Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 33
74%

Capítulo 33

Harry no ha hablado desde que salimos de la comisaría, pero no luce molesto.

Su semblante, en realidad, es más bien pensativo y un tanto ausente.

Cuando volvió a la oficina del comandante lo único que hizo fue despedirse del hombre, darme las gracias por esperarlo y guiar nuestro camino hasta el estacionamiento del lugar.

A partir de ese momento, el ambiente ligero y dulce que se había instalado entre nosotros se esfumó.

El Harry conversador, risueño y juguetón de hace un rato desapareció para abrirle paso a este chico serio y cerrado que suele ser la mayoría del tiempo.

Este que es capaz de retraerse en sí mismo hasta que la tempestad de su cabeza se apacigua

No sé qué es lo que ha hablado con David Ferguson, pero no parece haber sido nada bueno. Lo sé por la manera en la que su ceño se frunce. Lo sé por la forma en la que sus dedos se crispan en el volante y lo aferran con fuerza.

—¿Está todo bien? —pregunto cuando quedan apenas unas calles para llegar al edificio donde vive.

Él asiente casi de inmediato.

—Sí —dice, pero su tono es grave y distante.

—¿Por qué no lo intentas de nuevo? Si me lo dices de ese modo, es imposible creerte —digo, en voz baja y dulce. No lo digo a manera de reproche, sino como una forma de aligerar su estado de ánimo alterado.

Un suspiro brota de su garganta en ese momento y noto cómo sus facciones se relajan un poco.

—No pasa nada, amor —dice y me dedica una mirada fugaz pero tranquilizadora—.

Es solo que las cosas se han complicado con todo lo que ha ocurrido con Tyler, y ahora debemos cambiar la estrategia a utilizar.

Tengo que ser yo quien lo deje en mal delante de todos mis socios; hacerlos creer que Tyler trató de tenderme una trampa para entregarme y que no dudo ni un segundo que tratará de ensuciar mi nombre.

—¿Pero? —pregunto, porque sé que hay un «pero».

—Pero no estoy seguro de que vaya a funcionar —masculla—. Los tipos con los que trato no confían ni en su propia sombra. No creo que vayan a tragarse ese cuento. El comandante insiste en que debemos intentarlo, pero yo veo casi imposible que funcione.

El miedo se cuela en mis venas poco a poco, pero trato de mantener mi rostro sereno mientras lo escucho hablar.

—¿Y qué es lo que tú quieres hacer? ¿Cuál es tu plan? —pregunto con un hilo de voz.

Harry no dice nada durante un largo rato y, en el transcurso de ese lapso, aparca frente a la acera del complejo habitacional donde me ha dado alojamiento. Entonces, apaga el vehículo y me mira. Su expresión es incierta.

—Quiero acelerarlo todo —dice, finalmente—. Quiero que armemos un operativo para atrapar a Tyler lo antes posible. Quiero buscar la cabeza de Johan Lasserre, el distribuidor de todo California, y encerrarlo junto con sus socios minoritarios, pero…

—Pero el comandante no quiere hacerlo —me aventuro a adivinar cuando guarda silencio.

Asiente.

—Dice que es demasiado riesgoso y que aún no tenemos los suficientes medios para convencer a Lasserre de dejar su zona de confort para venir a nosotros —dice con un dejo amargo en la voz—.

Y sé que tiene razón, ¿sabes? Sé que no se equivoca, pero es que estoy tan cansado…

—Niega con la cabeza—. Estoy harto de todo esto.

Lo único que quiero es dejar de estar preocupado por esto todo el tiempo.

Lo único que deseo es olvidarme de todas las estupideces que hice en el pasado y ser una persona digna de todo lo que tengo.

—Gira su rostro para mirarme con aprehensión—.

Quiero ser digno de mi madre, de los pocos amigos que tengo…

De ti. —Desvía la mirada y la clava en un punto en el volante—.

Quiero dejar todo esto de lado y enfocarme en algo que no involucre perder a las personas que más me importan. Estoy harto de perderlas.

No sé qué decir. Sé que no hay palabra alguna que pueda aliviar la ansiedad que se filtra a través de cada poro de su cuerpo, así que me limito a estirar la mano para ahuecarla en su mejilla.

Me limito a intentar demostrarle, por medio de mi tacto, que estoy aquí con él.

Que trato de reconfortarlo y de prometerle que no voy a marcharme. Que no va a perderme.

—Eres digno de todas las personas que te rodean, Harry —digo, una vez que siento cómo se relaja un poco—. Deja de decir que no las mereces.

Sus ojos se cierran con brusquedad y su rostro se inclina, de modo que puedo sentir como su mejilla se presiona contra mi mano para absorber el contacto. Mi corazón se hincha con una emoción dulce y familiar.

—No tienes una idea del miedo que me da perderte. Me aterra la idea de que caigas en manos de Tyler. No sabes cuán horrible fue saber que Rodríguez te había llevado, Maya —susurra—. No quiero sentirme de esa manera nunca más. No sabes lo jodido y aterrador que fue.

Un nudo se instala en la boca de mi estómago y trazo una caricia suave en su mandíbula antes de ahuecar su rostro con ambas manos.

