Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿Dejaste ir solo a Will? —inquiero al tiempo que trepo en el coche de Jeremiah y doy un portazo.

Cuando llegó ni siquiera se molestó en estacionar. Se quedó a media calle con el coche encendido y tocó la bocina para que yo lo localizara entre el tráfico.

—No. Kim está con él. Estaban juntos cuando Will me encontró —dice sin siquiera mirarme, al tiempo que pisa el acelerador.

La manera como conduce ahora mismo podría llevarle un par de infracciones, pero no es hasta que tomamos un poco más de velocidad que decido que debo ponerme el cinturón de seguridad.

Una vez superado el breve momento de terror vial me permito procesar lo que ha dicho respecto a Will.

El alivio que me invade luego de saber que Kim está con él es más grande que cualquier sensación de miedo que pudiese llegar a provocarme la forma en la que Jeremiah se atraviesa en el camino de otros autos.

—¿Tienes la dirección del lugar en el que van a reunirse? —Jeremiah habla tras unos minutos de camino silencioso.

Asiento.

—Conoces el lugar —digo. Trato de sonar serena y tranquila, pero no lo consigo.

Hace ya un rato que dejé de llorar. Hace ya un largo momento que empujé todo el miedo en una caja al fondo de mi cerebro. Desde entonces, he tratado de concentrarme en el aquí y el ahora.

—Es la bodega en la que… —«En la que Harry mató a Rodríguez»—. En la que me dispararon.

Jeremiah suelta una maldición en voz baja.

—Es muy lejos. —El tono de su voz es tenso y preocupado—. Con este tráfico no llegaremos.

El pánico amenaza con invadirme, pero me las arreglo para convertirlo en una bola diminuta en mi estómago.

—Tenemos que hacerlo, Jeremiah. —Mis puños se aprietan—. Tenemos que llegar a tiempo.

—También tenemos que pensar en un plan B, Maya —dice, con preocupación—. Si no llegamos a tiempo y Harry ya está en la bodega tenemos que idear un plan para sacarlo de ahí antes de que todo se vaya al carajo.

—¿Una distracción, quieres decir? —Mi mente maquina a toda velocidad, pero todo suena muy descabellado.

Jeremiah asiente.

—Exactamente. ¿Qué tan rápido puedes correr?

El terror gana un poco de terreno y poso mi mirada horrorizada en él.

—¿Qué estás tramando ahora? —El miedo se filtra en el tono de mi voz—.

En serio, tus planes me asustan.

Él ni siquiera aparta la vista del camino.

—Pensaba en algo como, ya sabes… —Se encoge de hombros en un gesto que pretende ser casual—. Destrozar un par de coches, hacer sonar algunas alarmas, que todos salgan, interceptar a Stevens en medio del alboroto… Algo como eso.

—¿Y si están armados? —Mi voz suena más aguda de lo normal. Guarda silencio unos segundos.

—Eso es todo lo que tengo —dice—. ¿Se te ocurre algo mejor?

Una risa histérica brota de mis labios y le regalo una negativa. No puedo creer que realmente vayamos a hacerlo. Es un plan tan estúpido. Tantas cosas podrían salir mal…

—Vas a conseguir que nos maten —mascullo y fijo mi vista en el camino.

Trato de acompasar mi respiración acelerada en el proceso.

—Lo sé. —Veo, por el rabillo del ojo, cómo asiente—. Trato de no pensar demasiado en eso.

El auto de Jeremiah aparca en un área de descanso de la carretera, alrededor de las ocho y cinco minutos. Sé, de antemano, que hemos llegado demasiado tarde. Puedo ver el auto de Harry en la lejanía. Está aparcado afuera de la bodega, entre un montón de coches más.

Hay un poco más de una docena de vehículos estacionados en el perímetro del punto del lugar, y mi estómago se revuelve de pura ansiedad. Mis dientes superiores parecen estar soldados a los inferiores y mis uñas lastiman la carne blanda de las palmas.

Decir que estoy aterrorizada es poco comparado con lo que siento en estos instantes, pero trato de no pensar demasiado en ello. Me limito a repasar mentalmente las instrucciones que Jeremiah me ha dado acerca de cómo se supone que vamos a hacer trizas tantos coches como podamos.

—Quiero vomitar. —La voz de mi mejor amigo llena mis oídos.

Mi atención se vuelca hacia él en cuanto termina de pronunciar esas palabras y mis ojos se clavan en sus manos; las cuales están aferradas al volante con tanta fuerza que sus nudillos se han puesto blancos—.

Esto es tan familiar…—Sacude la cabeza—.

Hace más de un año estaba aquí, aparcado en este mismo coche con Stevens.

Hace más de un año estaba justo en este varadero rezándole a todos los jodidos santos para que salieras bien librada de todo eso.

—Su cabeza gira hacia mí—. Fue horrible, Maya.

Me falta el aliento.

—Será diferente esta vez. —Trato de convencerlo y, al mismo tiempo, trato de convencerme a mí misma.

—¿Cómo estás tan segura?

No respondo. Me limito a mirar hacia la estructura de metal oxidado que se alza cerca del acantilado.

La carretera está encima de una especie de colina y la bodega se encuentra justo abajo, donde esta termina, a la altura del muelle de rocas lisas que rompe las olas.

