuviese a punto de hacer un agujero en mi pecho.
Como si mis manos estuviesen a punto de quedar inservibles debido a los temblores incontrolables.
Los brazos me duelen por mantener la postura rígida que tanto exige Harry, y la tensión en mi espalda es cada vez más abrumadora; sobre todo, cuando apenas has logrado conectar unos cuantos tiros cerca de mi blanco.
—Baja un poco más los brazos. —Su voz ronca ha adquirido un tono autoritario y firme—. Cubres parte de tu campo de visión si empuñas de ese modo. Debes bajar las manos y abrir un poco más las piernas.