Capítulo 29 #4
—Por el amor de Dios, Maya —dice—. ¿Es demasiado difícil hacerlo?
¿Es así de difícil abrir la boca y decir qué diablos es lo que quieres?
¿Es tan jodido para ti escupirme a la cara todo eso que siempre has guardado para ti misma?
—Se hace el silencio—. ¿Lo ves? —dice, al cabo de un largo rato—.
Esto es lo que yo detesto. El silencio. Tu silencio…
—Pasa una mano por su cabello y deja caer las hebras largas hacia un costado de su rostro—.
Odio que no seas capaz de decirme lo que piensas.
Odio tener que andar a tientas sin saber qué es lo que quieres de mí.
Siempre ha sido así, Maya. Desde que te conocí.
—Me regala un gesto negativo—. Necesito saber qué es lo que esperas que haga, porque ya me cansé de intentar adivinarlo.
Me pides que me aleje, pero luego me buscas.
Te busco y me echas de tu vida con una patada en el puto culo; y, sin más, me dejas así, sintiéndome tan patético y miserable como siempre; volviéndome loco por descifrar qué es lo que he hecho mal ahora y qué debo hacer para tenerte de regreso.
Para hacerte feliz. —Se moja los labios con la lengua—.
Así que, dime, por favor, Maya, ¿qué es lo que quieres de mí?
Dímelo de una vez por todas. Te lo ruego.
No puedo hablar. No soy capaz de encontrar el sonido de mi voz; así que me quedo aquí, con la vista clavada en él y el corazón latiéndome a una velocidad antinatural. No sé por qué estoy paralizada ahora. No sé por qué tengo tanto miedo de decir todo lo que pasa por mi cabeza.
Un suspiro brota de la garganta de Harry y, de pronto, noto la decepción en sus ojos. A pesar de eso, no dice nada. Se limita a asentir, en señal de entendimiento y rendición, antes de ponerse de pie para marcharse.
—Lamento mucho haberte hecho perder el tiempo, amor —dice con amargura y comienza a descender para marcharse.
Todo mi cuerpo grita debido a la angustia. Quiero detenerlo. Quiero que se quede aquí y hable conmigo. Quiero ser capaz de mirarlo a los ojos y decirle todo eso que nunca he tenido el valor de pronunciar… «¡No dejes que se vaya!».
—Seguridad… —digo, en voz alta, y Harry se detiene en seco. No estoy segura de qué estoy haciendo, pero me pongo de pie—. Quiero seguridad. Quiero tener la certeza de que no voy a tener dos versiones diferentes de ti.
—Las palabras comienzan a salir a toda velocidad—.
De que vas a ser el mismo Harry hoy y el día de mañana…
Quiero tener la seguridad de que nunca más vas a volver a ocultarme algo o a mentirme.
—Sueno temblorosa e inestable, pero no me detengo—.
Necesito estabilidad emocional, paz, tranquilidad…
—Hago una pausa—. Quiero que dejes de asumir que estoy mejor sin ti, porque sabes bien que no es así.
Quiero que dejes de sobreprotegerme y me enseñes a cuidar de mí misma.
—Me detengo de nuevo y trago el nudo que comienza a formarse en mi garganta—.
Quiero que seas honesto conmigo. Siempre, Harry. Es lo único que quiero.
Se gira para encararme y me contempla durante un instante que se siente eterno.
—¿Y tú? —pregunto, con voz tímida y pequeña—. ¿Qué es lo que quieres?
—Yo quiero que dejes esa maldita inseguridad tuya —dice él, con la voz enronquecida—.
Que dejes de echarme de tu vida a la primera de cambios y dejes ese absurdo miedo que le tienes a sentir algo por mí.
—Sube un par de escalones para acercarse un poco más—.
Quiero que luches por mí del mismo modo en el que yo ansío pelear por ti.
Quiero sentir que me amas con cada fibra de tu ser y no con ese amor asustado que siempre me has ofrecido.
—Se detiene cuando queda frente a mí—. Sé valiente, Maya. Estoy harto de las medias tintas.
Una mano grande ahueca un lado de mi rostro y mis ojos se cierran mientras absorbo su contacto.
