Monstruo del carnaval (Serie Carnaval) AURORA
63%

AURORA

Esto es una locura. Estoy loca.

Es oficial.

Nunca he estado tan excitada como en este momento. Gage acaba de follarme con su pistola. No tengo ni idea de si está cargada o no. Conociendo lo desquiciado que está este hombre, probablemente lo esté.

Dios, ¿por qué eso me pone tan cachonda?

—Sal de tu cabeza, pequeña. Entrégate a la oscuridad.

Su voz es un gruñido grave. Es una orden, y la obedezco, ansiosa por complacerlo. Quiero sentir sus manos sobre mí de nuevo, su boca que chupa y muerde. Anhelo el placer doloroso de sus caricias.

Mis ojos están fijos en su polla dura. Me relamo los labios, deseando probarlo, sentirlo dentro de mí. Me agarra del pelo y tira de mi cabeza hacia atrás, dejando mi garganta expuesta. Arqueo la espalda, ofreciéndome a él.

Estoy atrapada en esta jaula, con las muñecas atadas por encima de la cabeza. Me agarra los tobillos y me levanta del suelo, obligándome a rodearle la cintura con las piernas para no caer. Se aprieta contra mí, su cuerpo caliente y duro. Sus labios rozan mi oreja, su aliento me hace cosquillas.

—Ahora eres toda mía.

Entra en mí y me llena por completo. Grito y me arqueo contra él. La jaula se balancea con sus embestidas, intensificando cada sensación. Tiro de las ataduras.

—¿Te gusta esto?

Me embiste con movimientos urgentes y frenéticos.

La jaula se balancea y cruje con cada golpe poderoso.

Su peso inmenso me aplasta contra las barras de metal, con las manos aferradas a mis caderas mientras me toma con brusquedad.

Me siento tan pequeña comparada con él. Su boca encuentra mi cuello, sus dientes se hunden en la piel sensible y me recorren chispas de placer.

El aire fresco de la noche sobre mi piel, el olor a óxido y grasa de la noria, y la salvajez del deseo indómito de Gage.

Su boca me devora, su lengua explora y saborea.

Durante todo este tiempo, mantiene la máscara sobre la mitad superior del rostro.

Sus dientes raspan mis pezones y grito, con el cuerpo temblando al borde del clímax.

Sus manos recorren mi cuerpo, su contacto es eléctrico. Acaricia mi clítoris con círculos y movimientos rápidos que me vuelven loca.

—Eso es, pequeña. Déjate ir.

Me aferro a él, con el cuerpo en tensión mientras el placer aumenta. La oscuridad nos rodea y envuelve nuestro frenesí. Siento su polla palpitar dentro de mí, cada embestida me acerca más al borde.

De repente, deja de moverse y gruño de frustración.

—No, por favor, no pares.

Jadeo, desesperada por más. Mi cuerpo anhela el clímax, pero él me mantiene al borde, me provoca, prolonga el placer.

Gage gruñe, un sonido profundo y primitivo que me recorre entera.

—Soy yo quien te controla, pequeña. Te corres cuando yo diga que puedes.

Continúa pero a un ritmo lento, torturándome con embestidas suaves. Gimo, quiero más, necesito llegar al clímax.

Se acerca, su aliento caliente en mi oreja.

—Suplícamelo.

—Por favor, necesito...

Ni siquiera puedo formar las palabras. El placer es demasiado intenso. Me retuerzo, buscando fricción para llevarme al límite.

—Sé una buena chica y espera.

Sale de mí y me niega por completo.

Grito, el cuerpo me duele de necesidad.

Suelta una risa oscura, disfrutando de mi frustración.

Lucho contra las ataduras, desesperada por tocarme, por encontrar alivio.

—Eres toda mía, Aurora. Recuérdalo.

Hay un tono peligroso en su voz.

Estiro el cuello para mirarle a los ojos, pero están ocultos detrás de la máscara. Solo su boca es visible, y es absolutamente hermosa. Nunca supe que alguien podía tener una boca hermosa, pero la suya lo es.

Se cubre la boca con la máscara, y sus ojos están entornados, una mezcla de lujuria y algo más oscuro. Siento al depredador en su interior, al monstruo que acecha bajo su fachada de calma. Me emociona, me asusta y me excita todo a la vez.

Retrocede y mis pies vuelven a caer al suelo de la jaula. Contempla mi cuerpo atado, mi desnudez expuesta para su placer.

—Hermosa —susurra con tono apreciativo.

Quiero cubrirme, me siento vulnerable. Pero no puedo. Soy su cautiva, atada y amarrada.

Acorta la distancia entre nosotros, con los ojos ardiendo de intensidad.

—Ahora, ¿dónde estábamos?

