Capítulo 21 #3
—Deja ir a Jeremiah —suplico hacia Harry una vez más, pero él parece no haberme escuchado—. ¡Harry, por el amor de Dios! ¡Déjalo ir! ¡Te lo ruego! ¡Deja que se marche!
No habla. No se mueve de su lugar. Ni siquiera deja de mirarme con esa horrorosa expresión vacía. Me limpio las lágrimas con los dedos torpes y reprimo un par de sollozos antes de decir:
—Por lo que más quieras, Harry. Deja que Jeremiah se vaya y huya. Llamé a la policía, ¿entiendes? Haz lo que quieras conmigo. Mátame si quieres; pero, por favor, váyanse de aquí cuando todo haya acabado.
Una emoción indescifrable surca el rostro de Harry y, por un doloroso momento, creo que va a escucharme; sin embargo, la frialdad se apodera de él una vez más y quita el seguro de su arma.
Se acabó. Todo esto terminó. Acabo de conseguir que nos maten. Harry va a matarme. El hombre al que más amé, y al que aún amo, está a punto de asesinarme.
—¡Manos arriba todo el mundo! —Una voz truena detrás de Harry—. ¡Policía de San Francisco! ¡Esto es un operativo! ¡Arrojen sus armas ahora mismo!
El pánico se detona en mi sistema y miro frenéticamente hacia todos lados antes de descubrir a Harry y a Tom apuntando sus armas hacia un punto detrás de nosotros.
Giro el rostro hacia todos lados y me topo de frente con la visión de Tyler, quien mira a Harry como si fuese el ser más despreciable de la tierra.
Espero escuchar el sonido de las patrullas, pero no llega. Espero escuchar el sonido de los disparos, pero tampoco hace acto de presencia. Todo el mundo está paralizado y es en ese momento que lo noto… Por cada hombre que hay por la parte de la banda de Tyler hay otro apuntándole con un arma.
El entendimiento surca las facciones de Tyler y pasa del aturdimiento a la sorpresa para después convertirse en una ira cruda y cegadora.
—Bastardo hijo de puta —sisea hacia Harry—. Debí haber sabido que eras un jodido traidor.
Mi vista viaja hasta Harry en ese momento y las piezas caen una a una en su lugar.
Las palabras de Luke en su apartamento cuando planeaba venderlo, las mentiras de Will, su extraña relación con el abogado Douglas Schneider, todas las conversaciones que tuve con él en las que me pedía que confiara, todas aquellas veces en las que estuvo a punto de decirme algo pero se contenía…
La imagen devastadora de sus manos sosteniendo un arma contra Tyler Lawson.
Todo tiene sentido. Todo encaja a la perfección y sé, desde lo más profundo de mi pecho, que la verdad absoluta acaba de ser revelada. Harry Stevens trabaja para la policía.
—Oh, mierda… —Las palabras salen de mi boca casi por propia voluntad y quiero reír. Quiero echarme a llorar. Quiero enterrar la cabeza en lo más profundo de la tierra porque no hay nada más vergonzoso que no haberlo notado antes.
«¿Cómo diablos no lo noté antes?».
—Se acabó, Tyler. —La voz serena y ronca de Harry envía una oleada de alivio a mi sistema—. Todo acabó.
La furia que irradia Tyler es tan intensa que puedo percibirla hasta donde me encuentro.
—Te equivocas, Stevens —habla él—. Esto apenas empieza.
De pronto, hace un gesto de cabeza hacia alguien detrás de nosotros y un estallido resuena a mis espaldas. Un grito de puro terror me abandona. El pitido irritante provocado por el sonido intenso del disparo apenas me permite orientarme.
—¡Maya! ¡Al suelo! —El grito llega a mí a pesar de que casi no puedo oír nada y, entonces, el caos se desata.
Jeremiah y yo nos dejamos caer al suelo al tiempo que el sonido de las balas lo invade todo. La gente grita y corre por todos lados, y lo único que puedo hacer es rogarle a Dios que ninguna bala nos alcance, porque estamos en medio del fuego cruzado.
Mis dientes castañean, mi corazón ruge contra las costillas y el llanto es incontenible ahora.
Vamos a morir. Todos aquí vamos a morir…
He perdido de vista a Harry. El desastre es tan grande que ni siquiera soy capaz de localizar a Tyler entre la multitud de personas que tratan de huir.
Los hombres de Lawson trepan a sus coches y tratan de escapar, pero muchos de ellos son interceptados por los agentes policíacos que visten como si fuesen asistentes de mi chico de las cicatrices.
