Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—¿Planeas comerte todo ese tocino tú sola? —La voz de Jeremiah hace que salte en mi lugar debido a la impresión. Toda la sangre viaja hasta mis pies en un segundo y un grito se construye en mi garganta solo porque me ha tomado por sorpresa.

—¡Jesús, Jeremiah! —exclamo con irritación y me giro para encararlo—. ¡¿No puedes avisar de que te has levantado ya?!

—¿Quieres bajar un poco la voz? —dice, y sus dedos presionan sus sienes—. Me duele la cabeza.

La irritación y la diversión se mezclan en mi sistema y las ganas que tengo de golpearlo incrementan.

—Eso te lo tienes bien merecido —refuto, y sueno como una madre irritante—. Anoche bebiste como si no hubiese mañana.

Él rueda los ojos al cielo, al tiempo que se encamina hacia la cafetera que se encuentra a unos pasos de distancia.

—Déjame en paz. No me arrepiento en absoluto —dice mientras busca en las pequeñas puertas de la alacena de la cocina. Sé que trata de encontrar una taza.

—Anoche querías ir a casa de Emma. Tuve que esconder tus llaves.

En el instante en el que pronuncio esas palabras se congela. Algo se ha instalado en su expresión, y me toma unos segundos descubrir que no es otra cosa más que pánico.

—Por favor, dime que me quitaste el teléfono también. —De pronto suena angustiado.

La confusión se arraiga en mí, mientras retiro el último trozo de tocino de la sartén y apago la hornilla para luego encararlo con el ceño fruncido.

—No, no lo hice —digo.

Una palabrota es espetada por Jeremiah y las palmas de sus manos frotan su rostro en un gesto cargado de frustración.

Acto seguido, se apresura a tomar el aparato, el cual se encuentra en el bolsillo trasero de sus vaqueros, y teclea rápidamente la contraseña.

—¿Qué estás…? —Antes de que pueda terminar de formular mi pregunta, él maldice una vez más y muerde la parte interna de su mejilla.

—Le envié un mensaje —dice al cabo de unos segundos. La angustia y la preocupación se hacen presentes en sus facciones.

Una sonrisa amenaza con escaparse de mis labios, solo porque ya puedo imaginar qué clase de mensaje ha escrito.

—¿Qué escribiste en él? —Sueno como si estuviese a punto de soltar una carcajada, cosa que no está muy lejana de suceder.

Extiende el aparato en mi dirección sin siquiera mirarme. Yo lo tomo entre los dedos y leo:

«Estoy enmorado ed ti, Emma Ward. Jamss había sentido esto por nadie y no pienso darme por vncido. Estoy dispuesto a hacrr todo para qur mea ccptes.»

—Esto suena… prometedor —digo, pero ya no puedo ocultar la sonrisa en mi rostro. No sé qué es lo que me causa más gracia: si la expresión horrorizada que lleva pintada en el rostro o que, incluso con la borrachera, se las arregló para escribir un mensaje medianamente coherente.

—Suena acosador y espeluznante —masculla antes de tomar una taza y verter algo el contenido oscuro de la cafetera en ella.

—¡Oh, vamos! No seas así de duro contigo mismo. No suena acosador y espeluznante. Suena como a algo que cualquier chica desea escuchar del chico que le gusta —lo aliento.

Él niega con la cabeza y suspira.

—No ha respondido. Ni siquiera sé si va a querer hablar conmigo después de lo que pasó —dice y toma una tira de tocino del plato con servilletas absorbentes, antes de agregar—: Deberíamos hacer huevos para acompañar esto, ¿sabes?

Sé que esta es la señal que indica que desea cambiar de tema, así que se lo concedo.

—En eso estoy.

Entonces, me dispongo a preparar el resto del desayuno. Después de almorzar, Jeremiah se apresura a lavar los trastos, argumentando que yo preparé todo hace un rato y que es lo menos que puede hacer por todas las molestias que jura que ha causado.

Yo, por otro lado, luego de darme cuenta de que no voy a conseguir persuadirlo de que me deje ayudarle, me dispongo a levantar el desastre de cobijas y sábanas que ha hecho en el sillón donde durmió.

Estoy a punto de tomar el puñado de cobertores doblados entre mis brazos para llevarlo a mi cuarto cuando el sonido de madera hace que me detenga en el acto.

Una maldición brota de mis labios sin que pueda detenerla y dejo todo lo que iba a llevarme sobre un sillón para encaminarme a paso apresurado hasta la entrada.

Mis dedos se cierran en la manija de la puerta y me detengo durante una fracción de segundo.

La ridícula idea de imaginar a Harry de pie del otro lado del umbral me hace querer golpearme con un bate de béisbol. Tengo que dejar de pensar en él. Esto está convirtiéndose en una completa locura…

Sacudo la cabeza para espabilarme y giro el metal entre mis dedos. Mi estómago se retuerce con violencia en el proceso.

Un par de ojos verde esmeralda recorren la extensión de mi cuerpo con mucha lentitud y no me pasa desapercibida la preocupación que soy capaz de percibir en su mirada. El ceño fruncido que sostiene hace juego con la mandíbula apretada y el gesto molesto de su expresión.

