Capítulo 21 #2
Otro grito ahogado viene a mí y mi cuerpo se hiela por completo. El terror enrosca uno de sus poderosos brazos alrededor de mi cuerpo y me deja sin aliento. No puedo permitir que le hagan daño a mi mejor amigo. No puedo dejarlo aquí. Tengo que hacer algo. Lo que sea…
Estoy acuclillada junto a una camioneta y lo único que se me ocurre hacer es golpearla. Golpearla para llamar la atención de la gente que rodea a Jeremiah. Sin pensarlo dos veces, estrello mi arma contra el cristal del lado del copiloto y la alarma estalla.
La atención de todos aquellos que rodean a mi amigo se vuelca en dirección a donde yo me encuentro y la victoria canta en mis venas.
«¡No te detengas, Maya! ¡Vamos!».
Corro otro poco y golpeo otro coche con toda la fuerza que poseo. Acto seguido, me echo a correr en dirección opuesta a donde todo el mundo se encuentra. Lo único que espero es que estos tipos me sigan para que él pueda marcharse.
Escucho los gritos furiosos detrás de mí y trato de zigzaguear ente los vehículos para perderme en la oscuridad de la noche y las estructuras de metal; pero mis intentos son en vano, ya que alguien tira de mi camisa y caigo de espaldas a tierra.
El sonido sofocado que se me escapa no le hace justicia a lo que en realidad siento en estos momentos.
No puedo respirar. Me he quedado sin aire en los pulmones.
Mi atacante me toma por el cabello y ahogo un gemido de dolor cuando tira de mí y comienza a arrastrarme.
Yo, al darme cuenta de lo que hace, muevo las piernas para impulsarme y no permitir que me arranque el cuero cabelludo.
De pronto, han dejado de arrastrarme y mi vista se llena con la imagen de un hombre que me es vagamente familiar. No me detengo a intentar averiguar quién es. En su lugar, golpeo su nariz con la parte más dura de mi palma, justo como me enseñaron en las clases de defensa personal.
Él se tambalea hacia atrás y me deja ir. Mis pies tropiezan un poco cuando me deja ir, pero mantengo el equilibrio como puedo y trato de correr una vez más. Alguien más se interpone en mi camino y me preparo para arremeter con una patada, pero me detengo en seco cuando miro lo que lleva en la mano.
Mi corazón se salta un latido en el instante en el que el tipo frente a mí me apunta con la pistola que sostiene entre los dedos.
—Se acabó el juego, niñita estúpida —gruñe y alzo las manos en señal de rendición.
El tipo luce furioso, pero no dispara. Se limita a mirarme de pies a cabeza y hacer un gesto en dirección a la bodega.
No me muevo. Sé que quiere que avance, pero no lo hago.
Me quedo quieta, a la espera de que un jodido milagro ocurra, pero no pasa nada.
Sigo aquí, de pie frente a alguien que me amenaza con un arma de fuego.
—Camina —espeta con impaciencia, y mis ojos se cierran unos segundos.
No quiero avanzar, pero lo hago de todos modos.
Lo hago porque no quiero tentar a mi suerte.
Un montón de miradas están clavadas en mí, pero yo no aparto la vista de mis pies hasta que me hacen arrodillarme junto a Jeremiah, quien sigue tirado en el suelo.
Sostiene uno de sus brazos contra el pecho, y su nariz y su boca están bañadas en sangre.
—¿Estás bien? —susurro con la voz temblorosa por el terror y la ansiedad. Él asiente, sin apartar la vista del hombre que me señala con un arma—. ¿Qué le pasó a tu brazo? ¿Te dispararon?
Niega con la cabeza. Sigue sin mirarme.
—Está roto. —Su voz suena gangosa, áspera y aterrorizada.
Mis ojos vuelven a cerrarse y le ruego al cielo que Kim y Will hayan podido recuperar a su hija. Todo esto habrá valido la pena si Hayley vuelve a estar en los brazos de sus padres.
—¡Pero mira qué tenemos aquí! —La voz de Tyler resuena en algún punto cercano y quiero gritar de la frustración—. ¡Nada más y nada menos que Maya Bassi!, ¿no es esto maravilloso, Stevens?
No quiero mirar. No quiero abrir los ojos y enfrentarme con la mirada interrogante de Harry. No quiero verle la cara cuando tenga que explicarle que todo se fue al demonio por mi culpa, y que nunca —nunca— debí armar ninguna clase de plan para intentar solucionarlo todo.
El silencio se ha apoderado del ambiente y lo único que soy capaz de escuchar ahora mismo es el sonido de la respiración dificultosa y entrecortada. Nadie dice nada. Nadie se mueve. Todos están a la expectativa de saber qué hará Tyler con los dos entrometidos que han osado venir a su territorio.
—A Nadia le encantaría ver esto —dice la voz de una chica y aprieto la mandíbula.
La imagen de la mujer rubia que me encontré en el apartamento de Harry invade mi cabeza. Me pregunto si aún tendrá contacto con ella. Me pregunto si ella prefirió seguir a Tyler en vez de a Harry. No me sorprendería ni un poco que así fuera.
El sonido de unos pasos lentos y deliberados rompe con el estado de quietud en el que todo se ha sumido y se detiene de forma abrupta. Sé que, sea quien sea, está frente a mí. Puedo sentirlo.
