Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—No. —Sueno como una niña pequeña negándose a comer sus vegetales, pero no me importa demasiado.

—¿Es Bestia?

—Se llama Harry —protesto, casi por inercia, y mi amigo rueda los ojos al cielo.

—Perdona. Lo rectifico. —Se aclara la garganta—. ¿Es Harry?

La forma burlona en la que pronuncia su nombre me hace querer golpearlo, pero lo dejo pasar solo porque sé que ha bebido demasiado.

—Probablemente —asiento.

—¿Pelearon de nuevo? —Noto la diversión en su voz y un suspiro cansado se me escapa.

—Algo así —digo. Trato de sonar tranquila, pero el agotamiento en mi voz revela cuán harta me siento de este estira y afloja—. Hay cosas que no te he contado respecto a él.

—Deberías empezar a hablar ahora mismo, entonces —me reprime y una sonrisa triste se apodera de mis labios.

Acto seguido, comienzo a relatarle lo ocurrido durante mis últimos encuentros con Harry y Douglas.

Le hablo acerca del misterioso comportamiento que tuvieron durante su interacción y del shock que supuso para mí enterarme de que se conocían. También termino contándole acerca de la tal Paula —a pesar de que no tenía intención alguna de mencionarla.

Para cuando mi monólogo termina, Jeremiah se encuentra con la mirada fija en el suelo, con el ceño fruncido profundamente y el gesto confundido y contrariado.

—Esto no tiene sentido —murmura—. ¿De dónde demonios se conocen esos dos?

—No lo sé —digo—. Yo tampoco puedo relacionarlos de alguna forma.

—Solo veo dos posibilidades —dice, pero parece como si hablase más para sí mismo que para mí—: O ese abogado está metido en cosas turbias o Harry está trabajando para la policía.

Una risa corta y amarga brota de mi garganta, pero no puedo negarme a mí misma el hecho de que yo también he estado pensando en la posibilidad de que el chico del que alguna vez estuve enamorada quizás esté trabajando para la policía.

No he querido hacerme demasiadas ilusiones al respecto. Alimentar esa clase de esperanzas va a terminar por destrozarme y es lo último que necesito ahora mismo. Es lo último que quiero.

—¿De verdad crees que Harry trabaje para la policía? —Trato de sonar cruel y despectiva, pero más bien me escucho esperanzada.

Mi amigo, sin embargo, está inmerso en sus pensamientos.

—No lo sé, Maya —dice, tras unos instantes de silencio—.

Quiero darle el beneficio de la duda, pero cada vez es más difícil hacerlo.

Me inclino más por la posibilidad de que el abogado está metido en cosas turbias.

Además, aunque Harry estuviera trabajando para la policía, eso no quita el hecho de que te ha mentido al decir que no hay nadie en su vida y que se ha aprovechado de eso para besarte.

Eso, lo mires por donde lo mires, es bastante jodido.

Una punzada de dolor atraviesa mi cuerpo. Las palabras de Jeremiah calan profundamente en mi interior, pero me las arreglo para no hacerlo notar demasiado.

—Le he dicho que no quiero volver a verlo —digo, en un susurro ronco, y sueno más triste de lo que espero—. También le dije que era una mierda de persona.

—¿Y te sientes mal por haberlo dicho? —pregunta, pero suena más como si tratase de afirmarlo.

Yo asiento.

—Estaba tan enojada…

—Fue una reacción normal, Maya —dice mi mejor amigo, con amabilidad—.

Cualquiera en tu lugar habría dicho cosas como esas o peores.

No te arrepientas por el modo en el que te sientes.

De cualquier modo, Harry no merece otra cosa que no sea que alguien le diga sus verdades de vez en cuando.

No ha sido más que un imbécil contigo desde que apareció de nuevo en tu vida.

Merece que le llames «mierda de persona».

Mis ojos se cierran con fuerza.

—Solo quiero que deje de mentir —digo, en un susurro bajo y tembloroso—. Solo quiero que deje de pedirme que confíe en él y se concentre en hacer algo para ganarse esa confianza que tanto exige.

—Entonces, díselo… —dice—. Dile que debe dejar de exigirte algo que no es capaz de ganarse.

Cuando lo conociste se ganó tu cariño, tu confianza y tu amor a pulso.

Nunca lo traté hasta que pasó lo de… —Se detiene un segundo y sé que está inseguro de mencionar lo que ocurrió en la bodega hace más de un año—, tú sabes…

, pero ¡Dios!, jamás había visto a nadie tan angustiado.

Parecía estar a punto de derrumbar las paredes de su antiguo apartamento en el instante en el que le dije acerca de la llamada que me hiciste mientras Tyler te perseguía.

En ese momento me di cuenta de lo mucho que ese idiota te amaba.

Por eso lo acompañé. —Su mirada se ha perdido en la nada, y sé que está sumido en sus recuerdos—.

Realmente lo admiré en ese momento. Nunca había conocido a alguien que fuese capaz de hacer lo que él hizo para mantenerte segura.

Nunca había conocido a alguien que amara de esa forma…

—Niega con la cabeza y guarda silencio unos instantes antes de continuar—: En cambio, ahora solo es un pobre imbécil que no es capaz de ser sincero contigo y eso me enerva.

