Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Está ahí, de pie, en un rincón de la estancia, mirando hacia la multitud como si fuese un depredador eligiendo a su presa.

Las sombras proyectadas en su rostro por la tenue iluminación de la luna a través de las ventanas le dan un aspecto siniestro y misterioso.

Viste completamente de negro y sostiene un vaso de vidrio cerca de sus labios.

Todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo se sienten como si fuesen de gelatina, mis entrañas son un puñado de nudos apretados que me impiden respirar correctamente, el aliento me falta y todo el mundo se ha vuelto un borrón incoherente.

«Es él. Es Harry. ¡Es él!», grita la vocecilla insidiosa en mi cabeza, pero trato de empujarla lo más lejos que puedo. Trato, desesperadamente, de alejarla de mí porque está más ilusionada de lo que debería.

Su vista se desliza hacia donde yo me encuentro y la parte activa de mi cerebro me obliga a dar un par de pasos hacia atrás para escabullirme entre la multitud.

Mi corazón late con tanta fuerza que soy capaz de escucharlo retumbar una y otra vez en la parte posterior de mis orejas, que soy capaz de sentirlo palpitar en el pulso de mis muñecas.

Sus ojos barren el espacio con extrema lentitud y giro el rostro para que no sea capaz de mirarme directamente.

Temo que pueda reconocerme; sin embargo, al cabo de unos segundos ocultándome, me atrevo a mirarlo solo para darme cuenta de que ahora charla con una chica de cabellos rubios.

Algo se estruja dentro de mí, pero me obligo a ignorar la sensación de enojo injustificado que me invade. Me digo una y otra vez que no tengo derecho a sentirme de este modo, pero no puedo enviar fuera de mi sistema la sensación de coraje y frustración que me embarga.

—Es impresionante, ¿no es así? —La voz femenina a mis espaldas me hace girar con brusquedad.

El movimiento me provoca un mareo extraño, pero cierro los ojos un segundo antes de posar mi atención en la chica de cabello corto teñido de violeta que me habla.

—¿Qué? —digo, porque es lo único que se me ocurre pronunciar en este momento.

—Bestia. —Ella hace un gesto de cabeza hacia atrás de mí, en dirección a Harry—. Es un espectáculo, ¿no es así? No puedo entender cómo es que alguien puede ser tan espeluznante y sexy al mismo tiempo.

Una sonrisa irónica se apodera de mis labios solo porque creía que era la única persona que lo encontraba aterrador y atractivo a la vez.

—Es… peculiar —digo, con cautela.

—Es una lástima que dé miedo hasta la mierda. —La chica suspira, sin apartar la vista de él.

—¿Miedo? —pregunto, solo porque quiero saber por qué lo dice.

La mirada de la chica se posa en mí y una sonrisa ansiosa se dibuja en sus labios. Acto seguido, me toma por la muñeca y tira de mí hacia un rincón solitario de la bodega. Una vez ahí, mira hacia todos lados y se acerca demasiado a mí.

—Es el hombre que hace posible estas fiestas —dice, casi contra mi oído—.

Proporciona el alcohol, la música, el lugar, las drogas…

El tipo asesinó al antiguo líder de una banda de distribución de sustancias y ahora es él quien se encarga de abastecer a toda la zona.

Se dice que su equipo de trabajo es el más organizado y eficaz de la ciudad y que, además, los líderes de otras bandas temen por sus negocios.

Se aparta de mí para echarle un vistazo y yo, por inercia, hago lo mismo.

—Al paso que va, no me sorprendería en absoluto que se convirtiera en el distribuidor más grande de todo San Francisco —dice, y se siente como si hubiesen dejado caer un balde de agua helada sobre mi cabeza—.

Esto sin tomar en cuenta que todo el mundo le teme.

Es pirómano y se dice que le gusta torturar a gente quemando partes de su cuerpo.

Nadie quiere meterse con él y, al mismo tiempo, todos quieren formar parte de ese selecto grupo de personas que lo rodean en el día a día.

Es… Es… ¡Dios!, ni siquiera tengo una palabra para describir cuán aterrador y genial es.

—Oh, mierda… —Las palabras salen de mi boca en un susurro tembloroso.

—¡Lo sé!, es bastante tétrico, ¿no es así? —Suena más allá de lo entusiasmada, pero yo siento como si pudiese vomitar en cualquier momento.

Estoy a punto de responder algo cuando la respiración me falla y el suelo bajo mis pies se mueve un poco, haciéndome tambalear. Algo no está bien.

La música suena como si pasara a través de un túnel largo antes de llegar a mí y, de pronto, soy consciente del sonido de mi respiración agitada y de cómo mi cuerpo parece moverse sin que se lo ordene.

—Oh, Dios… —El rostro de la chica se tiñe de preocupación y diversión

—. ¿Bebiste algo? —Suelta una pequeña risotada—. ¡Mierda, chica! Vete a casa ahora mismo si no quieres despertar en una cama con diez hombres a tu alrededor. Esas bebidas son… especiales. —Sacude la cabeza, pero no deja de sonreír—. Te acercaste a la barra del fondo, ¿no es así?

—¿Qué dices? —Sueno torpe y lenta, incluso a mis oídos. Ella rueda los ojos al cielo con exasperación.

