Capítulo 29 #3
Por un segundo, un horrible y tortuoso pensamiento se apodera de mi cuerpo: «¿Le dolerá algo?
». Me pongo de pie al instante, alarmada, pero él se gira sobre los talones para encararme y todos los temores se esfuman.
Su rostro entero es una máscara de serenidad, pero soy capaz de detectar la vergüenza en su mirada.
—Tengo que ir a la comisaría —anuncia—. No tardaré demasiado. Alzo una ceja.
—Se supone que debes guardar reposo —apunto.
Aprieta la mandíbula.
—Necesito saber qué ha pasado con el asunto de ayer. Un suspiro cansado brota de mis labios.
—No puedo creer que seas tan inconsciente.
—Solo será un momento —dice, en voz baja—. No creo tardarme demasiado. Una vez averigüe qué demonios pasó volveré aquí. Lo prometo.
—Diga lo que diga no voy a evitar que hagas tu santa voluntad. —Mi voz suena más amarga de lo que pretendo—. ¿No es así?
Harry desvía la mirada.
—Maya… —Su voz es una súplica dulce y mi corazón se aprieta ante su tono.
Niego con la cabeza y me abrazo a mí misma.
—Ve —digo, en voz baja y derrotada. Otro suspiro me asalta luego de eso, y añado—: De cualquier modo, yo también saldré. Tengo que buscar al abogado Schneider.
—¿A Douglas? ¿Para qué? —Escucho el filo tenso en su voz y me regocijo en él durante unos instantes.
Me encojo de hombros en un gesto indiferente.
—Me dijo que fuera a encontrarlo tan pronto como pudiera. Supongo que tiene que ver con todo esto que ha ocurrido con Tyler.
—No vas a encontrarlo en su despacho a esta hora —dice—. En las mañanas está en la comisaría.
—Supongo, entonces, que iré a buscarlo ahí.
—Vamos juntos —Harry resuelve—. Solo déjame tomar una ducha rápida antes de marcharnos.
No me da tiempo de responder, se apresura fuera de la cocina y me deja aquí, con un nudo en el estómago y las palabras de Anne haciendo eco en mi cabeza.
Perdí de vista a Harry en el instante en el que atravesamos la puerta de la comisaría. La primera en abordarlo, por supuesto, fue Paula. Acaparó su atención desde el principio y lo llevó hasta una oficina al fondo del pasillo principal.
Quise estrellar su cara contra la pared en ese momento, pero me contuve y me limité a esperar al abogado Schneider.
La conversación con Douglas no fue relevante en absoluto.
Como era de esperar, me pidió que declarara en contra de Tyler cuando fuese necesario hacerlo y me ofreció entrar en el programa de protección de testigos.
Yo decliné su oferta en el momento en el que comenzó a explicarme en qué consistía.
De ninguna manera planeo pasar mis días enteros dentro de la delegación hasta que Tyler sea capturado.
Me niego rotundamente. Cuando terminamos de hablar, el abogado me acompañó afuera de la reducida oficina en la que nos reunimos y aprovechó el momento para disculparse por no haberme contado nada acerca de lo que sabía de Harry.
Yo le resté importancia al asunto y le dediqué una sonrisa tranquilizadora antes de que Thomas se acercara a saludarme. Luego de eso, mi estancia en este lugar se ha reducido a esperar. Esperar a que Harry termine sus pendientes para marcharme con él.
Han pasado ya casi dos horas desde que desapareció de mi vista. La sola idea de saber que se encuentra con Paula no hace más que revolverme el estómago, pero trato de mantener los celos absurdos a raya y me concentro en la conversación que mantengo con el abogado y Tom.
—Parece que Stevens tardará un poco más —observa Douglas y, acto seguido, mira el reloj de su muñeca—. ¿Quiere que la lleve a casa, señorita Bassi?
Muerdo mi labio inferior y mira en dirección al pasillo por el cual Harry desapareció. Dudo. No quiero marcharme y dejarlo aquí con ella, pero tampoco quiero quedarme aquí como una idiota mientras él se divierte haciendo no-sé-qué en no-sé-dónde.
«Él podría estar follando con ella ahora mismo», susurra el horrible demonio en mi cabeza, pero ahuyento el pensamiento con una sacudida de cabeza.
—No se moleste —digo—. Puedo tomar un autobús. Douglas hace un gesto desdeñoso con la mano.
—Tonterías. Puedo llevarla. —Me dedica una sonrisa amable—. No me cuesta nada. Además, quiero hacerlo.
Una sonrisa tensa se dibuja en mi boca y bajo la vista. No sé qué hacer. No quiero quedarme aquí y esperar a que Harry termine de tontear con Paula. Tampoco quiero torturarme con la cantidad ridícula de escenarios que he comenzado a imaginarme.
—Si no supone una molestia muy grande —digo, luego de meditarlo unos segundos—, agradecería muchísimo que pudiese llevarme.
La sonrisa de Douglas se ensancha.
—Por supuesto que no es molestia —dice y hace un gesto en dirección a la puerta de la comisaría—. Vámonos.
Le pido al abogado que me deje en casa de Jeremiah.