No puede pedirte que confíes en él cuando no ha hecho otra cosa más que ocultar cosas y mentir.

No tiene el derecho. Por ningún motivo dejes que alguien trate de convencerte de lo contrario.

Un nudo de sentimientos se ha instalado en lo más profundo de mi ser. La presión en la parte trasera de mi garganta me hace odiar el modo en el que mi propio sentimentalismo me domina; sin embargo, me las arreglo para mantener el control de todas aquellas emociones desbordantes.

Un brazo firme y cálido se envuelve alrededor de mis hombros en un abrazo conciliador y, pese a la revolución que llevo encima, me las arreglo para sonreír en dirección a Jeremiah.

—Gracias por esto —digo, en un susurro inestable, y envuelvo uno de mis brazos alrededor de su cintura.

—Es un placer para mí alentarte a ser una perra sin corazón, Maya — bromea y, sin que pueda evitarlo, una sonrisa boba se dibuja en mis labios.

Jeremiah está ahogado en alcohol. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero ahora habla como si trajese un lápiz atravesado de lado a lado en las comisuras de la boca.

Hace unos minutos anunció que iría a casa de Emma a decirle lo mucho que la quiere. Yo, sin embargo, hace un rato ya que escondí las llaves de su coche. Apenas puede mantenerse en pie, así que no voy a dejar que se exponga de esa manera.

—¿Estás segura de que las viste por aquí? —dice mientras revuelve los cojines del sillón en la búsqueda de sus preciadas llaves.

—Ya, déjalo estar —digo, sin reprimir el humor en mi voz—. Mañana las buscas con calma. Mejor pensemos dónde vas a dormir, porque no creo que seas capaz de llegar a ningún lado sin ellas.

El ceño de mi amigo se frunce con contrariedad y trata de sentarse en el sofá una vez más.

Jeremiah trata de acomodarse, pero la distancia entre su cuerpo y el mueble es demasiado grande.

Avanzo a toda velocidad hacia él en un desesperado intento por detener su inminente caída, pero no logro llegar a tiempo.

Su trasero golpea el suelo alfombrado con violencia y un gemido adolorido se le escapa.

Una carcajada se construye en mi garganta, pero la reprimo cubriéndome la boca con una mano.

—Oh, mierda —masculla, pero hay una sonrisa en su rostro—. Supongo que es bueno que no encuentre mis llaves.

—No podría estar más de acuerdo —digo, asintiendo—. Si conduces así vas a matarte.

—No estoy tan borracho —protesta y alzo una ceja con escepticismo. Él rueda los ojos al cielo y añade—: Bueno, quizás sí lo estoy, pero mi orgullo no me permite decirlo en voz alta.

Mi sonrisa se torna irritada.

—¿Quieres tomar mi habitación para dormir? —Hago un gesto en dirección al pasillo.

—El sillón está bien, Maya. No te preocupes por mí —dice para luego hablar en un bostezo—: Solo, ¿podrías prestarme un par de cobijas?

—Claro —digo y me encamino hasta la habitación para tomar las mantas extras que compré para cuando llegue el invierno.

No me toma mucho tiempo volver con un par de cobijas, una sábana y una almohada, cosa que mi mejor amigo agradece. En respuesta, hago un comentario respecto a lo mucho que debe de amarme por ser la clase de amiga que soy, y él ríe a carcajadas por eso.

Rápidamente, me apresuro a acomodarlo todo para que duerma y, una vez que está listo, lo ayudo a acomodarse entre las cobijas, ya que ni siquiera es capaz de mantenerse en pie durante mucho tiempo.

Mientras lo dejo sobre el sofá un recuerdo reciente me invade la memoria. No hace mucho tenía a Harry aquí, en este mismo sillón, con la sangre saturada en alcohol, justo en el estado en el que ahora se encuentra Jeremiah.

Un auténtico dolor me invade cuando permito que las imágenes penetren en mi sistema, pero lo empujo lejos cuando me doy cuenta de lo que estoy haciéndome.

Entonces, haciendo acopio de toda mi voluntad y de mis ganas de dejar de traer a Harry Stevens a mi mente a cada instante, me despido de mi amigo y me encamino a la habitación.

Una vez ahí, me obligo a empujarlo todo en un rincón de mi cerebro y trato de pensar en que pronto estaré en la universidad. Trato de concentrarme en el hecho de que hay cosas increíbles en mi vida a pesar de todo. Cosas que ni Harry ni nadie pueden quitarme.

El sabor amargo y dulce del café estalla en mi boca y es bien recibido. Coloco la vieja taza sobre el mueble de la cocina mientras volteo las tiras de tocino en la sartén caliente que sostengo por el mango.

Kim se fue a trabajar hace unas horas y Hayley se encuentra cómodamente dormida en el portabebés que he colocado sobre la mesa de la cocina.

Jeremiah aún no ha despertado, a pesar de que casi han pasado doce horas desde que se quedó dormido.

Tampoco es como si hubiese hecho algo para conseguir que se levante.

Al contrario, lo he dejado dormir cuanto ha querido.

He colocado las llaves de su coche entre los cojines del sillón donde se encuentra recostado; aun así, sé que tarde o temprano se dará cuenta de que las escondí para que no condujera borracho.