—Solo vete de aquí antes de que alguien te meta la polla sin que puedas hacer algo para impedirlo —dice, y me empuja en dirección a la multitud danzante.

Yo suelto una débil protesta, pero vuelve a empujarme; así que la obedezco.

Me siento aturdida, aletargada, ligera… La parte activa de mi cerebro me dice que debo encontrar la salida y que no debí acercarme a la barra —justo como me dijo la chica del cabello violeta—, pero no me siento molesta, ni frustrada. Tampoco tengo miedo. Mucho menos me siento ansiosa.

Mis párpados se sienten pesados y, de pronto, me siento en paz.

Alguien envuelve sus brazos alrededor de mi cintura, pero no me molesta.

El universo a mi alrededor se mueve a cámara lenta y yo me muevo con él.

Me muevo porque jamás me había sentido tan tranquila.

Porque he olvidado a qué vine y por qué estoy aquí.

La parte consciente de mi cerebro me dice que debo avanzar, pero me toma unos instantes ponerme en marcha de nuevo. Ni siquiera sé a dónde me dirijo, ni por qué quiero marcharme.

Doy un traspié y casi caigo de bruces, pero alguien me sostiene a tiempo y puedo seguir mi camino sin problema alguno. No sé qué estoy haciendo, pero no dejo de moverme. No puedo dejar de moverme…

—¡Policía! —El grito rompe la quietud en la que todo se ha envuelto y me pone la carne de gallina de un segundo a otro.

Entonces, el caos se desata.

La estampida de cuerpos que se precipitan hacia la salida del lugar hace que mi cuerpo sea empujado con brusquedad de un lado para el otro.

El sonido de la música, acompañado del estridente chillido de las sirenas de las patrullas policíacas y la histeria colectiva, hace que me sea imposible comprender una mierda de lo que pasa.

Trato de abrirme paso a empujones, pero no puedo luchar contra la oleada de personas que trata de llegar frenéticamente hacia el portón principal.

Alguien me empuja con tanta fuerza que caigo al suelo con un golpe sordo. Otra persona me ayuda a levantarme y agradezco el gesto antes de girarme y echarme a correr en dirección a donde todo el mundo corre.

Estoy aturdida y abrumada. Ni siquiera sé si voy en la dirección correcta, pero confío en que la multitud conoce la salida.

«Necesito salir de aquí. No puedo permitir que me arresten por estar en un lugar como este. Necesito ir a casa y olvidarme de toda esta locura. Necesito…».

Mi cuerpo se estrella contra alguien y un gemido adolorido brota de mis labios cuando el codo de la persona contra la que choqué impacta contra mi estómago.

Me quedo sin aliento durante unos segundos y mi vista se nubla por completo.

Un par de manos firmes me sostienen en mi lugar y agradezco el gesto mientras trato de recuperar el aliento.

—¿Maya?

Podría reconocer esa voz ronca, profunda y arrastrada en cualquier parte del mundo.

Un escalofrío de terror puro me recorre el cuerpo de pies a cabeza en el instante en el que escucho mi nombre en esa voz. Mis rodillas flaquean, mi pecho se contrae, mis manos se sienten entumecidas y el pánico atenaza mis entrañas con una violencia cruda y atroz.

Mi rostro se alza para encarar a la persona que me sostiene y el universo entero se resquebraja bajo mis pies cuando me topo de frente con un par de impresionantes ojos color esmeralda.

Estoy temblando. Todo dentro de mí es una maraña inconexa de sentimientos encontrados. El miedo y el terror son lo único que soy capaz de distinguir entre todo ese enredo de emociones contenidas que, lo único que consiguen, es hacer que me sienta más vulnerable que nunca.

—¡Bestia! ¡Vámonos de aquí! —grita alguien a sus espaldas, pero no se mueve. Yo tampoco puedo hacerlo.

El resplandor intermitente de color azul y rojo invade toda la bodega y algo se acciona en mi cerebro. Doy un paso hacia atrás para liberarme del agarre de Harry Stevens, pero mis piernas me traicionan y me tambaleo hasta casi caerme.

De pronto, algo cambia en su expresión. Sus ojos se han oscurecido varios tonos y su mandíbula parece estar a punto de ser partida en dos.

—¿Qué bebiste? —escupe con brusquedad.

—Y-Yo… —Me detengo en seco solo porque detesto tartamudear como lo hago; sin embargo, no puedo decir una sola palabra sin sentir que el universo entero se enreda al compás del sonido de mi voz.

Sus dedos largos y firmes se envuelven alrededor de mi brazo derecho, y la repulsión me recorre en un abrir y cerrar de ojos.

—¡No me toques! —espeto, y trato de liberarme de su agarre; él, a pesar de eso, tira de mí con fuerza.

Ira cruda y pura se filtra en mi pecho, pero él ni siquiera se inmuta. Se limita a guiar mi camino hacia la salida de la bodega. Sus dedos me aprietan con tanta fuerza que duele. Está haciéndome daño.

«Él nunca te había hecho daño», susurra la insidiosa voz de mi subconsciente, pero la empujo lejos.

—¡He dicho que me sueltes! —medio grito.

En ese momento, él se vuelca hacia mí con brusquedad.