Capítulo 4
Una ráfaga de viento helado me azota la cara en el instante en el que bajo del taxi que tomé al salir de casa.
El cabello me golpea la cara mientras me abrazo a mí misma, en un débil intento de retener el calor dentro de mi cuerpo; mi rostro arde debido a la intensa helada provocada por el océano, y mis dientes castañean cuando expulso una bocanada de aire que forma una nube alrededor de mi rostro.
El auto en el que venía se ha marchado ya hace unos segundos, pero yo no he movido ni un solo músculo. De pronto, estar aquí se siente como el peor de los errores.
Todo mi cuerpo grita que debo volver sobre mis pasos y dejar pasar esta locura, pero estoy tan desesperada. A pesar de todo el tiempo que ha pasado, aún necesito respuestas. Aún necesito comprender…
A estas alturas, no me importaría en absoluto encontrarme de frente con una realidad dolorosa.
La prefiero antes que seguir viviendo de suposiciones y mentiras.
Estoy cansada de especular respecto a lo que orilló a Harry Stevens a marcharse sin dejar nada además de una carta y mi corazón hecho pedazos.
Me niego a creer que el chico dulce del que me enamoré como una idiota haya sido capaz de mentirme de esa manera; y, al mismo tiempo, no descarto la posibilidad de que, quizás, Harry nunca me amó de verdad.
Ahora, luego de tanto tiempo, no me sorprendería ni un poco descubrir que solo fui un ancla para él.
Algo a lo que se aferró porque le hacía sentir bien consigo mismo.
Alguien a quien se ató porque necesitaba sentirse amado de alguna u otra manera…
Dolería como el infierno descubrir que solo fui eso en su vida, pero de algún modo, saberlo me haría sentir aliviada.
Estoy harta de vivir en la incertidumbre. Estoy cansada de no poder dejar de pensar en él a pesar de que ha pasado tanto tiempo.
Tomo una inspiración profunda y el aire helado hace que mi nariz y mis pulmones ardan. Mis párpados se cierran en ese momento y exhalo con lentitud.
Los latidos de mi corazón son feroces y violentos, pero jamás me había sentido tan segura y decidida en mi vida.
Necesito hacer esto. Necesito mirar con mis propios ojos lo que está pasando, así eso implique descubrir que el chico al que amé ya no existe.
Así eso implique hacer pedazos los recuerdos dulces que tengo de Harry Stevens.
Me toma un par de segundos apaciguar el latir desbocado de mi corazón y disminuir el temblor de mis extremidades; pero, una vez que logro controlarlos, me echo a andar en dirección a las bodegas.
Apenas he avanzado un par de pasos cuando el aroma a pescado muerto y sal invade mis fosas nasales. El suave rumor de la música electrónica llega a mí conforme me acerco al puerto pesquero y, de pronto, se siente como si un puñado de rocas hubiese sido arrojado dentro de mi estómago con brusquedad.
El disparo de adrenalina que me recorre aumenta su velocidad con cada uno de mis pasos. La ansiedad y el nerviosismo solo consiguen acelerar mi ritmo cardíaco e, inevitablemente, mis manos empiezan a temblar.
Me digo a mí misma que es el frío el que provoca que mis piernas se sientan débiles, pero sé que todo es gracias al miedo intenso que no me ha dado tregua desde el instante en el que decidí que quería venir a este lugar.
A pesar de todo, no me detengo. Avanzo hasta que soy capaz de visualizar la enorme bodega donde Harry casi le prende fuego a Tyler Lawson hace ya mucho tiempo.
La aprehensión me embarga de un segundo a otro y se mezcla con el torrente de emociones incontrolables que se ha apoderado de mi cuerpo.
De pronto, se siente como si hubiese pasado una eternidad y, sin que pueda detener el hilo de mis pensamientos, el fugaz recuerdo hace que me pregunte acerca del paradero del chico que mandó a un puñado de chicas a golpearme hasta casi matarme.
Ese que tiró del gatillo de un arma con toda la intención de acabar con mi existencia.
En este momento, lo único que soy capaz de rogarle al cielo es que no esté en la fiesta de esta noche. No sé si sería capaz de soportarlo.
La música aumenta su volumen e intensidad conforme me acerco a la bodega.
Estoy cerca de la entrada, así que soy capaz de visualizar a una pareja de chicas besándose junto al portón principal.
Un par de tipos hacen comentarios lascivos respecto a lo que les gustaría hacer con ellas en una cama, y yo ruedo los ojos al cielo cuando uno de ellos habla acerca del tamaño de su miembro.
Busco mi teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros y tecleo un mensaje rápido para Luke:
«Estoy aquí»
Acto seguido, entro al lugar.
El estallido de la música me aturde unos instantes, pero me obligo a avanzar a empujones entre el mar de personas. Jamás había visto este lugar tan atestado de gente. No cabe ni una sola alma más, y el hedor a alcohol, vómito, marihuana y tabaco apenas me permite respirar.
El calor corporal me sofoca y me siento mareada y desorientada; sin embargo, eso no impide que avance hacia el interior del mar de cuerpos danzantes que se mueve frente a mí.
