Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

A estas alturas, no sé si eso sea una buena idea. Mi cuerpo entero se rehúsa a la sola posibilidad de llamar a la policía sin tener la certeza de que Harry está enterado de todo este embrollo. Quiero gritar. Quiero sacudir a Jeremiah hasta que la ansiedad se vaya. Quiero que todo esto termine ya…

Lucho contra la desesperación, la incertidumbre y las ganas de gritar y arrastro los pies hasta el lavamanos.

Entonces, me echo agua en la cara. Soy plenamente consciente de que arruinaré el poco maquillaje que me apliqué esta mañana; pero, llegados a este punto, esa es la menor de mis preocupaciones.

Mi vista se posa en el teléfono, el cual descansa sobre la tapa de la taza del baño, y me obligo a tomarlo entre los dedos.

Faltan cinco minutos para las siete de la noche.

Sé que es hora de llamar a la policía. Sé que debo seguir el plan al pie de la letra, pero estoy tan asustada. Estoy tan ansiosa…

«¡Basta, Maya!», grito para mis adentros. «¡Debes hacerlo! ¡Debes cumplir con tu parte! ¡Jeremiah dijo que cumpliría con la suya! ¡Confía en él!».

Es en ese preciso instante que me obligo a actuar. Que me obligo a tragarme la ansiedad y el pánico para tomar el aparato y marcar el número de emergencias.

El aire helado me golpea en el instante en el que pongo un pie fuera del consultorio.

Esta tarde, al llegar al trabajo, le pedí a mi jefe que me dejara salir una hora más temprano de lo normal con el argumento de que tengo un asunto familiar que resolver.

En realidad, lo único que quería era salir temprano para poder llegar a tiempo al centro comercial y recoger a Hayley.

«Esto va a salir bien, Maya. Confía en el plan. Confía en él», me repito una y otra vez y me abrazo a mí misma al tiempo que avanzo por la acera.

Mi corazón aumenta el ritmo de sus latidos con cada paso que doy y, cuando me doy cuenta, casi estoy trotando hacia la parada del autobús. La horrible pesadez no me ha abandonado ni un solo segundo, pero eso no impide que me mueva a toda máquina.

Estoy a pocos pasos de mi destino cuando el teléfono suena. Mi vista cae en el aparato que sostengo entre los dedos y noto cómo un número desconocido brilla en la pantalla. Mi corazón hace una pirueta en cuestión de segundos.

—¿Sí? —respondo antes de que comience siquiera el segundo timbrazo.

—¡Maya! ¡Joder! ¡No llames a la policía!

¡Harry no responde! ¡No ha respondido ni una puta llamada!

¡Tampoco está en su apartamento! ¡He corrido por toda la maldita ciudad en su búsqueda no lo he encontrado!

—La voz ansiosa y aterrorizada de Jeremiah invade mi audición—.

No pude llamarte antes porque me quedé sin batería.

Acabo de encontrarme con Will. Te estoy llamando desde su teléfono.

Me detengo en seco. Un escalofrío de puro terror me recorre el cuerpo y reprimo un gemido lastimoso. No puedo hablar. No puedo hacer nada que no sea sentir cómo el peso del mundo se desploma sobre mí. Mis párpados se aprietan y siento la quemazón previa a las lágrimas en mi garganta.

—¿Maya? —La voz desesperada de mi amigo llena mis oídos, pero no soy capaz de responder—. Maya, ¿estás ahí?

—Llamé… —La palabra sale de mi boca en un sonido estrangulado.

—¿Qué?

—Hice la llamada, Jeremiah. La hice.

—¡¿Qué?!

—¡Llamé a la policía, maldición! ¡Llamé porque tú dijiste que…! —Las palabras mueren en mi boca.

—Me lleva el diablo… —Jeremiah habla con un hilo de voz, y quiero echarme a llorar. Estoy a punto de perder los estribos.

—¡¿Qué vamos a hacer, Jeremiah?! ¡Harry va a ir a esa maldita bodega! ¡La policía va a llevarse a Harry! —El horror amenaza con acabar con la poca cordura que me queda.

—¡No! No lo harán, Maya. Tranquilízate, por favor

Un balbuceo ininteligible brota de mis labios a manera de respuesta, y soy vagamente consciente de cómo trata de consolarme desde el otro lado de la línea.

—¡Maya, por el amor de Dios, basta! —grita cuando nota que mi histeria crece y crece—. ¡Detente ahora mismo! ¡Vamos a solucionarlo! ¡Vamos a…!

—¡¿Cómo?! ¡Maldita sea! ¡¿Cómo?! —El llanto es incontenible ahora.

La voz de Will suena baja en la lejanía y Jeremiah lo escucha. Ambos intercambian una serie de palabras que no soy capaz de entender del todo y, al cabo de unos segundos, mi amigo vuelve al teléfono.

—¿Dónde estás ahora mismo, Maya? —La urgencia con la que habla es aterradora.

—En el trabajo. En la p-parada del autobús —tartamudeo.

—Bien. —Suena un poco más tranquilo ahora.

Como si hubiese unido todas las piezas para mantener la compostura—.

Escúchame bien, Maya. En diez minutos pasaré a recogerte.

No te muevas de donde estás. Will va a ir a buscar a Hayley al centro comercial y tú y yo iremos a la bodega.

Tenemos que llegar ahí antes que Harry. Tenemos que hacer que no entre a ese lugar, ¿me oyes?

—Asiento, a pesar de que sé que no puede verme—. Maya, ¿me oyes?

—Sí. —Unas lágrimas frenéticas se deslizan por mis mejillas y trato de limpiarlas con el dorso de mi mano libre.

—Bien. Te veo en un rato —dice Jeremiah y, entonces, cuelga.