Emma y Nick están ahí cuando llego, así que me invitan a quedarme a comer.
Pasamos la tarde tumbados en la sala, engullendo un montón de comida chatarra y mirando películas malas de terror.
Jeremiah y Emma han pasado todo el día acurrucados el uno junto al otro, así que la comida, Nick y yo hemos hecho un trío maravilloso en la alfombra de la sala.
Trato de no pensar demasiado en Harry y en Paula, pero, de vez en cuando, mi mente me traiciona y me lleva de nuevo a la comisaría y a todos esos posibles escenarios en los que ambos terminan desnudos y sudorosos.
Cuando mi imaginación llega a ese punto, trato de concentrarme en otra cosa. Entonces, el proceso se repite.
No soy consciente de la hora hasta que Nick pregunta qué vamos a cenar. Es en ese momento que el horror se instala en mi cuerpo. No avisé absolutamente a nadie de dónde me encontraba. Tampoco dije a nadie a dónde iría…
Mis párpados se cierran con fuerza y el primer pensamiento que viene a mi cabeza es Harry. Debe estar al borde de la histeria ahora mismo. «No deberías preocuparte por él. Te dejó sola durante horas. Se fue con ella». Ignoro a los susurros viciosos en mi cabeza y me enfoco en el aquí y el ahora.
Trato de convencerme a mí misma de que todo está bien. Si Harry estuviese realmente preocupado, me habría llamado por teléfono, ¿no es así? En ese momento, rebusco el aparato en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Mi estómago cae en picada en ese preciso instante.
Está apagado. «Oh, mierda».
—¿Jeremiah? —Mi voz suena nerviosa.
—¿Sí?
—¿Puedo tomar tu teléfono para hacer una llamada?
—Claro.
Tomo el aparato entre los dedos y me encamino hasta la cocina para llamar desde ahí, pero tengo que regresar para preguntarle a mi amigo si tiene un cargador para celular que pueda prestarme.
Una vez con un poco de batería, enciendo el teléfono y marco el número de Harry desde el teléfono fijo de Jeremiah. Él responde al primer timbrazo.
—Soy yo. —Mi voz es apenas audible. No sé por qué me siento tan asustada. No sé por qué me siento tan culpable.
El silencio se extiende en el otro lado de la línea.
—¿Harry? —hablo de nuevo, en un susurro.
—¿Dónde estás? —Su voz suena ronca e inestable.
—En casa de Jeremiah.
—¿Dónde es eso?
A regañadientes, le doy la dirección.
—Voy para allá —dice una vez termino de decirla y, sin más, finaliza la llamada.
Estamos sentados en las escaleras que dan al piso donde vive Jeremiah. Cuando Harry llegó, lo primero que hizo fue mirarme a los ojos y decirme que necesitaba hablar conmigo.
Acto seguido, salimos del apartamento y avanzamos hasta este lugar para sentarnos el uno junto al otro. Yo estoy recargada contra la barandilla de metal. Él, contra la pared. Sus ojos están fijos en mí, pero no dice nada. De hecho, no ha dicho nada durante ya casi diez minutos.
—He pensado mucho acerca de lo que dijo mi madre esta mañana —dice, al cabo de unos minutos más—.
He pasado el día entero dándole vueltas.
Incluso, en la comisaría, mientras el comandante me regañaba, no podía dejar de pensar en eso.
—Sacude la cabeza en una negativa—. Hice que una chica terminara odiándome porque…
—Se detiene abruptamente, sin lucir seguro de lo que está a punto de pronunciar, pero, finalmente, dice—: Porque le dije que no puedo amarla.
Mi corazón se salta un latido.
—Porque le dije que no he podido olvidarte. —Me mira a los ojos y una mezcla de tristeza y frustración inunda sus facciones.
Mi estómago se revuelve ante sus palabras y mi corazón se acelera ligeramente. Trato de mantenerme serena, pero mi cuerpo entero parece reaccionar ante el sonido de su voz. Los ojos de Harry me estudian a detalle y yo lucho por mantener mi expresión tranquila y resuelta en el proceso.
—Pero, esto… —continúa, y se señala a sí mismo—.
Que yo lo sienta, quiero decir… No es suficiente.
—Hace una pausa—. Así que he pasado el día entero preguntándome…
—continúa y me mira con aprehensión—. ¿Qué es lo que ella necesita?
¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Qué es lo que espera?
—Su voz baja hasta ser un susurro—. ¿Qué es lo que esperas, Maya? Dímelo, por favor…
No me pasa desapercibido el hecho de que su voz suena diferente ahora… Casi asustada.
—Yo no espero… —empiezo a decir, pero me detengo al ver cómo sus facciones se oscurecen con frustración reprimida. Un extraño peso se instala sobre mis hombros y clavo mi vista en la suya. Un centenar de palabras se acumula en la punta de mi lengua luego de eso.
No me atrevo a decir nada. Solo lo miro directamente a los ojos durante un largo y tortuoso momento. Un suspiro frustrado se le escapa y su ceño se frunce con contrariedad al tiempo que aprieta la mandíbula y frota su rostro con una mano.