Mi vista se fija en el puñado de adolescentes que bailan y ríen con fuerza a mi alrededor. El horror cala en mis huesos cuando descubro que la gran mayoría de ellos están drogados o ahogados en alcohol.
La angustia y el pesar toman el control de mis emociones cuando noto que casi todo el mundo aquí luce dos o tres años menor que yo.
Me enferma pensar que Harry ha sido quien ha organizado todo esto y, al mismo tiempo, me niego a aceptarlo.
Él no pudo haberle hecho esto a tanta gente. Simplemente, no pudo… ¿o sí?
Camino hasta el fondo de la inmensa bodega, en dirección a la barra improvisada, donde un chico sirve bebidas a los asistentes.
Un vaso de plástico aparece en mi campo de visión, pero me toma un par de segundos darme cuenta de que pretenden darme una bebida. Trato de declinar la oferta mirando al chico a mi lado, pero me detengo en el instante en el que veo la ansiedad en sus ojos.
Su mano estirada tiembla ligeramente y noto cómo su expresión pasa de la ansiedad al enojo. Está drogado. Es posible que también esté borracho; sin embargo, no quiero averiguarlo.
Tomo el vaso de entre sus dedos y fuerzo una sonrisa en su dirección. Él no se mueve. Se limita a mirarme con gesto inexpresivo. Empuja el vaso hacia mí sin un ápice de delicadeza y parte del líquido se derrama sobre el material de mi blusa.
—Bebe —ordena. Sus palabras suenan arrastradas y violentas.
El miedo se detona en mi sistema y un escalofrío de puro horror me recorre el cuerpo; sin embargo, llevo el vaso a mis labios y lo inclino hasta que el líquido moja mis labios. No pretendo tomar ni una sola gota de esa bebida.
La aparto de mis labios y me las arreglo para sonreír en su dirección.
—Todo —escupe y un nudo de nerviosismo se instala en la boca de mi estómago.
«Oh, mierda». No me muevo. Me atrevo a decir que ni siquiera respiro mientras observo a detalle al chico que trata de obligarme a beber algo que no quiero.
—¡Todo! —Su voz truena con coraje segundos antes de que una de sus manos se enrede entre mi cabello y tire de él con fuerza.
Mi cabeza es echada hacia atrás por el movimiento brusco y un grito ahogado se me escapa al instante. Acto seguido, el líquido helado me llena la tráquea y me moja la garganta cuando trato de escupirlo.
Sé que me he tragado algo. Puedo sentirlo quemando en mi garganta y toso. Toso en un débil intento de aminorar el ardor que me invade. El chico me deja ir una vez que se ha cerciorado de que he consumido algo de lo que me ofrecía, antes de girarse sobre sus talones y desaparecer entre la multitud.
Mi pecho no ha dejado de arder debido a la bebida y mis ojos lagrimean debido a la tos. Me limpio la boca con el dorso de la mano y me aclaro la garganta para eliminar la extraña sensación de picazón.
Mi vista barre la estancia con lentitud, con la esperanza de encontrar a alguien igual de horrorizado que yo por lo que acaba de pasar, pero a nadie parece importarle. Es más, me atrevo a decir que nadie se ha percatado de lo que ese tipo acaba de hacerme.
Indignación, coraje e impotencia se arremolinan en mi interior, pero trato de empujarlas lo más lejos posible ahora mismo. Necesito encontrar a Luke. Necesito llegar a él para estar a salvo en este lugar.
Me elevo sobre mis puntas para mirar un poco mejor, pero no logro ver otra cosa que no sean cabezas y rostros desconocidos. Camino un par de pasos más y repito la acción.
Cuando obtengo el mismo resultado una tercera vez, empiezo a perder las esperanzas. «No voy a encontrarlo. Hay demasiadas personas y está demasiado oscuro».
Giro sobre mi eje con lentitud, sin darme por vencida y, justo en ese instante, todo mi mundo se tambalea.
Mi pecho se contrae con brusquedad y casi puedo jurar que mi corazón se ha saltado un latido. Todo pierde enfoque en un nanosegundo y mi respiración se atasca en mi garganta en instante en el que lo veo…
Las seis escandalosas marcas que surcan la mitad izquierda de su rostro lucen tan intimidantes como siempre; su cabello —más largo de lo que recuerdo— no hace más que sacar a relucir los ángulos duros de su mandíbula, y sus facciones lucen más oscuras que nunca.
Su mirada penetrante ha sido enmarcada por el ceño profundo de sus cejas y la estructura afilada de su rostro le da un aspecto hosco y hostil.
Luce más salvaje que nunca. Todo su cuerpo irradia oscuridad, peligro y crueldad.
Se siente como si mirase a un completo desconocido.
Como si el hombre al que observo hubiese perdido todo aquello que lo hacía el Harry al que yo conocí.
Como si el chico dulce hubiese sucumbido ante la fuerza de la bestia demoledora en su interior y toda su humanidad se hubiese escurrido de su cuerpo hasta quedar solo esta carcasa intimidatoria.
Un estremecimiento me recorre de pies a cabeza.