Una mano se cierra en mi barbilla y me obliga a alzar el rostro. El tacto áspero es firme y cuidadoso al mismo tiempo, y sé quién es mucho antes de que me atreva a abrir los ojos.
Tomo una inspiración profunda y el aroma familiar y fresco inunda mis pulmones.
Mi estómago se retuerce en ese momento y mi pulso se acelera.
El horror, la vergüenza, la angustia… Un muro de sentimientos se construye bloque a bloque dentro de mi pecho y me cuesta trabajo respirar. Me cuesta trabajo no gritar.
Mis párpados se abren. Un par de ojos color verde esmeralda me observan fijamente y todo se siente familiar y desconocido al mismo tiempo. Es él.
Es Harry Stevens quien me mira, pero se siente mal en todos los aspectos. La forma glacial en la que me observa, aunada a la tensión que hay en su mandíbula y su ceño fruncido, me hacen sentir como si estuviese delante de un completo extraño.
—Me supongo que te preguntas qué está haciendo ella aquí, ¿no es así, Stevens? —La voz de Tyler es un ronroneo a mis espaldas.
La repulsión que siento hacia ese hombre viene a mí en forma de escalofrío. Harry está acuclillado frente a mí, así que tiene que alzar la vista para mirar al chico que está de pie justo detrás de mí. Mis ojos se cierran una vez más y siento cómo los del chico de las cicatrices vuelven a mí.
—¿Me puedes explicar qué está pasando aquí? —dice, con voz ronca, profunda y calmada. Suena antinatural en contraste a la tensión que nos envuelve.
—¿Vas a decírselo tú, Maya? ¿O lo haré yo? —dice Tyler con socarronería.
Me obligo a mirar a Harry. Él ni siquiera ha apartado su vista de mí. Luce tranquilo. Demasiado en control de sí mismo. Luce como suele hacerlo cuando está a punto de estallar. Como cuando está a punto de dejarse engullir por la oscuridad que existe dentro de él…
Inevitablemente, la palabra «Bestia» inunda mis pensamientos, y muerdo la punta de la lengua para no gritar de la frustración.
—Creo que lo haré yo, ¿cierto? —dice Tyler tras unos instantes de silencio.
Una carcajada extasiada escapa de su garganta tras eso.
—Maya y yo hicimos un trato, Stevens —dice, y la mirada de Harry se llena de una emoción que no logro descifrar.
—No es cierto —digo en un susurro urgente y tembloroso. No sé en qué momento empecé a temblar como lo hago—. No es cierto, Harry.
—¿No lo es? —Tyler habla a mis espaldas—. ¿No fuiste tú quien dijo que lo entregaría para mí a cambio de tu hija?
El entendimiento surca los ojos de Harry y quiero gritarle que no es verdad. Que todo era parte de un plan para recuperar a Hayley sin tener que poner su cabeza de por medio. Un plan que salió horriblemente mal y que nos trajo hasta este punto caótico y doloroso.
—¡No! —Sacudo la cabeza con frenesí. La desesperación y la angustia forman un nudo en la parte posterior de mi garganta—. ¡No es cierto! ¡Te juro, Harry, que…!
Se pone de pie y me quedo a mitad de la frase. Sus ojos no me han abandonado ni un segundo, pero hay algo erróneo en ellos. Lucen fríos. Carentes de emociones. Helados…
Jamás me había mirado de ese modo. Jamás me había sentido así de horrorizada frente a él.
—Tom —dice con voz neutra—, ven aquí.
El chico moreno de la última vez se acerca y se detiene a pocos pasos de donde estamos. Harry hace un gesto de cabeza hacia Jeremiah, quien no ha despegado los ojos de nosotros ni un solo segundo. Está más pálido que nunca y las lágrimas en sus ojos me hacen saber que está igual de asustado que yo.
—Hazte cargo de él —dice, y el pánico rompe la caja que lo contenía.
—¡Harry, por favor! ¡Tienes que creerme, por favor! ¡No es lo que parece!
—Las palabras suenan arrebatadas y desesperadas, y las lágrimas llenan mis ojos. La ansiedad, el nerviosismo y las ganas que tengo de salir corriendo inundan cada poro de mi piel. Esto es doloroso. Es insoportable—. ¡Tienes que escucharme! Harry, tienes…
—Cállate —escupe con brusquedad y yo enmudezco de inmediato.
—Harry, por favor, déjalo ir —suplico tras unos instantes. Mi voz se ha enronquecido debido a las lágrimas que trato de contener—. Él no ha hecho nada. Por favor, déjalo ir…
Está ignorándome. Lo sé por la forma en la que se lleva las manos a la cinturilla de los vaqueros y desenfunda una pistola. Entonces, sin decir una sola palabra, apunta el cañón hacia mi cabeza.
Un grito se construye en mi garganta, pero lo reprimo hasta convertirlo en un gemido lastimoso que viene acompañado de lágrimas aterrorizadas.
Quiero gritar. Quiero aovillarme en el suelo y esperar el golpe de gracia, pero no puedo moverme.
No cuando Tom apunta hacia la cabeza de Jeremiah con una pistola.
—Debí decirle que la amaba —Jeremiah habla y lo miro, medio aturdida, medio horrorizada.
Está llorando. El agua salada deja surcos en su piel ensangrentada y luce como un niño pequeño e indefenso que está a punto de recibir el peor de los castigos.
—¡Maldición! Debí decirle que… —Se detiene y un sonido estrangulado brota de su garganta cuando reprime un sollozo.