Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Dejo de intentar conciliar el sueño. Me siento agotada, pero me consuela saber que falta poco para que amanezca.

No sé exactamente qué hora es, pero el sonido del tráfico matutino que comienza a filtrarse a través de las ventanas del apartamento me dice que el sol está próximo a salir.

Eso me alivia de un modo incomprensible.

Hacía mucho tiempo que no pasaba una noche así de mala.

Hacía mucho tiempo que no pasaba la noche entera entre sueños tortuosos…

Cuando los primeros rayos de sol comienzan a filtrarse entre las cortinas, me pongo de pie y doblo las frazadas que Harry trajo anoche para mí. Me quedo unos instantes sentada, con la mirada fija en la alfombra, antes de decidir levantarme.

En silencio, me cuelo en la cocina y rebusco en las gavetas superiores por un vaso para beber algo de agua.

Logro identificar una cafetera sobre uno de los muebles de cocina y, por un breve segundo, considero la posibilidad de preparar un poco de café, pero desecho el pensamiento casi de inmediato.

No me siento cómoda con la idea de preparar café en una casa que no es mía con un aparato que no me pertenece.

Me atengo, entonces, al plan inicial, y sirvo un poco de agua en el vaso que he tomado prestado. Me lo bebo todo casi de un trago.

—¿Te gusta el café? —La voz amable a mis espaldas me hace pegar un bote.

El vaso casi cae de entre mis dedos, pero logro aferrarlo antes de comenzar a toser con fuerza.

El agua quema en mi nariz y no termina de bajar del todo por mi tráquea, así que golpeo mi pecho y lucho por recuperar el aliento.

Mis ojos lagrimean en el proceso. Finalmente, cuando logro respirar con normalidad una vez más, me giro sobre los talones y me topo de frente con la mirada escandalizada y divertida de Anne.

—¿Te encuentras bien? —Sonríe, aunque luce ligeramente horrorizada.

Asiento, pero todavía trato de deshacer la sensación rasposa que se ha apoderado de mi garganta.

—Buenos días. —Mi voz suena áspera y ahogada, pero es el mejor sonido que consigo emitir.

Anne asiente con lentitud.

—Buenos días —dice y, sin decir una palabra más, se encamina hasta la cafetera y comienza a trabajar en ella.

No luce impresionada por mi presencia aquí, así que asumo que debe saber que Harry salió ayer a mitad de la noche. Asumo, también, que intuyó a dónde se dirigía y que es bastante probable que nos haya escuchado cuando llegamos.

—¿Maya? —Su voz jovial y amable me saca de mis cavilaciones.

—¿Sí?

—¿Puedes freír algo de tocino, por favor?

La pregunta me saca de balance, pero asiento y me apresuro con pasos torpes hacia el refrigerador para tomar un paquete abierto de tiras de tocino.

Anne me muestra el lugar donde puedo encontrar una sartén y, en silencio, me pongo a cocinar.

Ella, por otro lado, cuando termina con el café comienza a preparar huevos revueltos.

Revoloteamos alrededor de la cocina y, al cabo de veinte minutos, tenemos el desayuno listo.

Durante todo ese tiempo espero que diga algo acerca del modo en el que he aparecido aquí o de la forma en la que me marché la última vez, pero no lo hace.

Actúa como si tenerme aquí no fuese nada del otro mundo.

Como si mi presencia en este lugar fuese cosa de todos los días.

—Llamaré a Harry —anuncia cuando apaga la sartén y me dedica una sonrisa amable antes de desaparecer por la puerta de la cocina.

Mi ceño se frunce ligeramente en ese momento. La confusión es cada vez más grande, pero me las arreglo para ignorarla y servir algo de comida en tres platos. Acto seguido, los acomodo sobre la pequeña mesa del comedor.

Al cabo de unos segundos, Anne y Harry entran a la cocina. Él mira a su madre como si le hubiese crecido una segunda cabeza y sé, de inmediato, que también esperaba otra reacción por parte de ella.

Una sensación incómoda se cuela debajo de mi piel, pero trato de ignorarla.

Así pues, sin decir nada, me siento en una de las sillas y Harry me imita sentándose en el lugar a mi lado.

La madre de Harry se demora llenando una taza con café y yo trato de justificar la falta de conversación engullendo un poco de tocino.

—Voy a decir esto solo una vez —dice Anne al cabo de unos tensos instantes sin mirarnos. Su voz suena dura, pero no deja de trabajar en la bebida. Ahora se dispone a poner azúcar en ella—: Deben dejar de hacer esto.

Detiene sus movimientos y se gira para enfrentarnos. Hay un brillo enojado en su mirada, pero su gesto sigue impasible.

—Ya no estoy en edad de aguantar estas cosas —dice, con dureza—, y ustedes no son un par de adolescentes como para comportarse como lo hacen.

—Nos mira de hito en hito—. Harry —posa su atención en su hijo y esboza un gesto exasperado—, si la chica te ha dicho ya una y mil veces que quiere que te alejes, lo haces, por el amor de Dios.

—Me mira y su expresión se vuelve severa y maternal—.

