Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—¡Cierra la puta boca! —espeta. La quemazón en la base de mi garganta no se hace esperar, pero es más la ira que me invade que otra cosa. Es más el coraje que se arremolina en mi pecho que la tristeza de saber en qué diablos se ha convertido.

Tira de mí una vez más y, esta vez, lo hace con tanta fuerza que un tirón doloroso me recorre el brazo.

Una queja se escapa de mis labios en ese momento, pero él no parece estar dispuesto a dejarme ir.

Es por eso que, presa de un arranque de enojo y frustración, y sin siquiera pensarlo, le escupo en la cara.

Un destello salvaje se apodera de sus facciones, pero desaparece tan pronto como llega. Una sonrisa irritada se dibuja en las comisuras de sus labios mientras se limpia y niega con la cabeza.

—Maldita sea… —masculla, con su voz ronca y arrastrada, antes de acortar la distancia entre nosotros en menos de dos segundos y clavar sus dedos en mis caderas.

Un chillido brota de mis labios cuando me levanta del suelo y me echa sobre su hombro, como si mi cuerpo se tratase de un costal de patatas.

Pataleo y grito con todas mis fuerzas para ser liberada, pero él ni siquiera se inmuta. Se limita a avanzar conmigo a cuestas a través del caos en el que se ha sumido el lugar.

De pronto, el frío me pone la piel de gallina y el aroma a pescado y sal me inunda por completo una vez más. Estamos fuera de la bodega.

—¡Bájame! —medio grito a través del caos que lo envuelve todo, pero él ni siquiera se digna a responder. Avanza conmigo a cuestas y flanquea entre las pequeñas calles que han sido formadas entre las bodegas.

Grito y forcejeo sin cesar, pero él no parece tener intenciones de liberarme. No es hasta que estamos a una distancia prudente de la bodega y del caos que me deja en el suelo con violencia.

Doy un paso lejos, en un intento desesperado por poner distancia entre nosotros, sin embargo, él tira de mi muñeca y se echa a andar entre las bodegas aledañas hasta que, de pronto, nos encontramos avanzando por una calle desierta.

Trato de liberarme de su toque implacable, pero él no me lo permite; al contrario, afianza su agarre en mí para mantenerme cerca.

Al cabo de unos instantes, su teléfono empieza a sonar en el bolsillo trasero de sus vaqueros, y, en cuanto lo hace, lo toma para responder sin siquiera mirar el identificador.

—¿Qué? —escupe, y luego de unos instantes de silencio, dice—: ¿De cuánto estamos hablando?

—Otro silencio—. Cuenten la mercancía una vez más.

La pérdida no pudo haber sido así de grande, George.

Si descubro que estás tratando de verme la cara de idiota, vas a pagarlo muy caro.

—Un escalofrío me recorre el cuerpo con el tono siniestro de su voz, pero me las arreglo para no hacerlo notar.

Me las arreglo para mantenerme inexpresiva hasta que finaliza la llamada y se vuelca hacia mí.

Su mirada me recorre de pies a cabeza y, de pronto, me siento intimidada por la intensidad con la que me observa.

—Cuánto tiempo, Maya Bassi —dice, tras unos instantes de silencio y escrutinio. Una sonrisa que no toca sus ojos se apodera de sus labios—. Parece que sigues sin saber cómo cuidar de ti misma.

Mi pecho se contrae al escuchar el veneno en su voz.

—¿Qué tal la cárcel, Stevens? —Me las arreglo para responder con sorna.

Su sonrisa se ensancha, pero un destello de algo que no puedo reconocer se apodera de sus facciones.

—De maravilla, ¿no lo ves?

Una risa carente de humor brota de mis labios y niego con la cabeza.

—Imbécil… —La palabra sale de mi boca sin que pueda detenerla.

—Gracias. Es muy dulce de tu parte. —El sarcasmo en su tono solo hace que mi enojo aumente otro poco.

El escozor en mi pecho es tan intenso ahora que me enferma.

—Déjame ir —pido, con un hilo de voz. Él ríe sin humor.

—Oh, no, Maya. Primero vas a explicarme qué demonios haces aquí.

—Yo no tengo absolutamente nada que explicarte —refuto.

Su rostro se contorsiona en una mueca enojada; sin embargo, se limita a asentir con dureza y, sin más, tira de mí en dirección a la calle.

—¡Suéltame, maldita sea! —chillo.

Él se vuelca hacia mí de un solo movimiento y noto la ira en su expresión.

—¡No! —escupe—. ¡Voy a llevarte a casa! ¡No puedo creer que después de tanto jodido tiempo sigas buscándote problemas de gratis!

Quiero gritarle que se vaya a la mierda, pero no lo hago. Me limito a mirarlo a los ojos y alzar el mentón.

—Soy perfectamente capaz de llegar a casa por mi cuenta.

—Estás drogada —suelta, con brusquedad.

—Y aun drogada no te necesito. —Sueno más segura de lo que espero—. Ni siquiera para llegar a casa.

Una risa amarga brota de sus labios y niega con la cabeza.

—¿Qué es lo que quieres, Maya? —Su voz suena más ronca que nunca—. ¿A qué viniste?

—Me dijeron que te habías convertido en un monstruo. —La tristeza se filtra en el tono de mi voz—. Solo quería verlo con mis propios ojos.

De pronto, su mirada se oscurece varios tonos y casi me atrevo a apostar que he logrado ver un atisbo de dolor en su mirada… Casi.

Él me regala una sonrisa forzada y extiende los brazos hacia sus costados.

—¿Ya lo comprobaste?

Mi estómago se retuerce con brusquedad y un intenso y doloroso peso se instala sobre mis hombros.

—Sí. —Sueno inestable.

—Bien. —Su tono iguala el mío—. Ahora déjame llevarte a casa.

—No.

Un suspiro cansado brota de sus labios y noto cómo aprieta la mandíbula un poco más.

—No está a discusión, Maya. Estás drogada. Voy a llevarte y, a no ser que quieras que te noqueé para hacerlo, deberás poner un poco de tu parte.

—No tienes por qué preocuparte por mí. —Sueno más a la defensiva de lo que pretendo.

—Lo sé… —Su expresión se serena un poco—.

Pero lo hago, Maya. Ahora acabemos con esto de una maldita vez.

Déjame llevarte a casa para que puedas seguir con tu vida y yo pueda seguir con la mía, ¿de acuerdo?

— Sacude la cabeza en una negativa—. Acabemos con todo esto de una maldita vez y para siempre.