AURORA
Me estremezco mientras limpio los cortes superficiales de mi piel; el escozor del suero salino me recuerda la intensidad de la noche anterior. Estoy acostumbrada a tratar cortes como estos, llevo años haciéndomelos. Las manos me tiemblan ligeramente, una mezcla de adrenalina y algo más.
Sentada en el borde de mi cama, miro las vendas, desgarrada por las emociones que me invaden.
Mis propias acciones me horrorizan: la forma en que le supliqué a Gage que me hiciera daño, que me mostrara su oscuridad.
Y sin embargo, otra parte de mí anhela esa conexión, esa experiencia visceral que me hizo sentir viva.
Mi mente vuelve a mi infancia, los recuerdos del abuso de mi padre aún me persiguen. La forma en que me tocaba, me obligaba a hacer cosas que ningún niño debería soportar jamás. Me estremezco; las sensaciones fantasma de sus manos sobre mi cuerpo me erizan la piel.
Tantos años después, sigo sin poder escapar de las cicatrices que dejó. Creía haber enterrado esos demonios, pero Gage los ha desenterrado de algún modo, revolviendo emociones que había superado hace mucho.
Sin embargo, por mucho que me cueste admitirlo, Gage es la primera persona que me hace sentir algo real. No tengo que esconderme tras una fachada de inocencia o normalidad con él. Ve la oscuridad en mi interior, los deseos que siempre he mantenido ocultos, y no me juzga ni me rechaza.
El dolor que me infligió, la forma en que me dominó, todo se sintió tan... adecuado. Como si fuera el único capaz de comprender de verdad los pedazos rotos de mi alma.
Miro el móvil con el corazón acelerado mientras pienso en escribirle. Mis dedos flotan sobre la pantalla, temblando ligeramente. Respiro hondo y tecleo un mensaje:
Hola, soy Aurora. ¿Cómo estás? No puedo dejar de pensar en anoche.
Pulso enviar antes de perder el valor. Los segundos pasan con una lentitud agónica mientras espero respuesta. Mi mente divaga hacia el carnaval y caigo en que solo estará en la ciudad cinco días más. La idea de que Gage se vaya me oprime el pecho.
Incapaz de quedarme quieta, deambulo por el apartamento. El móvil suena y casi se me cae de las manos, desesperada por ver el mensaje.
Bien. Trabajando.
Su respuesta escueta no debería sorprenderme, pero aun así duele. Me muerdo el labio, dudando si insistir. La necesidad de volver a verlo vence mi vacilación.
¿Cuándo puedo verte otra vez? El carnaval se va pronto...
Envío el mensaje con el estómago revuelto de ansiedad. ¿Y si Gage no quiere verme? ¿Y si para él lo de anoche fue solo cosa de una noche?
Los minutos se arrastran sin respuesta. Intento distraerme recogiendo cosas, pero mis ojos no dejan de desviarse hacia el móvil. Por fin, vibra.
Esta noche. Después del cierre. Mismo lugar.
El alivio me inunda, seguido enseguida por la emoción. No puedo imaginarme despidiéndome de Gage ni concibo la idea de no volver a experimentar esa conexión. Pensar que se irá de la ciudad en unos días me deja vacía.
Tecleo un rápido «Allí estaré» y dejo el móvil a un lado. Mientras me preparo para el trabajo, la cabeza me bulle de posibilidades. ¿Cómo puedo convencerlo de que se quede? ¿O podría irme con él?
La idea es una locura, una temeridad. Pero mis perspectivas en un trabajo sin futuro en un supermercado no merecen que me quede.
Charlotte y Dan se quedarían destrozados.
Sin embargo, al ver mi reflejo en el espejo, descubro un brillo salvaje en mis ojos que nunca había notado.
Por primera vez me siento vista, y no estoy dispuesta a renunciar a esa sensación.
Me pongo el polo y los pantalones de trabajo y cojo un bagel del mostrador de la cocina para comérmelo por el camino. Estoy a punto de salir cuando suena el móvil. El nombre de Charlotte aparece en la pantalla y siento una punzada de culpa al contestar.
—Hola —respondo.
—¡Aurora! Oye, ¿te apetece comer juntas otra vez hoy? —El tono alegre de Charlotte me pilla desprevenida.
—Sí, claro —respondo, sorprendida de lo normal que suena—. ¿Cómo te encuentras? Ya sabes, ¿después de todo lo que pasó?
Hay una breve pausa antes de que Charlotte responda.
—Estoy bien, la verdad. Mi jefe me ha dado una semana libre para recuperarme, lo cual se agradece...
Me apoyo contra la pared mientras el alivio me invade.
—Me alegro. Estaba preocupada por ti.
—Oh, gracias. Pero de verdad, estoy bien. En fin, ¿dónde quedamos para comer?
Charlamos unos minutos más y quedamos en una cafetería cerca de mi trabajo.
Al colgar, me siento como una amiga de mierda.
No solo busqué al hombre que la atacó; perdí la virginidad con él.
Y no se lo he contado. Parte de mí se siente desconectada, como si viviera en un mundo diferente que Charlotte no podría entender jamás.
Fui a buscar al hombre que estoy segura de que la atacó, joder.
El hombre que prendió un boceto inquietantemente hermoso de mí en su ropa.
Un hombre al que deseo más que a nada, y sin embargo hizo daño a mi amiga.
Eso debería bastar como advertencia para mantenerme alejada de él, pero está claro que no estoy bien de la cabeza.
Cojo las llaves de la consola y me fijo en el boceto al carboncillo que he guardado allí. Tiene talento, aunque sea oscuro. Aparto la mirada y me obligo a salir del apartamento.
Trabajo y comida con Charlotte: un día normal más. Solo que ya nada parece normal, no desde Gage. Y algo me dice que nunca volverá a serlo.