Alguien cae al suelo a mi lado con un golpe sordo y grito al ver el montón de sangre que brota de su hombro.
El tipo suelta gruñidos adoloridos y gime de dolor, y yo no sé si debo acercarme a ayudarlo o dejarlo ahí para que alguien más se haga cargo.
Ni siquiera tengo tiempo de pensarlo demasiado, ya que alguien está sobre él ahora y le coloca unas esposas en las muñecas.
De pronto, todo termina. No hay más balas ni peleas. Solo oficiales llevándose a la gente hacia los pocos vehículos que quedan aparcados en el lugar.
—¡¿Dónde diablos está Lawson?! —Alguien grita en la lejanía y una oleada de terror me invade—. ¡Encuéntrenlo, maldita sea! ¡No dejen que escape!
«¡Tyler! ¡Buscan a Tyler!», grita la voz en mi cabeza, pero la ignoro mientras miro cómo se llevan casi a rastras al hombre sangrante de hace un momento.
Trato de localizar a Jeremiah entre la gente a la que escoltan, pero no lo encuentro por ningún lado. Un atisbo de nerviosismo me estruja el pecho. Estoy a punto de echar otra ojeada cuando alguien aparece en mi campo de visión y, por acto reflejo, retrocedo con brusquedad.
La mirada aterrorizada y aliviada de Harry aparece frente a mí y está tan cerca que puedo sentir el calor que emana su cuerpo.
—¿Estás bien? —pregunta y el tono dulce que utiliza me llena el pecho de emociones violentas y poderosas.
No puedo responderle. Ni siquiera puedo ordenar el barullo incoherente de mis pensamientos. Su mano se estira hacia mí y ahueca mi mejilla.
Luce salvaje, desaliñado, horrorizado, aliviado…
Todo al mismo tiempo. El cabello alborotado se le pega en la frente y su pecho sube y baja por la respiración dificultosa y, en ese momento, todo se transforma.
Todo deja de ser lo que es para transformarse en otra cosa.
El escándalo no existe. No hay oficiales llevándose delincuentes, no hay golpes ni gruñidos de dolor…
En este preciso instante, nada existe. Nada es capaz de eclipsar la figura imponente de Harry, quien se encuentra arrodillado frente a mí.
—Tengo algo que decirte —pronuncia en voz baja y dulce.
Una carcajada corta e histérica brota de mis labios.
«¿Desde cuándo trabajas para la policía? ¿Cómo pasó? ¿Por qué no me lo dijiste antes?». Quiero preguntarle todo esto, pero las palabras no salen de mi boca.
—Siempre ha sido por ti, Maya. —Su rostro rompe en una sonrisa y mi pecho se llena de una emoción nueva, intensa y maravillosa.
Me atrevo a tocarlo. Mis dedos se estiran hasta enredarse en las hebras onduladas de su cabello y lo aferro con suavidad. Él cierra los ojos al sentir mi tacto y mi alma canta con el millar de emociones que me invade.
—¿C-Cómo? —tartamudeo—. ¿Desde cuándo? ¿Qué fue lo que pasó? Su sonrisa se ensancha otro poco.
—Me entregué, amor —susurra—. Lo hice y…
Un estallido lo interrumpe. Su expresión pasa de la felicidad absoluta a la sorpresa y al asombro. Entonces, su cuerpo cae hacia adelante y me aplasta sin previo aviso. La confusión se apodera de mi cuerpo y, acto seguido, lo veo…
Empieza como un círculo pequeño y se extiende con rapidez hasta formar una mancha color rojo carmesí en el material de su camisa de color claro.
Un grito brota de mis labios en ese momento y me aparto para recostarlo y arrodillarme en el suelo junto a él.
Mis manos presionan contra la herida de bala que tiene en el lado derecho de la espalda baja y todo pierde enfoque.
Mis manos están llenas de sangre. Mi ropa también lo está y, a pesar de eso, no aparto mi tacto del lugar del que brota la hemorragia.
El llanto incontenible es casi tan doloroso como la opresión angustiante en mi pecho, pero trato de empujar mis manos contra la herida con más firmeza.
Necesito hacer que la sangre deje de salir.
Hay gente a mi alrededor. Tratan de apartarme, pero no lo permito. Sollozo, grito y suplico una y otra vez, pero ni siquiera sé a quién le estoy hablando. No me importa, en realidad.
Nada importa ahora mismo. Nada importa porque acaban de disparar a Harry Stevens. Acaban de disparar al amor de mi vida.