—No pienses en eso —pido—. Estoy aquí y eso es lo que importa.

Los ojos de Harry se abren y su mirada intensa y penetrante se clava en la mía.

—No voy a dejar que ese imbécil te haga daño, Maya —promete, con determinación—. Te lo juro por lo más sagrado que tengo.

Un millar de emociones encontradas se arremolina en mi pecho, pero no digo nada. Solo me estiro sobre el asiento para presionar mis labios contra los suyos en un beso que pretende ser tranquilizador. Él tampoco dice nada. Solo recibe mi contacto con un suspiro tembloroso y semblante asustado.

—Deja de torturarte —susurro en voz baja y dulce.

—Todo sería tan fácil si estuviese lejos de ti —dice contra mis labios.

—No digas eso —pido con la voz cargada de emociones—.

No te atrevas a decirlo nunca más. Siento como si estuvieses a punto de marcharte de nuevo.

—Trago para aminorar la sensación dolorosa en mi paladar—.

No te atrevas a irte una vez más solo para intentar protegerme, Harry.

Prefiero quedarme contigo y enfrentarlo todo a que te marches y trates de lidiar con todo tú solo.

Une su frente a la mía.

—No pensaba marcharme —se queja en un susurro que se me antoja infantil—. Estaba pensando, más bien, en mandarte al otro lado del país hasta que todo se solucione.

Me aparto un poco para mirarlo a los ojos.

—Ni siquiera lo intentes —advierto—. No puedes alejarme más, Harry.

Ya no. Quiero enfrentar esto contigo.

—No puedo permitir que te quedes a mi lado si las cosas están así de peligrosas, Maya. Entiende que…

—No —lo interrumpo con voz de mando. Entonces, se hace el silencio y me tomo unos segundos antes de continuar—: No puedes pedirme que me marche y pretender que esté bien con eso. No puedes venir aquí a decir que quieres que me vaya lejos cuando tú vas a quedarte aquí para intentar arreglarlo todo.

—Maya…

—¡No! —Corto el flujo de sus palabras una vez más—. No voy a irme, Harry. Sácate esa mierda de la cabeza de una vez por todas. Me quedo contigo, ¿entiendes? —Lo miro con todo el coraje y la determinación que puedo reunir—. No voy a ir a ningún lado.

Estoy sola cuando despierto.

El espacio vacío que hay a mi lado solo consigue llenarme de una sensación viciosa, horrible y conocida.

La familiaridad de esta situación hace que me siente de golpe en la cama y que mi corazón lata a su máxima velocidad cuando mi cabeza apenas está despertando del sueño profundo en el que se encontraba.

La mezcla del aturdimiento, la sensación de déjà-vu y el pánico creciente hacen que un agujero se instale en mi pecho.

La conversación que tuve ayer por la tarde con Harry vuelve a mí.

Me siento ligeramente traicionada por mi memoria, ya que no puedo dejar de reproducirla.

Las palabras que pronunció, la determinación que vi en su mirada cuando dijo que quería mandarme lejos para mantenerme protegida y la manera en la que expuso el miedo que tiene de perder lo que ha ganado con tanto esfuerzo solo consiguen que mis nervios, ya torturados, se alteren otro poco.

Parpadeo rápidamente para alejar la sensación de pesadez que tengo en los ojos y cierro mis manos en puños solo para sentir que las puntas de mis dedos están heladas. No estoy segura de si se sienten así debido a la ansiedad o solo es porque la mañana es bastante fresca.

La sensación de hundimiento amenaza con ahogarme, pero me las arreglo para no perder la compostura al tiempo que barro la estancia con la mirada.

«No entres en pánico. No entres en pánico. No entres en pánico», me repito una y otra vez, pero no puedo dejar de reproducir aquellas dos ocasiones en las que me dejó de esta manera. Esas en las que desperté por la mañana y se había marchado sin decir absolutamente nada.

Tomo una inspiración profunda y cierro los ojos antes de dejar escapar el aire con lentitud.

Me digo a mí misma que no pasa nada. Que ayer, cuando entramos al apartamento, todo estuvo tranquilo.

Que Harry, incluso, parecía haber adquirido mejor humor después de haber hablado con su madre por teléfono y de haberse acurrucado conmigo en uno de los sofás para ver una película; sin embargo, no puedo dejar de pensar en lo que dijo y en la manera tan drástica que tiene de solucionar sus problemas.

Tomo otra inspiración. Esta vez trato de no pensar en nada. Trato de poner mi mente en blanco y lucho por mantenerme así hasta que la ansiedad disminuye considerablemente y puedo poner un pie en el suelo sin echarme a correr como una desquiciada en su búsqueda.

El material áspero y acojinado de la alfombra bajo mis pies es reconfortante; pero, a pesar de eso, no puedo avanzar ni un solo paso.

Mi vista está clavada en el armario y la indecisión se cuela en mis venas cuando la voz insidiosa en mi cabeza me pide que lo abra solo para averiguar si sus pertenencias están ahí.

Me toma una eternidad atreverme a acortar los escasos dos metros que me separan del mueble y me toma otro centenar de latidos atreverme a abrirlo. Cuando lo hago, una oleada de alivio me invade por completo.