—Hoy no he dejado de pensar en todos los motivos por los cuales nos fuimos al carajo tantas veces —continúa cuando nota que no estoy lista para hablar todavía—, y lo único que se me ocurre es que siempre estuvimos así: a medias.
Tú estabas demasiado asustada de mí como para dejarme entrar en tu vida y yo estaba a la defensiva todo el tiempo.
—Se detiene unos segundos—. ¿Cómo iba a funcionar si ninguno de los dos estaba dispuesto a dar más?
—Su pulgar traza caricias suaves en mi mejilla—.
Maya, estoy harto de aferrarme a los pequeños destellos de cariño que me das cuando te sientes vulnerable.
Y no me malentiendas; estuve enamorado de la Maya asustada.
Me volví loco por esa chiquilla insegura e indefensa que necesitaba que la protegieran todo el tiempo.
Estuve enamorado de esa chica con todo mi jodido ser…
Pero ya no puedo más con ella. No puedo cargar con su mierda cuando apenas puedo con la mía.
—Su mano libre se ahueca en el lado solitario de mi cara—.
Y no estoy pidiéndote que cambies por mí.
—Se inclina hacia adelante—. Estoy pidiéndote que seas valiente, porque sé que puedes serlo.
Porque he visto eso en ti. Muchas veces, Maya.
Llegados a este puno, está tan cerca que lo único que puedo ver cuando abro los ojos es el color esmeralda de los suyos.
—Lo vi la noche en la que me dispararon —dice, con un hilo de voz—.
Lo vi en la manera en la que defendiste a tu mejor amigo y en la forma en la que te arriesgaste para intentar salvarme.
—Se detiene unos instantes—. Cada vez que te miro a los ojos veo valentía.
Esa misma que tuviste para aferrarte a la vida a pesar de todas las cosas horribles que tu padre te hacía.
Esa con la que me enfrentaste cuando me negué a aceptar que me pagaras los condenados cincuenta dólares que le di al alcohólico de tu padre.
—Una pequeña sonrisa tira de las comisuras de sus labios con el recuerdo—.
Deja de tenerle miedo a esa parte de ti, Maya.
Mi garganta quema debido a las emociones albergadas en mi interior, pero no aparto los ojos de él. Sus pulgares trazan caricias suaves en mi piel y se inclina un poco más. Sus labios rozan mi frente luego de eso. A pesar de que estoy un escalón más arriba que él, sigue siendo demasiado alto.
—Quiero estar contigo, Maya —susurra, contra mi piel—. Con cada fibra de mi ser. Con cada jodida célula de mi cuerpo… Pero, si tú no estás dispuesta a hacer que funcione, no puedo hacer nada para que ocurra. Para que funcione…
—Harry… —Mi voz es un susurro tembloroso.
—Enséñame a hacerte feliz, Maya —pide, y sus labios bajan por el puente de mi nariz y se detienen muy cerca de mi boca—. Déjame demostrarte que puedo ser eso que necesitas…
Sus labios rozan los míos con suavidad. Un escalofrío me recorre el cuerpo y mis párpados se cierran. Él no intenta profundizar el beso. Al contrario, se queda ahí, suspendido en el aire, a la espera de que sea yo quien acorte la distancia entre nosotros.
Mis labios hormiguean, mi corazón late fuerte contra las costillas y siento cómo la sangre me zumba por todo el cuerpo.
Acto seguido, viene otro roce. Un sonido ahogado brota de mis labios y, sin pensar en lo que hago y rindiéndome a las ganas salvajes que tengo de besarlo, rompo la distancia que nos separa y planto mi boca en la suya con urgencia.
Harry se queda quieto durante unos segundos, pero me corresponde al cabo de unos instantes de estupor.
Mi pulso ruge detrás de las orejas luego de eso, mis manos tiemblan, mi cuerpo se siente más ligero que nunca y mi pulso golpea fuerte.
Él murmura algo contra mi boca, pero ni siquiera trato de entender lo que ha dicho.
Me limito a acallar sus palabras con otro beso intenso. Quiero creer en él.
A pesar de que mi parte sensata me grita que debo apartarme, porque Harry nunca va a ser capaz de ser honesto conmigo, dejo que el corazón se haga cargo y domine mi cuerpo por completo. Dejo que mi alma sea la que decida ahora mismo. Porque, de verdad, quiero creer en él…