Entiendo por qué a estos tipos les gusta este lugar para reunirse: no hay nada en kilómetros a la redonda.

El olor a sal y a pescado se filtra a través de las ventanas cerradas del coche, y mi nerviosismo incrementa.

Hay tantas razones por las que eso podría irse a la mierda que ni siquiera puedo contarlas.

Vienen una a una a mi cabeza, pero las ahuyento tan pronto como llegan.

Esto tiene que salir bien. Voy a enloquecer si no sale bien.

—¿Estás lista? —Jeremiah pregunta tras unos segundos de absoluto silencio.

—No —me sincero.

—Bien —dice. No me pasa desapercibida la forma en la que sonríe. Está aterrorizado—. Yo tampoco.

Entonces, abre la puerta del coche y yo lo sigo.

Bajamos la colina en apenas unos segundos.

Jeremiah carga consigo una llave para cambiar neumáticos.

Es simple. No tiene esa forma de cruz habitual.

En realidad, es apenas una barra de metal que tiene en la punta un destornillador especial para llantas.

—Recuerda —dice, en voz baja—: Hasta que hagas sonar la alarma. No te entretengas demasiado en un solo coche. En cuanto veas que empiezan a salir de la bodega, corre y no te detengas. Yo iré por Stevens cuando todos estén distraídos por el desastre.

Asiento con rapidez y él esboza una sonrisa nerviosa para luego poner el destornillador en mis manos.

—Sé cuidadosa, Bassi.

—¿Qué usarás tú? —digo mirando sus manos vacías.

—Rocas. —Su sonrisa se ensancha. Si no lo conociera como lo hago, diría que está entusiasmado con toda la situación—. Te veo en el coche. Si algo sale mal, escóndete y no salgas hasta que acabe el peligro, ¿de acuerdo? Y, recuerda: no me iré sin ti, así que más te vale tener cuidado.

Muevo la cabeza en un gesto afirmativo.

—No hagas nada estúpido —digo, porque tengo la necesidad de hacerlo. Él sonríe.

—Lo mismo digo —dice y, acto seguido, miramos alrededor.

Jeremiah se agacha y toma una piedra del tamaño de mi cabeza antes de sopesarla en una palma.

—¿Lista?

—Sí —miento.

—Aquí vamos.

Entonces, nos echamos a correr. Mi primer objetivo es un bonito coche negro.

Alzo la barra encima de mi cabeza y la estrello contra el vidrio frontal.

El estallido que truena en mis oídos es satisfactorio, pero el sonido de la alarma no lo es tanto.

Escucho cómo otra alarma se enciende a lo lejos y casi sonrío al imaginar a Jeremiah lanzando esa roca gigantesca.

Me abro camino a toda velocidad hasta otro coche y estrello la llave en el vidrio trasero para luego correr hasta otro auto más y abollar el cofre.

De pronto, estamos rodeados de un caos chillante.

Las entonaciones desafinadas de los coches me hacen querer cubrirme los oídos, pero trato de no ponerles demasiada atención. Necesito seguir haciendo esto.

La adrenalina es indescriptible y me siento poderosa. Fuerte. Indestructible… Hay algo bastante agradable y retorcido en destrozar cosas. Nunca lo había hecho, pero es muy gratificante.

«¡No está funcionando! ¡Nadie viene!», grita la voz fastidiosa en mi cabeza, y el encanto previo se rompe. Aun así, trato de lanzarla lejos. Trato de alejar la negatividad, porque es lo que menos necesito ahora.

Sin poder detenerme, mi vista viaja a toda velocidad hacia la entrada de la bodega y noto cómo un montón de gente se empuja para salir del lugar.

Unos rostros horrorizados miran el desastre y me tomo una fracción de segundo para echarles un vistazo.

La euforia truena en mi sistema, pero la mantengo a raya como puedo.

La mantengo a un nivel manejable mientras me echo a correr entre los coches.

Sé que debo concentrarme en el plan. Sé que no debo distraerme con nada, pero, de todos modos, me permito buscar entre la gente de reojo.

Debería estar huyendo. Debería estar alejándome de todo el caos que me rodea; pero, en su lugar, estoy buscándolo con la mirada.

«Necesito saber si está aquí. Necesito saber si el coche que vi es realmente el suyo».

Las miradas incrédulas y horrorizadas invaden los rostros de los asistentes y sonrío un poco antes de escabullirme detrás de uno de los autos.

Los dueños lucen enfadados, horrorizados y confundidos, y la satisfacción hierve en mi sangre.

Estoy cerca de la colina. Solo tengo que salir de mi escondite y correr hacia arriba, en dirección al coche de Jeremiah.

«¡Esto está saliendo bastante bien!».

Una pizca de alivio inunda mi pecho cuando la esperanza me invade, pero trato de mantenerla a raya. Tomo una inspiración profunda y dejo ir el aire con lentitud.

«A la cuenta de tres corres colina arriba, Maya», digo para mis adentros. «A la cuenta de tres». «Uno, dos…».

De repente un alarido de dolor invade mi audición. Toda mi carne se pone de gallina, porque conozco esa voz.

«¡Jeremiah!».

La gente se aglomera alrededor de algo —alguien— y todos miran hacia abajo.

«¡No, no, no, no, no!».