Sus manos se encuentran colocadas a cada lado de la puerta y todo su cuerpo se ha inclinado hacia adelante, haciéndolo ver un poco más alto e imponente que antes; sin mencionar que el aspecto salvaje que le dan las cicatrices en el lado izquierdo de la cara termina de darle ese toque ligeramente aterrador.

Harry Stevens siempre ha sido impresionante.

Incluso ahora, con ese aspecto desaliñado y desarmado, es algo así como intimidante.

Soy capaz de sentir el latir de mi corazón en cada parte de mi cuerpo, pero trato de mantener una expresión serena e inexpresiva.

Un montón de nudos de ansiedad y nerviosismo se han formado en mi estómago, y se siente como si me faltara el aliento; sin embargo, me las arreglo para sostener su mirada.

—¿Puedo ayudarte en algo? —digo, y agradezco el hecho de que mi voz no falla ni un segundo mientras hablo.

Una ceja espesa se alza con mi comentario, pero noto el destello dolido en sus facciones.

—Tenemos que hablar. —Trata de sonar autoritario, pero más bien suena suplicante.

—No —digo, y me saca de balance la determinación en mi voz—. No tenemos nada de qué hablar, Harry. Ya todo ha sido dicho.

—No. No es así y lo sabes.

—¿Vas a decirme por qué diablos el abogado Schneider y tú se conocen? ¿Vas a contarme qué diablos es lo que estás escondiendo de una vez y para siempre?

—No.

—Entonces todo ha sido dicho. —Me sorprende cuán resuelta y fría me escucho—. No quiero escuchar nada, a no ser que se trate de la jodida verdad.

—Maya, no puedo decirte nada de lo que está ocurriendo ahora mismo — espeta con desesperación, y la angustia en su mirada aumenta un poco más—. Necesito que confíes en mí, maldita sea. Necesito que…

—No puedo confiar en ti, Harry. —Lo interrumpo. Mis propias palabras calan y duelen, pero son ciertas—. No quiero…

—Maya…

—No quiero que vuelvas a venir a mi apartamento si no es para hablar claro —continúo, importándome poco lo que sea que trata de decir—.

Así que, si vienes a hablar conmigo respecto a todo eso que estás ocultando, adelante.

Aquí estoy para que lo sueltes. Sin embargo, si vienes a pedirme que confíe en ti, estás perdiendo tu tiempo.

No me interesa volver a escucharte diciéndolo.

Un dolor crudo e intenso atraviesa su expresión y se mantiene ahí durante un largo momento, pero sé que no va a decirme absolutamente nada. Ni siquiera puede sostenerme la mirada y eso me hace sentir miserable en toda clase de niveles.

—Maya, es que no puedo… Quisiera explicártelo todo, pero te juro que no puedo. No ahora —dice, y una sonrisa triste se dibuja en mis labios.

La opresión que atraviesa mi sistema es asfixiante, pero sé que no puedo obligarlo a hablarme con la verdad. A estas alturas dudo mucho que algún día vaya a hacerlo…

—Solo vete, Harry. —Sueno agotada.

—Maya, por favor…

—Detente. No me interesa escucharte. Ya lo has…

—¿Quieres la verdad? —Me interrumpe y noto la frustración en su rostro. Yo, completamente segura de que no va a decirme un carajo, asiento.

—Bien —dice—. Voy a decirte un par de verdades, Maya. Las únicas verdades que conozco ahora mismo…

Una carcajada incrédula se me escapa, solo porque no puedo creer cuán insistente está siendo.

—Vamos —suelto con cruel diversión—. Suéltalo todo. Te escucho.

«¿Qué va a decirte si ya ha dejado claro que no planea contarte eso que se guarda?», susurra, cruel, mi subconsciente.

Un par de impresionantes ojos verdes encuentran los míos y me miran con intensidad. Harry luce desesperado y angustiado, y todo mi cuerpo parece reaccionar ante la visión más vulnerable de él. De pronto, toma una inspiración profunda y deja escapar el aire con lentitud.

—Aún estoy dispuesto a dar la vida por ti —dice—. Aún estoy dispuesto a hacer lo que sea con tal de protegerte… —Hace una pequeña pausa—. Aún despiertas un mundo de sentimientos en mí, Maya. Todo el maldito tiempo…

Mi corazón parece haberse saltado un latido. Quizás se ha saltado dos. No estoy segura.

—Y, aunque me creas un mentiroso de mierda y me odies a muerte — continúa—, eso no cambia. No va a cambiar nunca, ¿me oyes? —Hace una pausa—. Aún eres la primera cosa en la que pienso cuando abro los ojos por las mañanas, Maya.

—Harry…

—Y sé que no puedes confiar en mí, ¿de acuerdo?

—Me interrumpe—. Sé que no he hecho nada para ganarme eso que tanto te pido, pero solo necesito tiempo…

Dame un poco de tiempo para poder arreglarlo todo y poder hablarte con la verdad como tú lo deseas.

Prometo que voy a decírtelo. Solo, por favor, Maya, dame algo de tiempo. No te rindas a mí ahora.