AURORA
—¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Quieres que hagamos algo? —pregunta Charlotte mientras volvemos del trabajo.
Me pongo tensa al darme cuenta de que no tengo ninguna excusa válida para no quedar con ella, salvo que voy a verme con el psicópata que le hizo daño, y ya van tres veces seguidas. Está claro que necesito una evaluación psiquiátrica, porque esto no es normal.
—Ha sido un día duro en el trabajo y solo quiero meterme en la cama. ¿Lo dejamos para otro día?
Frunce los labios antes de asentir.
—Vale, pero mañana más te vale que quieras hacer algo, o te saco de la cama yo misma a rastras.
Trago saliva y asiento.
—De acuerdo.
Tampoco puedo dejar que mis planes con Gage controlen mi vida constantemente.
Charlotte me abraza y subo los escalones de mi portal.
—Nos vemos mañana —le digo.
—Nos vemos mañana, holgazana —bromea antes de irse hacia su piso.
Siento una culpa inmensa por no contarle la verdad sobre Gage, pero no sé cómo sacar el tema.
Al entrar en mi piso, me desnudo y me meto en la ducha.
Mientras el agua caliente cae sobre mi piel, me giro hacia el espejo que hay sobre el lavabo, con la espalda ligeramente vuelta.
Distingo mis viejas cicatrices descoloridas de hace años.
Me estremezco, consciente de que esta situación con Gage no es lo que despertó los pensamientos oscuros ni jodió mi psique.
Es mi pasado. Paso los dedos por los cortes frescos de anoche y me estremezco al recordar su cuchillo contra mi carne.
Qué bien se sentía. El dolor, el escozor, estar completamente a su merced.
Una vocecita en mi mente susurra que esto no es normal. Que no debería excitarme que me corten o me hagan daño. Pero entonces recorro con los dedos los cortes y cicatrices de la cara interna de mis muslos, y me pregunto si Gage los habrá notado. Tuvo que verlos cuando los recorrió con la lengua.
Debería ir a ver a un psiquiatra e intentar superar mi trauma.
El pensamiento me hace reír para mis adentros.
No sería la primera vez que voy a un terapeuta.
Cuando mi madre pilló a mi padre abusando sexualmente de mí a los ocho años, me arrastró a un montón de terapeutas, desesperada porque hablara de lo que había pasado.
Pero no pude. No quise. En lugar de eso, enterré el trauma en lo más profundo y lo encerré en un rincón oscuro de mi mente. Aprendí a sonreír y a fingir que todo iba bien, aunque las heridas se infectaban y crecían.
Ahora, de adulta, he encontrado otras formas de sobrellevarlo.
Si Gage notó las cicatrices, no dijo nada.
No es la primera persona que me corta la piel.
Llevo años cortándome para lidiar con todo, además de buscar emociones fuertes y peligro, cualquier cosa que me haga sentir viva.
He encontrado a alguien que refleja esa oscuridad rota.
Al salir de la ducha, me envuelvo en una toalla. Me miro en el espejo. Tengo los ojos brillantes, casi febriles, y el rubor de mis mejillas no tiene nada que ver con el calor de la ducha. El hombre que deseo es un asesino. Él mismo lo dijo, y aun así me atrae todavía más.
Lo profundo de mi depravación debería horrorizarme, pero me da igual. No cuando Gage me está esperando, dispuesto a llevarme a lugares más oscuros. Me ha pedido que quede con él en el linde del bosque esta noche, y estoy impaciente.
Rebusco en el armario en busca del atuendo perfecto para el carnaval.
Quiero algo que haga que los ojos de Gage se oscurezcan de deseo cuando me vea.
Al final, me decido por un crop top negro ajustado que deja el vientre al aire y unos shorts vaqueros de talle alto que me marcan las curvas donde tienen que marcarlas.
Me pongo las botas militares y cojo la cazadora de cuero antes de ir al baño a arreglarme el pelo.
Me peino el pelo largo y oscuro en ondas despeinadas y me maquillo un poco, difuminando eyeliner oscuro alrededor de los ojos para conseguir un efecto ahumado. Me miro en el espejo y sonrío.
De camino al carnaval, el aire fresco de la noche azota mi piel expuesta y me hace temblar. Pero no es solo el frío lo que me estremece. Es pensar en volver a ver a Gage, en sus manos sobre mi cuerpo y su cuchillo contra mi piel.
Voy tan ensimismada que casi no veo a Dan hasta que estoy a punto de chocarme con él. Está cerca de la entrada del carnaval, con el brazo alrededor de un chico guapo que no he visto nunca.
—¿Aurora? —dice, frunciendo el ceño—. ¿Qué haces aquí?
Noto que me ruborizo al darme cuenta de que me han pillado, y si se lo cuenta a Charlotte, estoy jodida.
—Eh, bueno, en realidad he quedado con alguien aquí —balbuceo.
Dan abre los ojos sorprendido.
—¿En serio? ¿Con quién?
Dudo, sin saber cuánto contarle.
—Un chico que conocí hace poco —digo, intentando parecer despreocupada—. Me pidió que quedara con él aquí esta noche.
Una sonrisa se dibuja lentamente en el rostro de Dan.
—Aurora, eso es genial. Me alegro mucho por ti. Ya era hora de que te lanzaras a buscar un chico majo.