Maya, si mi hijo te busca, hazme el favor de mandarlo al diablo y no ceder más a sus caprichos absurdos —sacude la cabeza y la furia se filtra en sus facciones—.

Estoy harta de ustedes dos. Estoy cansada de ilusionarme con la idea de que, por fin, van a dejar su estupidez y van a intentar tener algo en serio.

Estoy harta de sentirme terriblemente mal por ti, Maya —me mira con aprehensión—, porque sé y me consta que has sufrido la vida entera por este imbécil que tengo por hijo —lo señala—.

Porque vi el dolor en tu mirada durante un año entero en el que no supimos nada de él y porque sé que mereces algo mejor que lo que te ofrece.

—Posa su atención en su hijo—. También estoy cansada de ti, Harry —dice para él—.

Cansada de ver cómo arruinas tu vida con la toma de decisiones tan pobre que tienes.

De ver que no eres capaz de luchar por lo que quieres.

Estoy harta de ver cómo estiras la mano para tomar lo que es tuyo, pero terminas arrepintiéndote en el último momento.

¿Tu objetivo al entregarte y trabajar para la policía no era arreglar el desastre de vida que llevas?

¿Qué pasó, entonces? ¿Por qué no lo haces de una maldita vez y dejas de jugar con todos nosotros?

Harry luce horrorizado y yo quiero enterrar la cara en la tierra debido a la vergüenza que siento.

—Necesitan dejar de andar a tientas los dos.

Necesitan dejarse de estupideces y cortar de tajo con lo que tienen, si es que realmente hablan en serio cuando se alejan el uno del otro —sentencia y hace una pequeña pausa antes de continuar—: Ahora, si lo que realmente pretenden con todo este asunto del ir y venir es ver quién cede primero para arreglar sus diferencias y tener algo de verdad, entonces, les pido encarecidamente que dejen de hacerlo.

Que se dejen de orgullos tontos y hablen claro.

No tienen una idea de lo desgastante que es mirarlos estirar y aflojar.

¿Es que es tan difícil dejarse de estupideces y admitir que aún hay algo entre ustedes?

¿Son tan ciegos que no pueden ver que se les nota a kilómetros a la redonda lo mucho que aún se importan?

Se hace el silencio y Anne toma una inspiración profunda antes de mirar a Harry con aprehensión.

—Mamá…

—¡No! ¡Mamá, nada! —Anne lo señala con un dedo, como quien regaña a un niño pequeño—.

Deben dejar de hacerse esto. Deben dejar de lastimarse el uno al otro y decidir de una buena vez por todas qué quieren hacer con este remedo de relación que tienen —sacude la cabeza—.

Suficiente dolor han tenido ya en sus vidas como para seguir lastimándose como lo hacen.

Ya basta. Por el amor de Dios, ya basta.

Anne nos dedica una última mirada enojada antes de girarse de nuevo hacia su café a medio preparar.

—Yo debería estar malcriando nietos, no haciendo esto —masculla, en voz casi ininteligible.

El rubor se apodera de mi rostro y siento cómo la vergüenza se apodera de mí a toda velocidad. Mi vista se clava en el plato que tengo enfrente porque no sé hacia qué otro lugar mirar.

Toda el hambre que tenía se ha esfumado para este momento.

El cansancio también. Lo único que quiero hacer ahora mismo es cavar un agujero en la tierra e introducirme en él hasta olvidar lo que acaba de pasar.

Ni siquiera me atrevo a mirar a Harry, que se ha quedado completamente mudo de la vergüenza.

Anne se sienta en la silla frente a mí y bebe su café a sorbos pequeños antes de comer un poco del tocino que preparé.

Su expresión es estoica, pero aún hay irritación filtrándose en sus facciones.

Harry imita a su madre y picotea algo de la comida sin decir una palabra.

Yo soy la única que no puede hacer otra cosa más que mantener la mirada gacha y el tenedor aferrado entre los dedos.

—Harry, tu lavadora no sirve —dice la mujer, al cabo de un largo rato, y se pone de pie—. Tengo que ir a la lavandería, pero no tardaré demasiado. — Nos mira una vez más—. Por favor, no se maten el uno al otro. No discutan más. Dejen de lastimarse, ¿de acuerdo?

Siento cómo el calor se apodera de mi rostro en ese momento, pero asiento con un movimiento casi imperceptible. Harry masculla algo que no logro entender y, segundos después, Anne abandona la estancia.

El silencio se apodera del lugar en el instante en el que la madre de Harry se marcha.

Él no dice nada, así que yo tampoco lo hago.

Dejo que las palabras de Anne se asienten entre nosotros y creen un ambiente extraño y tenso.

Al cabo de un rato, Harry empieza a comer en silencio, así que lo imito, a pesar de que no puedo engullir bocado alguno.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que Harry se ponga de pie con su plato vacío y lo deje en el lavaplatos.

Yo ni siquiera he podido comer la mitad de la porción que serví para mí, pero trato de meter un poco más de comida en mi sistema al tiempo que observo cómo se inclina hacia adelante y aferra el borde del mueble de cocina con ambas manos.