Gage me agarra los muslos y me levanta las piernas de nuevo. Su erección se aprieta contra mi coño y se frota contra mí. Sus manos recorren mi cuerpo con posesividad. Muerde mi cuello, marcándome, y sus manos se aferran a mis caderas antes de embestirme de nuevo con violencia.

Los movimientos de Gage son feroces e implacables.

La fuerza me golpea dolorosamente contra las barras de metal de la jaula y me atrapa en un torbellino de sensaciones.

Mis muñecas se tensan contra las ataduras mientras arqueo la espalda para encontrarme con su ritmo implacable.

Me llena por completo, me posee con cada embestida.

El sonido de nuestra piel al chocar y mis gemidos desvergonzados llenan el aire nocturno. Estoy perdida en una neblina de lujuria y violencia, y amo cada segundo. Quiero que me consuma, que me devore, que deje su marca en mi cuerpo y mi alma.

El roce áspero de su máscara contra mi piel, la forma en que tira de mi pelo y el agarre brutal de sus manos en mis caderas... todo alimenta mi deseo.

Gimo, atrapada entre el placer y el dolor. Es insoportable; esta necesidad crece dentro de mí, se descontrola en espiral.

—Por favor, Gage, necesito...

Se ajusta la máscara de nuevo y silencia mis palabras con su boca, devorándome con un beso voraz.

—Todavía no, pequeña —gruñe contra mis labios—. Quiero saborear esto.

Soy masilla en sus manos, moldeada por cada uno de sus deseos. Mi cuerpo se estira para acomodarlo, los músculos gritan en protesta mientras mis muñecas permanecen atadas por encima de la cabeza.

Las manos de Gage se deslizan por mis muslos hasta mi trasero, me levanta y cambia el ángulo de su asalto. Se hunde en mí más profundamente y encuentra un punto dulce que envía descargas de placer por todo mi centro. Grito, mis paredes se aprietan alrededor de él.

—Eso es. Déjate llevar —su voz es un susurro áspero, cargado de autoridad.

Cierro los ojos con fuerza, concentrándome en la avalancha de sensaciones. La respiración se me vuelve entrecortada mientras me rindo a la marea de mi orgasmo. Me arrastra cada vez más alto con cada ola. Grito, y mi cuerpo tiembla sin control.

Gage gruñe, un sonido salvaje que resuena con mi liberación primitiva. Lo siento palpitar dentro de mí mientras su propio clímax se apodera de él. Se derrama dentro de mí, sus caderas moviéndose a sacudidas mientras me llena con su semen.

Estamos conectados en este momento de placer compartido, la violencia de nuestra pasión atenuada por la intimidad de nuestra rendición.

El peso de Gage me presiona contra los barrotes de la jaula, y anhelo recorrer sus poderosos músculos con las manos.

Él sigue vestido, salvo por la polla que asoma por la bragueta, y yo estoy desnuda. El contraste es brutal.

Se coloca la máscara en su sitio, saca el cuchillo del bolsillo de la chaqueta y corta las cuerdas sin soltar el brazo que me rodea.

Me sostiene mientras se sienta en el asiento de la jaula y me atrae hacia él.

Siento la humedad pegajosa de lo que hemos derramado juntos en la cara interna de los muslos.

El aire fresco de la noche nos envuelve, pero soy ajena a todo lo que no sea el calor del cuerpo de Gage contra el mío.

Me recuesto contra él, con la mejilla apoyada en su pecho. Siento el latido constante de su corazón bajo el oído. Quiero quedarme así para siempre, perdida en este abrazo oscuro, atrapada entre el placer y el rastro persistente del miedo.

Gage me sostiene con fuerza, sus brazos convertidos en un capullo protector. En este momento, me siento viva de verdad, comprendida de verdad. La oscuridad que hay dentro de mí ha encontrado su contraparte, y juntos creamos una sinfonía hermosa y aterradora de lujuria y violencia.

La realidad empieza a colarse de nuevo, y lo que acabamos de hacer me golpea como una bofetada. Me folló con una pistola, joder. Me aparto, buscando en sus ojos juicio o condena. Pero solo encuentro calor y satisfacción, un espejo del tumulto de emociones que se arremolina dentro de mí.

Trago saliva, con la garganta seca.

—¿Y ahora qué?

La pregunta queda suspendida entre nosotros, cargada de incertidumbre.

La mirada intensa de Gage me mantiene cautiva, su expresión indescifrable. Por un momento fugaz, me pregunto si está contemplando mi muerte, si piensa añadirme a su lista de víctimas. Pero entonces se inclina, y su máscara me roza el oído.

—No he terminado contigo, pequeña. Nunca.

Está claro que tengo problemas, porque se me encoge el pecho al oírle decir eso. Suena como una declaración sincera, aunque estoy bastante segura de que el corazón de este hombre es negro y está muerto, igual que el mío.