Fuerzo una sonrisa mientras siento una punzada de culpa. Un chico majo es probablemente lo contrario de lo que he encontrado. Si supiera con qué clase de hombre he quedado. La oscuridad que me atrae.
—Oye, ¿puedes no decírselo a Charlotte?
Levanta una ceja.
—¿No le has contado lo de tu cita?
Niego con la cabeza.
—Ya sabes lo intensa que se pone. Puede que le haya mentido diciéndole que me iba a la cama temprano porque ella quería hacer algo esta noche.
Me muerdo el labio, odiando lo rastrero que es eso.
Sonríe.
—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.
—Gracias, Dan.
Me despido con la mano y le prometo contarle los detalles mañana en el trabajo.
Pero cuando me giro para ir hacia el linde del bosque donde Gage me dijo que quedara con él, el corazón empieza a acelerárseme y la adrenalina aumenta.
De repente, una mano fuerte me agarra desde las sombras y me arrastra hacia la oscuridad. El grito de sorpresa que se me escapa queda amortiguado enseguida por una mano que me tapa la boca.
—¿Quién coño era ese tío con el que estabas hablando? —gruñe Gage en mi oído—. ¿Tengo que matarlo por intentar ligarte?
No puedo evitar soltar una carcajada ante lo absurdo de su pregunta. ¿Se da cuenta de lo posesivo que suena? ¿Como si fuera de su propiedad o algo así?
Me revuelvo entre sus brazos y me giro para mirarlo de frente. Incluso con la luz tenue, puedo ver la intensidad que arde en sus ojos.
—Relájate —digo mientras doy un paso atrás y cruzo los brazos sobre el pecho—. Estaba hablando con Dan, mi mejor amigo gay. ¿No viste cómo tenía el brazo alrededor de ese otro chico?
Gage entrecierra los ojos.
—No me fijé —admite con brusquedad—. Estaba demasiado ocupado mirándote.
Un escalofrío me recorre la espalda al oír su confesión.
—Bueno, ahora que ha quedado claro que Dan no es una amenaza para tu hombría, ¿podemos pasar a cosas más importantes? —pregunto mientras me aprieto contra él.
Me agarra las caderas con más fuerza y me atrae hacia él.
—¿Y qué tenías en mente exactamente, pequeña?
Me muerdo el labio y bajo la mirada hacia sus manos fuertes, que descansan en mis caderas. Siento cómo su cuerpo se tensa contra el mío, un resorte comprimido a punto de saltar. Hay algo embriagador en su energía contenida, en la pura fuerza de su autocontrol.
—Quiero que me persigas otra vez, como la primera noche —susurro con una voz apenas audible por encima del latido de mi corazón—. Pero quiero que juguemos a algo.
Entrecierra los ojos y un destello de interés brilla en sus profundidades.
—¿Qué tipo de juego?
Doy un paso atrás para poner algo de distancia entre nosotros.
—Persígueme por el bosque —digo temblando—. Y cuando me atrapes, quiero que me folles mientras lucho contra ti.
Aprieta la mandíbula y casi puedo ver cómo le da vueltas a la idea.
—Quieres representar una fantasía de violación —dice con voz ronca.
No es una pregunta, pero asiento de todos modos.
—No es... No sé por qué lo deseo —admito mientras noto cómo el rubor me sube por el cuello—. Pero lo deseo. Contigo.
Sus ojos se oscurecen y da un paso adelante para cerrar la distancia entre nosotros.
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo, pequeña? No voy a contenerme. Si hago esto, voy a ser brusco, violento y dominante.
Un escalofrío me recorre al oír sus palabras, pero me obligo a sostenerle la mirada, a demostrarle que hablo en serio.
—Lo sé —susurro—. Eso es lo que quiero.
Por un momento, permanece en silencio, con los ojos clavados en los míos como si intentara calibrar la sinceridad de mis palabras. Luego, lentamente, asiente.
—¿Y si necesitas que pare de verdad? No puedo leerte la mente.
Considero su pregunta un momento, consciente del peso de lo que estamos a punto de hacer.
—Si necesito que pares, diré la palabra de seguridad: «Piedad». Pero confío en ti, Gage. Sé que no me harás daño.
Ahí está, la palabra maldita. Confianza. Pero sí confío en él, aunque no tenga sentido. Quizás sea por la oscuridad que veo en él, porque sé que alberga deseos por los que la mayoría lo encerraría.
Su mirada se suaviza al oír mis palabras y extiende la mano para apartarme un mechón rebelde de la cara.
—Entonces que empiece el juego —dice en voz baja—. Te daré ventaja. Corre.
No necesito que me lo digan dos veces. Me doy la vuelta y echo a correr hacia el bosque, con el corazón latiéndome con fuerza enfermiza. Lo siento detrás de mí, una presencia silenciosa y amenazante entre las sombras.
El aire fresco y frío me quema los pulmones mientras me adentro más en el bosque. Oigo el crujido de hojas y ramitas bajo mis pies, y sé que él también. Noto cómo me gana terreno, con sus largas zancadas igualando fácilmente las mías.
Me lanzo a través del bosque oscuro con el corazón desbocado, zigzagueando entre los árboles. Pero sé que es inútil. Gage es más grande, más fuerte y más rápido. Solo es cuestión de tiempo que me atrape.